CAPÍTULO 3 #2
—Deja a Nora en paz. Completamente. —Ethan guardó el teléfono en el bolsillo, con un gesto deliberadamente lento—. No más mesas reservadas para excluirla. No más rumores sueltos en los pasillos. No más proyectos donde de repente nadie quiere ser su pareja. Se acaba ahora mismo.
Algo cruzó el rostro de Valentina que Ethan no supo identificar del todo —¿sorpresa?, ¿desconcierto?— antes de que ella recuperara el control de su expresión.
—¿Eso es todo? —preguntó, con un asomo de la antigua arrogancia volviendo a su voz—. ¿No quieres nada más? ¿Dinero? ¿Acceso a algo? ¿Un favor con algún profesor?
—No quiero nada de eso.
—Todo el mundo quiere algo. —Dio un paso hacia él, con la misma seguridad calculada que Ethan había visto usar en el comedor para intimidar sin necesidad de alzar la voz—.
Así que dime qué es lo que realmente quieres, Volkov, porque no me creo ni por un segundo que hayas arriesgado tu futuro académico entero por una compañera de clase que apenas conoces.
—La conozco lo suficiente para saber que no se merece lo que le estás haciendo.
—Qué noble. —La palabra salió cargada de un sarcasmo que sonaba menos convincente de lo habitual, con un matiz en el tono que no encajaba con la situación—. ¿Y qué pasa si me niego? ¿Vas a enseñarle esa fotografía a mi madre? ¿A los profesores? ¿Al consejo académico?
—Podría.
—¿Pero no vas a hacerlo?
Ethan se tomó un momento antes de responder, consciente de que aquella pregunta era, en el fondo, el verdadero centro de toda la conversación.
—No —dijo finalmente—. No voy a usarlo. A menos que me obligues a hacerlo.
Valentina se quedó mirándolo con una mezcla de incredulidad y un cálculo frenético, como si estuviera reevaluando a toda velocidad cada suposición que había hecho sobre él desde el primer día.
Se acercó un paso más, invadiendo el espacio que los separaba con esa seguridad depredadora que probablemente empleaba con cualquier otro chico del campus.
—Entonces no tienes nada —dijo, con una sonrisa que pretendía ser triunfal y que se quedó, en cambio, a medio camino—. Sin esa amenaza, no tienes ningún poder real sobre mí. ¿Por qué iba yo a hacer nada de lo que me pides?
Fue entonces cuando Ethan dijo la frase que, sin darse cuenta, llevaba ensayando desde el momento en que había decidido buscarla aquella tarde.
—No me hace falta para controlarte.
El silencio que siguió pareció durar mucho más de lo que en realidad duró.
Valentina no respondió de inmediato; se quedó completamente quieta, con una expresión que por primera vez desde que Ethan la conocía no parecía calculada en absoluto, sino genuinamente descolocada, como si acabara de escuchar algo en un idioma que reconocía las palabras pero no del todo su significado.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó, y su voz había perdido buena parte de la firmeza de hacía un momento.
—Significa lo que he dicho. —Ethan sostuvo su mirada, sorprendido de encontrar en sí mismo la calma suficiente para hacerlo—. No necesito una fotografía para que hagas lo correcto. Espero que lo hagas de todas formas.
—Nadie hace lo correcto sin que le obliguen. No en este sitio.
—Pues entonces serás la primera.
Valentina abrió la boca para responder y la cerró de nuevo, como si las palabras que tenía preparadas ya no encajaran con lo que estaba sintiendo.
Dio un paso atrás, recuperando parte de la distancia que había cruzado hacía un momento, y Ethan pudo ver, con una claridad que le sorprendió, que aquella retirada no era estratégica.
Era, simplemente, una necesidad de espacio.
—No sé qué crees que estás haciendo —dijo finalmente, con la voz más baja, casi para sí misma—, pero esto no funciona así. Yo controlo las conversaciones. Yo decido cuándo alguien se va. Nadie... —se detuvo, cortando la frase antes de terminarla—. Nadie me habla así.
—¿Nunca?
—Nunca. —La palabra salió con una convicción que sonaba menos a arrogancia y más a un hecho que ella misma encontraba, en ese momento, extrañamente perturbador—. Y no me gusta.
—No te estoy pidiendo que te guste.
Ella lo miró un momento más, con una expresión que oscilaba entre la irritación y una curiosidad involuntaria, del tipo que se siente ante un problema que de pronto se ha vuelto mucho más complicado de lo esperado.
—Nora estará bien —dijo finalmente, con una brusquedad que sonaba más a rendición que a acuerdo—. A partir de ahora. Pero esto no significa nada. No he perdido nada aquí.
—No he dicho que hayas perdido nada.
—Bien. —Se dio la vuelta, recogiendo el libro del banco con un movimiento demasiado rápido, casi torpe para alguien cuya elegancia parecía nunca fallar—. Porque no lo he hecho.
Se alejó sin mirar atrás, con un paso que intentaba ser el mismo de siempre y que, sin embargo, a Ethan le pareció ligeramente distinto: menos seguro de sí mismo de lo que Valentina Cross parecía haber sido nunca delante de nadie.
La vio alejarse hasta que desapareció por la puerta del edificio de residencias, con la sensación extraña de haber ganado algo que todavía no sabía nombrar del todo, y de haber empezado, sin proponérselo, algo que sospechaba que no iba a terminar en aquel jardín.
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Encontró a Nora aquella misma tarde en la biblioteca, en su sitio de siempre junto a la ventana, rodeada de la habitual pila de libros que parecía multiplicarse cada semana sin que ninguno acabara realmente terminado.
Llevaba puestas las gafas grandes que Ethan ya asociaba a su rostro con la misma naturalidad con la que asociaba el pelo recogido o el jersey de lana varias tallas más grande de lo que necesitaba, y estaba tan absorta en lo que fuera que estuviese subrayando que no lo oyó acercarse hasta que dejó caer la mochila en la silla de enfrente.
—Tienes cara de haber hecho algo que no sabes si ha sido buena idea —dijo Nora, sin apenas levantar la vista, con ese tono suyo que siempre parecía estar entre la broma y la observación seria.
—¿Tan evidente es?
—Un poco. —Cerró el libro y lo miró con más atención, y algo en su expresión se volvió más despierto, más presente—. ¿Qué ha pasado?
Ethan dudó un momento, no porque no quisiera contárselo —al contrario, llevaba toda la tarde con la necesidad urgente de contárselo a alguien—, sino porque no sabía muy bien por dónde empezar sin que sonara excesivo, sin que Nora pensara que se había vuelto loco por hacer lo que había hecho.
—Hablé con Valentina —dijo finalmente.
Nora dejó de moverse por completo, con una atención que Ethan interpretó, en aquel momento, como simple sorpresa.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti. Sobre lo que te ha estado haciendo. —Se sentó frente a ella, bajando la voz aunque no había nadie cerca que pudiera oírlos—. Se acabó, Nora. No va a molestarte más. Ni ella ni su grupo.
—¿Cómo has conseguido eso? —Su voz sonaba genuinamente desconcertada, con una nota de algo más debajo que Ethan no supo identificar del todo—. Valentina no cambia de opinión así como así. Y mucho menos por alguien que le pide amablemente que pare.
—No se lo pedí amablemente. —Ethan bajó todavía más la voz, y sacó el teléfono para mostrarle la fotografía, con una punzada de duda de última hora que decidió ignorar—.
Encontré esto en su habitación. Un examen con las respuestas marcadas.
Y una nota de su madre explicándole exactamente cuántas preguntas fallar para que pareciera natural.
Nora observó la pantalla durante un momento largo, con una expresión difícil de leer, algo entre la sorpresa y una especie de reconocimiento silencioso que a Ethan le pareció completamente lógico dado lo que aquella información implicaba.
—¿Te metiste en su habitación?
—El martes pasado. Aproveché que estaba fuera.
—Eso es... —Nora buscó la palabra con un cuidado que parecía genuino—. Bastante arriesgado, Ethan. Podrían haberte expulsado si te hubieran pillado.
—Lo sé. —Se encogió de hombros, restándole importancia a algo que, en el momento de hacerlo, le había parecido bastante más aterrador—. Pero no me pillaron. Y ahora Valentina sabe que tengo esto, aunque le he dejado claro que no pienso usarlo a menos que me obligue.
—¿No lo vas a usar?
Había algo en el tono de la pregunta, una sorpresa que a Ethan le pareció un poco desproporcionada para la información que acababa de darle, aunque no se detuvo a pensarlo demasiado en aquel momento.
—No. —Guardó el teléfono—. Le dije que la condición era que te dejara en paz. Nada más. No quiero tener ese tipo de poder sobre nadie, ni siquiera sobre alguien que se lo merece tanto como ella.
Nora se quedó callada un momento, con una quietud distinta a la habitual, y cuando volvió a hablar su voz sonaba más suave de lo que Ethan le había escuchado nunca.
—Nadie ha hecho nunca algo así por mí. —Lo dijo casi para sí misma, como si la frase se le hubiera escapado antes de decidir si quería decirla en voz alta—. Quiero decir... la gente es amable a veces. Educada. Pero nadie se ha arriesgado a que lo expulsen por defenderme.
—Alguien tenía que hacerlo.
—No es tan simple como eso. —Sonrió, una sonrisa pequeña que a Ethan le pareció distinta a las anteriores, menos contenida—. Pero gracias. En serio. No sé cómo agradecértelo del todo.
—No hace falta que me lo agradezcas.
—Claro que hace falta. —Se quitó las gafas un momento, frotándose los ojos con un gesto cansado que a Ethan le resultó extrañamente entrañable, como si por un instante se hubiera olvidado de que había alguien delante—.
Llevo un año entero acostumbrándome a que nadie mueva un dedo.
Empiezas a olvidar que la gente puede ser de otra manera.
Volvió a ponerse las gafas y lo miró con una expresión distinta, más ligera, casi traviesa.
—¿Sabes qué es lo más ridículo de todo esto? —dijo—. Que llevo toda la vida siendo la chica de las gafas que estudia demasiado, y resulta que la única persona que se ha molestado en defenderme de verdad es la misma que casi me tira un café encima el primer día.