Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—Eso no ha sido justo —protestó Ethan, aunque con una sonrisa que delataba que no se lo estaba tomando muy en serio—. Fue un accidente mutuo.

—Ya, ya. —Nora se rio, una risa breve pero genuina, distinta a las que Ethan le había oído antes—. Sigue repitiéndotelo. A este paso vas a terminar convenciéndome de que fue culpa mía.

—No he dicho eso.

—No, pero lo estabas pensando. —Le señaló con un dedo, con un gesto de falsa acusación que hizo que Ethan se riera también, sorprendido de lo fácil que resultaba, después de una tarde tan cargada de tensión, encontrar algo parecido a la ligereza—. Admítelo, Volkov. Tienes cara de estar pensándolo.

—Tengo cara de estar agotado, que es distinto.

—Bueno, eso también. —Volvió a ponerse seria, conservando aún algo de la calidez que había asomado un momento antes—. En serio, Ethan. Gracias. No sé qué te ha llevado a hacer esto, pero significa más de lo que puedas imaginarte.

Ethan estuvo a punto, en aquel momento, de contarle también lo del mensaje de la noche anterior.

La frase se le formó en la cabeza, casi lista para salir — por cierto, alguien me ha mandado un mensaje anoche, sobre mi padre — pero algo lo detuvo antes de decirla en voz alta.

No fue una decisión consciente exactamente, sino más bien una sensación difusa de que aquello era distinto, de un peso distinto al resto de la conversación, y que necesitaba pensarlo un poco más antes de compartirlo con nadie, incluida ella.

—Debería dejarte estudiar —dijo en cambio.

—Sí, probablemente. —Nora volvió a abrir el libro, aunque con una expresión que sugería que su cabeza seguía en otra parte—. Pero gracias otra vez. De verdad.

Ethan se marchó de la biblioteca con una sensación extraña, una mezcla de satisfacción por haber hecho, por fin, algo concreto, y una inquietud de fondo que no terminaba de identificar del todo, algo relacionado con la manera en que Nora había reaccionado a la noticia de la confrontación, aunque no lograba precisar qué era lo que le había resultado extraño en ello.

Lo achacó al cansancio acumulado del día y siguió caminando hacia su residencia con el paso más ligero que había tenido en varios días.

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El mensaje llegó el jueves por la mañana, mientras Ethan desayunaba solo en un extremo del comedor, todavía medio dormido, con la cabeza puesta en un examen de Historia que tenía esa misma tarde y que no había estudiado tanto como debería.

El teléfono vibró sobre la mesa, y algo en el timbre de la vibración —quizá pura sugestión, quizá una alarma legítima que su cuerpo había aprendido a reconocer en los últimos días— le hizo saber, antes de mirar la pantalla, que no era un mensaje cualquiera.

Número oculto.

Ethan sintió que se le cerraba el estómago. Abrió el mensaje con los dedos torpes, casi temblorosos, y leyó:

No confíes en las apariencias. Aquí nadie es lo que parece.

Se quedó mirando la pantalla durante un largo minuto, con el desayuno olvidado delante de él, releyendo la frase una y otra vez en busca de algo que pudiera aclarársela.

A diferencia del primer mensaje, aquel no mencionaba a su padre de forma directa, pero llevaba la misma firma invisible, el mismo tono de quien sabe algo que Ethan no sabe y que ha decidido dárselo a cuentagotas, con una paciencia que resultaba casi más inquietante que una revelación completa.

No confíes en las apariencias.

Pensó en Valentina, en la grieta que había visto en su expresión el día anterior, tan breve y tan real.

Pensó en la profesora Rivera y su comentario enigmático sobre el apellido Volkov.

Pensó, sin poder evitarlo, en Nora, y en la sensación difusa que había sentido en la biblioteca sin saber ponerle nombre.

Descartó el pensamiento casi tan rápido como había llegado —Nora era, de todas las personas que había conocido en Voss Academy, la única que le había dado motivos para confiar en ella sin reservas— pero la frase del mensaje siguió rondándole de todas formas, sembrando una duda de fondo que no terminaba de disolverse.

Aquí nadie es lo que parece.

¿Se refería a alguien en concreto? ¿Era una advertencia genuina o simplemente una manera de mantenerlo desestabilizado, inquieto, receptivo a lo que fuera que aquella persona quisiera contarle a continuación?

No tenía forma de saberlo, y esa incertidumbre —la sensación de estar jugando una partida cuyas reglas desconocía por completo, contra un adversario, o quizás un aliado, cuya identidad se le escapaba— empezaba a pesarle de una manera que no había sentido antes en su vida.

Guardó el teléfono y trató de terminar el desayuno, aunque la comida se le había quedado sin sabor.

El resto de la mañana transcurrió con la misma sensación de fondo persiguiéndolo de clase en clase, un zumbido bajo que no le dejaba concentrarse del todo, aunque hizo lo posible por disimularlo delante de los demás.

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Necesitaba contárselo a alguien, y la biblioteca fue lo primero que se le ocurrió, por costumbre más que por certeza.

Nora, sin embargo, no estaba en su mesa de siempre junto a la ventana, ni en ninguna otra de las mesas del fondo, y la bibliotecaria, una mujer mayor con gafas de lectura colgadas de una cadena, le dijo que no la había visto en toda la tarde.

Ethan estuvo a punto de rendirse y esperar hasta el día siguiente, pero algo —quizá la misma inquietud que llevaba arrastrando desde el desayuno— lo llevó a recorrer el campus con la vaga esperanza de encontrarla en algún otro sitio.

Fue casi por accidente, cortando camino hacia su residencia por un sendero que rara vez usaba, como acabó frente al invernadero.

Era una construcción pequeña y bastante olvidada en el extremo norte de los jardines, de cristal envejecido y estructura de hierro oxidado en los bordes, que según le habían contado en algún momento durante la primera semana se usaba antes para las clases de Botánica hasta que el departamento se trasladó a instalaciones más nuevas.

Nadie parecía tener ya ningún interés en aquel rincón del campus, lo cual explicaba probablemente por qué la puerta, cuando Ethan se acercó por simple curiosidad, no estaba cerrada con llave.

Dentro, entre hileras de plantas que alguien seguía regando aunque ya no hubiera clases que lo justificaran, encontró a Nora.

Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra una de las mesas de trabajo de piedra, las gafas puestas sobre la cabeza en vez de sobre los ojos, y un libro pequeño y gastado abierto sobre las rodillas del que no estaba leyendo en silencio, sino recitando en voz muy baja, casi un murmullo, con una cadencia lenta que sonaba deliberadamente distinta a como hablaba normalmente.

No alcanzó a distinguir el poema completo, pero reconoció el tono en cuanto oyó la palabra "traducción" deslizarse entre dos versos, casi como una disculpa dirigida a nadie, y recordó de golpe la conversación que habían tenido en la biblioteca durante la primera semana: aquel libro de poesía rusa mal traducida del que Nora se había avergonzado un poco, como si leerlo la delatara de alguna manera.

Se quedó parado en el umbral, sin saber si interrumpir o retirarse sin que ella lo notara, hasta que una tabla del suelo crujió bajo su peso y Nora se detuvo en mitad de un verso, con los ojos muy abiertos, la sorpresa cruzándole la cara con una honestidad que Ethan no le había visto nunca.

—Yo... —Cerró el libro con un gesto brusco, casi torpe, algo tan ajeno a su habitual precisión de movimientos que resultaba, de alguna manera, más revelador que cualquier otra cosa que Ethan hubiera visto de ella hasta entonces—. No sabía que hubiera nadie aquí.

—Perdona. No quería interrumpir. —Ethan dio un paso atrás, casi disculpándose con el gesto—. No sabía que esto existía, la verdad. Ha sido casualidad.

—Nadie lo sabe. Ese es un poco el punto. —Ya había recompuesto buena parte de su expresión habitual, aunque un rastro de color seguía en sus mejillas—. Vengo aquí quizás una vez a la semana. Cuando necesito un sitio donde nadie me pregunte nada.

—Es el mismo libro del que me hablaste, ¿no? El de poesía rusa.

Nora dudó un instante, con el libro todavía apretado contra el pecho, y Ethan pensó que iba a esquivar la pregunta con alguna de sus respuestas habituales, suaves y ligeramente evasivas. Pero en vez de eso, después de un momento, aflojó el gesto.

—El mismo. La traducción sigue siendo tan mala como te dije. —Le dio la vuelta al libro para mostrarle la cubierta desgastada, con un cariño evidente en cómo lo sostenía—. Era de mi abuela. Lo único que me traje de casa que no fuera estrictamente necesario para las clases.

—¿Por qué lo lees en voz alta si la traducción es tan mala?

—Porque a veces, si lo digo despacio, se me olvida que está mal traducido y solo queda el sonido.

—Sonrió, una sonrisa pequeña y sin la cautela habitual—.

Mi abuela me lo leía así de pequeña, aunque tampoco hablaba ruso más que un par de palabras sueltas.

Creo que a las dos nos gustaba fingir que sí.

Es una de las pocas cosas que me quedan de ella.

Ethan se sentó en el suelo, a una distancia prudente, sin que ella pareciera incómoda con el gesto.

—Tengo que enseñarte algo —dijo finalmente, sacando el teléfono—. Me llegó esta mañana. Otro mensaje.

Se lo mostró, y observó cómo la expresión de Nora se volvía más seria a medida que leía las palabras en la pantalla.

— No confíes en las apariencias —repitió en voz baja, como si necesitara oír la frase en su propia voz para procesarla del todo—. Eso es bastante más inquietante que el primero.

—Lo sé. No tengo ni idea de qué hacer con esto.

—¿Has pensado en quién podría estar enviándolos?

—Constantemente. —Ethan se pasó una mano por el pelo, con un gesto cansado—. Pero no llego a ninguna conclusión que tenga sentido. Es como intentar armar un rompecabezas sin saber cuántas piezas tiene.