CAPÍTULO 6 #3
—No sé qué voy a hacer cuando esto se acabe —dijo, en voz baja, casi para sí misma—. Volver a fingir después de un día como este.
Volvieron al campus por separado, como siempre, con el cuidado meticuloso de mantener las apariencias que llevaba definiendo su relación desde el principio, pero esa misma noche, ya tarde, Valentina apareció en su habitación con el pelo todavía oliendo vagamente a algodón de azúcar y feria, y se quedó con él hasta bien entrada la madrugada, en lo que ninguno de los dos nombró en voz alta pero que ambos sintieron, sin necesidad de decirlo, como el punto más alto de todo lo que llevaban construyendo desde aquella primera visita silenciosa meses atrás.
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Unos días después, desayunando solo en la cafetería con la cabeza todavía puesta en la conversación pendiente con Yuki, Ethan vio acercarse a Elena con una expresión seria que no encajaba con su manera habitual de moverse por el comedor, y algo en su estómago se tensó antes incluso de que ella se sentara frente a él.
—Mi padre ha aceptado reunirse contigo —dijo, sin preámbulos, deslizando un papel doblado sobre la mesa entre los dos—. Pero pone una condición. Tienes que ir solo. Sin mí.
Ethan miró el papel un momento antes de cogerlo, con el corazón empezando a acelerarse de una manera que reconocía cada vez que estaba a punto de acercarse a algo importante sobre su padre.
—¿Por qué solo?
—No me lo ha explicado. —Elena tenía la mirada baja, y Ethan la vio genuinamente insegura como no la había visto desde que se habían reencontrado—. Solo me dijo que lo que tiene que contarte no es para mis oídos. Y que confía en que sepas ser prudente con lo que oigas.
—Elena. —Ethan alargó la mano hasta la de ella, sobre la mesa—. Gracias. Sé lo que te ha costado convencerlo.
—No me des las gracias todavía —dijo ella, con una sombra de preocupación que no intentó disimular—. Solo prométeme que, sea lo que sea que te cuente, vas a estar bien.
Ethan no supo qué responder a eso, así que simplemente asintió, guardándose el papel con la dirección en el bolsillo interior de la chaqueta como si fuera algo que pudiera romperse con demasiado manejo.
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La casa del padre de Elena estaba en un barrio tranquilo a las afueras de la ciudad, una vivienda de dos plantas con un jardín delantero cuidado con la disciplina de quien necesita controlar al menos un pedazo pequeño del mundo, un césped cortado con una precisión casi militar y unos setos que alguien había recortado en líneas perfectamente rectas, como si el orden del jardín fuera una manera de compensar algo que dentro de la casa se hubiera vuelto irremediablemente desordenado hacía mucho tiempo.
Ethan bajó del autobús dos paradas antes de la que le correspondía, sin ninguna razón concreta más allá de la necesidad instintiva de caminar un rato, de darle a su cuerpo algo que hacer mientras la cabeza terminaba de asimilar hacia dónde se dirigía, y recorrió las últimas calles con una lentitud que no era del todo indecisión, sino más bien el intento inútil de alargar el tiempo que le quedaba antes de saber.
Se quedó de pie frente a la puerta durante lo que le pareció un tiempo excesivamente largo, con el papel de la dirección todavía en la mano aunque ya no lo necesitara —lo había memorizado desde la segunda vez que lo leyó, en la cafetería, con Elena todavía sentada frente a él—, sintiendo el corazón latirle con una fuerza que le subía hasta la garganta y le hacía notar, de una manera casi física, cada pulsación contra el cuello de la camisa.
Miró la fachada, las cortinas cerradas de una de las ventanas del piso superior, el buzón de metal ligeramente oxidado junto a la puerta, y pensó, con una claridad que le sorprendió a sí mismo, que llevaba dieciséis años esperando aquel momento sin saber que lo estaba esperando.
Toda su vida había estado hecha de fragmentos —una fotografía con una esquina rota, mensajes crípticos de un número oculto, una madre que respondía a cada pregunta importante con una sonrisa que no le llegaba del todo a los ojos— y ahora, a un timbre de distancia, existía la posibilidad real de que todos esos fragmentos por fin encajaran en algo parecido a una imagen completa.
No sabía si estaba preparado para eso. Sospechaba, con una honestidad que solo se permitía en momentos así, que nadie podía estarlo del todo.
Sabía, con una certeza que se le había ido asentando en el pecho durante todo el trayecto en autobús, que al cruzar aquella puerta iba a saber por fin quién era realmente su padre.
No fragmentos. No sospechas. La verdad completa, o al menos la parte de la verdad que un hombre que había dedicado años a perseguir aquel caso podía ofrecerle.
Respiró hondo dos veces, notando el aire frío de la mañana llenarle los pulmones, cerró los ojos un instante, y llamó al timbre antes de que el valor lo abandonara.
El padre de Elena abrió la puerta con una expresión seria, casi solemne, que a Ethan le recordó de inmediato a la de un hombre que llevaba años cargando con algo demasiado pesado para compartirlo con nadie.
Era más bajo de lo que Ethan había imaginado, de complexión fuerte, con el pelo entrecano cortado casi al rape y unas ojeras profundas que parecían formar parte permanente de su rostro, la clase de cansancio que no se cura con una noche de sueño porque no viene del cuerpo sino de otro sitio.
Lo miró un momento, de arriba abajo, con la misma evaluación rápida y silenciosa de quien lleva toda una vida profesional aprendiendo a leer a la gente en los primeros tres segundos.
—Pasa —dijo, sin más preámbulo, apartándose para dejarle sitio en el vestíbulo.
Lo condujo hasta un despacho pequeño en la parte trasera de la casa, con estanterías repletas de expedientes ordenados por año, una mesa cubierta de papeles dispuestos con la precisión metódica de alguien acostumbrado a que cada detalle importe, y una única ventana que daba a un patio trasero tan cuidado como el jardín delantero.
Olía a café frío y a papel viejo, un olor que a Ethan le recordó, de manera incómoda, al despacho de Rivera, como si aquel tipo concreto de estancia —hombres y mujeres que llevaban años custodiando la misma historia— tuviera siempre el mismo aroma.
Le indicó una silla frente al escritorio y él mismo se sentó al otro lado, con las manos entrelazadas sobre la madera, mirándolo con una intensidad que hizo que Ethan se sintiera de vuelta en un interrogatorio, cada gesto suyo evaluado antes incluso de que empezara a hablar.
—Sé quién eres —dijo el hombre, finalmente, sin ninguna hostilidad en la voz, aunque sí un peso considerable—.
Y sé que mi hija te aprecia. Por eso voy a contarte algo que llevo dieciséis años sin contarle a nadie fuera del cuerpo, porque creo que mereces saberlo antes de que decidas qué clase de vida quieres construir a partir de aquí.
Sacó dos carpetas de un cajón cerrado con llave, las colocó sobre la mesa entre los dos, y abrió la primera con un cuidado casi reverencial.
—Este es el caso de David Chen —dijo—. Era mi mejor amigo. Estudiamos juntos en Voss Academy, la misma promoción que tu padre. —Se detuvo un momento, y algo en su rostro se ensombreció—. Lo asesinaron en 2002, en las inmediaciones del campus, apenas unas semanas antes de la graduación.
Ethan sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
Miró el expediente que el hombre había abierto sobre la mesa —fotografías que prefirió no mirar de lleno, un informe forense mecanografiado, una serie de anotaciones manuscritas en los márgenes— y esperó, con un miedo que ya no intentaba disimular, a que la historia siguiera.
—La brutalidad del crimen no encajaba con nada que hubiéramos visto antes en un caso relacionado con estudiantes de una universidad de élite —continuó el padre de Elena, con la voz firme aunque tensa—.
Fue descuidado, casi torpe en su ejecución, muy distinto de los crímenes posteriores que se le acabarían atribuyendo a la misma persona.
Con el tiempo entendí por qué: fue el primer trabajo de aquel hombre para la organización a la que servía.
Y precisamente por esa inexperiencia, dejó algo que un profesional jamás habría dejado. Restos biológicos en la escena.
—ADN —dijo Ethan, con la voz apenas audible.
—En aquella época, el análisis de ADN no era una herramienta habitual en investigaciones como esta.
El caso se cerró oficialmente sin resolver, archivado como un crimen sin autor identificable.
—El padre de Elena hizo una pausa, y la siguiente frase le costó visiblemente más que las anteriores—.
Pero yo sabía quién era. Lo sospeché desde el principio, aunque no pudiera demostrarlo entonces.
—¿Cómo?
—Conocía a tu padre de la promoción. Sabía que su hermano dirigía una célula de la mafia rusa en la ciudad, algo que en aquel entonces era casi un secreto a voces entre quienes prestábamos atención.
Sabía también que tu padre había empezado a moverse en círculos que no encajaban con lo que se esperaba de un estudiante de Voss Academy.
Todo apuntaba hacia él. Pero el expediente oficial solo contenía una descripción vaga del atacante, insuficiente legalmente para acusar a nadie con nombre y apellido.
Así que solicité llevar el caso yo mismo cuando ascendí a inspector, años después, con la esperanza de encontrar algo más.
Abrió la segunda carpeta, mucho más gruesa que la primera, repleta de recortes, fotografías e informes de distintas fechas a lo largo de más de una década.