CAPÍTULO 1 #6
Se coló dentro con el pulso acelerado, consciente de que a plena luz del día, con estudiantes y profesores circulando por los pasillos, cualquiera podría entrar en cualquier momento y descubrirlo.
No había tiempo de rebuscar entre archivadores.
Necesitaba una manera de volver cuando el edificio estuviera vacío, sin tener que arriesgarse a que la puerta estuviera cerrada de nuevo.
Se sacó del bolsillo un chicle que llevaba masticando desde la mañana y, con manos temblorosas, lo aplastó contra el pestillo de la cerradura antes de cerrar la puerta con cuidado.
Un truco que había visto en alguna película, tan ridículo que casi le dio vergüenza intentarlo, pero no se le ocurrió nada mejor.
Salió del pasillo justo cuando la secretaria regresaba, y consiguió cruzarse con ella en dirección opuesta con la expresión más neutra que pudo fabricar. El corazón le siguió latiendo con fuerza durante el resto de la tarde.
Esa noche volvió pasada la medianoche, cuando el edificio administrativo llevaba horas a oscuras y silencioso. El corazón le latía en los oídos mientras probaba el pomo, esperando encontrar la misma resistencia de la noche anterior.
La puerta cedió.
Ni un crujido de más. El pestillo, atrancado por el chicle, no había llegado a encajar del todo.
Ethan se deslizó dentro con una linterna del móvil como única luz.
Cerró tras de sí. Se quedó un segundo pegado a la puerta, escuchando.
Nada. Empezó a rebuscar entre los archivadores metálicos alineados contra la pared, la garganta seca, la sensación de urgencia subiéndole por el pecho.
El despacho olía a papel viejo y a café frío, un olor que se le quedó pegado a la ropa y que reconocería durante semanas cada vez que pasara cerca de esa zona del edificio.
Los archivadores metálicos formaban una hilera contra la pared del fondo, cada uno con una pequeña etiqueta escrita a mano que Ethan tuvo que leer una por una, agachado, con la linterna del móvil temblando ligeramente en su mano libre.
El primer cajón que abrió resultó ser de expedientes de personal docente; lo cerró con el mismo cuidado exagerado con el que lo había abierto, temiendo que el chirrido metálico se oyera hasta el pasillo.
El segundo contenía facturas y presupuestos de mantenimiento, montañas de papel que olían a polvo y a años.
Encontró la carpeta de nuevos ingresos en el tercer cajón que probó, ordenada alfabéticamente. Pasó los dedos por las pestañas hasta llegar a la V. Ahí estaba: * VOLKOV, ETHAN *. Sacó la hoja con cuidado, iluminándola con el móvil.
Los datos administrativos eran los esperados: fecha de nacimiento, dirección, notas del instituto.
Pero al final de la página, en una sección aparte destinada a información de financiación, había una lista de nombres —apellidos, en realidad, escritos en una columna sin explicación aparente, como si formaran parte de algún documento cruzado, referencias internas que él no tenía contexto para entender.
Su ojo se detuvo en el primero de la lista, y sintió que el aire se le quedaba atascado en el pecho.
* VOLKOV. *
Su propio apellido, ahí, en un documento que no debería tener ninguna razón para mencionarlo dos veces.
Debajo, otros apellidos que ya había empezado a asociar con caras concretas desde ese mismo día: * CROSS.
* El apellido de Valentina. Más abajo, otro que no reconoció todavía pero que memorizó de todos modos, con la sensación de que volvería a encontrarlo pronto.
No eran solo nombres de compañeros de clase. Había algo en la disposición de la lista, en la manera en que estaban agrupados bajo un encabezado que no llegó a leer por completo.
Un ruido en el pasillo.
Apagó la linterna del móvil de golpe. Se quedó inmóvil en la oscuridad, escuchando su propio pulso.
Pasos, tal vez. O solo el edificio asentándose sobre sus cimientos centenarios.
El ruido no volvió a repetirse. Cuando por fin se atrevió a respirar de nuevo, la certeza de lo que acababa de ver seguía ahí, intacta, negándose a disolverse en ninguna explicación razonable.
Intentó, durante un instante, convencerse de que existía una explicación sencilla.
Voss Academy era un internado pequeño, exclusivo; quizá los apellidos se repetían en algún registro administrativo por razones burocráticas que no tenían nada que ver entre sí, coincidencias de un mundo donde las mismas familias llevaban generaciones enviando a sus hijos al mismo lugar.
Pero la explicación se le desmoronaba en cuanto intentaba sostenerla del todo.
Su apellido no era de los que se repetían por tradición.
Nadie en su familia, hasta donde él sabía, había pisado jamás un sitio como aquel.
Guardó la hoja de nuevo en la carpeta, la carpeta en el cajón, y salió del edificio administrativo con el corazón todavía desbocado y una sola idea repitiéndose en su cabeza mientras cruzaba los jardines vacíos de vuelta a su residencia, bajo un cielo sin luna que hacía que Voss Academy pareciera, por primera vez desde que había llegado, verdaderamente peligrosa.
Esto no es casualidad.
* [FIN CAPÍTULO 1] *