CAPÍTULO 6
EL PRECIO DE SABER
Valentina se había quedado hasta pasada la medianoche, sentada junto a él en el borde de la cama mientras Ethan leía las primeras páginas del expediente en un silencio que ninguno de los dos se atrevió a romper, y solo cuando lo notó llegar a la segunda sección —una evaluación psicológica con membrete distinto, mecanografiada con una letra más pequeña y más fría que el resto del documento— se levantó despacio, sin decir nada, y le puso una mano en el hombro con la misma ternura contenida que llevaba semanas descubriendo en sí misma.
—Voy a dejarte solo con esto —dijo, y no sonó a huida sino a un tipo de respeto que a Ethan le costó nombrar en aquel momento—. Hay cosas que hay que leer sin que nadie te mire la cara mientras lo haces.
Se marchó antes de que él pudiera contestar, y Ethan se quedó a solas con el fajo de fotocopias extendido sobre las rodillas, con la lámpara de la mesilla proyectando un círculo pequeño de luz amarilla sobre el papel, el resto de la habitación disuelto en la penumbra azulada de las tres de la madrugada.
Derek dormía al otro lado, ajeno por completo a lo que su compañero de cuarto sostenía entre las manos, y aquel contraste —la respiración tranquila de alguien sin secretos frente al peso exacto de los suyos— le pareció, durante un instante, casi insoportable.
Las calificaciones no le dijeron gran cosa que no pudiera imaginar: notas altas, casi perfectas, en las asignaturas técnicas; comentarios de profesores que alternaban entre la admiración y una especie de cautela que Ethan reconoció enseguida, la misma que había visto en la mirada de Rivera cada vez que la conversación se acercaba demasiado a su padre.
Alumno brillante, pero distante. Nunca se relaciona más de lo estrictamente necesario.
Preocupa la ausencia total de vínculos duraderos con sus compañeros , había escrito alguien, con una letra pulcra y funcionarial, al margen de un informe trimestral fechado en 1999.
Ethan pasó las páginas con una velocidad casi mecánica, absorbiendo lo justo, hasta que llegó a la evaluación psicológica y algo en él se detuvo por completo.
El sujeto muestra una capacidad notable para simular vínculos afectivos sin que estos lleguen a constituirse realmente , decía el primer párrafo, con una frialdad clínica que a Ethan le resultó más perturbadora que cualquier acusación directa habría podido serlo.
Presenta un control emocional excepcional, casi anómalo para su edad, y una tendencia marcada a priorizar su propio bienestar y sus propios objetivos por encima de cualquier consideración hacia terceros, incluso cuando estos terceros mantienen con él relaciones de aparente cercanía.
No se han detectado indicios de remordimiento genuino en ninguna de las sesiones evaluadas, únicamente una capacidad muy desarrollada para proyectar la emoción socialmente esperada en cada contexto.
Ethan leyó aquel párrafo tres veces, buscando en cada relectura algo que suavizara lo que decía, y no lo encontró.
Calculador. Simula apego sin crear vínculos reales.
Pensó, sin poder evitarlo, en la fotografía que guardaba en la cartera, en aquel chico de mandíbula tensa que ahora reconocía en su propio reflejo cada mañana frente al espejo, y sintió un frío distinto a cualquier otro que hubiera sentido hasta entonces leyendo sobre su padre —no el frío de la sospecha ni el de la rabia, sino algo más parecido al miedo de reconocerse, aunque fuera solo un poco, en la descripción de un desconocido.
Pasó las últimas páginas casi sin poder centrarse en el contenido, hasta que llegó al final del fajo, a un documento distinto, con un membrete distinto: el escudo de la policía local, una fecha de 2002, un título breve y seco.
Informe de incidente — muerte de alumno en las inmediaciones del campus.
No daba nombres —o los daba tachados con un rotulador negro que alguien, en algún momento, se había tomado la molestia de aplicar con cuidado quirúrgico— pero describía, con el lenguaje distante propio de cualquier atestado policial, las visitas repetidas de los investigadores al campus, los interrogatorios a varios alumnos de la promoción de graduación de aquel año, y una frase final que Ethan releyó hasta memorizarla sin proponérselo: El principal sospechoso no pudo ser formalmente acusado por insuficiencia de pruebas materiales que vincularan de forma concluyente su presencia en el lugar de los hechos.
Se quedó mirando aquella frase mucho después de haber terminado de leerla, con el papel todavía entre las manos y la lámpara de la mesilla proyectando su círculo pequeño de luz sobre las rodillas, pensando que su padre no solo había hecho algo terrible —eso, en algún rincón resignado de sí mismo, ya lo sospechaba desde hacía meses— sino que había sido lo bastante inteligente, o lo bastante afortunado, para que nadie pudiera demostrarlo del todo.
Y pensó también, con una inquietud que no supo nombrar hasta mucho después, en aquella evaluación psicológica, en la palabra calculador , en la idea de que quizás lo que fuera que llevaba dentro su padre no le resultaba tan ajeno como habría querido.
No durmió esa noche. Se quedó tumbado, mirando el techo, con el expediente guardado de nuevo en el sobre de papel manila sobre la mesilla, deseando, por primera vez en meses, no haber preguntado nunca por nada de aquello.
❖
Al día siguiente, con los ojos todavía cargados por la falta de sueño, Ethan buscó a Nora antes que a nadie.
No fue una decisión meditada; simplemente, cuando se planteó a quién contarle lo que había leído, su cuerpo lo llevó directamente hacia la biblioteca, hacia aquella mesa junto a la ventana donde tantas otras conversaciones importantes de los últimos meses habían tenido lugar, como si sus pies conocieran el camino mejor que su cabeza.
La encontró allí, como siempre, con un libro abierto que probablemente no estaba leyendo del todo, y en cuanto lo vio acercarse con aquella expresión que llevaba arrastrando desde la madrugada, cerró el libro sin necesidad de que él dijera nada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, con una preocupación que sonó completamente genuina, la voz baja, reservada solo para él.
Ethan se sentó frente a ella y le contó todo —el expediente, las calificaciones, los informes de los profesores— pero se detuvo, con la voz más tensa de lo que hubiera querido, en la evaluación psicológica.
Le repitió, casi palabra por palabra, aquello de simular vínculos sin crearlos realmente, aquello de priorizar siempre el propio bienestar, y notó, mientras hablaba, que su propia voz temblaba un poco al llegar a la parte que más le costaba decir en voz alta.
—Y no puedo dejar de pensar —dijo, mirando la mesa en vez de mirarla a ella— que si él es así, quizás yo también lo sea. Quizás sea algo que se hereda sin que uno pueda hacer nada.
—Eso no es verdad. —Nora lo dijo con una firmeza inmediata, sin dejar espacio a la duda, y alargó la mano sobre la mesa hasta cubrir la de Ethan con la suya, un gesto que llevaba tiempo sin permitirse con esa naturalidad—.
Tú no eres tu padre, Ethan. Llevo meses viéndote preocuparte por gente que ni siquiera tiene por qué importarte.
Eso no lo hace alguien que solo piensa en sí mismo.
Él la miró entonces, sorprendido por la certeza con la que lo decía, y algo en su pecho se aflojó un poco, la tensión de la noche anterior cediendo terreno frente a la calidez concreta de su mano sobre la de él.
Le pareció, en aquel momento, que Nora sonaba igual que en los primeros días, cuando todavía era simplemente la chica de la biblioteca que le hacía compañía sin pedir nada a cambio, y aquella familiaridad le resultó reconfortante.
—¿Sabes lo que pienso? —dijo ella, con una media sonrisa que le suavizó por completo el rostro, apartándose un mechón de pelo detrás de la oreja con un gesto casi infantil—.
Pienso que un informe escrito por alguien que se pasó tres sesiones cronometradas mirando el reloj no puede saber nada de verdad sobre quién eres.
Yo llevo meses viéndote de cerca, Ethan.
Te vi cuando pensabas que nadie te miraba.
Y nunca, ni una sola vez, te vi hacer algo solo por ti mismo.
—Puede que simplemente se te dé mejor que a ellos fingir que te importa —dijo Ethan, con una media sonrisa amarga, más una broma incómoda que una acusación real.
—Puede ser. —Nora se rió, un sonido bajo y genuino que a Ethan siempre le había gustado, con una calidez que contrastaba de manera absoluta con la frialdad clínica del informe que acababa de describirle—.
O puede que simplemente conozca la diferencia entre fingir y sentir algo de verdad, y que sepa reconocerla cuando la veo.
Confía un poco en mi criterio. Llevo toda la vida perfeccionándolo.
Aquella broma, dicha con la ligereza exacta que necesitaba en ese momento, consiguió que Ethan se riera de verdad, algo que no lograba desde que había abierto el sobre de papel manila la noche anterior, y por un momento, sentado frente a ella junto a la ventana de la biblioteca, con el sol de la tarde entrando oblicuo sobre la mesa de madera, pensó que no conocía a nadie capaz de hacerle sentir tan tranquilo con tan pocas palabras.
—Gracias —dijo, en voz baja—. Por escucharme sin más. No sé qué haría sin tener a alguien con quien hablar de esto sin que me mire raro.