Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 1 #4
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CAPÍTULO 1 #4

Su segunda clase de la tarde, Introducción a la Economía Global, le dio ocasión de observar de cerca algo que ya había empezado a sospechar desde el comedor: en Voss Academy, la inteligencia y el dinero no siempre viajaban en el mismo vagón, pero cuando lo hacían, el resultado era una seguridad que Ethan no había visto nunca en el instituto público del que venía.

Un chico dos filas por delante de él discutió con el profesor sobre política monetaria con una soltura que solo podía venir de haber crecido escuchando esas mismas palabras en la mesa familiar durante toda su vida.

Nadie lo aplaudió. Nadie pareció sorprendido. Era, sencillamente, lo esperado.

Cuando la clase terminó, Ethan se quedó un momento recogiendo sus cosas, dejando que el aula se vaciara antes de salir, todavía tratando de digerir la cantidad de información nueva que su cerebro había absorbido en un solo día: nombres, caras, jerarquías invisibles, un lenguaje social completo que el resto de sus compañeros parecían haber aprendido de cuna y que él tendría que descifrar por pura observación, como quien aprende un idioma escuchando la radio sin ningún diccionario a mano.

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La encontró de nuevo esa misma tarde, en la biblioteca, casi como si el destino —o algo mucho menos abstracto que el destino— hubiera decidido que debían volver a cruzarse.

Estaba sentada sola en una mesa junto a la ventana, rodeada de libros apilados con una precisión que sugería un método propio, el pelo todavía recogido, las gafas deslizándose ligeramente por el puente de la nariz.

Ethan dudó antes de acercarse, pero la culpa del incidente en el jardín todavía pesaba lo suficiente para vencer la timidez.

—Hola. Otra vez yo, el desastre andante de esta mañana.

Ella levantó la vista y algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro, contenida, casi vacilante.

—No fue tan grave —dijo—. He sobrevivido a cosas peores que un café frío.

—Soy Ethan, por cierto. Nunca llegamos a las presentaciones formales, entre el caos.

—Nora Hart.

Se quedó mirándolo un segundo de más, como si estuviera evaluando algo que él no podía ver, y después señaló la silla vacía frente a ella con un gesto pequeño.

—Puedes sentarte. Si quieres.

Ethan se sentó. Nora cerró el libro que tenía abierto —con un cuidado casi excesivo, notó él, como quien no quiere que alguien vea qué estaba leyendo— y cruzó las manos sobre la mesa.

—¿Cómo ha sido tu primer día? —preguntó ella—. Aparte de provocar guerras territoriales sin querer.

—Abrumador. No sé si esta es la palabra exacta, pero es la que más se acerca.

—Todo el mundo se siente así el primer día. Algunos simplemente lo disimulan mejor que otros.

—Tú pareces llevarlo bien.

—Llevo aquí un año más que tú. Eso ayuda. —Hizo una pausa breve—. Y además tengo la ventaja de no importarle a casi nadie. Es más fácil moverse por un sitio así cuando nadie te mira.

Había algo en la manera en que hablaba —pausada, con una suavidad que invitaba a confiar— que resultaba fácil de escuchar.

Ethan se sorprendió contándole más de lo que había planeado: la carta, la insistencia de su madre en que esperara, la sensación de no encajar entre tanto Bentley y tanto apellido con peso.

—Es raro, la verdad —dijo, casi sin darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta—. Ni siquiera sé quién pagó mi matrícula. Apareció la carta, todo pagado, y mi madre se puso pálida cuando la vio. No quiere hablar del tema.

Algo cambió en la expresión de Nora, algo tan sutil que Ethan no habría sabido describirlo si alguien se lo hubiera preguntado. Un ligero aumento de atención, quizás. Una quietud que no había estado ahí un segundo antes.

—¿No lo sabes? —preguntó ella—. ¿Nada de nada?

—Nada. Fui a secretaría esta tarde para preguntar, pensando que sería fácil, y me dijeron que la información sobre quién financia una matrícula es confidencial. Como si hubiera algo que ocultar.

Nora guardó silencio un momento, jugueteando con el borde de una de sus páginas.

—Puedo entender por qué te inquieta —dijo finalmente—. Yo también querría saberlo, en tu lugar.

—El problema es que en secretaría no van a decírmelo. Ya me lo han dejado bastante claro.

—Me lo imagino. —Nora pasó una página del libro sin leerla realmente, con la mirada un poco perdida hacia la ventana—.

Es curioso, en el fondo. Todo el mundo actúa como si esos archivos fueran secretos de Estado, y al final no son más que carpetas viejas en un cajón.

Mi compañera de cuarto hace algunas horas ahí, de becaria, y se queja de que la señora de secretaría sale a comer siempre a la misma hora, como un reloj suizo.

Dice que podrías poner los relojes del campus en hora solo mirándola salir.

Lo dijo sin darle mayor importancia, como quien rellena un silencio con la primera anécdota que le viene a la cabeza, y siguió hablando de otra cosa —un libro que tenía que devolver antes del viernes, lo pesado que se ponía el bibliotecario con las multas de retraso—, sin volver a mencionarlo.

Pero a Ethan se le quedó enganchado, dando vueltas por su cabeza durante el resto de la tarde, mucho después de que la conversación hubiera pasado a otra cosa.

Si la secretaria salía siempre a la misma hora, la puerta se quedaría sin nadie dentro durante ese rato.

Quizá ni siquiera cerrada con llave, si nadie más se molestaba en comprobarlo dos veces al día.

Le pareció, a la vez, una idea ridícula y perfectamente razonable —la clase de plan que solo cobra sentido pasada la medianoche, cuando las dudas pierden fuerza y todo parece más simple de lo que en realidad es.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo, cuando Nora empezaba a guardar los libros en la mochila.

—Depende de la pregunta.

—¿Qué era el libro que has escondido tan rápido cuando me he sentado?

Ella se detuvo un instante, y algo muy cercano a una risa genuina —la primera que Ethan le había visto de verdad, no la sonrisa contenida de antes, sino algo más espontáneo— le cruzó la cara.

—Poesía rusa. Mal traducida, además. Es vergonzoso a varios niveles distintos.

—¿Por qué esconderlo, entonces?

—Porque en cuanto alguien aquí te ve leyendo poesía te conviertes automáticamente en material de burla, y ya tengo suficiente con ser la chica de las gafas y el vaso de café. —Se encogió de hombros, aunque había cierto humor debajo de la queja—. Prefiero elegir mis batallas.

Ethan se rio, sorprendido de lo fácil que resultaba hacerlo con ella.

—Para que conste, a mí me parece que deberías presumir de eso. Suena más interesante que la mitad de las cosas de las que la gente aquí presume.

—Anótalo. Es la primera vez que alguien en Voss me dice algo así.

Se quedó un rato más en la biblioteca después de que ella se marchara, con la excusa de repasar las notas de la clase de la tarde, aunque en realidad lo que hacía era darle vueltas a la idea de la secretaria y su horario, y a esa pequeña confesión sobre la poesía rusa, que por algún motivo le había gustado más de lo que hubiera sabido explicar.

Había algo reconfortante en Nora, algo que no encontraba en ningún otro rincón de aquel campus: la sensación de que, por primera vez desde que había llegado, alguien lo escuchaba de verdad.

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Los días siguientes tomaron una forma que Ethan empezó a reconocer como rutina, aunque todavía le costaba llamarla así: clases por la mañana en las que aprendía a distinguir entre lo que el profesor decía y lo que realmente importaba memorizar, comidas en las que Francesca aparecía por sorpresa con alguna anécdota nueva, tardes en la biblioteca donde Nora ocupaba siempre la misma mesa junto a la ventana como si formara parte del mobiliario.

Con Elena, el reencuentro se fue convirtiendo poco a poco en costumbre.

Se cruzaban entre clases, comían juntos cuando los horarios coincidían, y una tarde —el tercer día, o quizá el cuarto, Ethan había perdido ya la cuenta exacta— ella lo arrastró hasta un banco apartado detrás de la biblioteca, lejos del bullicio de los jardines centrales, con dos botellas de agua que había robado de la cafetería sin ningún pudor.

—Necesitaba un descanso de tanta gente fingiendo que le interesa la política internacional —dijo, dejándose caer en el banco con un suspiro teatral—. ¿Cómo lo llevas? En serio, quiero decir. No la versión que le cuentas a todo el mundo.

Ethan tardó un momento en responder, sorprendido por lo directa que era la pregunta y por lo mucho que, de repente, necesitaba responderla con sinceridad.

—Raro —admitió—. Todo el mundo aquí parece saber exactamente quién es y qué lugar ocupa. Yo ni siquiera sé por qué estoy aquí. Literalmente. Nadie me lo ha explicado y mi madre actúa como si el tema quemara.

—A mí también me costó, al principio. —Elena clavó la mirada en un punto indefinido entre los setos, buscando las palabras—.

Mi padre es policía. No de los que salen en las noticias, de los que llevan dieciséis años enterrados en el mismo caso sin resolver.

Cuando llegó la beca a Voss, pensé que sería un respiro para él, no tener que preocuparse también por mi universidad.

Y en cierto modo lo fue. Pero llegar aquí y ver...

—hizo un gesto amplio que abarcaba los jardines, los edificios, todo el peso silencioso del dinero que los rodeaba— esto, con lo que él lleva toda su vida sin poder pagar ni de lejos, es raro.

Un poco como traicionar algo, aunque no sepa muy bien el qué.

Ethan la escuchó con una atención que no sabía que tenía disponible, agradecido de encontrar en alguien más esa misma sensación de no encajar del todo, de cargar con un peso que el resto del campus ni siquiera sospechaba que existía.

—¿Y tu madre? —preguntó Elena, con la misma suavidad con la que se pregunta algo que importa de verdad—. Nunca me hablaste mucho de ella cuando éramos pequeños. Solo sé que trabajaba mucho.