Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

El martes siguiente, a las tres menos cuarto de la tarde, Ethan se encontró merodeando cerca de la residencia donde sabía —gracias a una mención casual de Francesca, que parecía tener un radar infalible para saber en qué edificio dormía cada persona relevante del campus— que se alojaba Valentina.

No tenía un plan concreto más allá de comprobar si la coincidencia de horarios que Camila había mencionado era real.

Se dijo a sí mismo que aquello no era más que curiosidad razonable, el tipo de comprobación mínima que cualquiera haría antes de dar demasiado peso a un rumor de pasillo.

Se dijo también, con menos convicción, que no tenía intención alguna de entrar en ningún sitio al que no tuviera acceso legítimo.

A las tres en punto, vio a Valentina salir del edificio principal de residencias, sola, sin su séquito habitual, caminando con un paso rápido y decidido que contrastaba con la languidez calculada que solía mostrar en público.

Se dirigía hacia el edificio administrativo, en dirección contraria a donde estaba Ethan, y desapareció por una puerta lateral que él no había explorado todavía.

El corazón le latió un poco más rápido de lo normal.

No era una prueba de nada —cualquiera podía tener una cita, una tutoría, una obligación cualquiera a esa hora—, pero la puntualidad exacta, la ausencia de compañía, la dirección hacia una zona del campus que no era precisamente la más frecuentada por estudiantes con vida social, encajaban con una precisión incómoda con lo que Camila le había contado.

Su habitación, sin embargo, era otra cuestión.

Valentina tenía una habitación individual —un privilegio que, dedujo Ethan, correspondía probablemente a su posición como hija de la directora— en un ala de la residencia reservada a estudiantes de último curso o con conexiones suficientes para saltarse las normas de convivencia habituales.

Averiguar cuál era no le costó demasiado esfuerzo.

Una de las chicas de la residencia, a la que Ethan abordó con la excusa poco convincente de estar buscando a una amiga, le señaló sin ninguna sospecha la puerta del fondo del segundo pasillo, comentando de pasada, sin que Ethan tuviera que preguntar, que "la reina" tenía la habitación más grande de toda la planta porque, según sus propias palabras, "no soportaba compartir espacio con gente normal".

La puerta parecía cerrada, pero cuando probó el pomo con cautela, casi sin fuerza, cedió sin resistencia.

Valentina, con las prisas de siempre, no se había quedado a comprobar que el pestillo encajara del todo antes de alejarse.

Ethan permaneció un segundo con la mano todavía en el pomo, sin terminar de creerse su propia suerte, o su propia temeridad.

Permaneció parado frente a la puerta entreabierta durante lo que le pareció un tiempo excesivamente largo, con el pulso acelerado y una vocecita interna que le recordaba, con bastante insistencia, que aquello era allanamiento, que si lo pillaban las consecuencias podían ser mucho más serias que un simple bochorno social, que estaba a punto de cruzar una línea que ni siquiera había cruzado en el despacho de administración, donde al menos tenía la excusa —débil, pero excusa al fin— de estar buscando información sobre sí mismo.

Pensó en Nora, en la mesa vacía del comedor, en la expresión resignada con la que había aceptado trabajar sola en el proyecto de Renacimiento, en la manera en que había dicho no es la primera vez que pasa , con una naturalidad que dolía más que cualquier queja explícita.

Empujó la puerta y entró, ya moviéndose antes de haber acabado de cerrarla tras de sí.

El escritorio, junto a la ventana, fue lo primero que registró de verdad —el objetivo, el único mueble que le importaba en ese momento— y hacia allí fue directo.

De reojo captó el armario que ocupaba casi toda la pared del fondo, más grande de lo que necesitaba nadie para su ropa, y una parte de su cabeza, la parte que llevaba toda la tarde calculando riesgos sin que él se lo pidiera, lo archivó casi sin pensarlo: si algo salía mal, ahí era donde tendría que meterse.

Pasó junto a una estantería de libros con encuadernaciones demasiado perfectas para haber sido abiertas alguna vez, sin detenerse siquiera a leer los lomos.

No tenía mucho tiempo. Se dejó caer frente al escritorio, con el corazón latiéndole en los oídos, y empezó a abrir cajones sin ninguna ceremonia.

Encontró lo que buscaba —o algo que no esperaba encontrar pero que resultó ser exactamente lo que necesitaba— en el segundo cajón, debajo de una carpeta con apuntes de Historia del Pensamiento Político: unas hojas grapadas que, tras un vistazo rápido, reconoció como el examen de la próxima semana de esa misma asignatura, con preguntas idénticas a las que el profesor había mencionado como ejemplo el día anterior en clase.

Algunas de las respuestas ya estaban marcadas en rojo, en una letra distinta a la de Valentina, con una precisión que sugería que quien las había escrito conocía el examen antes incluso de que existiera oficialmente.

Debajo del examen, una nota manuscrita, en la misma letra roja:

Valentina,

Estas son las preguntas del examen del martes que viene.

Memoriza las respuestas que te marqué en rojo.

IMPORTANTE: No respondas TODO perfectamente.

Falla 1-2 preguntas para que parezca natural.

Y deja de discutir conmigo sobre esto.

Es por tu bien. No puedes fallar.

— Mamá

Ethan miró la nota fijamente durante varios segundos, con una mezcla de incredulidad y una especie de vértigo moral que no había anticipado del todo.

No era solo que Valentina hiciera trampas —eso, en algún nivel superficial, ya lo había sospechado desde las pistas sueltas de Mia y Jade—, sino la escala de la operación, la implicación directa de su propia madre, la directora de la institución más prestigiosa del país, redactando instrucciones detalladas sobre cuántas preguntas fallar para no levantar sospechas.

Sacó el móvil, todavía con las manos temblando ligeramente, y fotografió la nota y el examen con el cuidado meticuloso de quien sabe que aquella imagen, mal utilizada, podía convertirse en un arma considerablemente más peligrosa de lo que había imaginado al empezar aquella tarde.

Estaba guardando el teléfono en el bolsillo cuando oyó pasos en el pasillo. No lejanos, no de fondo: pasos que se acercaban con el ritmo despreocupado de alguien que vuelve a su propia habitación sin ninguna prisa. Se detuvieron justo al otro lado de la puerta.

El pomo giró.

Ethan no tuvo tiempo de pensar, solo de moverse. Se metió en el hueco estrecho que el armario dejaba contra la pared del fondo, pegando la espalda a la madera fría, conteniendo la respiración con una disciplina que no sabía que tenía.

La puerta se entreabrió unos centímetros —lo suficiente para que una franja de luz del pasillo cruzara el suelo de la habitación— y una voz que no reconoció masculló algo para sí misma, entre la risa y el fastidio:

—Vale, esta no es... —Una pausa breve, el sonido de alguien comprobando el número junto al marco—. Perdona, tía, me he equivocado de piso.

La puerta volvió a cerrarse con el mismo descuido con el que se había abierto, y los pasos se alejaron de nuevo por el pasillo, tan tranquilos como habían llegado, sin que quien fuera llegara a saber jamás lo cerca que había estado de encontrar a alguien donde no debía haber nadie.

Ethan se quedó pegado al armario varios segundos más, el corazón golpeándole con tanta fuerza que le pareció que debía de oírse desde fuera, hasta que la certeza de que nadie iba a volver le permitió despegarse de la pared.

Le temblaban las manos cuando devolvió los papeles al cajón tal como los había encontrado y lo cerró con el cuidado silencioso de quien no quiere dejar rastro.