CAPÍTULO 3 #5
Se marchó por el pasillo con el mismo paso preciso y contenido con el que se movía en todo lo demás, dejando a Ethan con la sensación curiosa de haber tenido una conversación mucho más reveladora de lo que su brevedad hubiera sugerido.
Guardó el dato, sin más, junto con el resto de piezas sueltas que empezaban a llenarle la cabeza de manera peligrosamente rápida.
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Con Elena, las cosas seguían un curso completamente distinto, sin la tensión calculada de Valentina ni el misterio latente de Nora, sino algo que a Ethan le resultaba, por primera vez desde que había llegado a Voss Academy, sencillo.
O al menos, tan sencillo como podía ser cualquier cosa entre dos personas que se conocían desde niños y que estaban, sin decirlo del todo en voz alta, empezando a mirarse de una manera nueva.
Aquel sábado, Elena volvió a llevarlo al embarcadero escondido tras los sauces, esta vez con una bolsa de sándwiches que había birlado, según sus propias palabras, "del comedor, antes de que decidan que hoy tampoco hay nada decente para cenar", y se sentaron con los pies colgando sobre el agua mientras el sol de la tarde empezaba a teñir el lago de un naranja suave.
—Cuéntame algo que no sepa de ti —dijo Elena, mordiendo un sándwich con una falta total de elegancia que a Ethan le pareció, de alguna manera, entrañable—. Llevamos aquí semana y media y todavía siento que solo conozco al Ethan de hace ocho años.
—No sé si hay tanto que contar.
—Siempre hay algo. —Le dio un golpecito con el hombro, un gesto que ya empezaba a ser costumbre entre ellos—. Venga. Algo pequeño. No hace falta que sea un secreto de estado.
Ethan lo pensó un momento, sorprendido de lo difícil que le resultaba encontrar algo que contar sobre sí mismo que no estuviera, de una manera u otra, contaminado por todo lo que había descubierto en las últimas dos semanas.
—Me gusta dibujar —dijo finalmente—. Nada serio. Solo... bocetos, a veces, cuando necesito dejar de pensar en algo.
—¿En serio? Nunca me lo habías dicho.
—Nunca ha salido el tema, supongo.
—¿Puedo ver alguno?
—Algún día, quizá. —Sonrió, sintiendo un calor incómodo pero agradable subirle por el cuello—. Todavía no estoy preparado para que juzgues mi talento.
—No juzgaría. —Elena lo miró con una expresión que combinaba la burla habitual con algo más suave debajo—. Bueno, un poco sí. Pero con cariño.
Se quedaron un rato en silencio, con esa comodidad compartida que ya empezaba a ser una constante entre ellos, hasta que Elena volvió a hablar, esta vez con un tono más bajo, menos despreocupado.
—¿Estás bien? —preguntó—. Llevas toda la semana con una cara rara. No la cara de siempre. Una distinta.
Ethan dudó un momento, tentado de nuevo, como con Nora, de contarle lo de los mensajes.
Pero con Elena la duda tenía un matiz distinto: no era desconfianza, sino la sensación de que aquel tema pertenecía todavía a un espacio demasiado nuevo, demasiado incierto, como para meterlo en medio de algo que empezaba a sentirse frágil y valioso al mismo tiempo.
—Cosas de familia —dijo finalmente, una verdad a medias—. Nada que quiera estropear esta tarde contándotelo.
—Está bien. —Elena no insistió, aunque su mirada se quedó un instante más de lo necesario sobre él, como si estuviera decidiendo si creerle del todo—. Pero cuando quieras hablar de ello, aquí estoy. Para lo que sea.
—Lo sé.
Se quedaron mirando el agua un rato más, hasta que el sol empezó a bajar de verdad y el aire se volvió más fresco, y fue entonces, casi sin planearlo, cuando Elena apoyó la cabeza en su hombro con un gesto tan natural que a Ethan le pareció que llevaban haciendo aquello toda la vida, aunque fuera la primera vez.
No dijeron nada más. No hacía falta. Había algo en el silencio compartido, en el peso ligero de su cabeza contra el hombro de Ethan, que decía más de lo que cualquier conversación hubiera podido decir, y Ethan se descubrió pensando, con una claridad que lo sorprendió, que aquel era el primer momento de toda la semana en que no había pensado ni una sola vez en Valentina, ni en Nora, ni en los mensajes de número oculto.
Cuando finalmente se levantaron para volver, ya casi de noche, Elena le cogió la mano —sin preguntar, sin dramatizar el gesto, con la desenvoltura tranquila con la que hacía todo lo demás— y caminaron así de vuelta al campus, en un silencio que a Ethan le pareció, como no recordaba haber sentido en mucho tiempo, completamente tranquilo.
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El lunes siguiente, después de la clase de Literatura Rusa Comparada, la profesora Rivera lo retuvo de nuevo, esta vez con menos formalidad de la que había usado la primera vez, casi como si ya no necesitara justificar el gesto con ningún pretexto académico.
—Ethan. —Su voz tenía un tono distinto al que usaba en clase, más íntimo, aunque sin perder la autoridad que parecía formar parte de ella de manera natural—. Necesito tu ayuda con algo.
—¿Mi ayuda? —Le sorprendió la petición, considerando que apenas había tenido dos conversaciones con ella desde el inicio del curso, ambas breves y ambas cargadas de un misterio que la profesora nunca terminaba de resolver del todo—. ¿Con qué?
—Estoy organizando el archivo de antiguos alumnos para una exposición del centenario del departamento.
—Se apoyó contra el borde de su mesa, con una elegancia calculada que Ethan ya empezaba a reconocer como su manera habitual de moverse por el mundo—.
Necesito a alguien de confianza que me ayude a clasificar documentos por las tardes. Pensé en ti.
—¿Por qué yo?
—Porque pareces responsable. —Sonrió, con esa expresión enigmática que nunca llegaba a comprometerse con lo que fuera que estuviera pensando de verdad—. Y porque, siendo sincera, me interesa conocer mejor a los estudiantes con apellidos... interesantes.
La mención velada a su padre no le pasó desapercibida a Ethan, que sintió el familiar tirón de curiosidad y esperanza que aquel tipo de comentarios le producía desde hacía días.
—¿Tiene esto algo que ver con lo que me dijo la semana pasada? Sobre mi apellido.
—Podría tenerlo. —Se cruzó de brazos, sosteniéndole la mirada con una intensidad que Ethan encontraba, cada vez más, difícil de descifrar—.
O podría ser simplemente que necesito ayuda de verdad con el archivo y que tú resultas ser un candidato conveniente.
A veces las cosas son exactamente lo que parecen, Ethan. Y a veces no.
—Eso no es una respuesta.
—No, no lo es. —Su sonrisa se ensanchó ligeramente, con un destello de algo que a Ethan le pareció, incómodamente, un cierto placer por mantenerlo desorientado—.
Pero si aceptas ayudarme con el archivo, quizás con el tiempo encuentres algunas de las respuestas que buscas.
Los archivos antiguos guardan muchas cosas que la gente cree olvidadas.
Ethan la observó un momento, tratando de decidir si aquella oferta era genuina o simplemente otra capa del mismo juego enigmático que la profesora Rivera parecía disfrutar jugando con él desde el primer día.
Había algo en su manera de sostenerle la mirada, algo que no terminaba de encajar del todo con la relación estrictamente profesional que cabría esperar entre una profesora y un alumno, una calidez apenas insinuada que Ethan no sabía cómo interpretar, pero que tampoco podía ignorar.
—¿Cuándo empezaríamos? —preguntó finalmente.
—Los lunes y miércoles, después de tu última clase. —Se apartó de la mesa, dando por cerrada la conversación con la misma naturalidad abrupta de siempre—. Ven a mi despacho mañana. Empezaremos con las cajas del ala oeste, las más antiguas. Puede que encuentres algo que te interese.
Se quedó mirándolo un instante más de lo estrictamente necesario, con una expresión evaluadora, muy alejada de lo que cabría esperar de una simple oferta de trabajo administrativo, antes de volver a su mesa y empezar a recoger sus papeles, dando la conversación por completamente terminada.
Ethan salió del aula con la cabeza llena de preguntas nuevas, sumadas a las que ya llevaba acumulando desde hacía días, y con la sensación extraña de que la profesora Rivera, fuera lo que fuera lo que sabía sobre su padre, no tenía ninguna intención de compartirlo con facilidad.
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El despacho de la profesora Rivera resultó ser más pequeño de lo que Ethan había imaginado, atestado de estanterías que llegaban hasta el techo y de cajas de cartón apiladas en las esquinas, cada una con una etiqueta escrita a mano en una letra angulosa y precisa, del tipo que lleva décadas clasificando papeles sin perder la paciencia.
Rivera lo recibió con un gesto seco hacia una de las cajas más antiguas, la que llevaba escrito «Promoción 1998-2002» en el lateral, y le explicó, sin mucho preámbulo, el sistema de clasificación que quería seguir: fotografías por un lado, expedientes académicos por otro, correspondencia administrativa aparte.
—No hace falta que leas nada con demasiado detalle —dijo, sentándose a su propia mesa con una pila distinta de papeles—. Solo que los agrupes bien. Si encuentras algo que te parezca fuera de lugar, me lo enseñas antes de decidir dónde va.
Ethan trabajó en silencio durante un rato, clasificando sobres sin encontrar nada que le dijera algo sobre su padre, aunque cada uno que abría le aceleraba un poco el pulso con la posibilidad de que fuera el que sí contuviera algo relevante.
La caja parecía llena, sobre todo, del ruido administrativo ordinario de cualquier institución con mucha historia y poca prisa por ordenarla.
—¿Tu madre sigue viviendo en la misma ciudad donde creciste? —preguntó Rivera de pronto, sin levantar la vista de sus propios papeles, con un tono tan neutro que a Ethan le costó un segundo registrar que la pregunta iba dirigida a él.
—¿Perdón?