Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 4 #5
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CAPÍTULO 4 #5

—Alguien que quisiera proteger a alguien.

—Se encogió de hombros, con una expresión pensativa—.

O alguien que quisiera proteger a la institución misma de lo que fuera que pasara aquel año.

No lo sé, Ethan. Pero sea lo que sea, alguien se tomó muchas molestias para que nunca lo encontráramos con facilidad.

Ethan miró la pila de archivadores vacíos apilados entre los dos, sintiendo que la promesa que le había hecho a su madre — prométeme que te alejarás — empezaba a pesar de una manera distinta ahora que se enfrentaba, cada tarde, a un muro de silencio institucional que parecía diseñado específicamente para que preguntas como la suya jamás encontraran respuesta.

❖

La sesión de trabajo con la profesora Rivera aquel lunes empezó con la misma rutina que se había establecido ya desde antes de las vacaciones: cajas de archivo antiguo por clasificar, fotografías por un lado, expedientes académicos por otro, correspondencia administrativa aparte.

Rivera trabajaba en su propia mesa con una pila de papeles distinta, y durante la primera media hora apenas cruzaron más palabras que las estrictamente necesarias para coordinar el trabajo.

Fue Ethan quien rompió el silencio, casi sin proponérselo, todavía con la frustración de las tardes en el sótano de archivos pesándole en la cabeza.

—Profesora, ¿usted sabría dónde podría encontrar información sobre una promoción concreta? Estoy buscando algo sobre la de 2002, pero los registros parecen incompletos.

Rivera levantó la vista de sus papeles con una lentitud calculada, aunque algo en su expresión se había alterado de una manera sutil, apenas perceptible.

—¿2002? —repitió, con un tono que pretendía sonar simplemente curioso—. ¿Por qué te interesa esa promoción en concreto?

—Encontré una fotografía de mi padre en casa de mi madre. Frente al edificio principal de Voss Academy. La fecha del reverso es de ese año.

El rostro de la profesora se alteró entonces, apenas un instante, con un parpadeo genuino de sorpresa que Ethan reconoció y que ella no consiguió disimular del todo antes de recomponer su expresión habitual.

—Vaya —dijo, dejando la pluma sobre la mesa con un gesto que parecía darse tiempo a sí misma para pensar—. Qué curiosa coincidencia.

—¿Coincidencia?

Rivera se quedó mirándolo un momento más, y cuando volvió a hablar su voz había perdido buena parte de la formalidad distante con la que solía dirigirse a él, sustituida por algo más suave, casi vulnerable, que Ethan no le había escuchado nunca hasta entonces.

—Yo pertenecí a esa promoción, Ethan. 2002. —Lo dijo con una naturalidad que sonaba, de alguna manera, más pesada precisamente por lo poco que se esforzaba en dramatizarla—. Estudié aquí en esos años. Me gradué en junio de ese mismo año, de hecho.

Ethan sintió que el corazón le daba un vuelco, la misma sensación de piezas encajando de golpe que había sentido en el desván de su casa, frente a la fotografía de su padre y aquel chico desconocido.

—Entonces usted conoció a mi padre.

—Es posible. —Rivera se recostó en su silla, con la mirada perdida un momento en algún punto indefinido más allá de la ventana del despacho, como si estuviera viendo algo que ya no estaba ahí—.

Éramos una promoción pequeña, comparada con las de ahora.

Todo el mundo se conocía, al menos de vista.

Si tu padre estudió aquí en esos años, es difícil que no nos hubiéramos cruzado alguna vez.

—¿Se acuerda de él?

—Depende de qué apellido usara entonces.

—Lo dijo casi como una broma, aunque algo en su tono sugería que la pregunta no era del todo retórica—.

Han pasado casi veinticinco años, Ethan.

Y en aquella época yo tenía mis propias preocupaciones, como cualquier estudiante de dieciocho años.

No puedo decirte que recuerde a cada persona con la que compartí clase.

Ethan decidió, con cierta cautela, sacar la fotografía de la cartera y mostrársela.

—¿Y a este chico? El que está a su lado.

Rivera cogió la fotografía con un cuidado que Ethan reconoció, sin saber bien por qué, como el mismo cuidado con el que él mismo la había sostenido en el desván de su casa.

La estudió durante un rato largo, y algo en su rostro se suavizó de una manera que no tenía nada de calculado, nada de la sensualidad contenida y estudiada que Ethan había aprendido a reconocer como su manera habitual de moverse por el mundo con él.

—No reconozco a ninguno de los dos con seguridad —dijo finalmente, devolviéndole la fotografía—.

Pero reconozco el sitio exacto donde está tomada.

Frente a la entrada norte, junto a los robles que entonces todavía eran jóvenes.

Solíamos hacernos fotos ahí todo el tiempo.

Era el sitio de moda para las fotos de aquella generación, antes de que construyeran la fuente nueva.

Guardó silencio un momento, con la mirada todavía fija en algún punto lejano, y cuando volvió a hablar su voz tenía un timbre distinto, más íntimo, casi confesional.

—Éramos tan jóvenes entonces. —Dejó escapar una risa breve, sin demasiada alegría en ella—.

Yo tenía toda una vida planeada en la cabeza.

Iba a estudiar Derecho fuera del país, iba a trabajar en algún bufete internacional, iba a ser alguien completamente distinta de la que soy ahora.

—Hizo un gesto vago, abarcando el despacho, los libros, las cajas de archivo—.

Las cosas no siempre salen como uno las planea a los dieciocho años.

Ethan la observó con una atención nueva, la sensación extraña de estar viendo, por primera vez desde que la conocía, algo genuino asomarse detrás de la fachada cuidadosamente construida de la profesora Rivera.

No dijo nada, consciente de que cualquier comentario podría cerrar en seco la ventana que se había abierto sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado del todo.

—En cualquier caso —continuó ella, recomponiéndose con visible esfuerzo, recuperando algo de la formalidad habitual en su voz—, si quieres encontrar rostros de aquella promoción, hay un panel de fotografías en la biblioteca principal, en la sala de exalumnos ilustres del ala este.

Una fotografía de grupo por cada promoción desde que se fundó la academia.

La nuestra debería estar ahí, aunque llevo años sin subir a mirarla.

—¿Por qué no ha ido a verla?

Rivera calló un momento, y algo en su expresión se cerró ligeramente, sin llegar a la frialdad distante que solía usar para cortar conversaciones que no le interesaba continuar.

—Porque algunas fotografías es mejor no mirarlas demasiado a menudo —dijo finalmente—.

Se corre el riesgo de quedarse atrapado en ellas.

—Volvió a coger la pluma, dando la conversación por terminada con la brusquedad habitual que usaba para cerrar los temas que no le interesaba continuar—.

Sigue con las cajas, Ethan. Y si encuentras algo sobre esa promoción en el panel de la biblioteca, no dudes en contármelo.

Después de todo, también es un poco mi historia.

Ethan volvió a las cajas de archivo con la cabeza llena de aquella conversación, con la sensación clara de haber presenciado algo que la profesora Rivera no dejaba ver con frecuencia: la vida que pudo haber tenido, frente a la que finalmente había tenido, y el peso silencioso de esa distancia que llevaba veinticuatro años cargando sin que nadie, hasta ese momento, se hubiera molestado en preguntarle por ella.

❖

Encontró a Nora esa misma noche en la biblioteca, todavía en su mesa de siempre, y le contó la conversación con Rivera con el mismo detalle con el que le había contado, desde el principio, prácticamente todo lo que le pasaba en aquel campus.

—Un panel de fotografías de todas las promociones —repitió Nora, con un interés que parecía genuino y que, sin embargo, Ethan notó cargado de algo más, una tensión leve en la manera en que sostenía el bolígrafo que llevaba usando toda la tarde, aunque lo atribuyó, sin darle mayor importancia, al mismo entusiasmo investigador que llevaban compartiendo desde hacía días—.

Eso podría ser justo lo que necesitábamos.

Si arrancaron las páginas del anuario pero dejaron el panel intacto, es que a quien fuera que le interesara borrar aquella promoción, se le pasó por alto, o simplemente no consideró necesario tocarlo.

—¿Vamos ahora mismo?

Nora miró el reloj de la pared de la biblioteca, ya pasadas las nueve.

—La sala de exalumnos cierra a las ocho. —Hizo una mueca de frustración compartida—. Tendremos que esperar hasta mañana. Pero podemos ir a primera hora, antes de la primera clase, si te parece.

—Me parece perfecto.

Se quedaron un rato más en la biblioteca, hablando de otras cosas —las clases del semestre nuevo, un comentario que Nora hizo de pasada sobre lo mucho que odiaba el frío de enero, una anécdota sobre un profesor especialmente pedante de Historia del Arte— con la misma facilidad de siempre, y Ethan se marchó esa noche a su habitación con la sensación, poco habitual en las últimas semanas, de que por fin estaba a punto de encontrar algo concreto.

❖

El panel de fotografías ocupaba toda una pared de la sala de exalumnos ilustres, un espacio silencioso y solemne en el ala este de la biblioteca que Ethan no había visitado nunca, con vitrinas de trofeos deportivos y placas conmemorativas de donantes cuyo dinero había financiado, a lo largo de más de un siglo, cada ladrillo del campus.

Nora y él llegaron poco después de las siete y media, con la sala completamente vacía a esa hora, y recorrieron las fotografías enmarcadas —una por cada año, ordenadas cronológicamente desde la fundación de la academia— hasta llegar a la que llevaba grabada, en una pequeña placa de latón, la fecha que buscaban: * PROMOCIÓN 2002 *.