Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Ethan no supo por qué, pero aquella descripción se le quedó grabada durante el resto del día.

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El comedor de Voss Academy tenía el tamaño y la solemnidad de una catedral, con vidrieras altísimas que proyectaban charcos de luz coloreada sobre mesas de madera oscura que parecían más antiguas que el país entero.

Ethan entró con la bandeja en las manos y la sensación clara, casi física, de estar leyendo un idioma que todavía no dominaba.

Porque aquello, entendió enseguida, no era simplemente un comedor. Era un mapa.

Cada mesa contaba una historia sin que nadie tuviera que explicarla en voz alta.

Cerca de los ventanales, un grupo de chicos con chaquetas del equipo de remo ocupaba la posición más visible de la sala, hablando alto, riendo más alto todavía, con la seguridad tranquila de quienes nunca han tenido que preguntarse si pertenecen a un lugar.

En el centro exacto, como si la geometría del comedor se hubiera diseñado alrededor de ella, Valentina Cross presidía una mesa rodeada de las mismas chicas que la habían acompañado en el jardín, ya sin la blusa manchada —se había cambiado, por supuesto, en tiempo récord — y con idéntico aplomo de quien no necesita alzar la voz para que la sala entera sepa dónde está.

Ethan reconoció a la rubia de la mirada archivadora de antes; hablaba con las manos, animada, y Valentina la escuchaba con media sonrisa que no comprometía nada.

A su lado, una chica de pelo oscuro y gesto observador parecía más interesada en estudiar a quienes pasaban cerca de la mesa que en la conversación misma; ojeó a Ethan justo el tiempo necesario para hacerle sentir evaluado, y después volvió a lo suyo sin cambiar de expresión.

La tercera, morena y con una energía que se le escapaba incluso sentada, se reía de algo con una carcajada que llegó hasta la otra punta del comedor y no pareció importarle en absoluto.

Su corte , pensó Ethan, sin saber todavía sus nombres, sin saber que aprendería pronto a llamarlas Mia, Jade y Camila, ni que cada una de ellas terminaría significando algo distinto en el mapa que estaba empezando a dibujar sin darse cuenta.

Más al fondo, junto a una de las columnas, había otra mesa que llamó su atención por razones que no supo nombrar de inmediato.

Tres chicas —una con el pelo teñido de un rubio que competía en luminosidad con las vidrieras, otra de gesto serio y postura casi militar, y una tercera menuda, de mirada rápida y aire de estar calculando algo permanentemente— comían en un silencio que no era incómodo sino deliberado, el silencio de quienes ya se lo han dicho todo de antemano.

Nadie se acercaba a esa mesa. Nadie parecía necesitarlo tampoco.

—Ni se te ocurra —le dijo una voz a su espalda, con un acento marcado que convertía cada consonante en una pequeña actuación—. Esas tres muerden.

Ethan se giró y se encontró con una chica de pelo oscuro y rizado, sonrisa amplia y una bandeja cargada de comida que parecía haber elegido sin ningún criterio salvo el del entusiasmo puro.

—¿Perdona?

—Las de la esquina. —La chica señaló con la barbilla hacia la mesa de las tres chicas asiáticas sin ningún disimulo—.

Llevo aquí dos semanas y todavía no he conseguido que ninguna me diga ni "hola".

Un récord personal, la verdad, porque normalmente consigo que todo el mundo me hable en los primeros cinco minutos.

—¿Eres nueva también?

—Francesca. —Se sentó frente a él sin que nadie la invitara, con la naturalidad de quien no entiende ni por asomo el concepto de esperar permiso—.

Italiana, recién aterrizada, y con el firme propósito de no aburrirme ni un solo día en este sitio tan...

—buscó la palabra, moviendo la mano en el aire— tan serio .

Todo el mundo aquí parece que va a un funeral.

Ethan no pudo evitar reírse, la primera risa genuina del día.

—Ethan.

—Ethan. —Lo repitió como si probara el sonido—. Bien. Tienes cara de estar completamente perdido, así que te caigo bien automáticamente. La gente perdida es la única gente honesta en un sitio como este.

—¿Tan evidente es?

—Cariño, llevas la palabra "becado" tatuada en la frente.

No te ofendas, a mí me pasa lo mismo, solo que yo lo llevo con más estilo.

—Le guiñó un ojo y se metió en la boca un tenedor entero de pasta con un entusiasmo que contrastaba violentamente con la contención generalizada del comedor—. ¿Ya has visto a la reina?

—¿Valentina?

—Ah, ya la conoces. Rápido. —Francesca sonrió con algo parecido a la admiración—.

Todo el mundo la conoce el primer día, es como una ley de la física.

Y las tres de la esquina que te decía —volvió a señalar hacia la mesa silenciosa sin ningún cuidado— son harina de otro costal.

Ni siquiera sé sus nombres todavía. Solo sé que cuando pasas cerca de ellas, el aire cambia de temperatura.

Ethan miró de nuevo hacia esa mesa. La chica del pelo teñido pareció notar la mirada y sostuvo el contacto visual un segundo más de lo estrictamente necesario, sin hostilidad pero sin invitación tampoco, antes de volver a su plato.

Algo en la escena —tan breve, tan insignificante en apariencia— se le quedó grabado sin que supiera bien por qué.

Francesca siguió hablando de todo y de nada durante el resto de la comida —de la comida italiana que ya echaba de menos, de un profesor de literatura que según ella parecía sacado de una novela gótica, de un chico del equipo de remo que le había sonreído en el pasillo y que pensaba, según sus palabras, "investigar a fondo esta misma semana"— y Ethan descubrió que su parloteo constante, lejos de resultar agotador, funcionaba como un ancla.

Con ella no había que fingir nada. No había jerarquías que descifrar, ni miradas que interpretar.

Solo ruido alegre y sincero en medio de tanto silencio calculado.

—¿De verdad nadie sabe nada de ellas? —preguntó Ethan, sin poder evitar mirar de nuevo hacia la mesa del fondo.

—Alguna leyenda urbana corre, claro, esto es un internado de ricos, aquí todo el mundo inventa historias sobre todo el mundo.

—Francesca bajó un poco la voz, como si el tema mereciera cierta ceremonia—.

Dicen que la del pelo rubio, la más habladora de las tres aunque no lo parezca desde aquí, viene de una familia con más dinero que la mitad de este comedor junto.

La callada, la de postura de soldado, es la que decide quién se acerca al grupo y quién no; según cuentan, ha hecho llorar a más de un chico solo con no responderle.

Y la tercera, la bajita... de esa no sabe nadie absolutamente nada, y en un sitio donde todo el mundo sabe algo de todo el mundo, eso ya dice bastante.

—Suena a que las tienes bien estudiadas para no haberles hablado nunca.

—Cariño, en dos semanas he estudiado a todo el comedor.

Es lo único que se puede hacer cuando no conoces a nadie: mirar, escuchar, archivar.

—Se llevó otro tenedor de pasta a la boca con una sonrisa traviesa—.

Tú deberías hacer lo mismo. Se te da bien, por lo que veo.

Llevas media comida mirando esa mesa como si fuera un examen que todavía no sabes cómo resolver.

Ethan no supo qué responder a eso, y Francesca, con la generosidad despreocupada que ya empezaba a caracterizarla, no insistió.

Cambió de tema con la misma facilidad con la que cambiaba de plato, y la comida terminó entre risas sobre un profesor de cálculo que, según ella, llevaba el jersey de siempre desde que empezaron las clases.

—Bueno —dijo Francesca al levantarse, dejando la bandeja prácticamente vacía—, ha sido un placer, Ethan-el-becado-perdido. Nos vemos por ahí. Este sitio es pequeño quieras o no.

Se marchó tan arrolladora como había llegado, dejando tras de sí la sensación de que Voss Academy, a pesar de todo, también tenía espacio para gente que simplemente quería pasárselo bien.

Su primera clase de la tarde —Historia del Pensamiento Político, en un aula con paneles de madera oscura y retratos de antiguos directores mirando desde las paredes con expresiones severas— confirmó lo que ya empezaba a sospechar: en Voss Academy, el aula era simplemente otro escenario social, solo que con un profesor de por medio.

El profesor, un hombre mayor de voz cansada que llevaba, según pudo deducir por los comentarios susurrados a su alrededor, más de treinta años impartiendo la misma asignatura, hablaba de teorías del poder sin que casi nadie tomara notas.

No hacía falta memorizar nada que no fueran a preguntarles después de un modo que realmente importara.

Ethan observó cómo los apuntes de sus compañeros de clase, cuando alcanzaba a verlos, no eran apuntes en absoluto sino garabatos, mensajes de móvil disimulados bajo la mesa, planes para la noche escritos con letra igual de impecable que probablemente habían aprendido en algún internado suizo.

Se sentó al fondo, sin conocer a nadie, tomando notas de verdad porque no sabía hacer otra cosa, hasta que la voz del profesor mencionó de pasada una frase que lo sacó de su ensimismamiento: el poder no se hereda solo en títulos, también se hereda en secretos .

Nadie más pareció darle importancia. Ethan la anotó de todos modos, sin saber muy bien por qué.

Al salir de clase, sus ojos se cruzaron un instante con los de la chica de gafas del jardín —Nora, aunque todavía no sabía su nombre— que salía de un aula cercana con un libro apretado contra el pecho, como si protegiera algo más que papel.

Ella no lo miró. O quizá sí lo hizo, apenas un segundo, y él simplemente no llegó a captarlo entre la multitud de estudiantes que se dispersaban por los pasillos de piedra.