CAPÍTULO 2
SECRETOS Y MENSAJES
El campus de Voss Academy tenía una manera particular de olvidar y recordar al mismo tiempo.
Nadie volvió a mencionar el incidente del café en voz alta —nadie, en realidad, había hecho falta que lo mencionara nunca en voz alta— y sin embargo Ethan notó, a lo largo de aquella primera semana completa de clases, que algo se había reorganizado alrededor de Nora de una manera tan silenciosa como eficaz.
No era nada que pudiera señalar con el dedo.
No había insultos, no había gritos, no había siquiera miradas hostiles que uno pudiera calificar de crueles sin matices.
Era más bien una ausencia. Un espacio que antes ocupaba una persona y que ahora se cerraba a su alrededor como el agua se cierra sobre una piedra que ha dejado de estar ahí.
La primera vez que lo notó fue en la cafetería, el martes, cuando Nora se sentó —como llevaba haciendo, según le había contado Elena, desde el curso anterior— en el extremo de una mesa larga donde solía coincidir con otras dos chicas de su clase de Literatura Comparada.
Las dos chicas seguían ahí. La conversación seguía fluyendo entre ellas con la misma naturalidad de siempre.
Solo que ahora fluía alrededor de Nora, no con ella, como si alguien hubiera trazado un círculo invisible a su alrededor y todos hubieran decidido, sin necesidad de comentarlo, respetar sus límites.
Ethan la vio comer en silencio, asintiendo de vez en cuando a comentarios que no iban dirigidos a ella, y sintió una punzada de algo que tardó un momento en identificar como culpa, aunque no supiera exactamente de qué se sentía culpable.
Él no había hecho nada. Él había sido, en todo caso, la otra víctima colateral de aquel choque absurdo en el jardín.
Pero la lógica de la culpa rara vez se rige por la lógica de los hechos, y Ethan llevaba toda la semana con la sensación pegajosa de haber puesto en marcha algo que ahora no sabía cómo detener.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Francesca, sentándose frente a él con su habitual bandeja sobrecargada, esta vez coronada por un postre que parecía llevar más nata que sustancia—. Llevas mirando esa mesa como si fuera un cuadro que no terminas de entender.
—Nada. Solo pensaba.
—Pensar demasiado a la hora de comer es mala idea. Se te enfría la comida y se te calienta la cabeza. —Se metió una cucharada de nata en la boca con una expresión de placer casi ofensiva—. ¿Es por la chica de las gafas? La del café.
—¿Se nota tanto?
—Cariño, llevas mirando en esa dirección desde que te sentaste.
—Francesca bajó un poco la voz, aunque en ella "bajar la voz" seguía siendo un volumen perfectamente audible a tres mesas de distancia—.
La gente habla, ¿sabes? Nada grave, nada que puedas señalar.
Pero aquí las cosas se saben sin que nadie las diga.
Es un talento que tienen los ricos aburridos.
—¿Qué dicen?
—Que es rara. Que seguramente lo hizo a propósito, aunque nadie explica muy bien por qué habría querido tirarle un café encima a la hija de la directora el primer día de clase.
Que mejor no acercarse mucho, no vaya a ser que la próxima vez el desastre te salpique a ti también.
—Se encogió de hombros con la ligereza de quien repite un chisme sin creérselo del todo—.
Tonterías, básicamente. Pero tonterías que se han extendido rápido.
Ethan pensó en la expresión de Nora en el jardín, esa mezcla fugaz de algo que no llegaba a ser miedo, y se preguntó, no por primera vez esa semana, si había algo más debajo de aquel incidente de lo que parecía a simple vista.
Descartó el pensamiento casi tan rápido como había llegado.
Estaba buscando conspiraciones donde probablemente solo había mala suerte y el capricho cruel de un campus que necesitaba a alguien a quien señalar el primer día del curso.
—¿Y a nadie le parece raro que esté pagando por un accidente? —preguntó.
—Cariño, esto es Voss Academy. —Francesca hizo un gesto amplio con la cuchara, abarcando el comedor entero, las vidrieras, el peso silencioso de tanto dinero—.
Aquí nadie paga por lo que hizo. La gente paga por lo que representa.
Y ella representa exactamente lo que Valentina Cross necesita para sentirse superior: alguien más pequeño que ella a quien señalar.
La frase se le quedó a Ethan dando vueltas durante el resto de la comida, mientras Francesca cambiaba de tema con su habitual facilidad hacia una anécdota sobre un chico del equipo de remo que, según sus últimas investigaciones de campo, tenía novia desde hacía dos años y por lo tanto quedaba oficialmente descartado de su lista de "posibilidades veraniegas tardías".
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Las clases de aquella semana confirmaron, poco a poco, lo que Francesca había resumido en el comedor.
Ethan tenía dos asignaturas compartidas con Nora —Literatura Comparada e Historia del Arte, esta última una casualidad de horarios que ninguno de los dos había buscado— y en ambas empezó a notar el mismo patrón repetido con variaciones mínimas.
En Historia del Arte, el profesor anunció el jueves un trabajo en parejas sobre el Renacimiento italiano, de esos que se hacen fuera de clase y requieren coordinar horarios y visitas a la biblioteca.
Ethan observó, sin querer observarlo del todo, cómo el aula se reorganizaba en un baile silencioso de miradas y gestos de complicidad que dejó a Nora, al final, como la única persona sin pareja, sentada con la vista fija en su cuaderno mientras el resto de la clase ya discutía quién se encargaría de qué sección.
El profesor, un hombre de mediana edad con gafas de pasta gruesa que parecía más interesado en su propia exposición que en la dinámica social de sus alumnos, resolvió el problema con la eficiencia despreocupada de quien no ha notado nada: —Usted trabajará sola, entonces.
Doble carga, me temo, pero doble mérito si lo hace bien.
Nadie protestó por ella. Nadie ofreció compartir su pareja para hacer un trío. Nora asintió con la misma expresión contenida que Ethan ya empezaba a reconocer como su manera de encajar los golpes sin que se le notara nada, y anotó algo en su cuaderno sin levantar la vista.
Ethan estuvo a punto de ofrecerse —su propia pareja, un chico llamado Marcus que apenas le había dirigido la palabra en toda la semana, no pareció especialmente entusiasmado con el trabajo en cualquier caso— pero algo lo detuvo.
No supo bien qué. Quizá la sensación de que ofrecerse en ese momento, delante de toda la clase, habría sido más una demostración pública que una ayuda real.
Se prometió a sí mismo hablar con ella después, en privado, aunque el "después" tardaría más de lo que le hubiera gustado admitir.
El viernes, en la cola de la cafetería, escuchó sin querer un fragmento de conversación entre dos chicas que reconoció vagamente de la clase de Literatura Comparada.
—¿Has visto la nota que sacó en el ensayo? —decía una de ellas, con ese tono que finge indiferencia mientras disecciona con precisión quirúrgica—. Perfecta, como siempre. Debe de ser agotador ser tan perfecta todo el tiempo.
—O tan pelota con los profesores —respondió la otra, con una risa breve que no llegaba a ser del todo cruel pero tampoco era inocente—. Dicen que se queda después de clase con el señor Hensley más de lo normal. Ya sabes cómo son estas cosas.
—No estoy diciendo nada. Solo digo que es raro sacar siempre la nota más alta sin que nunca se le vea estudiar de verdad.
Ethan no necesitó preguntar a quién se referían.
El comentario, con esa mezcla de envidia disfrazada de sospecha, tenía toda la textura de un rumor que crece por sí solo, alimentado por nada más que la incomodidad colectiva ante alguien que no encaja en ningún molde reconocible.
Nadie tenía pruebas de nada. Nadie las necesitaba.
En Voss Academy, entendió Ethan esa semana, la reputación funcionaba como el dinero de sus compañeros: se heredaba, se acumulaba, y una vez perdida costaba generaciones recuperarla.
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El sábado por la tarde, Elena lo encontró merodeando por los jardines con una expresión que debía de delatar más de lo que él pretendía, porque lo primero que le dijo, sin preámbulos, fue:
—Tienes cara de necesitar que alguien te saque de tu cabeza durante un par de horas.
—¿Tan evidente es?
—Como un libro abierto, Volkov. —Sonrió, y aquella sonrisa consiguió lo que llevaba toda la semana sin lograr: que Ethan se relajara un poco los hombros sin darse cuenta—.
Ven. Conozco un sitio que todavía no te he enseñado y que no está lleno de gente fingiendo que le interesa la vida de los demás.
El sitio resultó ser un pequeño embarcadero de madera al otro extremo del lago artificial, medio escondido tras un grupo de sauces cuyas ramas caían casi hasta el agua.
Desde ahí el ruido del campus llegaba amortiguado, como si aquel rincón perteneciera a otra Voss Academy, una más tranquila y menos interesada en medir a la gente por su apellido.
—¿La chica de las gafas? —preguntó Elena, en cuanto se sentaron con los pies casi rozando el agua.
—Nora. —Le sorprendió lo rápido que Elena había hecho la conexión, aunque tampoco debería haberle sorprendido; ella tenía esa capacidad de leer lo que la gente no decía en voz alta—.
La cosa se ha puesto rara con ella. Nadie hace nada explícito, pero es como si todo el campus hubiera decidido, sin hablarlo, dejarla fuera de todo.
—Voss Academy en su máxima expresión. —Elena suspiró, mirando hacia el agua—.
No hace falta que nadie diga nada en voz alta.
Basta con que Valentina decida que alguien no le cae bien y el resto del campus se organiza solo, como una bandada de pájaros que gira toda a la vez sin que ninguno dé la orden.
—¿Y a nadie le parece mal?