Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 5
57%

CAPÍTULO 5

TRANSFORMACIONES (PRIMERA PARTE)

Se despertó antes de que sonara la alarma, en ese punto impreciso de la mañana en que el cuarto todavía conserva la temperatura de la noche y la luz que entra por la ventana no ha decidido del todo qué clase de día quiere ser.

Se quedó tumbado un rato, mirando el techo, con la respiración de Derek al otro lado de la habitación marcando un ritmo lento y regular que no correspondía todavía al despertar, y lo primero que le vino a la cabeza, antes incluso de que el resto del mundo empezara a reclamar su atención, fue el beso.

No el recuerdo completo, con todo su contexto y su peso —eso llegaría después, con la conciencia ya despierta del todo—, sino algo más parecido a una sensación residual: la boca de Valentina contra la suya, la vacilación real detrás de un gesto que en cualquier otra circunstancia habría sido pura seguridad calculada, el silencio de la habitación ya de madrugada cuando ella finalmente se marchó.

Llevaba casi dos semanas volviendo sobre ese momento con una frecuencia que empezaba a resultarle ligeramente vergonzosa, como si fuera un adolescente incapaz de pensar en otra cosa, aunque suponía que, en el fondo, no dejaba de serlo.

¿Qué significaba, exactamente? Era la pregunta que se repetía cada mañana sin llegar nunca a una respuesta satisfactoria.

Valentina no había vuelto a mencionar aquella noche desde entonces —ni para confirmarla ni para retirarla, simplemente la había dejado ahí, suspendida entre los dos, como uno más de los silencios que definían su relación extraña—, y Ethan tampoco había encontrado el valor ni las palabras para preguntar directamente qué esperaba ella que fuera aquello ahora.

Sabía, al menos, que no había sido un error para ninguno de los dos; lo había sentido con la misma claridad con que se siente el frío o el cansancio, una certeza física antes que racional.

Lo demás seguía siendo terreno sin cartografiar, y una parte de él —la misma parte que llevaba meses acostumbrándose a vivir con preguntas sin respuesta clavadas en el pecho como agujas pequeñas— había decidido, sin decírselo del todo a sí mismo, que no tenía prisa por resolverlo.

Y estaba Elena. Pensar en ella al lado de aquel recuerdo todavía le producía una punzada de algo que no sabía nombrar del todo —no era culpa, en sentido estricto, porque nunca se habían puesto ninguna etiqueta que romper, pero sí una especie de vértigo incómodo, la sensación de estar sosteniendo dos cosas al mismo tiempo sin saber si eso era, siquiera, algo que se pudiera sostener sin que en algún momento una de las dos manos acabara soltando lo que llevaba.

Con Elena todo era fácil, cálido, sin la tensión constante que definía cualquier momento compartido con Valentina; con Elena podía reírse de cualquier tontería, contarle cualquier miedo sin medir las palabras, dejarse ver cansado o confuso sin que aquello supusiera ningún riesgo.

Con Valentina, en cambio, había una intensidad que Ethan no había sentido nunca con nadie más, algo que se le clavaba en el pecho de una manera que Elena, con toda su calidez genuina, jamás había conseguido —una gravedad distinta, casi física, un instinto mucho más antiguo que cualquier razonamiento sensato despertándose cada vez que ella estaba cerca.

Así que, como llevaba haciendo desde que empezó el curso con la mayoría de las cosas que no sabía resolver, decidió no pensarlo del todo y dejar que el tiempo lo decantara por él, aunque sabía, en algún rincón más honesto de sí mismo, que aquella estrategia tenía fecha de caducidad.

Se incorporó finalmente, con el cuerpo todavía pesado de sueño, y alargó la mano hacia la mesilla, donde la cartera descansaba junto al móvil apagado toda la noche.

Sacó la fotografía casi por costumbre, sin una razón concreta más allá del gesto ya automático de comprobar que seguía ahí, que aquel pedazo diminuto de su padre —el único que tenía, más allá de un puñado de mensajes de origen imposible de verificar— no se había desvanecido durante la noche como llevaba temiendo, sin saber muy bien por qué, desde que la encontró en el desván de su casa.

Era un gesto que había repetido tantas veces desde entonces que ya no requería pensamiento consciente, algo tan mecánico como comprobar que la puerta quedaba cerrada al salir, y precisamente por eso lo sorprendió tanto notar, aquella mañana concreta, que algo en la fotografía había cambiado.

La estudió un momento a la luz gris de la mañana: su padre, joven, con aquel gesto tenso en la mandíbula que Ethan reconocía ahora en el espejo cada vez que se afeitaba, la misma tensión heredada sin que nadie se la hubiera enseñado; el otro chico a su lado, cuyo rostro seguía sin poder poner en ningún nombre concreto más allá de la sospecha creciente que empezaba a rondarle desde la conversación con Rivera; el edificio de piedra gris de fondo, el mismo que cruzaba cada mañana camino a clase, con los mismos robles —más jóvenes en la foto, apenas arbustos altos— que ahora daban sombra a medio campus.

Y entonces, sin esperarlo, algo le hizo detener el pulgar sobre el borde inferior del papel.

Faltaba un trozo.

No era mucho —apenas la esquina, un triángulo diminuto donde el papel se cortaba con un filo demasiado limpio para ser un simple desgaste del tiempo—, pero Ethan habría jurado, con la certeza incómoda de quien ha mirado un objeto miles de veces sin prestarle atención real, que aquella esquina había estado intacta la última vez que se fijó en ella.

No sabía decir cuándo había sido eso exactamente; los últimos meses se le habían llenado de tantas cosas —Rivera, el archivo de anuarios, las cajas del sótano, el reencuentro tenso y después reparado con Elena— que la fotografía, en algún momento, había dejado de merecer un examen detenido cada vez que la sacaba de la cartera.

Se quedaba en el compartimento interior, protegida, y él la tocaba a veces solo por el gesto de saber que seguía ahí, sin mirarla realmente.

Le dio vueltas entre los dedos, tratando de recordar quién más había podido tenerla en las manos en las últimas semanas.

Se la había enseñado a su madre, no; a Rivera, sí, brevemente, en su despacho, el día que le contó lo de la promoción de 2002; a Nora, también, aquella tarde en la biblioteca en que le contó por primera vez toda la historia, sentada frente a ella con la fotografía extendida entre los dos sobre la mesa de madera.

¿Habría sido entonces? No lograba estar seguro, y cuanto más intentaba fijar el momento exacto, más se le escapaba el recuerdo, como si la memoria misma se negara a cooperar con la pregunta, disolviéndose cada vez que intentaba sujetarla con firmeza.

Recordó, vagamente, la misma sensación frente al panel de fotografías de la biblioteca —aquella otra esquina rota, la del retrato de grupo enmarcado, que Nora había señalado con el mismo interés metódico que aplicaba a todo lo demás y que él mismo había atribuido, sin darle mayor importancia entonces, al simple paso de los años sobre un papel de casi un cuarto de siglo—.

Se dijo, finalmente, que probablemente esta esquina llevaba así más tiempo del que creía y que simplemente no se había fijado antes, la misma explicación tranquilizadora que se había dado meses atrás frente a aquella otra fotografía, la del panel.

Era razonable. Las fotografías viejas se estropeaban, los bordes se desgastaban, las esquinas se doblaban y se rompían con el roce constante de guardarlas y sacarlas de carteras y bolsillos.

No había ningún motivo para pensar otra cosa.

Y sin embargo.

Aun así, guardándosela de nuevo en la cartera, no pudo evitar una inquietud pequeña y difusa que no terminaba de disolverse del todo, la sensación de haber pasado por alto algo que debería haber notado antes, algo que no lograba nombrar ni justificar pero que se le quedó pegado al pecho como una arenilla molesta, imposible de sacudirse.

No era sospecha, en realidad —no señalaba a nadie, no construía ninguna teoría, no encontraba ningún motivo lógico para que aquello fuera más que un simple desgaste—, era más bien la incomodidad de una pregunta sin destinatario claro, algo que volvía a asomar cada pocos días sin que él decidiera invocarla, y que él aceptaba, cada vez, con la misma explicación insuficiente antes de guardarla de nuevo en algún rincón de la cabeza donde las preguntas sin respuesta esperaban su turno.

Fue entonces cuando el móvil, todavía en la mesilla, vibró con la insistencia particular de un mensaje entrante.

Ethan lo cogió con el pulso ya acelerado antes incluso de desbloquear la pantalla —llevaba meses reaccionando así a cualquier vibración inesperada del teléfono, un reflejo que ya formaba parte de él tanto como respirar, algo que Derek, en las escasas ocasiones en que había estado despierto para presenciarlo, había empezado a llamar en broma "el salto Volkov"—, y confirmó lo que ya sabía en cuanto vio el número oculto en la parte superior de la pantalla.

Ethan, hijo.

Alguien me traicionó hace muchos años, y por eso tuve que desaparecer de tu vida.

No pude protegerte de otra manera. Ahora necesito que averigües quién fue.

No pudo ser cualquiera. Solo alguien de mi propia promoción, o alguien muy cercano a mí, podría haber sabido lo suficiente para hacer lo que hizo.

Sé que es mucho pedir. Pero es la única manera de que entiendas por qué las cosas son como son.

— Tu padre