Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

La abrió con una curiosidad que se sentía, de alguna manera imprecisa, distinta a la curiosidad ordinaria.

Dentro había poca cosa: un chal de lana ya deshilachado en los bordes, un rosario de cuentas oscuras, un par de cartas escritas en un idioma que Ethan no leía pero que reconoció, por el alfabeto, como ruso, y en el fondo, envuelto en un paño de tela suave que en algún momento debió de haber sido de un color más vivo, un pequeño fajo de fotografías en blanco y negro, con los bordes ligeramente ondulados por el paso de las décadas.

Las fue pasando una por una, sin encontrar nada que reconociera —rostros desconocidos en paisajes desconocidos, probablemente familiares lejanos de un país que Ethan nunca había visitado— hasta que llegó a la última foto del montón, y algo en ella lo hizo detenerse por completo, con el corazón latiéndole de golpe con más fuerza de la que la situación, en apariencia, justificaba.

Era la fotografía de dos chicos jóvenes, apenas mayores que él mismo ahora, de pie frente a un edificio de piedra gris con torres y ventanales altísimos que Ethan reconoció de inmediato, con una certeza que le heló la sangre antes incluso de terminar de procesar el pensamiento completo.

Voss Academy. La misma fachada que había cruzado hacía apenas unos meses, arrastrando su maleta desgastada entre Bentleys y Porsches, aparecía detrás de aquellos dos chicos con la misma piedra oscurecida por el tiempo, los mismos robles todavía sin crecer del todo a un lado del encuadre.

Uno de los dos chicos era, sin ninguna duda posible, su padre.

Ethan lo supo antes de poder explicarse por qué lo sabía con tanta seguridad, quizás por algo en la forma de la mandíbula, en la manera de entornar los ojos frente al sol, en un gesto de la boca que reconoció, con una punzada extraña, como algo que había visto reflejado en su propio espejo miles de veces sin saber de dónde venía.

El chico de la foto tenía el pelo oscuro, una complexión delgada pero con algo tenso debajo, como un resorte comprimido, y sonreía a la cámara con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos, de la misma manera exacta en que Ethan sabía, por experiencia propia frente a los espejos de los baños del instituto, que sonreía él cuando no tenía ganas reales de sonreír.

El otro chico, a su lado, con un brazo despreocupadamente apoyado sobre los hombros de su padre, era alguien que Ethan no reconoció en absoluto.

Un chico de expresión abierta, casi ingenua, con una sonrisa que sí parecía completamente genuina, del tipo que uno solo ve en gente que todavía no ha aprendido a desconfiar del mundo.

Le dio la vuelta a la foto con dedos que no acababan de estar del todo firmes, y encontró, escrita a mano en la misma letra angulosa de las cartas, una fecha — 2002 — sin ningún nombre que la acompañara, ninguna pista más que le permitiera situar aquel momento congelado en algo más que una fecha suelta y un edificio que ahora conocía mejor de lo que le hubiera gustado.

Se quedó sentado en el suelo polvoriento del desván durante un rato que no supo medir bien, con la fotografía sostenida entre los dedos como si pudiera desvanecerse si dejaba de mirarla, atando cabos que se resistían a encajar del todo pero que, poco a poco, iban formando un contorno que ya no podía ignorar.

Su padre había estudiado en Voss Academy.

Casi veinticinco años antes de que Ethan pusiera un pie allí, su padre había cruzado los mismos jardines, había dormido probablemente en alguna de las mismas residencias, había sido, en algún momento de su vida, un chico joven con un mejor amigo y una sonrisa que nunca terminaba de instalarse en la mirada.

Y ahora Ethan estaba ahí, dieciséis años después, con la matrícula pagada por ese mismo hombre y un puñado de mensajes crípticos que sugerían que aquello no era ninguna coincidencia.

Que Voss Academy no lo había elegido a él por mérito propio, ni por casualidad, sino porque su padre había decidido, por razones que Ethan todavía no comprendía, que aquel lugar concreto era justo donde su hijo tenía que estar.

Se guardó la fotografía en el bolsillo interior del abrigo, junto al pecho, con un cuidado casi reverente, y bajó del desván con la caja de luces de repuesto bajo un brazo y una determinación nueva instalándose en él, tan firme como la que había sentido, semanas atrás, al decidir investigar a Valentina.

Iba a averiguar quién era ese otro chico de la foto.

Iba a encontrar la promoción entera de su padre, todos los nombres, todas las caras, hasta reconstruir un pasado que llevaba dieciséis años enterrado bajo el silencio cuidadoso de su madre.

No le enseñó la fotografía a Irina esa noche.

Se dijo a sí mismo que era porque no quería reabrir una herida que las dos semanas de vacaciones apenas habían empezado a cerrar, aunque en algún rincón más honesto de sí mismo sospechaba que la verdadera razón era otra: tenía miedo de que, si se la enseñaba, su madre encontrara la manera de hacer desaparecer también aquel último rastro tangible de un hombre del que Ethan, por primera vez en su vida, tenía algo más que un nombre.

❖

Voss Academy, cuando Ethan volvió a cruzar la verja de hierro forjado a principios de enero, le pareció al mismo tiempo exactamente igual y sutilmente distinta, como si el lugar en sí no hubiera cambiado en nada pero él sí, lo suficiente para percibir matices que antes se le habían escapado por completo.

La nieve reciente cubría los jardines geométricos con una capa fina que todavía no habían pisado demasiados estudiantes, y el frío se colaba entre los edificios de piedra con una intensidad distinta a la que Ethan recordaba del otoño, más cortante, más decidida a hacerse notar.

Llevaba la fotografía guardada en la cartera, no en el bolsillo del abrigo como durante las vacaciones, necesitándola quizá más cerca de sí mismo ahora que estaba de vuelta en el lugar donde había sido tomada, y la cabeza todavía llena de la conversación con su madre, del peso de la promesa que le había hecho sin saber del todo qué implicaba cumplirla.

Se cruzó con Valentina esa misma tarde, en el vestíbulo del edificio de Humanidades, en uno de esos encuentros breves que ni ella ni él parecieron buscar deliberadamente.

Ella salía de una clase con un grupo de chicas que Ethan apenas conocía, envuelta en la misma aura de perfección calculada que Ethan había aprendido a reconocer como su armadura pública, y por un instante sus miradas se cruzaron con algo que no era la misma tensión de las últimas semanas antes de las vacaciones, sino algo más suave, casi cauteloso, como dos personas que no saben todavía en qué punto exacto ha quedado algo que dejaron sin resolver.

—Volkov. —Un simple asentimiento, casi imperceptible, dirigido solo a él en medio de la conversación con sus amigas—. ¿Buenas vacaciones?

—Más o menos —contestó él, con una brevedad que no era hostil sino, simplemente, agotada—. ¿Las tuyas?

—Las mías siempre son perfectas. —Lo dijo con la misma ironía seca de siempre, aunque algo en su tono sonó, fugazmente, menos convencido de la afirmación que de costumbre—. Nos vemos, supongo.

Se alejó con su grupo antes de que Ethan pudiera añadir nada más, dejándolo con la sensación difusa de que había algo pendiente entre los dos, algo que las vacaciones habían puesto en pausa sin resolverlo del todo, pero sin la energía necesaria en ese momento para pensar en ello con la atención que probablemente merecía.

Tenía la cabeza en otro sitio, ocupada por completo con la fotografía que llevaba en la cartera y con la promoción entera de nombres que necesitaba encontrar antes de que aquel hilo, el único que tenía sobre su padre, se le escapara entre los dedos.

❖

El encuentro con Elena, esa misma noche, resultó mucho más desconcertante de lo que Ethan había anticipado.

La encontró en el comedor, sentada sola en una mesa lateral con una bandeja apenas tocada delante de ella, y se acercó con la misma naturalidad de siempre, esperando el mismo recibimiento cálido que llevaba meses dándole por sentado.

—Hola, forastera —dijo, sentándose frente a ella—. ¿Qué tal las vacaciones?

—Bien —contestó Elena, sin levantar del todo la vista del plato, con una brevedad que no encajaba en absoluto con su manera habitual de hablar—. Normales.

—¿Solo bien? Cuéntame algo. Llevo dos semanas sin hablar con nadie que no fuera mi madre.

Elena esbozó algo que quería parecer una sonrisa y que se quedó, en cambio, a medio camino, tensa en las comisuras de una manera que Ethan no le había visto nunca.

—No hay mucho que contar. —Removió la comida en el plato sin llevársela a la boca—. ¿Y las tuyas? ¿Qué tal en casa?

—Raras. —Ethan dudó un instante, tentado de contarle lo de la fotografía, lo de la conversación con su madre, tal y como le había contado casi todo desde que se reencontraron en el campus.

Pero algo en la actitud de Elena, en esa distancia nueva que parecía haberse instalado entre los dos sin ningún motivo aparente, lo detuvo—. ¿Va todo bien, Elena? Pareces distinta.

—Estoy cansada, nada más. —Se puso de pie con una rapidez que no dejaba mucho espacio para la réplica, recogiendo la bandeja apenas tocada—. El vuelo de vuelta ha sido horrible. Nos vemos, ¿vale? Tengo que revisar unas cosas antes de que empiecen las clases.