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Llega el sábado y al ver que ese día, no hubo turnos, me levanto muy temprano para hacer aseo en el apartamento.
Necesito tener la mente ocupada y como me niego, a perpetuar el insomnio una noche más, les envío un mensaje a mis amigos, para salir esta noche, ¡necesito vida loca para olvidar!
Al terminar exhausta, me arreglo y quedo con Gabriela para almorzar, así que, voy hasta su consultorio y vamos juntas hacia el restaurante, ese de comida mexicana, que nos encanta tanto.
Confirma, que esta noche irá, aunque me pide ayuda con Luis y no dudo en dársela, mientras le reitero que es ella, la que debe tener autoridad sobre él, pues si quiere salir o hacer lo que se le dé la gana, ese culicagado no tiene nada que reprochar.
Gabi se ríe, pero sabe en el fondo, que tengo razón y de esa forma, pasamos el almuerzo sin decir ni una sola palabra sobre Javier, ni de lo que sucedió últimamente, ¡qué vergüenza!
Ella es prudente y como tiene entendido, que estoy en duelo por el ingeniero, me hace preguntas muy sutiles, que yo logro sortear con naturalidad, pero que no disfruto haciéndolo, porque de igual forma, es mentir y se supone, que uno no les miente a las personas que quiere.
Sin embargo, espero, que el bendito karma no me haga pagar caro esta vez por las mentiras, pues, ¡son piadosas!
Cuando acabamos, nos devolvemos cada una a su respectivo hogar y quedamos de encontrarnos en su casa, para salir de ahí juntas.
Al llegar a mi apartamento y como tengo cansancio y sueño acumulados, aprovecho para ir a la cama y así dormir toda la tarde, pues esta noche hay juerga y no quiero dormirme en medio de ella.
Me levanto muy renovada a las seis de la tarde, ¡vaya siesta!
, pero la necesitaba, pues todos estos días pensando en Javier cada noche, me han tenido destruida, pero ahora, es diferente, me siento bien y mi ánimo lo tengo muy arriba, pues es noche de rumba y comienzo a pensar en mi pinta para la fiesta.
Reviso mi celular y Carlos me escribe, de que llegará a la discoteca con Samanta, luego de comer en Provenza y yo de una vez, les envío un mensaje, para que reserven una mesa para todos en el restaurante.
Vladimir, por otro lado, me pregunta, si deseo que pase por mí y yo mejor le indico, que nos recoja en casa de Gabriela, para salir con destino al restaurante. Le parece genial la idea y yo procedo a arreglarme.
Cuando ya me he dado miles de aprobaciones en el espejo de la sala, con mi maravilloso atuendo de blusa corta, falda pantalón abierta en los costados y unos taconazos, en donde me veo inalcanzable, decido salir. El servicio de Uber me espera en portería y mi ansiedad no me deja hacerlo esperar.
Me dirijo a casa de Gabi y cuando llego, están en la monumental pelea de siempre; esta vez, no porque mi amiga salga, sino porque lleva un vestido corto, en donde deja ver sus interminables piernas y para enojo de Luis, yo la animo a que lo lleve, porque se ve espectacular.
La cuestión, es que la veo un poco más apersonada de la situación con Luis y cuando aquel da un portazo, entrando como un huracán fúrico a su habitación, aprovechamos para retocar nuestro maquillaje y yo le ayudo, con las ondas suaves a su largo cabello rubio,
mientras se acomoda las botas de caña alta, para dar el toque final a su atuendo.
Le estoy enviando la ubicación a Vladimir al WhatsApp, cuando de reojo, mi rubia favorita se contempla en el espejo, más tiempo del que normalmente emplea y yo sonrío.
—¿Qué pasó?
Me pregunta viéndome a través del reflejo.
—¿Y el acicalamiento extremo es por…?
—¿El qué?
Replica evitando mirarme y yo me cruzo de brazos con una divertida sonrisa, pues mis sospechas han sido reveladas y más, cuando el aspecto inocente y aniñado de mi virginal Gabriela, tiende a sonreír fugazmente.
—A mí no me engañas, amiguita.
—No sé de lo que hablas.
Apurada, recoge el maquillaje que se le ha caído al suelo.
—¿No será que tu preciosa pinta de hoy, es para un ruso que conozco?
Traga fuerte con sus ojazos azules en mí y veo en ellos, que se debate internamente por aceptar y decirme lo inevitable.
—Yo…
—¡Lo sabía!
La corto antes de que diga algo, pues la conozco muy bien.
—Te gustó Vladimir, desde el día en que te lo mostré por las fotos del Tándem. ¡A mí no me engañas Gabriela Velásquez!
—¡Déjate de estupideces!
Contesta, volviéndose a cerrar en ese tema, pero que ya no me mete los dedos a la boca.
Caminamos hasta la puerta, salimos y mientras cierra, le digo:
—En fin, lo que sea, me tienes qué contar.
—No hay nada qué contar.
Su aparente tono tranquilo, mientras pasa por mi lado, me hace sonreír más y se queda de pie en la acera mirando a un punto infinito de la calle, alisando su vestido en los muslos.
—Ah, ¿no?, entonces, ¿cómo es que estás tan preocupada por tu imagen?
—Solo me quiero ver bien, eso es todo…
—¿Sí?, y, ¿verse bien implica estar pendiente de la calle de manera ansiosa?
Gabriela se voltea hacia mí y suspira derrotada. Está acorralada y no tiene escapatoria, a no ser que acepte, lo que se le nota a leguas.
En ese momento llega Vladi y Gabriela, desesperadamente, me mira con ojos de ternero degollado y murmura:
—Si, sí. Me encanta ese hombre y la verdad, apenas dijiste que venía, no dudé en vestirme bien, porque lo quiero impresionar, pero, por favor, ni una sola palabra más.
¡De piedra!
Nunca había visto a Gabi, a mi Gabi, de esa forma por un hombre. Ella no es de andar ligando como yo, ni de armar conversaciones triviales, para llamar la atención.
Gabriela es, aunque tímida, sensata en temas del corazón y con los estándares altos, pero si me está suplicando, es porque el ruso la tiene loquita y como soy una buena amiga, asiento. Él no tiene porqué enterarse de nada, pero si estoy dispuesta a ayudarla.
Vladimir nos saluda, dentro de su espectacular carrazo frente a nosotras y aunque le hago una mirada sutil a Gabriela, para que se siente adelante con él, me ignora adrede y se sienta atrás.
«Pero, ¿no era que quería impresionarlo?»
Ruedo los ojos con un suspiro. Ahí está de nuevo su timidez y con eso sé, que ya está arrepentida de vestirse así y de haberme dicho lo que siente, ¡estoy segura!
La cuestión es que, en menos de nada y en una conversación bastante divertida por parte de los tres, llegamos a El Correo, un restaurante en el Poblado, en donde la especialidad es la carne de res y apenas me deleito en la sazón de aquel lugar, se me hace agua la boca.
Nos anunciamos en la entrada y vemos al fondo, a Samanta y a Carlos esperándonos en la mesa.
Hacemos nuestro pedido y pasamos una espectacular cena, en donde yo me olvido por un rato de Javier y todo lo que conlleva tenerlo en mi mente, para centrarme en Gabriela, que se le van los ojos con sutileza por Vladimir y me permito detallarlos.
Se ven hermosos y serían una bonita pareja.
Ambos son altos y tienen ojazos azules, aunque él los tiene un poco más oscuros, que los de ella. Mi amiga tiene el cabello rubio y unas facciones de niña, acompañadas de un cuerpazo, que generarían ternura y suspiros por doquier.
Vladimir, en cambio, es atlético, tiene el cabello oscuro y unas facciones bastante masculinas, que derretirían a cualquier mujer. En conclusión, ¡son perfectos!
Solo veo un pequeño problema y es que, los dos son igual o peor de reservados y aunque Vladimir no es tímido, sino hermético, no entiendo cómo se va a lograr aquello, pues Gabriela es de cero iniciativas.
Cuando ya hemos terminado, nos embutimos todos en el auto de Vladimir y aunque él se horroriza, porque puede que lo pare el tránsito por exceso de cupo, todos lo animamos a que, si eso llega a pasar, entre todos le pagamos la multa, ¡estamos locos!
Total, es que con la carcajada que eso le genera al ruso, nos enrutamos hacia Pranna, una discoteca moderna, que está situada en toda la avenida Regional, hacia el sur del valle de Aburrá.
¡Wow!, el ambiente está prendido y de inmediato, Vladimir y Carlos hablan como siempre, para la pedida del licor. Nosotras, los dejamos en la barra y buscamos la mesa, para dejar nuestros bolsos e ir a bailar.
Entre Samanta, Gabriela y yo, hacemos un círculo para rumbear, como las descocidas que somos y luego de un rato, se unen los muchachos, para divertirnos mejor.
Como esta noche, tengo mi chismosa interior activada, veo como mi amigo, el ruso, detalla de reojo a mi Gabi, ¡le gusta lo que ve!, y yo me alegro, pero falta ver, a qué horas, se dignan a decirse algo.
Luego de bailar, una buena tanda de canciones, nos sentamos, pero Vladimir, que está entonado, toma de la mano a una petrificada Gabriela y yo la insto a que baile, pues no ha sido la primera vez que lo hace, pero como esta vez, tiene toda la intención de metérsele por los ojos al extranjero,
está mucho más nerviosa.
Los analizo de lejos y lo hacen muy bien. A Gabi la veo un poco rígida, pero se mueve. La conozco y sé, que necesita esa voz de aliento para seguir, porque estoy segura, de que se siente extraña, con algo que no está acostumbrada a hacer.
Cuando termina la canción, se sonríen y mientras viene hacia nosotros, un Vladimir contento y achispado por el licor, mi amiga corre hacia el baño y yo también lo hago, pues es la oportunidad perfecta para seguir indagando.
Cuando entro, me encuentro con Gabriela y su respiración desbocada, mirándose al espejo frente al lavamanos.
—¿Qué tienes?
—Nada, es solo que… ¡ufff!
—¿Tanto te gusta?
—No te imaginas cuanto…
—Entonces, ¿por qué el agobio?
Suspira de cierto modo triste, mientras se lava las manos.
—Vladimir está buenísimo, no lo puedo negar, pero así mismo, es un hombre imposible y aunque esta noche pensaba impresionarlo, creo que esa idea se va esfumando cada vez más.
Entendiendo un poco más la situación y conociendo a mi Gabi, intento calmarla diciéndole:
—Amiga, no te niego que me impresionó tu confesión, a pesar de que ya sospechaba de tus gustos por donde iban, pero tú y yo sabemos muy bien que, aunque eres muy sensata en temas del corazón, también tienes unos estándares imposibles que, por culpa de la vida, has estado subiendo,