Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Ethan se rio también, agradecido por el respiro antes de lo que tenía que contarle a continuación, aunque la sonrisa se le fue apagando poco a poco en cuanto decidió que no podía posponerlo más.

—Mi padre me escribió otra vez esta mañana. —Se sentó frente a ella, con el mismo alivio de siempre al poder hablar de aquello sin tener que medir cada palabra, sin tener que decidir cuánto contar y cuánto callar—. Dice que alguien lo traicionó. Que quiere que averigüe quién.

Elena se quedó callada un momento, con el tenedor suspendido a medio camino del plato, procesando la información con la misma seriedad con la que había recibido cada nueva pieza de aquel rompecabezas desde que decidió, semanas atrás, quedarse a su lado en vez de alejarse como le había pedido su padre.

—¿Y tienes idea de quién podría ser?

—Ninguna. —Se pasó una mano por el pelo, con el cansancio acumulado de todo el día pesándole de golpe—.

Hablé con Rivera esta tarde. Me confirmó que hubo un incidente grave en su promoción, algo relacionado con la muerte de un alumno, pero no quiso darme ningún nombre.

Dijo que necesitaba tiempo para decidir cuánto contarme.

Y luego dijo algo raro, Elena. Dijo que tengo la cara de mi padre, y que lleva veinticuatro años esperando que alguien viniera a hacerle las preguntas que nunca tuvo el valor de responder sola.

—Eso suena a que sí sabe mucho más de lo que está dispuesta a admitir todavía.

—Elena frunció el ceño, pensativa, dándole vueltas al tenedor entre los dedos sin llegar a comer nada—.

¿No te da la sensación, a veces, de que todos los adultos de este campus llevan un secreto guardado que tiene que ver contigo?

Rivera, tu madre, ahora también mi padre.

Es como si tu llegada hubiera destapado algo que llevaba veinte años bien enterrado.

—Lo he pensado, sí. —Ethan se rio, sin ganas—. No es una sensación muy tranquilizadora, la verdad.

—No, no lo es. —Elena le sonrió, con una calidez que rebajaba un poco la gravedad del momento—. Pero al menos no estás solo con ella.

—¿Sigues pensando lo que me dijiste? Lo de hablar con tu padre.

—Sigo pensándolo. —La sonrisa de Elena se apagó un poco, sustituida por algo más contenido—. No he llegado a ninguna conclusión todavía. Es más difícil de lo que pensaba, la verdad, decidir si merece la pena arriesgarme a que se entere de que sigo viéndote después de que me pidiera lo contrario.

—No quiero que te metas en problemas por mi culpa, Elena. En serio.

—Lo sé. —Le puso la mano encima de la suya, un gesto que ya no tenía nada de dudoso entre los dos, sino la naturalidad de una costumbre asentada—. Pero decido yo qué riesgos merecen la pena, ¿recuerdas? Ya te lo dije antes.

Siguieron hablando durante un rato, con la facilidad relajada que se había instalado entre los dos desde aquella tarde en el embarcadero —hablaron de una excursión que estaba organizando el departamento de Historia, de un profesor de Química al que todo el mundo llamaba "el Fantasma" porque nadie lo había visto nunca fuera de su laboratorio, de la manera absurda en que Derek había intentado, la noche anterior, convencer a Ethan de que apuntarse a un club de ajedrez le mejoraría la vida social—, y en algún momento, sin que Ethan lo planeara del todo, su mano acabó descansando sobre la de ella encima de la mesa, un gesto pequeño y casi automático que ninguno de los dos comentó ni retiró, tan natural como respirar.

—Ethan.

La voz de Nora llegó desde un lado, con la calidez habitual apenas velada por algo que Ethan no supo identificar en el primer instante —quizás simple sorpresa, quizás algo más—, y al levantar la vista la encontró de pie junto a la mesa, con la bandeja todavía en las manos, en el mismo atuendo de siempre, las gafas de pasta redondeadas y el pelo recogido en el moño alto que llevaba usando desde que Ethan la conoció.

—Nora, hola. —Retiró la mano de la de Elena con un gesto que esperaba pareciera casual, aunque no estuvo seguro de haberlo conseguido—. Íbamos a contarte lo de la conversación con Rivera de hoy, precisamente.

—¿Ya se lo has contado a Elena? —La pregunta salió con un tono que pretendía sonar ligero, casi de pasada, aunque algo en la manera en que Nora sostenía la bandeja —los nudillos ligeramente blancos alrededor del borde de plástico— hizo que Ethan se preguntara, por un instante fugaz que descartó casi antes de terminar de formularlo, si había algo más detrás de aquella pregunta que simple curiosidad.

—Iba a contártelo a ti también esta noche, en la biblioteca. —Se sintió, sin saber muy bien por qué, en la necesidad de justificarse, aunque no había hecho nada que requiriera justificación, ninguna promesa rota, ningún acuerdo incumplido—. Simplemente he coincidido antes con Elena para comer.

—No pasa nada. —Nora sonrió, con esa suavidad que la caracterizaba, aunque a Ethan le pareció que la sonrisa tardaba, esta vez, un instante de más en llegar del todo a sus ojos—. No quiero interrumpiros. Solo pasaba por aquí.

—Puedes quedarte, en serio —dijo Elena, con la naturalidad genuina que le era propia, apartando su propia bandeja un poco más para hacer sitio—. Hay sitio de sobra, y de todas formas estábamos hablando de tonterías más que de nada importante.

—Tengo que terminar un trabajo antes de la tarde. —Nora ya se estaba dando la vuelta, con la bandeja todavía intacta en las manos, sin haberse llevado ni un bocado—. Otro día, en serio. No os preocupéis por mí.

—¿Seguro que estás bien? —insistió Ethan, con una preocupación genuina que se le escapó antes de calcularla del todo.

—Segurísimo. —La sonrisa se ensanchó un poco, quizás demasiado rápido para resultar natural—. Solo tengo mucho trabajo. Nos vemos luego, Ethan. Ha sido un placer, Elena.

Se marchó con paso ligero, casi demasiado rápido para alguien que acababa de llegar hacía menos de un minuto, y Ethan se quedó mirando cómo se alejaba con una sensación difusa, imposible de nombrar del todo, algo que no llegaba a ser preocupación concreta pero que tampoco desaparecía sin más una vez que Nora salió del comedor.

Se dijo, finalmente, que probablemente había interrumpido algo, o que llevaba un mal día, o cualquiera de las docenas de explicaciones perfectamente razonables que un roce tan pequeño podía tener, y volvió su atención hacia Elena, que lo miraba con una ceja ligeramente alzada.

—¿Qué?

—Nada. —Elena sonrió, encogiéndose de hombros—. Solo me ha parecido un poco raro. Como si le hubiera molestado algo, aunque no sabría decir el qué exactamente.

—Nora nunca se molesta por nada. Es probablemente la persona más comprensiva que conozco.

—Puede ser. —Elena no insistió más, aunque su expresión conservó, durante un rato, un rastro de la misma duda—. Seguramente son imaginaciones mías.

—Seguramente —dijo Ethan, aunque la palabra no terminó de convencerlo, como una nota disonante en una melodía que hasta entonces le había resultado perfectamente familiar.

❖

Valentina llegó pasadas las diez, unos días después, con el mismo golpe suave en la puerta que Ethan ya reconocía de memoria, aunque esa noche había algo distinto en su forma de entrar: una sonrisa más ligera de lo habitual, casi traviesa, que contrastaba con la seriedad contenida de sus visitas anteriores.

—Has tardado en venir —dijo Ethan, cerrando la puerta tras ella—. Casi una semana.

—¿Me has echado de menos? —Se dejó caer en la cama con una familiaridad que ya formaba parte natural de aquellas visitas, aunque el tono con que hizo la pregunta tenía un matiz nuevo, más juguetón, menos cargado de la cautela habitual—. Qué tierno.

—Puede que un poco.

—Solo un poco. —Se rio, y el sonido llenó la habitación de una calidez que Ethan había aprendido a atesorar como uno de los pequeños milagros de aquel curso extraño—.

Estaba ocupada, Ethan. Resulta que ser la hija de la directora conlleva ciertas obligaciones sociales que no puedo saltarme cada semana solo porque prefiera estar aquí.

Hubo una cena con el consejo de patronos el martes, una recepción para exalumnos donantes el jueves, y ayer tuve que fingir durante dos horas que me interesaba profundamente la opinión de un empresario del sector textil sobre las inversiones de la fundación familiar.

—Suena espantoso.

—Lo fue. —Puso los ojos en blanco, con una expresividad que Ethan no le recordaba de los primeros meses de curso, cuando cada gesto suyo estaba tan controlado que parecía calculado incluso el parpadeo—. Pero al menos ahora estoy aquí, y no pienso perder ni un minuto más hablando de tela.

—¿Y ahora sí puedes saltártelas?

—Ahora he decidido que sí. —Se acercó a él, con una confianza que ya no tenía nada que ver con la vacilación de sus primeras visitas, y le quitó el teléfono de las manos con un gesto ágil, casi divertido—. Vamos a ver qué estás viendo en vez de hacerme caso a mí.

—Estaba repasando unos apuntes de Historia.

—Mentiroso. —Sonrió, desbloqueando la pantalla sin ningún pudor, con la misma naturalidad casual con la que un mes atrás jamás se habría permitido tocar sus cosas sin permiso—. Tienes una serie a medias. Vamos a verla.

Se acomodaron juntos en la cama, con la espalda contra la pared y las piernas entrelazadas bajo la manta, el móvil apoyado contra las rodillas de Ethan mientras un capítulo cualquiera de una serie que a ninguno de los dos parecía importarle demasiado avanzaba en la pantalla pequeña, y Ethan pensó, no por primera vez en las últimas semanas, en lo extraño que resultaba aquella escena comparada con la Valentina que había conocido el primer día de clase, la que caminaba dando por hecho que el mundo entero se reorganizaría para dejarle paso.

Esta Valentina, en cambio, se reía con facilidad ante los chistes malos de la serie, apoyaba la cabeza en su hombro sin ningún cálculo detrás del gesto, y en un momento dado, cuando un giro de guion especialmente absurdo la hizo soltar una carcajada real, se tapó la boca con la mano como una niña sorprendida en falta.