CAPÍTULO 5 #5
—Esto es terrible —dijo, todavía riendo—. ¿Cómo puedes ver esto?
—Tú también te estás riendo.
—Porque es tan malo que da vergüenza ajena.
Eso no cuenta como que me guste. —Le dio un manotazo suave en el brazo, sin dejar de sonreír—.
No se lo cuentes a nadie, por cierto. Si alguien de mi séquito se entera de que veo series malas de sobremesa contigo tumbados en tu cama, mi reputación no sobrevive a la semana.
—¿Tu reputación de qué, exactamente?
—De persona inaccesible e intachable. —Lo dijo con un tono teatral, exagerando la formalidad, aunque debajo de la broma Ethan detectó algo genuinamente vulnerable—.
Llevo dieciocho años construyendo esa reputación con mucho esfuerzo.
No pienso que se venga abajo por un capítulo malo de una serie mala.
—Tu secreto está a salvo conmigo.
—Ya lo sé. —Lo dijo en voz más baja, con una seriedad repentina que contrastaba con la ligereza de un momento antes—. Es una de las cosas que más me sorprenden de todo esto, la verdad. Que confíe en ti tanto como confío.
Ethan se giró un poco para mirarla, con la luz azulada de la pantalla iluminándole el rostro de una manera que le pareció, en ese momento concreto, casi injustamente bonita, y ella pareció notar la mirada porque dejó de reírse y le sostuvo los ojos con una calma nueva, distinta de la intensidad depredadora que solía desplegar frente a cualquier otra persona del campus.
—¿Qué? —preguntó, con una sonrisa pequeña.
—Nada. Solo pensaba que esto —hizo un gesto vago hacia la habitación, hacia el móvil, hacia el espacio entero que compartían en ese momento— no se parece en nada a como empezó todo esto entre nosotros.
—No. —Valentina se apoyó de nuevo en su hombro, con un suspiro tranquilo—. Y es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, la verdad, aunque me cueste admitirlo en voz alta.
Se quedaron así un rato más, viendo el capítulo hasta el final sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de llenar el silencio con más palabras, y cuando Valentina finalmente se marchó, ya pasada la medianoche, con un beso breve en la puerta que ya no tenía nada de la vacilación de la primera vez, Ethan se quedó pensando que aquella intimidad doméstica, tan pequeña y tan simple, pesaba más que cualquier otra cosa que hubiera sentido con ella hasta entonces, más incluso que la intensidad del primer beso, precisamente porque no tenía nada de excepcional: era, simplemente, la normalidad de dos personas compartiendo un espacio sin necesidad de que ocurriera nada más.
❖
El segundo encuentro con Yuki llegó casi por accidente, en la biblioteca, donde Ethan se la encontró sola en una mesa del ala de estudio silencioso, rodeada de libros de Economía que llevaba subrayando con una concentración tan absoluta que no lo vio acercarse hasta que ya estaba sentándose frente a ella.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla vacía.
Yuki levantó la vista, con una expresión que se debatía visiblemente entre la cortesía y las ganas de que la dejaran en paz, y finalmente asintió con un gesto breve.
—Solo si no vas a volver a preguntarme por mi padre.
—No iba a hacerlo. —Ethan dudó un instante, sopesando cuánto podía insistir sin cerrar del todo la puerta que apenas se había entreabierto la primera vez—. Aunque, si te soy sincero, me sigue rondando por qué te incomodó tanto la pregunta.
—Porque mi padre estudió aquí, sí. —Lo dijo con una firmeza tensa, la voz medida como si cada palabra estuviera siendo racionada con cuidado antes de salir—.
Pero no habla de esa época nunca, con nadie, y yo tampoco sé nada que merezca la pena contar.
No hay ningún misterio detrás, Ethan. Solo hay un hombre que prefiere no recordar quién era antes de convertirse en quien es ahora.
—Eso suena a que sí hay algo detrás.
Yuki cerró el libro que tenía delante con un gesto brusco, y por un momento Ethan pensó que se levantaría y se marcharía sin decir nada más, pero en vez de eso se quedó mirándolo con una intensidad nueva, algo que se parecía más a la frustración genuina que a la cautela calculada de un momento antes.
—¿Sabes lo que es que la gente solo te vea como el apellido que llevas?
—dijo, con una voz que había perdido, de golpe, toda la precisión controlada de antes—.
Toda mi vida he sido "la hija de" alguien.
En cada colegio, en cada ciudad donde hemos vivido, la gente me mira y ve primero a mi padre, y solo después, si es que llega a haber un después, me ve a mí.
He estudiado más que nadie que conozco, he sacado las mejores notas de cada clase en la que he estado, gané la olimpiada de Economía de todo el estado el año pasado sin que absolutamente nadie de mi antiguo colegio se molestara en felicitarme por eso en concreto, porque estaban demasiado ocupados preguntándose en susurros si mi familia estaba involucrada en algo turbio.
Y aun así sigo siendo, para casi todo el mundo, solo una extensión de un nombre que no elegí.
—No sabía que hubieras ganado una olimpiada.
—Nadie lo sabe. —Se rio, sin ninguna alegría en el gesto—.
Ni siquiera lo puse en mi solicitud a Voss.
Preferí que mi expediente hablara por sí solo, sin necesidad de subrayar nada, porque en cuanto la gente sabe que eres buena en algo empieza a preguntarse por qué necesitas serlo, y las respuestas que se imaginan nunca tienen que ver con esfuerzo.
Siempre tienen que ver con mi padre. Con lo que sea que crean que hace mi padre.
Ethan se quedó en silencio un momento, sorprendido por la honestidad repentina, y pensó, con una punzada de reconocimiento que no esperaba sentir, en su propia situación: el apellido Volkov, que llevaba meses definiendo cada mirada, cada susurro, cada conversación en aquel campus, sin que él hubiera elegido nunca cargar con aquel peso.
—Lo entiendo más de lo que crees —dijo finalmente—. Yo también llevo un apellido que la gente reconoce antes de conocerme a mí. Y no tiene nada que ver con las mejores intenciones del mundo, precisamente.
Algo cambió en la expresión de Yuki entonces, una suavización mínima que Ethan reconoció como el primer gesto genuino de complicidad que había visto en ella hasta el momento.
—No sabía eso —dijo, con la voz más baja—. Supongo que por eso hiciste la pregunta de la otra vez. No para husmear, sino porque de verdad te importa saber si tu padre coincidió con el mío.
—Algo así. Aunque también reconozco que hay algo más ahí. Llevo meses intentando entender quién era mi padre, y cada persona que conoció esa época concreta me da un fragmento distinto, ninguno lo bastante completo para formar una imagen entera.
—¿Y crees que yo tengo el fragmento que te falta?
—No lo sé. Puede que ni siquiera lo sepas tú misma. Pero dudo que sea casualidad que tu padre y el mío hayan pisado el mismo campus en la misma época, y que tú y yo hayamos acabado sentados en la misma mesa de clase años después.
Yuki se quedó pensativa un momento, con la mirada fija en el libro cerrado sobre la mesa, como si estuviera sopesando cuánto podía permitirse decir sin cruzar una línea que ella misma se había impuesto hacía mucho tiempo.
—Mi padre nunca habla de Voss —dijo finalmente, con una precisión cuidadosa, como si cada palabra hubiera sido elegida con la misma exigencia con que elegía cada respuesta de un examen—.
Ni una sola vez, en toda mi vida, le he oído mencionar esta academia, ni a ningún compañero de aquella época, ni ninguna anécdota de estudiante.
Es como si esos años no hubieran existido para él.
Y eso, viniendo de alguien que recuerda con detalle exacto cada trato de negocio de los últimos veinte años, me parece bastante más raro que cualquier historia que pudiera contarme.
—¿Nunca le has preguntado directamente?
—Una vez. Tenía trece años. —Su voz se volvió, por primera vez en toda la conversación, genuinamente pequeña—.
Le pregunté cómo era Voss cuando él estudió aquí, porque acababa de recibir la noticia de que iría yo también, y estaba emocionada, quería que me contara algo, cualquier cosa.
Se puso tan serio que me asusté. Me dijo que Voss era solo un edificio, y que lo importante nunca es el edificio, sino lo que uno decide hacer dentro de él. No volví a preguntarle nunca más.
—Eso suena a que hay algo que le duele de verdad.
—O algo que le da miedo. —Yuki lo miró entonces, con una intensidad nueva—.
No sabría decirte cuál de las dos cosas, Ethan.
Y no puedo darte respuestas que no tengo.
Pero si algún día decido que quiero hablar de esto de verdad, prefiero que sea contigo antes que con cualquier otra persona de este campus.
Al menos tú pareces entender lo que se siente cargar con un nombre que pesa más de lo que debería.
—Cuando quieras. No voy a presionarte.
—Lo sé. —Volvió a coger el libro, aunque esta vez con menos brusquedad que antes, con algo más parecido a la calma—. Es probablemente la razón por la que sigo hablando contigo, si te soy sincera. Cualquier otro ya habría insistido diez veces más de lo que tú lo has hecho.
Se marchó poco después, dejando a Ethan con la sensación extraña de haber ganado algo aquel día, aunque no supiera todavía exactamente qué, y con la certeza creciente de que, fuera lo que fuera lo que Yuki llevaba escondido bajo aquella precisión calculada, tenía más peso del que cualquiera de los dos estaba todavía preparado para sostener del todo.
❖
—No voy a decirte quién era —dijo Rivera, con una firmeza que no dejaba espacio para la negociación, cuando Ethan volvió a insistir en la siguiente sesión de trabajo—. Ya te lo dije la última vez, y la respuesta no ha cambiado en absoluto entre entonces y ahora.
—Solo necesito entender qué pasó, profesora. No voy a repetirlo por ahí, si es eso lo que le preocupa.