CAPÍTULO 1 #2
Su habitación, al menos, era solo suya. Un compañero llamado algo que no llegó a memorizar del todo —Preston, o Prescott, algo con ese aire— había dejado ya medio armario ocupado con ropa que parecía sacada directamente de una revista y ni una sola palabra de bienvenida: compartir espacio parecía, para él, un trámite tan menor que ni merecía la pena comentarlo.
Se sentó un momento en el borde de la cama, sacó el teléfono y estuvo a punto de escribirle a su madre para decirle que había llegado bien, que todo estaba en orden, algo que la tranquilizara después de la despedida tensa en el aeropuerto.
Borró el mensaje dos veces antes de decidir que todavía no sabía qué palabras usar.
Todo en orden no era mentira, pero tampoco era la verdad completa, y en ese momento no tenía energía para encontrar el punto intermedio.
Guardó el teléfono y salió de la habitación antes de que la tentación de escribir algo más honesto —algo como ¿por qué tenías tanto miedo de esta carta?
— se le hiciera demasiado difícil de resistir.
Los jardines de Voss Academy se extendían detrás del edificio principal como un segundo campus dentro del campus: fuentes de piedra, setos perfectamente geométricos, estudiantes tumbados sobre el césped con una relajación que solo el dinero puede comprar.
Ethan caminó entre ellos sintiéndose observado y al mismo tiempo completamente invisible, esa contradicción incómoda de ser nuevo en un lugar donde todos los demás ya se conocían de antes, de veranos compartidos y apellidos que se repetían en las mismas fiestas desde la infancia.
—¿Ethan?
La voz lo hizo detenerse en seco. Tardó un instante en situarla, en dejar que la memoria hiciera el trabajo de reconciliar la voz con una cara que no había visto en años.
—¿Elena?
Ella sonreía ya antes de que él terminara de girarse, como si hubiera estado esperando ese reencuentro más tiempo del que admitiría.
Había cambiado —claro que había cambiado, ambos tenían dieciocho años y la última vez que se vieron apenas tenían doce— pero algo en sus ojos seguía siendo lo mismo de siempre: esa calidez inmediata que hacía que uno se sintiera visto sin ningún esfuerzo.
—No puedo creerlo —dijo ella, y lo abrazó sin preguntar si podía—. ¿Tú aquí? ¿En Voss?
—Ni yo me lo creo del todo, la verdad.
—¿Te mudaste? Un día estabas en el barrio y al siguiente ya no. Ni una palabra.
Había un reproche suave en su voz, el tipo de reproche que solo se permite alguien que en el fondo te ha perdonado hace mucho tiempo.
—Mi madre encontró trabajo en otra ciudad. Fue todo muy rápido.
—Podrías haberme escrito.
—Tenía doce años, Elena. No se me ocurrió que las cartas seguían siendo una opción.
Ella se rio, y el sonido fue tan familiar que a Ethan le dolió un poco el pecho, en el buen sentido, el sentido de algo que se creía perdido y de repente vuelve a estar ahí.
Había algo reconfortante en encontrar una cara conocida en medio de tanto mármol y tanto dinero ajeno, como tropezar con una palabra en tu idioma en medio de una conversación en uno que apenas dominas.
—Ven —dijo ella, tirándole del brazo—. Te enseño esto antes de que te pierdas tú solo y acabes durmiendo en los jardines la primera noche.
Caminaron entre los setos mientras Elena señalaba edificios, le explicaba qué facultad ocupaba cada torre, se burlaba con cariño de la pomposidad del lugar.
Le contó que llevaba en Voss desde el año anterior, que sus padres habían insistido, que al principio odió cada segundo y ahora ya no sabría explicar bien en qué momento el lugar había dejado de resultarle hostil.
—Se hace más llevadero —le dijo—. Al principio da la sensación de que todo el mundo lleva un manual que a ti no te han dado. Pero al final descubres que la mitad de ellos tampoco lo tienen. Solo actúan mejor.
—Eso es un consuelo dudoso.
—Es el único que tengo de momento.
Pasaron junto a la capilla, un edificio de piedra oscura con vitrales que proyectaban formas de colores sobre la hierba, y después junto a un lago artificial tan perfectamente circular que parecía trazado con compás, donde un grupo de estudiantes remaba en pequeñas barcas de madera barnizada como si aquello fuera lo más normal del mundo, una tarde de instituto cualquiera.
Elena le señaló la biblioteca —una construcción casi tan grande como el edificio principal, con una cúpula de cristal que dejaba entrar la luz de una manera que a Ethan le pareció casi religiosa— y le explicó que ahí dentro había una sección entera dedicada a manuscritos originales que, según los rumores, ni los propios profesores tenían permiso para tocar sin guantes.
—Es como un museo con matrícula —comentó Ethan.
—Es exactamente eso. Un museo carísimo donde encima tienes que hacer exámenes.
Más allá, hacia el límite del campus, se alzaba un edificio más moderno, de líneas limpias y cristal ahumado, que contrastaba violentamente con la piedra centenaria del resto de Voss Academy.
—Ese es el pabellón deportivo nuevo —dijo Elena, con un tono que dejaba claro lo que pensaba del contraste—. Lo construyeron el año pasado. Costó, según dicen, más que la reforma completa de la biblioteca. Aquí el dinero siempre encuentra dónde lucirse.
Por primera vez desde que había bajado del taxi, Ethan sintió que respiraba con normalidad. Una cara amiga en medio de tanto mármol y tanto dinero ajeno.
Fue entonces cuando la vio.
Cruzaba el jardín central rodeada de un pequeño séquito, como si el espacio a su alrededor se reorganizara automáticamente para dejarle paso.
Alta, con una melena oscura perfecta que parecía no conocer el viento, vestida con una sencillez que costaba más que la ropa de todos los demás juntos.
No caminaba como alguien que va a algún sitio.
Caminaba como alguien a quien el sitio va a llegarle solo.
—¿Quién es esa?
Elena siguió su mirada y bajó ligeramente la voz, con la cautela de quien pronuncia un nombre que pesa.
—Valentina Cross. La hija de la directora. Y del alcalde, para colmo. Es básicamente la dueña de este sitio, aunque técnicamente no lo sea.
—Parece que lo sabe.
—Créeme, lo sabe. —Elena esbozó una sonrisa que era mitad diversión, mitad advertencia—. Aléjate de su radar si puedes. No es mala idea empezar el año sin llamar su atención.
Ethan no tuvo tiempo de responder. Ni siquiera tuvo tiempo de procesar la advertencia.
Alguien chocó contra él por la espalda con la fuerza suficiente para hacerle perder el equilibrio, y cuando se giró para disculparse ya era tarde: una chica menuda, con gafas grandes y el pelo recogido en una coleta apretada, había salido despedida hacia un lado con un vaso de café en la mano que ya no contenía nada de café, porque todo su contenido acababa de aterrizar en línea recta sobre la blusa blanca de Valentina Cross.
El jardín entero pareció detenerse.
—Dios mío, lo siento muchísimo —dijo Ethan, sintiendo que el estómago se le caía a los pies—. No la vi, yo...
Valentina bajó la vista hacia la mancha marrón que se extendía sobre la tela blanca, y cuando volvió a levantar los ojos, no miró a Ethan.
Miró a la chica de las gafas, que se había quedado paralizada con el vaso vacío todavía en la mano, con una expresión de horror tan convincente que nadie a su alrededor habría dudado de ella ni un segundo.
—¿Tienes idea de lo que cuesta esto? —dijo Valentina, con una voz baja que resultaba más aterradora que cualquier grito.
—Yo no quería... él me empujó, yo solo... lo siento, de verdad, lo siento tanto —tartamudeó la chica, con los ojos ya húmedos, retrocediendo un paso, casi esperando que Valentina le devolviera el golpe.
—Fue culpa mía —intervino Ethan, dando un paso adelante—. Yo choqué con ella, no fue...
Pero Valentina ya no lo escuchaba. Tenía la mirada clavada en la chica de las gafas con una intensidad que no dejaba lugar a explicaciones, el tipo de mirada que memoriza una cara para no olvidarla nunca.
—Primer día de clase —dijo Valentina, casi para sí misma, como si estuviera anotando algo en un archivo mental que nunca se borraría—. Qué manera de empezar el año.
Se dio la vuelta sin decir nada más y se alejó con su séquito detrás, dejando tras de sí un silencio incómodo que tardó varios segundos en disolverse.
Una de las chicas del séquito —rubia, con una sonrisa que no llegaba a los ojos— se giró apenas un segundo antes de seguir a Valentina y le dedicó a la chica de las gafas una mirada que no resultaba precisamente compasiva, más bien la mirada de alguien que archiva un dato para más tarde.
—Estoy bien —dijo la chica de las gafas, aunque nadie se lo había preguntado todavía, con una voz pequeña que temblaba justo lo suficiente para resultar conmovedora—. De verdad. No pasa nada.
Pero sus manos seguían temblando cuando se agachó a recoger el vaso vacío del suelo, y Ethan, sin entender del todo lo que acababa de pasar, solo sintió una culpa profunda e inmediata.
—De verdad que lo siento —repitió—. ¿Te encuentras bien?
Ella levantó por fin la vista hacia él, y por un instante —tan breve que Ethan no llegó a estar seguro de haberlo visto— algo cruzó su expresión que no era vergüenza ni miedo. Fue y vino tan rápido que la sombra de una duda ni siquiera llegó a formarse en su mente.
—Estoy bien —dijo ella, esta vez sonriendo con una timidez que parecía sincera—. No es tu culpa. A veces el mundo simplemente decide que hoy no es tu día.
Se marchó antes de que él pudiera preguntarle el nombre.
Elena se quedó mirando cómo se alejaba, pensativa, sin que Ethan lograra adivinar en qué estaba pensando.
—Pobre chica —dijo—. Le va a costar quitarse de encima esa etiqueta durante un tiempo. Aquí la gente no olvida esas cosas.
—¿La conoces?
—De vista. Va a alguna de mis clases. Es rarísima, en el sentido de que casi no habla con nadie. Siempre en la biblioteca, siempre sola. —Elena se encogió de hombros—. No sé, da la sensación de estar aquí solo por las notas. Como si el resto de Voss ni le fuera ni le viniera.