35 #3
—Javier, necesito que me escuches…
—¡¿Este es Javier?!
Pregunta Vladimir con las cejas arqueadas.
—¡Si!, ¡¿por qué?! ¡¿Algún problema?!
—Mira, es mejor que te calles.
Sisea el extranjero harto, pues mi amigo sabe, que soy yo, la que tiene la respuesta.
Javier ante esa provocación, vuelve a buscar energúmeno a Vladimir y cuando observo a Carlos que lo vuelve a atajar, yo grito, para que no se arme la cuarta guerra mundial.
— ¡¡¡Es un malentendido!!!
El silencio reina de nuevo y sin tiempo que perder, me apresuro a terminar con esta maldita situación, volviendo al ingeniero.
—Es un malentendido.
—¿Qué dices?
Susurra, pues no entiende nada y yo sigo, con un gesto de resignación:
—Vladimir no es mi pareja.
Su gesto se cae y es como un puñal al corazón. Se suelta de mala gana del agarre de su paisano y se alarga el rostro con ambas manos.
—Pero… Tú me dijiste que lo era.
—¡¡¡¿Qué?!!!
Gritan al unísono mis amigos y Vladimir, que ahora me mira, como quien ve un perro morado.
—No. Tú lo asumiste y…
—Pero tampoco me sacaste del maldito error, o, ¿sí?
Trago fuerte, volviendo a tomar fuerzas, para reconducir la conversación, pues es estúpido, ver los errores dialécticos llegados a este punto; estamos hablando, de que casi se matan a golpes dos personas por un maldito malentendido y yo no puedo dejar, de sentirme terriblemente mal por eso.
«Porque yo lo provoqué»
—Necesitaba, que así lo creyeras.
—¡¿Necesitabas, que así lo creyera”?! Irina, explícate de una buena vez, porque no tengo paciencia.
Asiento con ahínco, porque no quiero, que se desespere más.
—Ese día que llegaste a mi apartamento, con esa decisión de tenerme, me asusté, pero sobre todo me enojé. Me dio rabia, que llegaras de esa forma, cuando me habías hecho sufrir y quería que sintieras lo mismo.
—Entonces, sin más, ¿decidiste inventarte toda esta mierda?
Cierro los ojos con dolor ante su ironía y me quedo callada; ante eso, no tengo nada qué decir, ¡qué vergüenza!
—Vaya.
Susurra Vladimir, mientras Samanta y Gabriela tienen las manos en su boca y Carlos tiene sus brazos en la cintura, mirando a Javier con dolor.
Sonríe con amargura y apostilla:
—Y yo aquí, pensando que iba a ser el héroe, cuando no soy más que un tonto, que ha hecho el ridículo esta noche por creerte.
Carlos acorta la distancia hacia Javier y se excusa:
—Hombre, no teníamos ni idea. Lo siento mucho.
Frunzo el ceño. Los gestos de cada uno son como cuchillas al pecho y tratando de no sentirme más miserable, intento defenderme:
—¡Yo solo quería alejarte! ¡Nunca pensé que esto iba a ocurrir y… y…!
Al ver, que Javier me mira con rabia, me pasmo.
No quiero ver sus lindos ojos aniquilándome; por lo tanto, me vuelvo a llenar de aire, así su actitud me quiebre el alma.
—No dije nada de esto a nadie, porque me sentía mal y al pasar de los días, cuando me di cuenta de mi equivocación, no lo aclaré por orgullosa. No quería aceptar que te amaba, tanto, como para dejarte ir por mi error.
Las lágrimas salen como un río y aunque todos me ven, como si fuera el final de una novela mexicana, nunca en mi vida, me había sentido tan aliviada de decir la verdad.
Estamos en silencio, cada uno a su manera, asimilando también este jodido embrollo. No sé qué más decir y por sus caras, entiendo que no es fácil, pero entonces, Samanta reclama:
—Te dije, que esto iba a terminar muy mal…
Carlos, al escucharla, inquiere:
—¡Y, ¿cómo íbamos a saberlo?!
Se encierran en una discusión, como si solo ellos dos existieran en el mundo.
Gabriela y Vladimir miran todo desde un segundo plano olvidado, pues están conociendo a Javier en la peor de las situaciones y yo, que no entiendo por qué mis colegas siguen con los alegatos, mejor contemplo a Javier, rogándole con mis ojos que conecte conmigo, pero nada,
¡necesito saber qué está pensando!
Cuando se han dado por satisfechos, Carlos, con cara de circunstancias, le indica a Javier:
—Discúlpanos, de verdad. No teníamos ni idea y de haberlo sabido, te hubiéramos avisado, pero no pensamos que…
—Tranquilo. Entiendo, que no contaban con la otra cara de la moneda, la maldita mentira de siempre.
Javier, con desidia, arrastra esas palabras hacia mí y yo miro como un bicho raro a Carlos, pues sigo sin entender esa interacción.
Entonces, al entender mi mirada, es quien toma aire y confiesa:
—Le ayudábamos, contigo.
El gesto se me cae.
«¿¡Qué, ¿quéééééééé?!»
¡De Hierro!
—¿Cómo?
Logro gesticular atónita. Samanta asiente con culpa y relata:
—Sabíamos que seguías sufriendo, así que decidimos ayudar; claro, cada uno a su manera, pues pensábamos que aquello te iba a hacer entrar en razón y luego, le contábamos todo, para que fuera a buscarte.
Boquiabierta es poco.
¡Vaya!
«¡Ahora todo tiene sentido!»
—Dios....
Suspiro, alargando mi rostro con ambas manos.
Hicieron un muy buen trabajo, porque nunca lo sospeché y el que hayan querido ayudar, a pesar de que lo haya estropeado, me conmueve.
—Pero desde que nos dijiste, que no tocáramos el tema, lo dejamos ahí.
Aclara Carlos con premura y sonrío con tristeza. Antes, me hubiera molestado, pero ahora, no tengo cara para eso.
—Espero, que nos disculpes.
Samanta levanta los pulgares, intentando sonreír y a mí, los ojos se me empañan.
«¡Lo he jodido todo!»
—Increíble… —susurra Gabriela y luego, apostilla con ironía—. ¿Alguien más tiene otra confesión?
Silencio. Nadie dice nada.
Cada quien, lleva su propia cruz como puede, pero Javier con quien intenté conectar sin éxito, vuelve a alargar su rostro y sin nada más que añadir, gira sobre sus talones y se va a grandes zancadas.
—¡Javier!
El llamado sale ahogado y mis latidos se disparan, pero soy incapaz de moverme. La situación vuelve a abrumarme, porque siento que le debo una disculpa a todo el mundo, incluso a Vladimir, que se llevó la peor parte.
Mi instinto me dice, que vaya con Javier, pero entiendo, que es a quien más tiempo debo dedicarle, así que primero voy con el ruso, cuando por fin, mis pies responden.
—Vladi, perdóname, debí contarte, pero…
—Tranquila, yo estaré bien —Sonríe a pesar de su labio maltrecho y añade—. Con el que debes hablar es con él, no conmigo.
—Pero tu labio…
—Amiga, yo me encargo de eso.
Interviene Gabriela y yo sonrío. Sé que se encargará de hacerle curación. Luego, se coloca a mi lado y con mirada firme, indica:
—Ve rápido, antes de que se vaya y por favor, esta vez, haz bien las cosas.
Asiento con vehemencia, pues nunca lo había tenido tan claro. ¡Debo ir por él!
Con rapidez, camino hacia mi dúo favorito, que me mira con cierta lástima y yo me apresuro a decirles:
—A ustedes no tengo nada qué perdonarles, soy yo la que debe disculparse, por ponerlos en esta situación tan bochornosa y…
Sonríen y con eso sé, que les he quitado un peso de encima y Carlos me apremia:
—A nosotros tampoco nos debes nada, pero a Javier sí, así que más te vale que vayas por él, ¡acaba de cruzar la esquina!
Asiento con una sonrisa y cuando suena el rugido de un auto a lo lejos, mi corazón se desboca, ¡se va a ir!
—¡Ve rápido!
Vocifera Gabriela, mientras salgo corriendo por toda la cuadra, como si mi vida dependiera de ello, cruzo en la esquina y a lo lejos, diviso un carro, en el que, supongo, está él.
Aún no se ha ido, pero antes de que lo haga, me atravieso por delante y me coloco como un cristo, casi encima del capó y grito:
—¡No voy a dejar que te vayas!
Javier molesto, baja el vidrio de su ventanilla.
—Irina, por favor, retírate de ahí.
—¡No!, ¡porque te irás y no quiero que lo hagas!
Aprieta el volante frustrado, pero yo no me muevo, ¡me importa una mierda! De hecho, me apoyo más hacia adelante sobre el capó y cuando tuerce la mandíbula, como sopesándolo, aprovecho:
—Nos podemos quedar aquí toda la madrugada, no me importa, pero de aquí no te vas.
Se remueve incómodo en la silla, veo sus gestos por el vidrio panorámico y luego de sopesarlo un largo tiempo, apaga el carro y sale del mismo, dando un portazo, que me hace estremecer.
Me lleno de fuerza, por medio de una respiración profunda, pues tiene la misma actitud que tuvo, cuando discutimos en Bogotá la última vez.
¡Dios mío!
Pero agradezco a Dios, que hoy y en este caso específico, a pesar de su gesto altivo, no tengo ira; esa, que me hace cometer errores, ¡se ha ido! Entonces, para no hundirme en la zozobra, me apresuro:
—Hay muchas cosas, que quiero explicarte.
—No creo que…
Levanto el dedo índice, para que me deje hablar y tensiona la mandíbula. Sé, que le repatea, pero necesito mantener el impulso.
—Aquella vez en tu oficina, me dejé llevar por el orgullo y no me quedé, para hacerte saber, lo que vales para mí a pesar de tus dolorosas palabras; pero esta vez, me importa una mierda cómo te pongas, ¡vas a escucharme!
Se cruza de brazos.
«¡Ay, nooooooooooooooooooooooo!»
Tiene actitud, de que le va a valer tres pepinos, lo que diga.
Pero recordando el precio del karma y que no deseo seguir pagando más penas, porque lo quiero y necesito a mi lado, continúo:
—Quiero pedirte disculpas, por esta situación tan terrible; aunque no sabía nada, quiero que me perdones…
Le miro los nudillos que los tiene rojos y resentidos; trago fuerte y sigo:
—También reiterarte, que no tengo, ni tuve nada con Vladimir.
Nos conocimos en Barranquilla y quedamos siempre como amigos. Nuestras conversaciones, siempre fueron respetuosas y lo que leíste esa noche en el chat, hacía referencia a unas pinturas, que quería comprar para su casa.
» Me mantenía al tanto de la mudanza y solo venía, para ayudarle a decorar, pues eso me mantenía a raya de pensar en ti, pero nunca pasó nada. Ahora, con respecto a Enrique…
—No tienes por qué seguir explicando, ya sabes, que me lo contaron todo y…
Se toca las heridas de los nudillos y yo me desespero.
Que me corte de esa forma, me afana y mucho; por lo tanto, sin importarme su actitud indiferente, acorto la distancia entre los dos e intentando suprimir, el cómo mi cuerpo reacciona a su cercanía, aclaro:
—Pero no, de mi boca.