Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 5 #6
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CAPÍTULO 5 #6

—No es eso lo que me preocupa. —Rivera se levantó de su silla, con un cansancio que Ethan no le había visto nunca hasta ese momento, y se acercó a la ventana del despacho, dándole la espalda, como si necesitara esa distancia física para poder continuar—.

Lo que me preocupa es que, si te cuento lo que sé, ya no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos.

Y no estoy segura de que tú estés preparado para eso, Ethan, ni de que yo lo esté tampoco.

—He esperado dieciocho años para saber quién es mi padre. Creo que puedo esperar un poco más para saber los detalles exactos. Pero necesito, al menos, alguna dirección hacia dónde mirar.

Rivera se quedó en silencio un momento largo, pasando el pulgar por el canto de una carpeta que llevaba días sin abrir, como si aquel gesto mecánico le ayudara a decidir por dónde empezar, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba más cansada que decidida.

—¿Sabes lo que es vivir veinticuatro años con la certeza de que sabes algo que podría destruir vidas enteras, y no decir nada por miedo?

—dijo, sin esperar respuesta—. Cada año que pasa, la mentira se vuelve más pesada, no más ligera.

Uno cree que el silencio se acostumbra a uno mismo, pero es al revés.

Uno se acostumbra al silencio, y eso es mucho peor.

—¿Por qué calló entonces? Si sabía algo tan importante.

—Porque tenía dieciocho años, Ethan, igual que tú ahora.

Y porque las personas que podrían haberme protegido si hablaba tenían menos poder que las personas que se beneficiaban de mi silencio.

—Se giró finalmente hacia él, con una expresión que combinaba la advertencia con algo que se parecía, incómodamente, a la resignación—.

Cuando eres joven en un sitio como este, aprendes muy rápido qué batallas puedes ganar y cuáles solo pueden destruirte.

Elegí no destruirme. No sé si fue la decisión correcta.

Sigo sin saberlo, si te soy sincera, después de todo este tiempo.

—¿Y qué sí puede decirme?

Rivera guardó silencio otro momento, y cuando por fin habló, las palabras le salieron a regañadientes, como si le costaran un esfuerzo físico.

—Hay un archivo académico sobre aquel alumno, guardado en el despacho de la directora.

—Lo dijo con una voz baja, casi conspiratoria—.

No sé exactamente qué contiene; la directora nunca lo ha compartido con nadie del claustro, y las pocas veces que se ha mencionado en alguna reunión de profesores, se ha hecho con el mismo cuidado con que se maneja cualquier cosa que la institución preferiría que el mundo olvidara.

Pero existe, Ethan. Y si de verdad quieres entender qué pasó aquel año, ese archivo es probablemente el único documento que queda que lo explica con algo parecido al detalle.

—¿Cómo podría conseguirlo?

—Eso —dijo Rivera, con una expresión que combinaba la advertencia con algo que se parecía, incómodamente, a la resignación— es algo que tendrás que resolver tú solo.

Yo ya te he dado más de lo que debería, y no pienso darte ninguna instrucción sobre cómo entrar en el despacho de la directora sin permiso.

Si decides hacer algo así, hazlo por tu cuenta, y que las consecuencias, si las hay, no me salpiquen a mí.

—¿Le importa lo que me pase, aunque sea un poco?

Rivera tardó un momento largo en responder, y cuando finalmente habló, su voz tenía un matiz que él no le había escuchado nunca antes, algo genuinamente afectado bajo la fachada habitual de control.

—Más de lo que debería, probablemente. —Volvió a su mesa, dando por terminada la conversación con el mismo gesto abrupto de siempre—. Ahora vuelve a las cajas, Ethan. Y ten cuidado con lo que vayas a hacer con lo que te he dicho hoy.

❖

De noche, el pasillo administrativo tenía un silencio distinto al del resto del campus, más denso, casi expectante, como si el propio edificio supiera guardar mejor sus secretos cuando nadie lo observaba.

Ethan se quedó parado frente a la puerta del despacho de la directora, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo contra el frío que se colaba por las ventanas altas del pasillo, mirando la madera oscura y la placa dorada con el nombre grabado, calculando —sin llegar a ninguna conclusión útil— de cuántas maneras distintas podría intentar acceder a lo que fuera que se guardara al otro lado.

No tenía ningún plan concreto todavía. Solo la certeza, cada vez más firme, de que aquella puerta guardaba algo que necesitaba encontrar, y la sensación incómoda de estar plantado frente a ella sin la menor idea de cómo cruzarla sin que aquello le costara la expulsión inmediata.

Pensó en Nora, en si ella tendría alguna idea de cómo acceder sin ser vista; pensó en Valentina, en la posibilidad remota de pedirle ayuda directa, aunque descartó la idea casi de inmediato porque implicaría contarle una verdad de la que todavía no se sentía preparado para hablar con ella.

—¿Perdido? —dijo una voz a su espalda, y Ethan se giró con un sobresalto que intentó disimular sin mucho éxito.

Valentina venía caminando por el pasillo, con un abrigo largo sobre lo que parecía ser un vestido de gala —debía de venir de alguna cena institucional, dedujo Ethan, de las que su madre organizaba con cierta frecuencia para donantes o exalumnos ilustres—, y se detuvo a una distancia prudente, con la expresión neutra que ambos habían aprendido a mantener en cualquier espacio público del campus, donde nadie podía sospechar la naturaleza real de lo que fuera que hubiera entre ellos.

—Solo pensando —dijo Ethan, con la misma neutralidad cuidadosa.

Valentina no preguntó más. Se quedó un instante, con la mirada fija en él, y en ese cruce breve de ojos —nadie más en el pasillo, ninguna palabra necesaria— Ethan sintió que ella entendía perfectamente que aquel despacho tenía algo que ver con la investigación que llevaba meses consumiéndolo, sin que ninguno de los dos necesitara decir una sola frase al respecto.

—Buenas noches, Ethan —dijo finalmente, en voz alta, con el tono formal que reservaba para cualquier oído ajeno, y siguió su camino sin mirar atrás, aunque justo antes de doblar la esquina del pasillo, Ethan la vio girar la cabeza un instante, lo suficiente para que sus miradas volvieran a cruzarse una última vez, cargada de una promesa muda que él no supo interpretar del todo esa noche, pero que se le quedó grabada durante el resto del camino de vuelta a su residencia.

Ethan se quedó otro rato frente a la puerta, sin ningún plan más claro que antes, pero con la certeza reconfortante de no estar solo en aquello.

❖

—Necesitaba salir de mi cabeza un rato —le dijo a Elena, un par de días después, mientras caminaban sin rumbo fijo por el sendero que bordeaba el lago artificial, ya con la tarde cayendo en tonos anaranjados sobre el agua—.

Entre Rivera, el archivo de la directora y los mensajes de mi padre, siento que llevo semanas sin poder pensar en nada que no sea esta investigación.

—Pues hoy no vamos a hablar de nada de eso.

—Elena se lo dijo con una firmeza alegre que a Ethan le sacó, casi contra su voluntad, la primera sonrisa genuina del día—.

Prohibido mencionar a tu padre, a Rivera, archivos, mensajes crípticos o cualquier otra cosa relacionada con el misterio de tu vida.

Hoy solo somos dos personas normales dando un paseo.

—¿Y de qué se supone que hablan las personas normales?

—De tonterías, Ethan. —Se rio, empujándolo suavemente con el hombro—. De series, de comida, de cualquier cosa que no tenga que ver con expedientes ni con archivos secretos.

—No sé si me acuerdo de cómo se hace eso.

—Pues vas a tener que aprender rápido, porque hoy no pienso dejarte escapar al tema.

Hablaron durante un buen rato de nada en absoluto —una anécdota sobre un examen que Elena casi suspende por confundir dos siglos enteros, una carcajada compartida cuando un pato del lago decidió, sin ninguna razón aparente, perseguir a un estudiante que se había acercado demasiado con una bolsa de patatas fritas—, y Ethan sintió, por primera vez en días, el peso habitual de la investigación aflojarse un poco, sustituido por la ligereza simple de una tarde sin ninguna agenda oculta.

—Esto es lo que necesitaba, la verdad —dijo, ya casi al final del paseo, con una sinceridad que no había planeado—. No sabía cuánto lo necesitaba hasta que lo he tenido.

—Para eso estoy. —Elena le sonrió, con una calidez sencilla que no exigía nada a cambio—. Alguien tiene que recordarte que sigues siendo una persona normal debajo de todo el misterio Volkov.

Fue al girarse para señalarle algo a Elena, ya casi al final del paseo, cuando la vio: Nora, de pie junto a uno de los robles que bordeaban el camino, a una distancia suficiente para que pareciera casualidad y no vigilancia, con una expresión que Ethan no llegó a interpretar del todo antes de que ella, al notar que la había visto, se diera la vuelta y desapareciera entre los árboles con una rapidez que a Ethan le pareció, sin poder explicar exactamente por qué, ligeramente excesiva para una simple coincidencia de caminos.

—¿Qué pasa? —preguntó Elena, siguiendo su mirada hacia el lugar ya vacío entre los árboles.

—Nada. —Ethan sacudió la cabeza, decidiendo no darle más importancia de la que probablemente merecía—. Me ha parecido ver a Nora un momento, pero ya no está.

—Seguramente iba camino a algún sitio. —Elena no le dio mayor peso al comentario, y volvió a enlazar su brazo con el de Ethan para continuar el paseo—. Venga, sigue contándome tonterías, que hoy se te daban mejor de lo habitual.

Ethan se rio, dejando que la tarde volviera a su ligereza anterior, aunque una parte pequeña de él se quedó pensando, durante el resto del paseo, en la rapidez con que Nora había desaparecido entre los árboles, y en la expresión que había alcanzado a ver, apenas un instante, antes de que ella decidiera no dejarse ver más.

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