Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

El timbre sonó antes de que Ethan pudiera preguntar nada más, y Yuki recogió sus cosas con la misma eficiencia silenciosa con la que parecía hacer todo, aunque esta vez, al levantarse, le dedicó un gesto de despedida ligeramente más cálido que el saludo inicial de la clase.

—Gracias por el ejercicio —dijo—. Y por no insistir con lo otro.

—No hacía falta insistir. —Ethan se encogió de hombros—. Ya me has dicho lo que necesitaba saber, sin decir nada en realidad.

Yuki se detuvo, con una expresión que combinaba la sorpresa con una cautela renovada, como si aquella frase hubiera revelado que Ethan entendía más de lo que ella habría querido que entendiera, y se marchó sin responder, dejando a Ethan con la certeza, cada vez más firme, de que había tropezado, sin buscarlo, con otro hilo suelto de la misma madeja que llevaba meses intentando desenredar.

❖

La profesora Rivera lo recibió aquella tarde con la misma rutina de siempre —cajas de archivo por clasificar, la luz del despacho ya más tenue a esa hora del día, el silencio cómodo que se había instalado entre los dos desde que empezaron a trabajar juntos en el proyecto de catalogación—, aunque Ethan notó, casi desde el primer minuto, una tensión distinta flotando en el aire, algo que no lograba nombrar del todo pero que parecía cargar cada gesto de la profesora con un peso adicional; llevaba toda la mañana anticipando aquella conversación y, al mismo tiempo, temiéndola.

—Tienes algo en la cabeza —dijo Rivera, sin levantar la vista de los papeles que estaba ordenando, con esa capacidad suya de leer a Ethan que él seguía sin acostumbrarse del todo a que existiera—. Se te nota en cómo llevas media hora clasificando la misma carpeta sin avanzar nada.

—Mi padre me envió otro mensaje esta mañana.

—No tenía sentido ocultárselo; Rivera ya conocía, en líneas generales, buena parte de la historia, y Ethan había descubierto, con el paso de las semanas, que hablar con ella tenía una cualidad distinta de hablar con Nora o con Elena: una franqueza casi clínica, la de alguien que hubiera decidido, desde el principio, que suavizar la realidad no le hacía ningún favor a ninguno de los dos—.

Dice que alguien lo traicionó. Que tuvo que desaparecer por eso.

Y que solo pudo ser alguien de su propia promoción, o alguien muy cercano a él.

Rivera se detuvo entonces, con una carpeta a medio camino entre la mesa y el archivador, y durante un instante Ethan creyó ver cruzar por su rostro algo parecido al miedo, una sombra rápida que desapareció con la misma rapidez con que había llegado, sustituida por la máscara de calma profesional que la profesora llevaba puesta la mayor parte del tiempo, aunque esta vez a Ethan le pareció más frágil que de costumbre, como si aquella máscara empezara a costarle un esfuerzo mayor cada semana que pasaba.

—Eso es una acusación muy seria —dijo finalmente, dejando la carpeta sobre la mesa con un cuidado que a Ethan le pareció excesivo para el gesto en sí, como si necesitara aquel movimiento lento y deliberado para recomponerse antes de continuar—.

Y una acusación muy conveniente, además, viniendo de un hombre que huyó y dejó a su familia entera sin ninguna explicación durante casi dos décadas.

—¿Usted cree que miente?

—Creo que no sé lo suficiente para decirte si miente o no.

—Se sentó, cruzando las manos sobre la mesa con una formalidad que contrastaba con el tono, mucho más cauto, de sus palabras—.

Pero sí sé que las personas que necesitan encontrar a un traidor suelen tener buenas razones para no querer ser encontradas ellas mismas primero.

Piénsalo, Ethan: si alguien te enviara ahora mismo un mensaje diciéndote que fuiste tú quien traicionó a alguien, ¿no sería la manera más elegante de desviar la atención de tu propia culpa?

—¿Cree que mi padre tiene algo que ocultar?

—Creo que todos, en esa promoción, tienen algo que ocultar.

—Lo dijo con una amargura que se le escapó antes de poder controlarla del todo, y Ethan vio, por un momento, algo genuinamente cansado en la manera en que se frotó los ojos con dos dedos, un gesto humano que rompía por completo la elegancia calculada con la que solía moverse por el mundo—.

Yo la primera, si quieres que sea sincera.

—¿Usted qué oculta?

Rivera sonrió, pero fue una sonrisa sin ningún humor detrás, algo más parecido a una mueca contenida.

—Todavía no estás preparado para esa respuesta. —Se levantó, alisándose la falda con un gesto automático, y se acercó a la ventana, dándole la espalda a Ethan un instante, como si necesitara esa distancia física para poder continuar hablando—. Pero puedo darte otra cosa, ya que insistes tanto.

Ethan dejó pasar un momento antes de continuar, sopesando cómo formular la pregunta que llevaba días queriendo hacerle sin encontrar el momento adecuado.

—Profesora, ¿por qué hay tan poca información sobre su promoción? Nora y yo llevamos semanas buscando en los archivos y es como si alguien hubiera decidido que 2002 nunca existió.

Algo cambió en la expresión de Rivera entonces, un endurecimiento sutil que Ethan reconoció, sin poder explicar exactamente por qué, como la primera grieta genuina que le había visto desde que empezaron a trabajar juntos, más profunda que cualquier otra cosa que le hubiera mostrado hasta entonces.

—Porque hubo algo, aquel último año, que la institución decidió que era mejor no recordar —dijo, con una voz que había perdido, de golpe, toda la teatralidad calculada con la que solía dirigirse a él, sustituida por algo mucho más crudo, casi doloroso—.

Un alumno murió, Ethan. En circunstancias que nunca se aclararon del todo, o que se aclararon solo para quienes tenían el poder de decidir qué se aclaraba y qué se enterraba junto con el chico.

—¿Quién era?

—Eso no te lo puedo decir. —Lo dijo con una firmeza que no dejaba espacio para la negociación habitual entre los dos, la misma firmeza tensa de alguien conteniendo, con esfuerzo visible, algo mucho más grande de lo que estaba dispuesta a mostrar—.

No hoy. Quizás nunca, si soy sincera contigo.

Hay cosas que llevo veinticuatro años sin decir en voz alta, y no estoy segura de que decírtelas a ti, precisamente, vaya a cambiar nada más que hacerme sentir peor de lo que ya me siento cada vez que pienso en ello.

—¿Por qué a mí, precisamente? Usted podría no haberme dicho nada de todo esto. Podría haberme dejado seguir sin saber que hubo ningún incidente en absoluto.

Rivera se giró finalmente hacia él, con una expresión que combinaba el cansancio con algo que Ethan tardó un momento en reconocer como una especie de ternura reticente, la misma que había visto asomar, brevemente, el día que le mostró dónde encontrar el panel de fotografías.

—Porque tienes su cara, Ethan. —Lo dijo con una simplicidad que dolía más que cualquier explicación elaborada—.

Y porque llevo veinticuatro años deseando, sin admitirlo del todo ni siquiera ante mí misma, que alguien viniera algún día a hacerme las preguntas que nunca tuve el valor de responder por iniciativa propia.

No puedo dártelas todas. Pero tampoco puedo mirarte a la cara y fingir que no sé nada, cuando sé más de lo que cualquier persona decente debería callar durante tanto tiempo.

—¿Tiene que ver con mi padre?

Rivera lo miró entonces con algo entre la compasión y una especie de cansancio antiguo, el cansancio de quien lleva mucho tiempo cargando un peso que nadie más conoce, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba más baja de lo habitual.

—Todo, en aquella promoción, tiene que ver con tu padre de una manera o de otra.

—Se levantó definitivamente, dando por terminada la conversación con la misma abrupta naturalidad de siempre, aunque esta vez el gesto parecía costarle más esfuerzo, cada palabra pronunciada restándole algo de la energía necesaria para mantener la compostura—.

Sigue con las cajas, Ethan. Y no me preguntes por esto de nuevo hoy.

Necesito tiempo para decidir cuánto de esto estoy dispuesta a cargar sobre tus hombros, además de sobre los míos.

Ethan volvió a las cajas de archivo con la cabeza llena de aquella conversación, con la sensación clara de que acababa de tocar, sin quererlo del todo, un nervio mucho más profundo de lo que había esperado encontrar aquella tarde, y con una pregunta nueva rondándole que no se atrevió a formular en voz alta: ¿cuánto de lo que Rivera calla es piedad hacia mí, y cuánto es simplemente miedo hacia sí misma?

❖

El comedor a esa hora del día ya había perdido buena parte del bullicio del mediodía, reducido a un puñado de mesas dispersas donde estudiantes rezagados terminaban sus tareas entre bandejas ya frías, y Elena lo estaba esperando en la que se había convertido, sin que ninguno de los dos lo decidiera formalmente, en su mesa habitual, junto a una de las vidrieras que proyectaban un charco de luz azulada sobre la madera oscura.

—Tienes cara de haber tenido un día raro —dijo, apartando su bandeja para hacerle sitio—. Más raro de lo habitual, quiero decir, que ya es decir bastante viniendo de ti últimamente.

—Antes de que me pongas serio —lo cortó Elena, con una sonrisa traviesa, sin dejarle continuar—, tienes que saber que el profesor de Historia del Arte se ha puesto una peluca nueva.

Estoy segurísima. La semana pasada tenía el pelo tres centímetros más corto y el flequillo hacia el otro lado.

Hoy parece que le ha crecido de golpe cinco centímetros y encima lo lleva peinado hacia atrás.

Nadie envejece así de rápido en la dirección contraria.

—A lo mejor se hizo un trasplante exprés.

—O tiene un armario entero lleno de pelucas y las va rotando según el día de la semana. —Se rio de su propia teoría, con una carcajada que contagió a Ethan casi de inmediato—. Es la única explicación que tiene sentido.