Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 1 #5
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CAPÍTULO 1 #5

—Trabaja mucho porque es lo único que ha sabido hacer desde que tengo memoria. Crio sola. Nunca habla de mi padre. Nunca. Ni una foto, ni una anécdota, nada. Es como si hubiera decidido que esa parte de la historia simplemente no existió.

—¿Y tú nunca le has preguntado?

—Lo he intentado. Se cierra en banda cada vez. Y después de un tiempo dejas de insistir, porque hay preguntas que hacen daño solo con formularlas, y no quieres ser tú quien se lo haga.

Elena asintió despacio, sin decir nada durante un momento, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las palabras a veces no pueden hacer.

—Cuando vi la carta de aceptación de mi madre, la de Voss, digo —dijo Ethan, cambiando de tema porque el anterior empezaba a pesarle más de lo que quería admitir—, se puso pálida. Literalmente pálida. Y me pidió que esperara un año. Sin ninguna razón. Solo "confía en mí".

—¿Y no confiaste?

—Confío en ella. Pero llevaba todo el verano ahogándome. No podía quedarme esperando otro año a ver si algo cambiaba.

—Entiendo eso mejor de lo que crees. —Elena le dio un golpecito suave en el hombro, el tipo de gesto que no necesita explicación—. A veces hay que elegir entre lo que te dicen que es seguro y lo que sientes que necesitas hacer. No siempre es la elección correcta. Pero es la tuya.

Se quedaron un rato más hablando de cosas más ligeras —de la clase de Historia del Pensamiento Político y su profesor que parecía momia viviente, de Francesca y su capacidad sobrehumana para hacer amigos en segundos, de un examen sorpresa que ya empezaba a rumorearse para la semana siguiente— y Ethan sintió, como no le había pasado hasta entonces, que aquel lugar podía llegar a sentirse menos como territorio enemigo y más como algo parecido a un hogar.

Elena tenía esa capacidad extraña de hacer que el mundo pesara un poco menos simplemente estando ahí, escuchando, sin juzgar nada de lo que él soltaba entre frase y frase.

—Oye —dijo ella, antes de levantarse—, si alguna vez necesitas hablar de verdad, de las cosas que no le cuentas a todo el mundo, ya sabes dónde encontrarme. No hace falta esperar a un reencuentro casual en los jardines.

—Lo mismo digo.

Ella sonrió, y por un instante Ethan pensó que aquella sonrisa contenía algo más que amistad, un rastro de la misma chispa que recordaba vagamente de cuando tenían doce años y el mundo era mucho más simple.

Se dijo a sí mismo que probablemente lo estaba imaginando, que la nostalgia del reencuentro le jugaba malas pasadas, y guardó el pensamiento en algún cajón mental para no tener que examinarlo con demasiado detenimiento.

Esa noche, tumbado en la cama de su residencia mientras su compañero de cuarto hablaba por teléfono en voz baja sobre unas vacaciones en Aspen, Ethan pensó en la promesa que se había hecho a sí mismo al leer la carta de aceptación: que Voss Academy sería el lugar donde por fin empezaría de cero, donde el verano del desastre quedaría atrás como un mal recuerdo sin más consecuencias.

No había contado con que el campus, bajo toda esa piedra y ese dinero, escondía preguntas que ni siquiera sabía que tenía derecho a hacerse.

Pensó también, brevemente, en Claire. En lo lejos que parecía ya aquel verano, en lo pequeño que se había vuelto el dolor de su ausencia comparado con todo lo demás que empezaba a acumularse: la matrícula pagada por nadie, el pánico de su madre, la lista de apellidos que aún no había visto pero que ya se acercaba, aunque él no lo supiera todavía, más rápido de lo que hubiera imaginado.

Se durmió sin darse cuenta, con el teléfono todavía en la mano y la pantalla apagada desde hacía rato.

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Se pasó el resto de la tarde incapaz de concentrarse en nada.

Durante la cena, apenas participó de la conversación de Francesca sobre un profesor de arte que según ella tenía "ojos de asesino en serie pero manos de artista", y cuando Elena le preguntó si le pasaba algo, se limitó a decir que estaba cansado, que el primer día se le había hecho más largo de lo esperado.

No mencionó la idea que llevaba toda la tarde rondándole la cabeza, esa mezcla de vértigo y determinación que no sabía cómo explicar sin sonar como alguien que estaba a punto de hacer una tontería.

Porque probablemente lo era. Colarse en un despacho de administración, aunque fuera solo para leer un papel, no encajaba con la imagen que tenía de sí mismo.

Pero la imagen que tenía de sí mismo tampoco encajaba con un verano entero de rechazos y una carta de aceptación que nadie quería explicarle.

Pasada la medianoche, cuando el resto de la residencia ya dormía o fingía hacerlo, Ethan salió de su cuarto.

El pulso acelerado. La sensación de estar a punto de cruzar una línea que no podría deshacer después.

Los pasillos del edificio administrativo, de día llenos de estudiantes y funcionarios con prisa, de noche se convertían en algo completamente distinto: silenciosos, oscuros, con un eco que le devolvía sus propios pasos, amplificados, como si el edificio entero estuviera escuchando.

La secretaría estaba, efectivamente, cerrada esa noche.

Ethan probó el pomo dos veces, con la sensación absurda de estar cometiendo ya un delito solo por intentarlo, y ambas veces la puerta no cedió ni un milímetro.

Permaneció un momento parado en el pasillo vacío, iluminado apenas por las luces de emergencia, sintiéndose ridículo y al mismo tiempo incapaz de abandonar la idea.

Volvió a su residencia con una mezcla de alivio y frustración que no supo bien cómo interpretar.

Al día siguiente encontró a Nora de nuevo en la biblioteca, en la misma mesa, como si aquel rincón junto a la ventana le perteneciera de alguna manera tácita.

—Estaba cerrada —le dijo, sentándose frente a ella sin necesidad de preguntar esta vez.

—¿Anoche? —Nora no pareció sorprendida—. Tenía que estarlo. Prueba a mediodía. La secretaria sale a comer entre las doce y media y la una. Es casi un ritual, la he visto salir varias veces a esa hora exacta.

Ethan se preguntó, brevemente, cuánto tiempo llevaba Nora observando los horarios de la secretaría de la administración, pero la pregunta se disolvió antes de convertirse en sospecha.

Tenía sentido, después de todo: ella daba la impresión de ser alguien que se fijaba en todo, que memorizaba patrones sin proponérselo, la clase de persona meticulosa que sabe qué hora es sin mirar el reloj.

—¿Y si me pillan?

—No vas a robar nada. Solo vas a mirar un papel que técnicamente es sobre ti.

—Ladeó la cabeza, con una naturalidad que resultaba casi contagiosa—.

Si alguien te pregunta, di que te has equivocado de despacho.

Nadie desconfía de alguien que parece perdido.

En este sitio, todos lo estamos, aunque no lo admitamos.

A las doce y media en punto, Ethan merodeó por el pasillo de administración con el corazón latiéndole más rápido de lo que le gustaría admitir. Tal como Nora había predicho, la secretaria salió puntual, con su bolso al hombro y las llaves tintineando en la mano.

La puerta quedó cerrada, pero no con llave.