Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Siempre vas a tenerme para eso —respondió ella, y algo en su tono, en la manera en que se inclinó ligeramente hacia delante sobre la mesa, en la forma en que sus dedos se quedaron un instante de más entrelazados con los de él antes de que ninguno de los dos hiciera el gesto de soltarse, le pareció a Ethan más cercano de lo que cualquier conversación anterior entre ellos había sido.

No se detuvo a pensar por qué; simplemente lo sintió, con la misma certeza física con la que había sentido el beso de Valentina meses atrás, la sensación de que en aquel instante concreto, en aquella mesa junto a la ventana, estaban más cerca de lo que habían estado nunca.

Se marchó de la biblioteca un rato después, con el peso de la noche anterior un poco más ligero sobre los hombros que cuando había llegado.

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Unos días después, con el expediente y la conversación con Nora ya un poco más asentados dentro de él, Ethan quedó con Elena para dar un paseo por los jardines traseros del campus, lejos del bullicio del comedor y de las miradas cruzadas que últimamente parecían seguirlo a todas partes.

Caminaron un buen rato en silencio antes de que ninguno de los dos dijera nada relevante, disfrutando simplemente de la tarde templada y del crujido de la grava bajo sus pies, hasta que Elena, con la naturalidad de quien lleva un rato dándole vueltas a algo, le preguntó cómo llevaba todo lo del expediente.

—Mal —admitió Ethan, con una sinceridad que solo se permitía del todo con ella—. Cada vez entiendo menos quién era mi padre. O entiendo demasiado y no me gusta nada de lo que entiendo.

—¿Y tu madre sigue sin querer hablar?

—Igual que siempre. Cada vez que le pregunto algo concreto, se le pone esa cara suya, esa sonrisa que no le llega a los ojos, y me dice alguna generalidad sobre que fue un hombre complicado y que es mejor no remover el pasado.

—Se detuvo un momento, mirando hacia los robles que bordeaban el sendero—.

Sé que me protege. Sé que lo hace porque me quiere.

Pero a veces me gustaría que confiara un poco más en que puedo con la verdad, sea la que sea.

Elena no dijo nada durante un momento, con una expresión pensativa que Ethan reconoció como la que ella reservaba para los temas que de verdad le importaban.

—Ya sabes que no he vuelto a hablar con mi padre de esto desde las vacaciones —dijo finalmente—. Desde que me advirtió que me alejara de ti sin darme ninguna razón concreta. Cada vez que intento sacar el tema por teléfono, cambia de conversación tan rápido que me da vértigo.

—Lo sé. Y odio pedírtelo, de verdad, pero... ¿podrías intentarlo otra vez? Necesito saber la verdad, Elena. Necesito saber quién era realmente mi padre, no fragmentos sueltos de expedientes que me dejan con más preguntas que respuestas.

Ella lo miró un momento, con esa mezcla de cariño y preocupación que Ethan había aprendido a reconocer en su rostro desde que se reencontraron, y asintió despacio.

—Voy a intentarlo —dijo—. No te prometo que vaya a funcionar. Mi padre puede ser tan cabezota como tú cuando se lo propone. Pero lo voy a intentar, porque sé lo que significa para ti.

Siguieron caminando un rato más, hablando de cosas más ligeras —un examen que a ella le había ido mejor de lo esperado, una anécdota absurda de Francesca en la lavandería que los hizo reír a los dos—, y Ethan, mientras la escuchaba, sintió esa calidez tranquila y sin exigencias que siempre lo acompañaba junto a ella, tan distinta de la intensidad que le despertaba Valentina, tan distinta también de aquella cercanía nueva y cálida que empezaba a sentir con Nora.

Pensó, sin querer profundizar demasiado en ello, que tenía la suerte extraña de estar rodeado de tres personas que le importaban de maneras completamente distintas, y que en algún momento tendría que aprender a resolver aquello. Pero no todavía. Todavía no.

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La reunión con Rivera llegó esa misma semana, en su despacho de siempre, con el olor a papel viejo y madera encerada que Ethan ya asociaba de manera casi automática con las respuestas a medias que solía recibir allí.

—Necesito preguntarte algo directamente —dijo, sin rodeos previos, en cuanto se sentó frente a ella—. Sobre mi padre. Sobre el incidente de la promoción de 2002.

Rivera lo miró un largo momento antes de responder, con esa expresión suya que combinaba la cautela profesional con algo más difícil de nombrar, algo que a Ethan siempre le había parecido peligrosamente cercano a la nostalgia.

—Adelante —dijo finalmente.

—¿Cómo era él realmente? No las notas, no lo que dicen los informes. Tú lo conociste. ¿Cómo era?

Rivera se recostó en su silla, con la mirada fija en un punto indefinido más allá del hombro de Ethan, como si estuviera viendo, por un instante, a alguien que ya no estaba allí.

—Tenía algo —dijo, despacio, eligiendo cada palabra con un cuidado que a Ethan le pareció casi doloroso—.

Una presencia. Como si siempre hubiera un peligro contenido justo debajo de la superficie, algo que uno sentía sin poder nombrarlo del todo.

Muchos lo evitaban por eso. —Hizo una pausa, y algo en su rostro se suavizó levemente—.

Yo, en cambio... supongo que quizás era exactamente eso lo que me atraía.

Esa sensación de estar cerca de algo que la mayoría de la gente prefería mantener a distancia.

—¿Y tú creíste alguna vez que él fuera el responsable de lo que pasó?

Rivera negó con la cabeza, con una firmeza que sonó completamente sincera.

—Nunca —dijo—. Puede que sonara ingenuo entonces, y puede que suene todavía más ingenuo ahora, después de todo lo que sospechas que hizo con los años.

Pero la persona que yo conocí, con todo lo intenso y lo peligroso que pudiera parecer desde fuera, no encajaba con la idea de alguien capaz de matar a sangre fría a un compañero.

Hasta hoy nunca he encontrado una prueba que me convenza de lo contrario.

Ethan se quedó pensando en aquello mucho después de salir del despacho, en la contradicción incómoda entre la mujer que describía a un hombre capaz de generar aquella clase de lealtad silenciosa años después y el expediente que hablaba de un sospechoso principal sin pruebas suficientes para ser detenido.

Se preguntó, no por primera vez, cuántas versiones distintas de su padre existían repartidas entre la gente que lo había conocido, y cuál de todas ellas, si es que alguna, se acercaba de verdad a la realidad.

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El sábado empezó con una nota que Ethan encontró bajo la almohada al despertarse, doblada con un cuidado casi ceremonioso: dos entradas impresas para un parque de atracciones a las afueras de la ciudad, lejos de cualquier lugar donde alguien del campus pudiera reconocerlos, y debajo, con la letra apretada y decidida de Valentina, una sola frase. Tengamos una cita de verdad.

Se encontraron en la estación de autobuses a media mañana, ella con gafas de sol y una gorra que ocultaba parte de su melena, disfrazada de una manera que a Ethan le pareció, al mismo tiempo, casi cómica y profundamente conmovedora — la reina indiscutible del campus, reducida a esconderse bajo un sombrero para poder pasar un día normal con él sin que nadie los reconociera.

—No puedo creer que hayas accedido a esto —dijo ella, subiendo al autobús con una sonrisa que Ethan no le había visto nunca del todo, sin ningún cálculo detrás—. Pensé que dirías que era una tontería.

—Nunca dije que fuera una tontería. Solo dije que sonaba a locura logística.

—Todo lo bueno requiere un poco de locura logística —respondió ella, dejándose caer en el asiento junto a él, y mientras el autobús arrancaba dejando atrás las torres grises de Voss Academy, Ethan sintió, como llevaba sin sentir en meses, que ambos podían simplemente respirar sin necesidad de vigilar quién los observaba.

El día transcurrió con una ligereza que a ninguno de los dos le resultaba habitual.

Subieron a la montaña rusa más alta del parque tres veces seguidas, Valentina gritando con una autenticidad que contrastaba de manera absoluta con la compostura perfecta que exhibía siempre en el campus, el pelo escapándosele de la gorra en la primera bajada y quedándose así el resto del día, despeinado de una manera que jamás se habría permitido en Voss Academy; se retaron en un puesto de tiro al blanco que Ethan perdió estrepitosamente, para regocijo evidente de ella, que se rió de él sin ninguna delicadeza durante casi media hora y terminó ganándole ella misma un peluche horrible con forma de rana que insistió en llevar colgado del brazo el resto de la tarde como un trofeo; discutieron, con un fervor completamente injustificado, sobre cuál era la peor atracción de todo el parque, sin llegar nunca a un acuerdo; compartieron un algodón de azúcar sentados en un banco frente al lago artificial del parque, con el sol de la tarde cayendo oblicuo sobre el agua y las gaviotas describiendo círculos perezosos sobre las barcas de pedales, y Ethan, mirándola reírse de algo que él mismo apenas recordaba después, con azúcar rosa todavía pegado en la comisura de los labios y la rana horrible apoyada contra su cadera, pensó que aquella era, sin ningún tipo de duda, la Valentina más real que había visto nunca, la que probablemente muy pocas personas en su vida habían tenido el privilegio de conocer.

—¿Sabes lo que es esto? —preguntó ella, en un momento de calma, con la cabeza apoyada contra su hombro mientras el atardecer teñía el cielo de naranja sobre las atracciones—.

Es el primer día en mucho tiempo que no he tenido que ser nadie.

Ni la hija de la directora. Ni la reina del campus. Solo... esto.

—Me alegro de que lo tengas —dijo Ethan, con una sinceridad que le salió sin pensar—. Te lo mereces.

Ella lo miró entonces, con un gesto que a Ethan se le escapó del todo en aquel momento, aunque más tarde, mucho más tarde, lo recordaría con una claridad dolorosa.