CAPÍTULO 2 #3
Se marchó dejando tras de sí una frase incompleta que a Ethan se le grabó con más fuerza que si la hubiera terminado del todo.
Valentina no es tan lista como aparenta.
No era gran cosa, en apariencia. Un comentario suelto entre dos personas que apenas se conocían.
Pero algo en el tono de Mia, esa mezcla de resentimiento contenido y paciencia calculada, le sugirió que había más detrás de aquella frase de lo que las palabras por sí solas dejaban ver.
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Con Jade, la conversación llegó de una manera completamente distinta, sin ningún rodeo social previo.
Coincidieron en la biblioteca, dos días después, cuando Ethan buscaba un libro de referencia para el trabajo de Historia del Arte —su propio trabajo, no el de Nora, aunque llevaba pensando en el de ella más de lo que quería admitir— y se encontró con que el único ejemplar disponible ya estaba en manos de Jade, sentada en una mesa cercana con la concentración absoluta de alguien que no tolera interrupciones frívolas.
—Necesito ese libro —dijo Ethan, con la torpeza de quien no sabe muy bien cómo abordar a alguien que proyecta tanta autosuficiencia—. ¿Cuánto tiempo más lo vas a tener?
Jade levantó la vista, lo estudió durante un segundo con una mirada directa que no se molestaba en disimular la evaluación, y respondió sin ningún preámbulo:
—Una hora, más o menos. Puedes esperar o buscar otra fuente. Yo lo necesito para terminar esta sección antes de la cena.
—¿Y si te ayudo a terminar más rápido? Podríamos compartirlo.
Ella lo miró de nuevo, esta vez con una sorpresa genuina, como si aquella propuesta se saliera lo suficiente de lo esperado como para merecer una segunda mirada.
—Interesante estrategia. —Empujó una silla hacia él con el pie, sin levantarse—. Siéntate, entonces. Pero te lo advierto: no tengo paciencia para explicaciones básicas. Si no sabes algo, búscalo tú mismo.
Trabajaron en un silencio cómodo durante casi media hora, intercambiando el libro cuando hacía falta, comparando notas de manera esporádica sobre algún fresco concreto o alguna fecha que no terminaba de encajar.
Ethan descubrió, con cierta sorpresa, que Jade tenía un conocimiento del Renacimiento italiano que iba mucho más allá de lo que exigía el trabajo, del tipo de conocimiento que solo se acumula por interés genuino, no por obligación académica.
—Se te da bien esto —comentó, cuando ella corrigió, sin ninguna arrogancia visible, un dato que él tenía mal apuntado.
—Se me da bien todo lo que me propongo. No tengo mucho margen para que no sea así. —Lo dijo tan directa como decía todo lo demás, sin abrir la puerta a que él preguntara más—. Digamos que en mi familia el término medio no es una opción demasiado popular.
—Eso suena a mucha presión.
—Podría ser peor. —Se encogió de hombros, cerrando el tema con la misma rapidez con la que lo había abierto, como si ya hubiera dicho más de lo que solía decir a alguien que acababa de conocer—. No hablemos de eso. Hablemos del fresco que tienes mal fechado en la página doce.
Hablaron un rato más, de manera fluida, sobre el trabajo, sobre profesores insufribles, sobre la diferencia entre destacar por mérito propio y destacar simplemente porque nadie se atreve a competir contigo, hasta que Ethan, ya cómodo con el ritmo directo de la conversación, mencionó de pasada su propia sorpresa ante el sistema social del comedor.
—Es raro ver cómo funciona todo aquí. Cómo la gente parece saber exactamente su lugar sin que nadie se lo diga.
—La jerarquía en Voss es tan rígida como cualquier corte real, solo que nadie lo admite en voz alta.
—Jade cerró el libro un momento, mirándolo con esa franqueza suya que no admitía medias tintas—.
Valentina está arriba del todo, claro. Pero ¿sabes qué es lo curioso?
Nunca la he visto estudiar de verdad. Ni una sola vez, en dos años.
Y siempre saca las mejores notas de la clase, sin excepción, incluso en asignaturas que ni siquiera parece que le interesen.
—¿Y eso qué significa?
—No significa nada, en realidad. —Jade ladeó la cabeza, un gesto esta vez algo más deliberado, dejando la puerta abierta a una pregunta que no iba a formular ella misma—.
Solo es un dato curioso. Algunas personas simplemente son brillantes sin esfuerzo aparente.
O quizá estudia cuando nadie la ve. No lo sé, y tampoco me importa lo suficiente para averiguarlo.
Ethan asintió, guardando el comentario en el mismo rincón mental donde ya empezaba a acumular las piezas sueltas de Nora y de Mia, sin saber todavía si aquellas piezas encajarían en algún dibujo reconocible o si simplemente formaban parte del ruido de fondo de un campus lleno de secretos pequeños e irrelevantes.
—Gracias por el libro —dijo, cuando Jade finalmente se lo tendió, ya con su parte del trabajo terminada—. Y por la compañía. No esperaba que fuera tan fácil hablar contigo.
—La gente espera que sea difícil porque no suavizo lo que digo. —Se levantó, recogiendo sus cosas con movimientos precisos—. Pero difícil y honesto no son lo mismo, aunque mucha gente aquí los confunda. Nos vemos, Ethan.
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Con Camila, la conversación no tuvo ningún preámbulo intelectual ni ninguna cola de cafetería que la propiciara. Simplemente ocurrió, de la manera espontánea y ruidosa con la que parecía ocurrir todo lo relacionado con ella.
Fue el viernes por la tarde, en uno de los patios interiores del campus, donde un grupo reducido de estudiantes había organizado una especie de sesión improvisada de música y baile aprovechando el buen tiempo.
Camila estaba en el centro de todo, literalmente —bailando con una energía que parecía inagotable, arrastrando a un par de compañeros reticentes hacia el círculo improvisado con una insistencia alegre que nadie parecía capaz de rechazar del todo.
—¡Tú! —le gritó a Ethan en cuanto lo vio pasar, con la familiaridad de quien lleva años conociéndolo aunque solo hubieran coincidido un par de veces de lejos—. El chico nuevo del comedor. Ven aquí, no seas aburrido.
—No sé bailar.
—Nadie sabe bailar hasta que baila. —Lo agarró del brazo con una confianza desarmante y lo arrastró un par de pasos hacia el círculo, ignorando por completo su resistencia—. Ay, papito, relájate, que esto no es un examen.
Ethan, entre risas y torpeza, terminó cediendo lo suficiente para no parecer del todo hostil a la propuesta, y Camila, satisfecha con aquella pequeña victoria, lo dejó a su aire después de un par de minutos, volviendo al centro del baile con la misma energía desbordante con la que lo había reclutado.
Cuando la música bajó de intensidad y el grupo se dispersó hacia una pausa improvisada, Camila se dejó caer a su lado sobre el césped, sin aliento y sonriendo de oreja a oreja.
—Bailas fatal —le dijo, sin ninguna crueldad en la voz—. Pero al menos lo intentaste. Eso ya te pone por delante de la mitad de la gente de este sitio, que preferiría morirse antes que hacer el ridículo en público.
—Gracias, supongo.
—Es un cumplido, cariño, tómatelo como tal. —Se echó el pelo hacia atrás con un gesto despreocupado—. Eres el que estuvo con Valentina el primer día, ¿no? Lo del café.
—Ese soy yo, sí. Parece que todo el mundo conoce esa historia ya.
—Es que fue muy dramático. —Se rio, con una carcajada que llegaba fácil y sin filtro—. Valentina estuvo hablando de eso durante días. Bueno, no exactamente hablando. Más bien... ya sabes, mencionándolo cada vez que quería recordarle a alguien que ella nunca se equivoca en nada.
—¿Y a ti no te molesta? Digo, lo de que trate así a la gente.
Camila guardó silencio un momento, algo poco habitual en ella según lo que Ethan ya había visto en su breve interacción, y su expresión se suavizó un poco antes de responder.
—A veces sí. No te voy a mentir. —Torció el gesto un momento—. Pero llevamos siendo amigas desde niñas, ¿sabes? Es complicado. Ella no es solo lo que ve la gente de fuera. Tiene sus cosas buenas también, aunque no las enseñe mucho.
—Suena a que la conoces mejor que la mayoría.
—Probablemente. —Sonrió de nuevo, aunque con menos despreocupación que antes—.
Aunque tampoco creas que me cuenta todo.
Nadie le cuenta todo a nadie en ese grupo, la verdad, ni siquiera entre nosotras.
Cada una tiene sus horas raras, sus secretos pequeños.
Como Valentina, por ejemplo, que los martes y jueves a las tres de la tarde desaparece sin decir a dónde va.
Dice que tiene "cosas importantes" y ya está, no hay más explicación.
Llevo así casi un año y todavía no sé qué hace en esas horas.
—¿No te ha dado curiosidad preguntarle?
—Claro que me ha dado curiosidad. Pero con Valentina hay preguntas que simplemente no se hacen si quieres seguir en su círculo. —Hizo un gesto de resignación que parecía sincero—. Yo prefiero disfrutar de lo que tengo sin escarbar demasiado. La vida es más simple así.
La pausa musical terminó ahí, con Camila levantándose de un salto en cuanto la música volvió a sonar, arrastrando consigo a un par de estudiantes más hacia el centro del patio, tan contagiosa como siempre.
Ethan siguió sentado un momento más, con las tres piezas sueltas de la semana —Mia, Jade, Camila— dando vueltas en su cabeza hasta empezar a encajar de una manera que no le gustó lo fácil que resultaba.
Valentina no es tan lista como aparenta. Nunca la vemos estudiar, pero siempre saca las mejores notas. Los martes y jueves a las tres desaparece sin explicación.
No era una prueba de nada. Podía ser, perfectamente, tres coincidencias sin relación alguna entre sí.
Pero Ethan había pasado ya suficiente tiempo en Voss Academy para empezar a desconfiar de las explicaciones sencillas, y aquellas tres frases, juntas, dibujaban un contorno que se negaba a disolverse en su cabeza por mucho que intentara convencerse de que estaba viendo patrones donde probablemente no había más que ruido.
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