CAPÍTULO 4 #6
La fotografía mostraba una fila de estudiantes vestidos con el uniforme formal de graduación, de pie frente a la misma fachada de piedra que Ethan reconocía ya de memoria, con una expresión colectiva de solemnidad ligeramente forzada que parecía común a todas las fotos de graduación de cualquier época.
Ethan la estudió con atención, buscando rostros familiares, hasta que Nora, a su lado, dejó escapar un sonido bajo, casi un jadeo contenido.
—Ahí —dijo, señalando una figura en la segunda fila—. Ese es tu padre, ¿no?
Ethan siguió su dedo y sintió que el estómago le daba un vuelco.
Era él, sin ninguna duda posible, con el mismo gesto tenso en la mandíbula que había visto en la fotografía del desván, algo mayor ya, con una expresión que parecía guardar más distancia con el resto del grupo que la de cualquier otro estudiante de la fila.
—Es él —confirmó, con la voz ligeramente ronca—. Y mira, ahí está la profesora Rivera.
Un poco más a la derecha, una Victoria Rivera joven, con el pelo rubio recogido de una manera que ya insinuaba la elegancia estudiada que Ethan reconocía en ella ahora, miraba a la cámara con una expresión más abierta, menos cargada de la cautela calculada que había aprendido a asociarle desde entonces.
Fueron encontrando, poco a poco, otros rostros que reconocieron o creyeron reconocer: un hombre de rasgos que a Ethan le resultaron vagamente familiares y que, tras un momento de duda, identificó como una versión joven del alcalde de la ciudad —el padre de Valentina, cayó en la cuenta con un sobresalto—, de pie junto a una mujer de porte severo que debía de ser, casi con toda seguridad, la actual directora de Voss Academy, ya entonces con la misma postura erguida que Ethan había visto en ella durante el acto de bienvenida del primer día.
Los dos aparecían casi tocándose los hombros, con una cercanía que sugería que su historia como pareja venía de mucho más atrás de lo que Ethan había asumido hasta entonces.
—Mira esta esquina —dijo Nora, de pronto, señalando el borde inferior derecho de la fotografía enmarcada, con un tono que a Ethan le pareció, en aquel momento, el mismo interés metódico que llevaba aplicando a cada detalle de la investigación desde hacía días—. Está rota.
Ethan se acercó y vio, en efecto, que una pequeña porción del marco de la fotografía —apenas la esquina, un triángulo diminuto donde debían de aparecer una o dos figuras más de la fila trasera— faltaba por completo, como si alguien hubiera arrancado ese fragmento concreto del papel hacía tiempo, dejando el resto de la imagen intacta a su alrededor.
El daño parecía antiguo, con los bordes ligeramente amarillentos por el paso de los años, indistinguible de cualquier otro desperfecto natural que pudiera sufrir una fotografía de casi un cuarto de siglo de antigüedad expuesta sin demasiado cuidado.
—Qué raro —comentó Ethan, sin darle mayor importancia, con la cabeza todavía ocupada por completo con la certeza de haber encontrado, por fin, un rostro real y localizable de la promoción de su padre—. Debió de romperse hace mucho.
—Seguramente —dijo Nora, apartando la vista de la esquina rota tan rápido como la había señalado un momento antes, y volviendo a concentrarse en el resto de la fotografía, en los nombres impresos en una pequeña lista debajo del marco que identificaba a cada estudiante por su posición en la fila—.
Mira, hay una lista de nombres aquí abajo.
A ver si conseguimos identificar a todo el mundo.
Pasaron el resto de la hora antes de clase cotejando nombres con rostros, anotando en el móvil de Ethan cada coincidencia que conseguían establecer con cierta seguridad, sin que ninguno de los dos volviera a mencionar la esquina rota ni una sola vez más; aquel pequeño desperfecto, comparado con la magnitud de lo que estaban descubriendo, no parecía merecer ni un segundo de atención adicional.
❖
Reconstruir lo que fuera que se hubiera roto entre él y Elena durante las vacaciones resultó más lento de lo que Ethan hubiera querido, y requirió una paciencia que no sabía que tenía.
Durante la primera semana de clases ella siguió esquiva, cordial pero distante, respondiendo con monosílabos a preguntas que antes habrían merecido diez minutos de conversación despreocupada, y Ethan, en vez de presionar directamente, decidió aplicar la misma estrategia que había usado con su madre durante las vacaciones: estar presente, sin exigir nada, dejando que fuera ella quien decidiera cuándo estaba preparada para hablar.
La grieta llegó una tarde de la segunda semana, casi por casualidad, cuando Ethan la encontró sola en el pequeño embarcadero junto al lago artificial, el mismo sitio donde ella lo había llevado meses atrás para hablar de Nora y del incidente del café.
Se sentó a su lado sin decir nada al principio, dejando que el silencio se instalara entre los dos como tantas otras veces, aunque esta vez más frágil, más consciente de sí misma que en otras ocasiones.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo finalmente, después de un rato—. Sin que te enfades.
—Depende de la pregunta.
—¿Hice algo mal? Durante las vacaciones, o antes de irnos. Llevas semanas actuando distinto conmigo y no consigo entender por qué.
Elena se quedó mirando el agua durante un momento largo, con una expresión que combinaba la culpa con algo más difícil de nombrar, y cuando volvió a hablar su voz sonaba genuinamente afectada.
—No hiciste nada malo, Ethan. El problema no es contigo. —Suspiró, apretando los ojos un segundo antes de continuar—. Es con mi padre.
—¿Tu padre?
—Cuando volví a casa, le hablé de ti. De que nos habíamos reencontrado aquí, de lo bien que nos iba llevando, todo eso.
—Se abrazó las rodillas contra el pecho, en un gesto que Ethan no le había visto nunca, mucho más pequeño de lo que solía ser su presencia habitual—.
Y en cuanto mencioné tu apellido, se puso pálido.
Literalmente pálido, Ethan, como si acabara de ver un fantasma.
—¿Qué te dijo?
—Que me alejara de ti. —Lo dijo casi en un susurro, como si todavía le costara repetirlo en voz alta—.
Que lleva dieciséis años investigando a tu padre.
Que es el hombre más peligroso al que se ha enfrentado en toda su carrera.
Que no sabía qué te habría contado, pero que fuera lo que fuera, tenía que alejarme.
—¿Tu padre es policía?
—Detective, técnicamente. Lleva toda su carrera en la misma unidad.
—Elena finalmente lo miró, con los ojos brillantes de una emoción que Ethan no supo si era miedo o tristeza o una mezcla incómoda de ambas—.
Nunca lo había visto tan asustado, Ethan.
Ni una sola vez en toda mi vida. Y eso me asustó más a mí de lo que puedas imaginar.
Ethan se quedó en silencio un momento, sopesando cuánto contarle, y decidió, finalmente, que después de todo lo que Elena acababa de compartir con él, no tenía sentido seguir guardándose el resto.
—Elena, hay más cosas que no te he contado. —Respiró hondo, sintiendo el peso de lo que estaba a punto de decir—. Mi matrícula aquí la pagó mi padre. En secreto. Nunca solicité entrar en Voss Academy, y sin embargo aquí estoy. Y desde hace meses recibo mensajes de un número oculto que dice ser él.
Le contó todo, entonces, con más detalle del que le había contado a nadie salvo a Nora: los mensajes crípticos, la confesión en el archivo de administración, la fotografía encontrada en el desván de su casa, la confirmación de su madre durante las vacaciones.
Elena lo escuchó sin interrumpirlo, con una expresión que iba oscureciéndose progresivamente a medida que las piezas se acumulaban, hasta que, cuando Ethan terminó, lo miró con una mezcla de compasión y determinación que Ethan reconoció como genuinamente suya.
—Esto es mucho más grande de lo que yo pensaba —dijo finalmente—.
Mi padre nunca me ha contado los detalles de sus casos, pero sé que este en concreto lo consume de una manera distinta a los demás.
Lleva un archivo entero solo sobre esto, guardado bajo llave en su despacho de casa. Nunca me ha dejado verlo.
—No te estoy pidiendo que hagas nada, Elena. Solo necesitaba que supieras la verdad.
—Lo sé. —Le sostuvo la mirada con una firmeza que no dejaba lugar a dudas—. Pero quiero ayudarte de todas formas. Voy a intentar averiguar qué es exactamente lo que mi padre sabe. Con cuidado, sin que se dé cuenta, pero voy a intentarlo.
—No quiero que te metas en problemas por mi culpa.
—No me estás metiendo tú en nada. —Esbozó una sonrisa pequeña, la primera genuina que Ethan le veía desde que había vuelto de las vacaciones—. Decido yo. Y decido ayudarte, porque confío en ti, Ethan. No en tu apellido. En ti.
Se quedaron un rato más en el embarcadero, hablando de cosas menos pesadas, recuperando poco a poco la facilidad de siempre entre los dos, y cuando por fin se levantaron para volver al campus, ya de noche, Ethan se sintió más ligero de lo que se había sentido en semanas, aunque una parte de él, mientras caminaban de vuelta en silencio, no pudo evitar preguntarse cómo reaccionaría Nora si llegaba a enterarse de que ahora tenía a alguien más ayudándolo a investigar a su padre.
No era una preocupación concreta, ni mucho menos una sospecha —Nora nunca le había dado motivos para pensar que le importara compartir aquella búsqueda con nadie más—, pero la idea se le quedó rondando de todas formas, sin que supiera bien por qué, mientras cruzaban juntos los jardines helados de vuelta a sus residencias.
❖
Las visitas de Valentina empezaron sin anuncio previo, casi dos semanas después de la vuelta de vacaciones, de una manera tan silenciosa que Ethan tardó en asimilar del todo que se habían convertido en una costumbre antes incluso de que ninguno de los dos la nombrara como tal.