Volverte a ver (Volver 1) 35 #2
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para tener una excusa y no enamorarte.

Sonríe con tristeza y con eso, sé que di en el clavo, así que continúo:

—No te voy a negar, que es un hombre impresionante y que, por ser extranjero, debe tener a un séquito de mujeres tras él por tenerlo así sea una noche.

Eso, sin mencionar, que usa las redes sociales, para conocer gente y aunque todo esto para ti, pintan banderas rojas, también debo decir, que es un caballero y que sabe respetar muy bien a las personas.

—Es cierto, pero…

—Pero, me alegra…

La corto, antes de que nombre otros mil defectos que sé, ya le ha visto, como excusa para descartarlo.

—Que alguien te haya gustado, porque quiere decir, que ese ruso, a pesar de todo lo malo que le has rebuscado, tiene altas probabilidades de que llegue a tu corazón.

—Es que ese es el problema…

Se voltea hacia mí con una sonrisa un tanto amarga.

—¿Cuál?

—Que, aunque le veo mil defectos, sigo pensando en él.

Abro la boca emocionada.

—¡Esa es una buena noticia!

—No, Irina, al contrario, es un desastre igual o peor.

Se me cae el gesto.

—¿Por qué?

—Porque, así como lo dijiste, él debe tener un mar de admiradoras y soy yo, la que no tiene posibilidades, por eso es mejor dejarlo ir.

Gabriela vuelve a mirarse al espejo con un gesto de resignación y me duele que diga eso, porque no es verdad. Estoy buscando las palabras para sosegarla, cuando añade:

—Llamó mi atención cuando me mostraste sus fotos, no lo niego, pero me impresionó mucho más, cuando lo vi el día de tu cumpleaños y aunque compartimos algunas palabras y bailamos aquella noche, nunca me sentí más estúpida como hoy y en mi afán, de querer impresionarlo, siento que todo va mal,

porque yo no soy así.

» No soy de impresionar, no soy de payaserías para atraer a un hombre y de cierto modo, me siento tonta, porque precisamente, encuentro a alguien que me gusta y no tengo ni idea de cómo comportarme.

¡Vaya!

¡De piedra!

Mi Gabi me acaba de dar varias confesiones y yo, que ya sé qué decirle, la tomo de los hombros, para que me mire y se tranquilice.

—Mírame, aunque estoy muy a favor de que ustedes dos se enamoren, porque hacen una hermosa pareja —Sus bonitos ojos se iluminan y sonríe—, no tienes que dejar de ser tú, para impresionar a un hombre. Eres divina y tienes una pinta de miss universo digna de tu país.

» Así que la persona que esté contigo, debe amarte como eres; eso sí, lo de la imagen está bien y en eso siempre se debe trabajar, porque, aunque no lo creas, he visto cómo te ve Vladimir esta noche y aunque eso en lenguaje masculino, quiere decir nada, por lo menos,

has llamado su atención y así tenga un mar de mujeres tras él, es mejor destacarse por ser diferente y no igual a ellas.

Gabriela sonríe más y me abraza, ¡qué linda es!, y cuando pienso, que tengo el control de la situación y he sosegado a mi amiga, comenta:

—Gracias por tu consejo de bandida retirada, lo necesitaba.

Mi boca se abre en indignación fingida y con una mano abierta en el pecho, le contesto, riéndome:

—Que sepas, que me acabas de ofender con eso de, “retirada”, ¿tanto se me nota?

—Totalmente, más de lo que quieres ocultar y sé que detrás de esa sonrisa de comercial de crema dental, sufres por Javier.

Suspiro, quisiera contarle todo lo que ha pasado, pero eso me costaría demasiado tiempo y estamos aquí, para pasarla bien y no para tener una sesión de terapia.

Precisamente, cuando estoy por contestarle, entra al baño Samanta y con un suspiro de alivio, nos dice:

—Hasta que por fin las encuentro, pensamos que se habían ido.

Gabriela y yo nos miramos con complicidad y salimos las tres, hacia la pista de baile, para seguirla rompiendo.

Todos la pasamos muy bien en las siguientes dos horas, que no nos damos cuenta, en qué momento, literalmente nos sacan de la discoteca.

Estamos muy entonados y con ganas de seguirla, así que Vladimir propone, que vayamos a su dúplex, para seguir rumbeando y si queremos, nos podemos quedar a dormir.

¡Siiiiiiiiiiiiiiiii!

A todos nos gusta la idea y como estamos pasados de tragos, el ruso pide un taxi y llama al seguro, para informar en dónde quedó su auto estacionado y que lo puedan llevar más tarde, ¡ya no queremos multas!

Al cabo de unos minutos y en medio de risas, nos volvemos a embutir en el taxi y nos vamos rumbo al conjunto residencial de Vladimir.

Cuando llegamos, todos se quedan boquiabiertos, al sacar sus cabezas por la ventana, pues vive en una zona muy exclusiva de Castropol, en un edificio inteligente, ecológico y autosostenible de una sola torre y yo, para aumentar la sorpresa en ellos, les cuento que,

aparte de todo lo bonito que se ve, para subir a cada piso, el ascensor está programado con una tarjeta especial.

—¡Wow!

Canturrean emocionados, en medio de la borrachera.

El taxi ha estacionado justo al frente de la portería e intentamos, en medio de la risa, salir del auto, que nos llevó como sardinas enlatadas, mientras Vladimir, que va adelante, le paga al conductor.

Gabriela y yo, cuando logramos hacerlo, nos ubicamos en la acera y comenzamos a bailar con la música del taxi, ¡estamos dementes!

Carlos y Samanta se bajan a carcajadas por alguna estupidez que se dijeron y cuando ya estamos todos en tierra y por fin el auto se ha ido, nuestro amigo el ruso, que tiene su rostro rojo por la bebida y la risa, nos toma a mí y a Gabriela a cada lado, para abrazarnos,

mientras que el dúo fantástico de mis colegas, hace un traspié y nos cagamos de risa de nuevo, ¡estamos muy borrachos!

—¡¡¡TÚ, MALDITO IMBÉCIL!!! ¡¡¡SUÉLTALA!!!

Se nos hace cae el gesto y para cuando nos volteamos, un energúmeno Javier, se lleva por delante a un bebido Vladimir, mientras le estampa un puñetazo.

¡De piedra!

¡En shock!

«¡¿Pero qué mierda…?!»

Los gritos de Gabriela y ver como los demás corren para auxiliar al ruso, que está conteniendo a Javier en el suelo, no me hacen reaccionar, pues el alma se me ha ido del cuerpo, al ver de manera extrasensorial, esta escena de película, en tanto el corazón me va a mil y los pies los tengo pegados.

«¡Pero… ¿qué es lo que está pasando?!»

Carlos logra separar a estos dos titanes y mientras él retiene a su paisano, que está hecho un demonio, porque manojo de ira es poco a como se ve, Vladimir se está tocando el labio inferior, mientras se coloca de pie.

Samanta sigue a su lado revisándolo y Gabriela se acerca, después de gritar como una posesa. Ambas lo atienden y están muy pendientes, de que no se vaya lanza en ristre contra Javier, porque por su mirada, se puede esperar lo peor.

Este se mira la sangre en sus dedos y grita con rabia:

—¡¡¡¿Por qué me golpeas?!!!

Javier, que respira fuerte como un toro, intenta esquivar a Carlos, que lo sigue reteniendo y mi amigo le pide, que por favor se calme, que a los golpes no se soluciona nada; pero él no escucha, está enardecido, ¿qué es lo que le pasa?

Yo sigo estupefacta, viendo todo en cámara lenta.

Mi mente está haciendo un gran esfuerzo en comprender aquella situación, pero, por más que intento, no le encuentro relación alguna.

—¡¡¡Eres un maldito cobarde!!!

Espeta Javier, desde la contención de Carlos, señalándole con su dedo índice.

—¡¡¡Acaso, ¿te conozco?!!! ¡¡¡¿Por qué me insultas?!!!

Devuelve Vladimir, que comienza a desesperarse y Samanta y Gabriela temen, porque se vuelva loco y no puedan contener entre las dos, a esa mole de músculos.

Entonces Carlos, previendo aquello, le pide mesura con la mirada a Vladimir, mientras sigue reteniendo al otro, que es el más ofuscado.

—¡¡¡Por jodido infiel!!! ¡¡¡¿Te parece poco?!!!

Desorbitado, vocifera el ingeniero, que vuelve a buscar pelea, pero que, gracias a mi amigo, que le habla al oído, no logra pasar de ahí.

El ruso tiene desafío y confusión en su mirada, pasa su lengua por la herida de su labio, mientras Samanta y Gabriela lo intentan sosegar también, ¡esto cada vez es más alucinante!

Pero pronto, mi gesto se va cayendo, cuando ato cabos y el credo se me atraganta en la boca. Vladimir grita de nuevo y me trae de golpe a la realidad.

—¡¡¡Estás loco!!! ¡¡¡Mejor lárgate, antes de que te parta la cara!!!

—¡¡¡Eso, finge demencia, puto de mierda!!! ¡¡¡Pero de esta, no te salvas!!!

Todos se miran entre sí consternados y el ruso con ironía, se burla:

—¡¡¡Y, ¿de quién se supone, que no me voy a salvar?!!!

—¡¡¡De Irina!!!

Cierro los ojos con dolor.

El mundo alrededor se detiene, mientras siento, como todos clavan su mirada confusa en mí y es aquí, cuando digo, que llegó el momento de pagar el precio por la mentira.

El karma.

«¡Maldita sea!»

—Irina…

Interviene Javier, haciendo que dirija mi atención a él, mientras trago fuerte y me debato, en cómo aclarar toda esta mierda.

—He seguido a este tipo por varios días y me he dado cuenta que, mientras tú le sonríes y la pasas de lo lindo, pensando que te ama, cuando te vas de aquí, monta su burdel personal con una mujer diferente cada maldita noche.

¡De piedra!

¡De metal!

¡Ya ni sé cómo estoy!

Paso una mano por mi cabello apurada.

«Señor, ¡ayúdame!»

El silencio vuelve cada vez más aterrador y con sus vistas fijas en mí, mi respiración se acelera.

Carlos, ya ha dejado de contener a Javier, que se yergue con firmeza, esperando alguna palabra de mi parte.

Mis amigas me miran con el ceño fruncido y Vladimir, mientras se limpia la sangre, que brota en un hilo de su labio y se mira la camisa, que ahora está manchada, lo ha entendido todo y es el único que habla:

—Esto… es un malentendido.

El rolo se crispa de nuevo, fulminándolo.

—¡¡¡¿Malentendido?!!! ¡¡¡Tu cinismo no tiene límites!!!

—¡¡¡Basta!!!

Grito, porque ya no aguanto más. La ansiedad me puede y, ¡necesito hablar!

Vuelven sus ojos a mí, como si me hubiera vuelto loca, pero es que debo poner en orden las ideas y no están colaborando; aparte de que la presión, por verme como la peor mentirosa de la historia, me está apretando el pecho y debo, como sea, intervenir.

Le podría echar la culpa a la borrachera, pero gracias a lo que acaba de pasar, sería un despropósito, ya que nadie aquí la tiene y con ello, logro sacar fuerzas para explicarme.