35 #4
La respiración se me ha alterado y ruego, porque no se note, que ha sido por la excitación y creo que, por un instante, en sus ojos veo lo mismo, sin embargo, dudo, pues vuelve a su gelidez en un milisegundo.
¡Cristo Bendito!
Suspiro. Me lo está poniendo difícil, pero debo aferrarme a lo poco de fortaleza que encuentre, porque es mi única oportunidad de retenerlo.
—Con Enrique… —Intento retomar la conversación—. Aquello, fue otro malentendido…
—¿Malentendido?, ¡vaya!, como raro, ¿no?
Inquiere con ironía, pero yo, que lo conozco y aunque lo miro fulminándolo, sé que voy por buen camino.
Normalmente, cuando está furioso, no ironiza, ni bromea; así que, si lo está haciendo, es porque voy bien, ¿no?
¡Santo Señoooooooorrrr!
«¡Necesito darme ánimos!»
—Javier…
Me aventuro a acercarme más, hasta sentir su aliento, con la excusa de la exasperación, que me provoca el que me interrumpa; él no se aparta y eso me gusta.
—Déjame hablar, ¿sí?
Suspira, quedándose en silencio.
—Cuando salí con Enrique, pensando que me habías vuelto a dejar plantada… Nos besamos.
Javier aprieta de nuevo la mandíbula. Escuchar eso, lo debe tener fastidiado, pero así es la verdad, cruda y sin dejarlo pensar, continúo:
—Aunque fue su iniciativa, lo oculté, porque no significó nada para mí y pensé que estaba todo olvidado, hasta que se le dio por contactarme y traté de ignorarlo, porque no me importaba. Había pasado mucho tiempo.
» Luego, cuando mis padres se quedaron en la suite, nos vimos por accidente y me volvió a besar…
—Irina, por favor…
—Pero, rápidamente… —Lo corto—, le aclaré que estaba con alguien, finiquitando así, lo que debí hacer desde un principio. Me pidió disculpas y nunca más se volvió a repetir, a excepción del mensaje inoportuno, que volví a ignorar, porque ya le había dejado todo claro.
Tomo aire, porque esto es importante.
—Con esto, no me estoy eximiendo de mi culpa, sé muy bien que fallé en no cortarlo mucho antes de que empeorara, pero nunca me acosté con él, ni hice nada indebido, mientras estuvimos juntos.
Cabecea en silencio.
—Te lo había preguntado y no dijiste nada; siempre ocultas cosas y si no, entonces, mientes y…
—Y no sabes, lo mal que me sentí al hacerlo; por eso, intenté buscar las oportunidades, pero como si el mismo universo me lo pusiera difícil, entonces surgió tu viaje a Yopal, luego tu familia, tu cumpleaños, mis padres y como si fuera poco, cuando al fin sentía, que podía hablártelo con calma,
entonces, entre tu hermana, Daniel y tu madre, esa tarde de Monserrate, se llevaron toda tu bendita atención…
—A mi madre, no la traigas a colación aquí.
—Pues va a ser que sí, porque también aproveché, para decirle un par de cositas, cuando vino aquí…
—Que mi madre, ¿qué?
Me quedo en silencio y sonrío.
Su gesto de sorpresa me encanta, pues puedo aprovecharlo, para que no se cierre conmigo. Así mismo, cambio mi tono de voz a uno más comprensivo.
—Sofía y tu madre estuvieron aquí, de hecho, nos vimos este miércoles.
Pestañea y yo asiento suavemente.
—La sangre no llegó al río, no te preocupes. Hablamos con calma y nos pedimos disculpas, pues ninguna lo había hecho bien, desde que nos conocimos.
Suspiro. Se me está acabando el tema y aún no veo en él, algún signo, de que mis explicaciones han surtido el efecto deseado, por el contrario, el hermetismo reina en su lenguaje corporal y sus ojos, los tiene fijos en el suelo, sin poder leer que piensa, ¡qué desespero!
Así que, saboreando un poco la derrota, más bien pienso, en cómo finalizar la conversación, pues no quiero agobiarlo con más impertinencias de las que pueda soportar y siendo muy consciente de que, probablemente, lo haya perdido, como pago al bendito karma por mentir, finalizo:
—Sé… que me equivoqué, mucho, y en cierta parte, dejé que el tiempo pasara, porque no sabía cómo lo ibas a tomar y era mejor olvidarlo; pero, aun así, no merecía que me echaras de tu vida, me dolió demasiado y por esa razón, no quería que lo tuvieras fácil.
» Alimenté mis negativas y malas actitudes para contigo, desde que me dijeron que debía viajar, pues no me parecía justo que, con un simple movimiento me tuvieras, cuando me costó reunir cada pedazo de mi corazón roto, tras haber terminado y un extranjero, fue la excusa perfecta,
para protegerme de ti mintiendo, porque quería que sufrieras igual.
«Ahora sí, en manos de Dios»
Vuelve el silencio y Javier suspira.
Pasan los minutos y nada. No veo vía libre de nada.
«Malas noticias»
Ahora sí, que la derrota la degusto completa.
Con expresión tranquila, se aparta de mí, se apoya en el auto con la espalda y mete sus manos en los bolsillos. Muevo las mías con aparente nerviosismo. Su gesto es de circunspección, pero no dice nada, ¡nada!, y yo me desespero más.
—Necesito saber qué piensas, porque no has dicho nada y…
—Me pediste, que te escuchara.
Resoplo.
—Sí, pero hace rato terminé.
—No tengo nada qué decir, Irina.
La sutil severidad de sus palabras me duele y siento, que lo inminente está por suceder.
«No me va a perdonar»
—Lo que comentaste, ya lo sabía; así como también, has sabido el motivo por cual vine a esta ciudad; por lo tanto, no hay nada nuevo qué agregar, ni nada más qué decir.
¡De piedra!
¡Dios mío!
«Lo perdí»
Javier está dándome un corte de esos que suele dar, sin anestesia; en tanto y sin más, poco a poco, voy a haciéndome la terrible idea, de que ya no hay nada qué hacer.
Estoy en mis pensamientos, cuando indaga:
—Solo… quiero saber algo…
—¿El qué?
Musito con voz entrecortada, intentando no llorar.
—Si te reitero de nuevo, que he sufrido como no te imaginas, ¿te haría sentir mejor?
«¡Ay!»
Aquellas palabras son terriblemente dolorosas.
Me tomo el tiempo de asimilarlas, porque son bastante profundas, pues encierran mi sufrimiento y el suyo juntos, pero como quiero ser totalmente sincera, sin importar que lo haya perdido, me acomodo a su lado y mirando al cielo, contesto en una exhalación:
—No…, peor.
Javier no se va de mi lado y de reojo, gira su rostro, para verme con atención
—Porque haberte mentido, no fue gratificante, más bien, se ha sentido como la mierda.
Asiente, comprendiendo mis palabras y vuelve a preguntar:
—Y… ¿qué piensas hacer?
Frunzo el ceño.
No sé qué responderle, porque no tengo idea a lo que se refiere, pues acabo de dejar alma, vida y corazón en esta conversación; pero como quiero aferrarme a cualquier cosa, para no acabar el momento, bromeo:
—Secuestrarte, hasta que me perdones.
Me río suavemente, intentando amenizar el ambiente, pero él no lo hace.
¡Dios mío!
«¡Esto ahora sí se acabó!»
Me quedo de piedra ante su silencio, que es como una negativa, sintiéndola en lo más profundo de mi ser.
Ya no sé qué hacer y la idea de seguir presionando se esfuma, pues ya estoy sintiéndome ridícula por seguir a su lado, cuando ya me ha dejado claras las cosas.
—Estaba pensando, en que mejor te secuestro en mi suite, esta noche…
«¡¿Quééééééééééééé!?»
Mi gesto se cae y me giro para ver, si es que me está tomando el pelo.
Los segundos pasan y dudo si lo dijo, porque no me mira, sus ojos están fijos en el suelo.
Su gesto serio, va esbozando una sonrisa y yo lo quiero matar y besar a partes iguales.
«¡Noooooooooooooooo!»
«¡¿En serio?!»
«¡¿En serio tengo oportunidad?!»
Suelto el aire con alivio. Lo abrazo, lo beso, le hago de todo, mientras las lágrimas me saltan de felicidad, ¡qué susto me ha dado este hombre!
—Eso quiere decir que, ¿me perdonas?
Javier sonríe abiertamente.
—Cuando te haga pagar caro en mi cama, cada una de las noches que no pude dormir, lo pensaré.
Me río y él también lo hace, ¡qué feliz soy!, y por su gesto y la manera cómo me besa, sé que también lo es.
Así que con toda la felicidad que siento por tenerlo de nuevo conmigo, respondo:
—Te lo pagaré, tanto, que quedarás en deuda, porque volverte a ver fue lo mejor de mi vida.