CAPÍTULO 5 #2
Se quedó mirando la pantalla un rato largo, con la misma sensación de siempre —esa mezcla imposible de rabia, curiosidad y un cariño extraño e injustificado hacia un hombre al que no recordaba en absoluto, un hombre que existía para él únicamente como una sucesión de mensajes crípticos y una fotografía con una esquina rota— apretándole el pecho.
Leyó el mensaje una segunda vez, y una tercera, deteniéndose especialmente en la frase que más le costaba digerir: solo alguien de mi propia promoción, o alguien muy cercano a mí.
Pensó, con una punzada fría, en Rivera, que pertenecía a esa misma promoción y que llevaba semanas dejando caer fragmentos de información con el mismo cuidado calculado con que se reparte un tesoro escaso.
Pensó en la profesora, en el archivo académico que ella misma había mencionado que existía, en la manera en que su rostro se había ensombrecido cada vez que la conversación se acercaba demasiado a aquel último año de su promoción.
Pensó, sin poder evitarlo del todo, en la palabra traición , y en cómo aquella palabra parecía perseguirlo desde que había llegado a Voss Academy, cambiando de forma cada vez que creía haberla entendido: primero la traición que sentía él mismo hacia un padre que nunca había estado; después la traición que su padre decía haber sufrido; y en algún punto intermedio, sin que Ethan supiera todavía muy bien dónde encajaba, la certeza incómoda de que alguien, en algún momento, iba a tener que pagar por algo que él ni siquiera comprendía del todo.
¿Y si el traidor soy yo, en cierto modo?
, pensó, con una lucidez repentina que lo incomodó más de lo que esperaba.
¿Y si, al buscar la verdad, acabo traicionando a alguien a quien no quiero traicionar?
No supo de dónde había salido aquel pensamiento, ni por qué se le había ocurrido justo entonces, pero se quedó rondándole mientras se levantaba de la cama, se pasaba las manos por la cara y empezaba, con el mismo peso de siempre sobre los hombros, a prepararse para el día.
Derek se removió en la cama de al lado, murmuró algo ininteligible sobre una clase de las nueve, y se dio la vuelta hacia la pared sin llegar a despertarse del todo.
Ethan lo envidió, brevemente, por la sencillez de sus preocupaciones —un examen, una resaca, una chica que quizás le devolviera la llamada—, y luego se sintió culpable por envidiarlo, porque Derek no tenía la culpa de vivir una vida sin fantasmas, y porque, en el fondo, Ethan tampoco habría cambiado lo que estaba descubriendo por la ignorancia tranquila de antes.
Aquello, pensó mientras se vestía, era quizás lo más extraño de todo el asunto: que incluso en los peores momentos, no deseaba de verdad no saber.
❖
La coincidencia, cuando llegó, no tuvo nada de dramático: fue, simplemente, que la profesora de Historia del Este Asiático decidió aquel día colocar a los alumnos por parejas para un ejercicio de análisis de fuentes primarias, y el destino —o la lista alfabética de apellidos, más probablemente— sentó a Ethan Volkov junto a una chica menuda, de pelo negro liso y postura tan recta que parecía haber memorizado, en algún momento de su vida, la manera exacta en que debía sentarse en cualquier silla.
—Yuki Nakamura —se presentó, sin ofrecerle la mano, con una voz precisa que no desperdiciaba ni una sílaba de más—. Supongo que nos toca trabajar juntos.
—Ethan. —Dudó un instante, sin saber muy bien por qué la sola presencia de la chica le producía una curiosidad que no lograba justificar del todo, una especie de reconocimiento instintivo hacia alguien que se movía por el mundo con la misma cautela medida con que él mismo había aprendido a moverse desde que llegó a Voss—.
Creo que ya te había visto antes. En el comedor, con...
—Se interrumpió, consciente de que no sabía cómo terminar la frase sin sonar como si llevara semanas fijándose en un grupo cerrado de chicas del que apenas sabía nada, cosa que, para ser justos, era exactamente lo que había pasado.
—Con mi grupo. —Lo dijo sin ninguna hostilidad, aunque tampoco con calidez, simplemente constatando un hecho, con la precisión desapasionada de quien probablemente resolvía cualquier ecuación—.
Sí. Es un campus pequeño. Todo el mundo se ha visto a todo el mundo alguna vez, aunque no todo el mundo se conozca de verdad.
—¿Hay diferencia?
—Toda la diferencia del mundo. —Lo dijo con una convicción tan repentina, tan poco ajustada al tono neutro del resto de la conversación, que Ethan se quedó momentáneamente descolocado, sin saber si había tocado, sin querer, alguna fibra que ella misma no esperaba dejar ver tan pronto—.
Perdona. No hace falta que te aburra con esto. ¿Qué documento nos ha tocado?
Ethan le tendió las hojas que la profesora había repartido —cartas diplomáticas de mediados del siglo pasado, traducidas con notas al pie que Yuki empezó a leer de inmediato con una atención que a Ethan le pareció, incluso en un ejercicio de clase sin ninguna trascendencia real, casi feroz, como si cualquier tarea, por pequeña que fuera, mereciera el mismo nivel de rigor que un examen decisivo.
Subrayaba con un lápiz mecánico, anotaba en los márgenes con una letra diminuta y ordenada, y en un par de ocasiones se detuvo a corregir su propia anotación con la misma severidad exigente con que probablemente se corregía a sí misma en todo lo demás.
—Eres muy meticulosa —dijo Ethan, medio en broma, mientras la observaba tachar una nota que a él le había parecido perfectamente razonable.
—No me gusta hacer las cosas a medias. —Ni siquiera levantó la vista al responder—. Si voy a dedicarle tiempo a algo, prefiero hacerlo bien la primera vez. Ahorra tiempo a largo plazo, aunque parezca lo contrario al principio.
—Suena a algo que diría alguien con muy poco tiempo libre.
Yuki sí levantó la vista entonces, con una expresión que Ethan no supo interpretar del todo —algo entre la sorpresa de que alguien hubiera hecho una observación tan precisa sobre ella en el espacio de diez minutos, y una especie de cautela renovada, como si el comentario, ligero como pretendía ser, hubiera rozado algo más serio de lo que Ethan podía imaginar.
—No tengo mucho tiempo libre, no —dijo, con una voz que se había vuelto ligeramente más medida, como si se replegara a un tono más seguro—. Prefiero mantenerlo así.
Trabajaron durante un rato en silencio productivo, repartiéndose los documentos y comparando anotaciones con una eficiencia que sorprendió a Ethan viniendo de alguien a quien acababa de conocer, y fue precisamente esa concentración compartida —la sensación cómoda de estar resolviendo algo juntos sin necesidad de llenar cada minuto con conversación— lo que lo llevó a hacer, sin pensarlo demasiado, el comentario que cambiaría el resto de la conversación.
—Es curioso —dijo, mientras subrayaba un párrafo de una de las cartas—, mi padre estudió aquí, en Voss. Hace más de veinte años. Me pregunto si habrá coincidido con el tuyo, si es que tu familia tiene alguna relación con la academia.
Fue apenas un instante, tan breve que cualquiera que no estuviera prestando la atención exacta que Ethan llevaba meses entrenando sin proponérselo lo habría dejado pasar sin más: los dedos de Yuki, que sostenían el lápiz con firmeza absoluta un segundo antes, se tensaron ligeramente sobre el papel, dejando una marca de grafito más oscura de lo necesario en el margen de la hoja, y su expresión, hasta entonces abierta a la conversación, se cerró con la rapidez de una puerta que alguien acaba de cerrar de golpe sin hacer ruido, sin dar ni un portazo que delatara el gesto.
—No sabría decirte —dijo, con una voz que había perdido de repente buena parte de la naturalidad de un momento antes, sustituida por un tono cuidadosamente plano—. Mi familia no habla mucho de esa época.
—¿De qué época?
—De ninguna, en general. —Yuki bajó la vista de nuevo hacia el documento, con una determinación que a Ethan le resultó, incluso sin conocerla apenas, evidentemente fingida, una manera de cortar la conversación sin tener que decir explícitamente que quería cortarla—.
Deberíamos terminar esto antes de que acabe la clase.
La profesora dijo que quiere las respuestas por escrito.
Ethan asintió, sin insistir de inmediato, aunque no pudo evitar observarla de reojo durante el resto del ejercicio: la manera en que sus hombros se habían quedado ligeramente más rígidos que antes, la forma en que evitaba, ahora, cualquier tema que se acercara remotamente a familias, apellidos o historias de generaciones pasadas, redirigiendo la conversación con una habilidad que solo podía venir de mucha práctica.
—¿Puedo preguntarte algo, sin que suene raro? —dijo finalmente, cuando ya solo quedaban un par de minutos de clase—. No sobre tu padre. Sobre ti.
Yuki lo miró con cautela, como si sopesara si aquello era una trampa disfrazada de tregua.
—Depende de la pregunta.
—¿Qué quieres estudiar? Después de aquí, quiero decir. Cuando todo esto —hizo un gesto vago hacia el aula, hacia el campus entero— se acabe.
Algo cambió en su expresión entonces, una apertura mínima, casi imperceptible, que Ethan reconoció como el primer momento genuinamente relajado de toda la conversación.
—Economía y Relaciones Internacionales. —Lo dijo con una convicción que no había tenido en ninguna otra frase anterior—. Quiero trabajar en política comercial. Algo que tenga que ver con acuerdos entre países, con estructuras que se construyen desde cero en vez de heredarse.
—Suena a que lo tienes muy claro.
—Es lo único que tengo claro, la verdad. —Se rio, un sonido breve pero genuino, el primero que Ethan le escuchaba—. El resto es bastante más complicado.