Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

GRIETAS EN EL SILENCIO

Bienvenido a Voss Academy. Tu padre estaría orgulloso.

Ethan se despertó con la frase todavía intacta en la cabeza, como si no hubiera dormido en absoluto sino solo cerrado los ojos el tiempo suficiente para que la habitación cambiara de luz.

La claridad gris de la mañana entraba por la ventana sin cortinas del todo echadas, y su compañero de cuarto —un chico llamado Derek que hablaba poco y roncaba con una regularidad casi tranquilizadora— ya se había ido a clase, a juzgar por la cama deshecha y el silencio.

Cogió el teléfono casi antes de terminar de sentarse. El mensaje seguía ahí, por supuesto. No había esperado que desapareciera durante la noche, pero una parte irracional de él necesitaba comprobarlo, como quien palpa una herida para confirmar que sigue doliendo.

Bienvenido a Voss Academy. Tu padre estaría orgulloso.

Lo leyó una quinta vez, una sexta, buscando en el orden de las palabras algo que no hubiera visto la noche anterior.

No había firma, no había número reconocible, no había absolutamente nada que pudiera atarlo a una persona concreta.

Y sin embargo la frase tenía un peso específico, casi quirúrgico, que no encajaba con una broma de pasillo o con el tipo de comentario cruel que Voss Academy parecía producir con tanta naturalidad.

Nadie bromeaba con un padre ausente sin más información que la que cualquiera podría sacar de una charla de cafetería.

Quien había escrito aquello sabía algo. La pregunta era cuánto, y cómo.

Se vistió despacio, sin prisa por llegar a la primera clase, con la cabeza todavía atrapada en el bucle de la noche anterior.

Su madre nunca hablaba de su padre. No con rabia, no con tristeza explícita, sino con ese tipo de silencio absoluto que a Ethan siempre le había parecido más elocuente que cualquier explicación: un silencio construido con cuidado, mantenido durante años, que solo se rompía cuando él, de niño, insistía demasiado y ella respondía con la misma frase de siempre — se fue, Ethan, eso es todo lo que necesitas saber — antes de cambiar de tema con una determinación que no dejaba espacio para la réplica.

Y ahora, dieciséis años después, alguien en Voss Academy sabía más sobre aquel hombre que él mismo.

La ducha no le aclaró nada, ni el desayuno que apenas tocó, ni el paseo hasta su primera clase, donde se sentó en la última fila con la vista fija en la pizarra sin registrar una sola palabra de lo que el profesor explicaba sobre ecuaciones diferenciales.

Tenía la cabeza en otro sitio, en un lugar donde las piezas sueltas de las últimas dos semanas —el apellido en la lista de administración, el comentario enigmático de la profesora Rivera, y ahora aquel mensaje— empezaban a formar un contorno que no le gustaba nada, precisamente porque todavía no podía distinguir su forma completa.

Fue entonces, en algún momento indeterminado entre la segunda y la tercera clase, cuando la frustración acumulada de no poder hacer nada respecto al mensaje encontró una salida en la única dirección donde sí podía actuar.

Llevaba el teléfono en el bolsillo con las fotografías del examen y la nota de Valentina desde el martes por la tarde, sin haber decidido todavía qué hacer con ellas, aplazando la decisión con la excusa de que necesitaba pensarlo con más calma.

Pero la calma, descubrió esa mañana, era un lujo que ya no podía permitirse.

Había algo en la sensación de no controlar nada —ni el mensaje, ni la identidad de quien lo enviaba, ni el motivo por el que su padre parecía haber decidido reaparecer justo ahora, dieciséis años tarde— que le hacía necesitar, con una urgencia casi física, controlar al menos una cosa.

Y esa cosa tenía nombre: Valentina Cross.

Sacó el móvil entre clases y buscó a Francesca, a quien encontró apoyada en una columna del pasillo principal, enfrascada en una conversación con dos chicas que Ethan no reconoció, ambas riendo de algo que él no llegó a escuchar.

—Necesito un favor —le dijo, cuando consiguió apartarla un momento—. ¿Sabes el horario de Valentina los martes por la tarde?

Francesca enarcó una ceja con una curiosidad que no se molestó en disimular.

—¿Por qué quieres saber eso, Volkov? —Sonrió de lado, con esa expresión suya de quien ya está construyendo tres teorías distintas al mismo tiempo—. No me digas que por fin te has fijado en ella. Sería el motivo de conversación de la semana.

—No es eso.

—Ajá. —Claramente no le creyó ni una palabra, pero tampoco insistió más de lo necesario—.

A las tres tiene libre. Su madre suele tener reunión de dirección los martes hasta las cinco, y sus amigas van a clase de yoga en el gimnasio del ala oeste hasta esa hora, así que si buscas encontrarla sola, ese es tu momento.

Aunque sigo pensando que hay una historia mejor aquí de la que me estás contando.

—Puede que algún día te la cuente.

—Cuento con ello. —Le dio un golpecito en el brazo, con la misma familiaridad despreocupada de siempre, y se alejó hacia su siguiente clase sin más preguntas, aunque Ethan pudo sentir su curiosidad siguiéndolo por el pasillo como una sombra.

Las horas hasta las tres pasaron con una lentitud exasperante.

Ethan se descubrió consultando el reloj cada pocos minutos, incapaz de concentrarse en nada que no fuera la conversación que estaba a punto de tener, ensayando frases en su cabeza que sonaban firmes en la teoría y ridículamente débiles en cuanto intentaba imaginarse diciéndolas en voz alta.

No tenía un plan detallado. Solo tenía una fotografía en el teléfono, una condición muy clara en la cabeza — que deje a Nora en paz, completamente — y la determinación, todavía frágil pero creciente, de que no iba a dejar pasar aquello ni un día más.

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❖

A las tres menos cinco, Ethan cruzó el campus en dirección al edificio de residencias de último curso, con el corazón latiéndole a un ritmo que no conseguía calmar por mucho que se repitiera que aquello no era distinto de cualquier otra conversación difícil que hubiera tenido en su vida.

Sabía, sin embargo, que se estaba mintiendo.

No había tenido ninguna conversación como aquella en su vida.

La encontró en el pequeño jardín interior que separaba el edificio de residencias del ala administrativa, sentada sola en un banco de piedra bajo un árbol cuyas hojas empezaban a teñirse del primer amarillo del otoño, con un libro abierto sobre el regazo que no parecía estar leyendo de verdad.

Llevaba el pelo suelto, algo que Ethan no recordaba haberla visto nunca en público, y por un instante, antes de que ella advirtiera su presencia, le pareció una persona distinta a la que dominaba los pasillos del comedor con una sola mirada: más pequeña, más quieta, casi vulnerable en la manera en que la luz de la tarde le caía sobre los hombros.

La impresión duró exactamente hasta que Valentina levantó la vista y lo vio acercarse.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó, con un tono que dejaba claro que la respuesta esperada era no, formulada con esa cortesía gélida que Ethan ya había visto usar contra otras personas y que hasta ese momento nunca había sentido dirigida directamente hacia él.

—Necesito hablar contigo.

—Qué interesante. —Cerró el libro sin marcar la página, un gesto pequeño que sugería que no pensaba volver a él pronto—. No recuerdo haberte dado motivos para pensar que eso me interesa a mí.

—No es sobre lo que te interese. Es sobre esto.

Sacó el teléfono y le mostró la fotografía sin más preámbulo, sin darse el tiempo de reconsiderarlo, porque sabía que si se detenía a pensarlo un segundo más perdería el valor para hacerlo.

La pantalla mostraba el examen con las respuestas marcadas en rojo, y debajo, la nota manuscrita firmada por su madre.

El cambio en el rostro de Valentina fue instantáneo y, por un momento, completamente involuntario.

El color se le retiró de la cara con una rapidez que ella misma pareció notar, porque un segundo después ya estaba recomponiendo la expresión, tensando la mandíbula, reconstruyendo la fachada con la velocidad de quien ha tenido mucha práctica en hacerlo.

Pero Ethan ya lo había visto. Un segundo de pánico auténtico, sin filtrar, antes de que la reina de Voss Academy volviera a ocupar su lugar.

—¿De dónde has sacado eso? —Su voz seguía siendo firme, pero algo en el timbre se había endurecido de una manera nueva, más defensiva que arrogante.

—Eso ahora mismo no importa.

—Claro que importa. —Se puso de pie, y por primera vez Ethan pudo apreciar de cerca lo que todo el campus parecía dar por sentado sin necesidad de comentarlo: la manera en que Valentina Cross llenaba un espacio simplemente estando en él, la mirada intensa que imponía distancia antes de que dijera una sola palabra, el porte de alguien que llevaba toda su vida acostumbrada a que la gente se apartara a su paso—.

Has entrado en mi habitación. Eso es allanamiento.

Podría hacer que te expulsaran hoy mismo con una sola llamada.

—Podrías. —Ethan se sorprendió de lo tranquila que sonó su propia voz, considerando que por dentro el corazón le latía con una fuerza casi dolorosa—.

Pero entonces esta fotografía llegaría a las manos equivocadas antes de que terminara el día.

Y algo me dice que eso te preocupa mucho más que lo que yo haya hecho para conseguirla.

Valentina lo miró un largo instante, calculando, con esa expresión de quien está reescribiendo rápidamente todas las variables de una situación que hace un momento creía tener bajo control absoluto.

—¿Qué quieres? —preguntó finalmente, y aunque la pregunta era la misma que había hecho miles de veces a personas que necesitaban algo de ella, esta vez sonó distinta. Más pequeña.