CAPÍTULO 4 #4
Se marchó antes de que Ethan pudiera insistir, dejándolo sentado solo frente a una silla vacía y una sensación incómoda instalándose en el pecho, la certeza vaga de que algo había cambiado durante aquellas dos semanas de separación, algo que Elena no estaba dispuesta a contarle todavía y que él, por el momento, no tenía ninguna manera de adivinar.
Se dijo a sí mismo que probablemente no era nada, que la gente se cansaba de los vuelos y de las vacaciones familiares y que no todo tenía que significar algo oculto.
Pero la explicación no terminó de convencerlo del todo, y la duda se quedó ahí, sin resolver, guardada junto a todas las demás preguntas que llevaba acumulando desde que puso un pie por primera vez en aquel campus.
❖
A Nora la encontró donde siempre, en su mesa de la biblioteca junto a la ventana, con una pila de libros que parecía haber crecido incluso durante las vacaciones, y algo en la manera en que levantó la vista al verlo llegar —una calidez inmediata, sin ninguna de las capas de cautela con las que recibía al resto del mundo— le devolvió, casi sin esfuerzo, parte de la tranquilidad que el encuentro con Elena le había arrebatado un rato antes.
—Has vuelto —dijo ella, apartando un poco los libros para hacerle sitio en la mesa—. Empezaba a pensar que te habías quedado atrapado en algún aeropuerto perdido.
—Casi. Mi vuelo se retrasó tres horas y tuve que ver un documental sobre pingüinos emperador que ahora sé más de la cuenta.
—Eso suena a la mejor parte de tus vacaciones, la verdad. —Sonrió, cerrando el libro que tenía abierto delante—. ¿Qué tal en casa?
Ethan dudó un momento, no por desconfianza —con Nora, curiosamente, nunca sentía la necesidad de medir sus palabras de la manera en que las medía con casi todos los demás en Voss Academy— sino por la magnitud de lo que estaba a punto de contarle.
Se sentó frente a ella, sacó la cartera del bolsillo trasero, y extrajo la fotografía con el mismo cuidado casi reverente con el que la había guardado desde el desván.
—Encontré esto —dijo, deslizándola sobre la mesa hacia ella—. En casa de mi madre. En una caja de mi abuela, la que apenas conocí.
Nora cogió la fotografía con ambas manos, y Ethan observó cómo su expresión pasaba, en el espacio de un segundo, de la curiosidad genuina a algo más concentrado, más serio, mientras sus ojos recorrían la imagen con la atención meticulosa de quien está acostumbrada a leer los detalles que otros pasan por alto.
—Es Voss Academy —dijo, sin que fuera del todo una pregunta.
—Sí. Mi padre estudió aquí. Hace veinticuatro años, según la fecha del reverso.
Nora le dio la vuelta a la fotografía, leyó la fecha escrita en la letra angulosa de la abuela, y se quedó quieta durante una fracción de segundo —una pausa minúscula, apenas perceptible, como si por un instante se hubiera desconectado del todo de la conversación para procesar algo en un plano completamente distinto— antes de recuperar la expresión concentrada que tenía un momento antes.
Ethan lo achacó, sin darle mayor importancia, a la sorpresa lógica de ver confirmado, con una fotografía real, algo tan enorme como que el padre desaparecido de su mejor amigo hubiera estudiado en el mismo campus que ellos.
—¿Y el otro chico? —preguntó Nora, con la voz perfectamente serena—. ¿Sabes quién es?
—Ni idea. Mi madre no me dijo nada, y la verdad es que no se la enseñé. No estaba preparado para otra conversación como la que ya tuvimos.
—¿Qué conversación?
Ethan le contó, con más detalle del que le había contado a nadie hasta entonces, la escena en el salón de su casa: la confirmación de que su padre había pagado la matrícula, la advertencia repetida de que no se acercara a él, la promesa que le había hecho a su madre sin tener la certeza de que podría cumplirla.
Nora lo escuchó con la misma atención absoluta que ponía en todo, sin interrumpirlo, sin apartar la vista de él ni una sola vez, y cuando terminó de hablar se quedó un momento en silencio, sopesando lo que acababa de escuchar con el mismo cuidado con el que sopesaba cualquier problema difícil.
—Entonces tu padre estudió aquí, en la misma promoción que ese chico.
—Volvió a mirar la fotografía, dándole vueltas entre los dedos con un gesto pensativo—.
Y ahora, veinticuatro años después, decide pagarte la matrícula para que estudies en el mismo sitio exacto donde él estudió. Eso no puede ser casualidad, Ethan.
—Lo sé. Por eso quiero averiguar quién era esa promoción entera. Si encuentro los nombres, quizás encuentre algo que explique por qué me quiere aquí.
—Los archivos de administración deberían tener algo.
—Nora se mordió el labio, pensativa, con esa expresión suya de estar ya varios pasos por delante en un problema que Ethan apenas empezaba a plantearse—.
Fotografías de promoción, listas de graduados, ese tipo de cosas.
Las universidades como esta guardan todo, aunque solo sea por la exposición de vez en cuando, para presumir de su propia historia frente a los donantes.
—¿Me ayudarías a buscarlo?
—Claro que sí. —Lo dijo con una naturalidad tan inmediata, tan libre de cualquier cálculo aparente, que a Ethan ni se le pasó por la cabeza cuestionarla—. Tengo acceso a la biblioteca a horas que la mayoría de estudiantes ni siquiera conoce. Podemos empezar mañana mismo, si quieres.
Ethan la miró un momento, sintiendo una gratitud tan simple y tan honesta que casi le resultó incómoda, y no por primera vez pensó que Nora era, de entre toda la gente que había conocido en Voss Academy, la única persona que le hacía sentir que no estaba completamente solo en medio de aquel laberinto de secretos y apellidos y dinero heredado.
Guardó la fotografía de vuelta en la cartera, con el mismo cuidado de siempre, agradecido de no tener que enfrentarse solo a lo que fuera que estuviese a punto de descubrir.
❖
Los días siguientes se organizaron alrededor de la investigación con una facilidad que sorprendió a Ethan, como si su vida entera en Voss Academy hubiera estado esperando, sin saberlo, una excusa concreta para reorganizarse alrededor de un objetivo claro.
Nora y él se veían casi todas las tardes, después de las últimas clases, en la sala de archivos administrativos que la biblioteca conservaba en un sótano poco iluminado, rodeados de armarios metálicos con expedientes de generaciones enteras de estudiantes que ya llevaban décadas graduados, casados, envejecidos, muertos quizás algunos de ellos.
El problema, descubrieron pronto, era que la promoción concreta que buscaban parecía haberse convertido, con el paso de los años, en un agujero extrañamente limpio dentro de aquel archivo por lo demás meticuloso.
—Esto no tiene sentido —dijo Nora la tercera tarde, cerrando de golpe una carpeta que había estado revisando durante casi una hora—.
Tengo los anuarios de casi todas las promociones de los últimos treinta años.
Fotos de graduación, listas de admitidos, hasta menús de las cenas de gala.
Pero la de 2002 tiene la mitad de las páginas en blanco.
—¿En blanco?
—Mira. —Le acercó el anuario correspondiente, un volumen encuadernado en piel oscura con el escudo de Voss Academy grabado en la cubierta, y le señaló una sección donde, en efecto, varias páginas parecían haber sido arrancadas con un cuidado casi quirúrgico, sin dejar apenas rastro del corte más que un filo ligeramente distinto en el papel restante—.
Aquí debería estar la sección de admitidos de aquel año.
Y aquí —pasó unas páginas más adelante— debería estar la lista de graduados. Ambas faltan.
—¿Quién arrancaría páginas de un anuario?
—Alguien con acceso y motivos. —Nora se recostó en la silla, frotándose los ojos con un gesto cansado—.
No es la primera vez que veo archivos así de limpios, la verdad.
Cuando alguien de una institución así de vieja quiere que algo desaparezca de la memoria oficial, no destruye documentos enteros, porque eso deja demasiado rastro.
Solo quita las páginas concretas que le interesan y deja el resto intacto, para que nadie note que falta nada a menos que busque exactamente lo que ya sabe que falta.
—Entonces no hay manera de saber quiénes eran.
—No he dicho eso. —Nora se inclinó de nuevo sobre la mesa, con esa determinación tranquila que Ethan ya asociaba a ella como uno de sus rasgos más reconfortantes—.
Solo he dicho que el anuario oficial está incompleto.
Pero una institución de este tamaño no depende de un solo documento para todo.
Tiene que haber otras fuentes: registros de matrícula, fotografías institucionales que no dependan del anuario del departamento de admisiones, archivos del departamento de exalumnos que gestiona las donaciones. Vamos a seguir buscando.
Buscaron durante días sin encontrar nada concluyente.
Encontraron menciones sueltas de la promoción de 2002 en documentos administrativos que no daban nombres —una factura de catering para la cena de graduación, un permiso firmado para el uso de las instalaciones deportivas durante un torneo interuniversitario— pero cada vez que parecían acercarse a algo con nombres concretos, el rastro se cortaba con la misma limpieza quirúrgica que habían visto en el anuario.
—Es como si alguien hubiera limpiado esto a fondo —dijo Ethan una de esas tardes, con la frustración ya instalada en la voz—. Pero no de cualquier manera. De una manera que sabía exactamente qué buscar.
—O de una manera que tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo bien.
—Nora cerró otro archivador vacío de pistas, con un suspiro que sonaba genuinamente compartido—.
Veinticuatro años dan para mucho, si alguien decidió, en algún momento, que aquella promoción concreta tenía que desaparecer del registro oficial.
—¿Quién tendría motivos para hacer algo así?