Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 4 #7
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CAPÍTULO 4 #7

La primera vez fue un martes por la noche, con Derek fuera en alguna fiesta del ala este que Ethan había decidido saltarse.

Un golpe suave en la puerta, casi tímido, tan distinto de la seguridad habitual con la que Valentina se movía por cualquier otro espacio de Voss Academy que Ethan tardó un momento en reconocer, a través de la mirilla, quién era.

La dejó pasar sin hacer preguntas. Ella no dijo gran cosa esa noche —se sentó en el borde de la cama, con la espalda recta, mirando la habitación con una curiosidad callada, como quien examina un lugar completamente ajeno a su mundo habitual— y Ethan tampoco insistió en llenar el silencio con palabras.

Se quedaron así, sin hablar apenas, hasta que ella se marchó pasada la medianoche con un simple "gracias" que no explicó nada y que, sin embargo, dijo más de lo que cualquier frase larga hubiera podido decir.

Volvió la semana siguiente. Y la siguiente a esa.

Nunca avisaba, nunca proponía un día concreto; simplemente aparecía, casi siempre tarde, casi siempre en las noches en que Derek estaba fuera o dormía ya con los auriculares puestos y el sueño pesado que lo hacía inmune a cualquier ruido menor.

Hablaban poco en esas visitas, comparado con lo mucho que hablaban en sus encuentros privados de meses atrás, cargados entonces de la tensión de la confrontación y del control disputado entre los dos.

Aquí, en cambio, el silencio parecía ser el punto entero del ejercicio: un espacio donde Valentina Cross podía sentarse en el suelo con la espalda contra la cama, sin maquillaje retocado para la ocasión, sin ninguna de las capas de perfección calculada que llevaba puestas cada hora del día en cualquier otro rincón del campus, y simplemente existir, durante un rato, sin que nadie esperara nada de ella.

Una de esas noches, ya entrado febrero, llegó más cansada de lo habitual.

No dijo por qué, y Ethan no preguntó; se limitó a hacerle sitio en la cama en vez de dejar que se sentara en el suelo como solía hacer, y ella aceptó el gesto sin comentarlo, apoyando la espalda contra la pared con las piernas estiradas junto a las de él y un libro de texto de Ethan —de Historia, abierto por una página cualquiera— entre las manos, sin leerlo en realidad, pasando las hojas de vez en cuando con un gesto mecánico que parecía existir solo para justificar que se quedaba callada sin sentirse incómoda por ello.

Ethan tenía sus propios apuntes sobre las rodillas, un ensayo pendiente que llevaba días posponiendo, y durante un rato los dos simplemente coexistieron en aquel silencio compartido, cada uno con su propio papel delante, con la lámpara de la mesilla como única luz de la habitación.

En algún momento —Ethan no supo precisar exactamente cuándo, absorto como estaba en una fecha que no conseguía recordar— notó que la respiración de Valentina se había vuelto más lenta, más profunda, y al levantar la vista la encontró con la cabeza ligeramente caída hacia un lado, el libro de Historia resbalándole de las manos hasta quedar abierto y boca abajo sobre la manta, completamente dormida.

Se quedó mirándola un momento, sin moverse, con una sensación extraña y tierna instalándose en el pecho: nunca la había visto así, sin ningún control consciente sobre su propia imagen, con los rasgos relajados de una manera que el campus entero de Voss Academy jamás llegaría a ver.

Movió el libro con cuidado para dejarlo en la mesilla, sin hacer ruido, y apagó la lámpara antes de recostarse él también, procurando no despertarla.

No durmió mucho esa noche —era plenamente consciente de que ella tendría que marcharse antes de que amaneciera del todo, antes de que cualquiera pudiera verla salir de su residencia—, pero se permitió, durante la hora escasa que Valentina durmió apoyada contra su hombro, la ilusión pasajera de que aquello era algo parecido a la normalidad: dos personas compartiendo una cama sin que hiciera falta ninguna palabra ni ninguna estrategia.

Cuando ella se despertó, sobresaltada, y comprobó la hora en el móvil con una maldición ahogada, se marchó casi corriendo, despeinada y con la mitad de la ropa aún por colocarse bien, sin mencionar en ningún momento que se había quedado dormida.

Ethan tampoco lo mencionó. Pero durante días se sorprendió pensando en aquella hora de silencio compartido con más cariño del que había esperado sentir por un gesto tan pequeño.

Ethan entendió, sin que ella lo dijera nunca en voz alta, que aquellas visitas silenciosas no tenían nada que ver con el chantaje ni con el control que había definido su relación en un principio.

Eran, para Valentina, el único momento de la semana en que podía quitarse la máscara sin que quitársela costara nada.

❖

La última visita, ya bien avanzado febrero, fue distinta desde el momento en que Ethan abrió la puerta.

Valentina llegó más tarde de lo habitual, con el pelo suelto y algo despeinado por el viento de fuera, y en cuanto entró se quedó de pie en mitad de la habitación en vez de sentarse directamente en la cama, como si necesitara reunir algo de valor antes de dejarse caer en la misma rutina silenciosa de las últimas semanas.

—¿Va todo bien? —preguntó Ethan, cerrando la puerta con cuidado.

—No lo sé. —Fue una respuesta extrañamente honesta, sin ninguno de los rodeos habituales—. Llevo toda la noche dando vueltas por el campus. No sabía a dónde ir.

—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites.

Valentina se sentó, finalmente, no en el suelo como de costumbre sino en el borde de la cama, junto a él, con una cercanía que rompía, sutilmente, la distancia física que ambos habían mantenido sin discutirla durante las visitas anteriores.

—Mi madre me pidió hoy que sonriera más en la ceremonia del sábado.

—Lo dijo con una risa breve y amarga, sin nada de humor real en ella—.

Hay una recepción con donantes importantes.

Necesita que la hija de la directora parezca feliz de estar viva.

Como si sonreír fuera algo que se pudiera encender y apagar a demanda.

—¿Y tú qué le dijiste?