34 #2
—Señora, Marga. Buenas noches.
Logro gesticular, pues la presencia de esta señora, no me indica nada bueno y menos, después de todas las palabritas, que nos dedicamos en Bogotá.
—Te parecerá extraño, que haya venido, pero necesitaba hacerlo, porque estoy al tanto de la situación de Javier contigo.
¡Vaya!
¡Lo veo y no lo creo!
Su gesto es de suma preocupación, pero, ¡preocupación real!, y lo mejor, ¡no se ha desmayado!, pero, ¿qué ha pasado con aquella señora pataletosa, teatrera y solapada?, pues parece, que esa se quedó en su casa y como aún no me fio de ella, ni de su actuación, sigo inmutable.
—Si, es extraño verla aquí.
—Quiero hablar contigo sobre algo…
—No creo, que sea buena idea. Yo no tengo nada de qué hablar con usted.
—Debes escucharme, porque te conviene y…
—No me interesa.
—Por favor…
Suplica tomándome la mano, para que no llegue a subir mi tono y por supuesto mi rabia e increíblemente lo logra, pues nunca la había visto en esa actitud tan conciliadora.
—Necesito decírtelo.
Estupefacta es nada, comparado a como estoy.
«¿Marga?»
«¿Esta es Marga?»
Entonces, como ve que no digo nada, lo entiende como una aprobación para seguir hablando y yo la dejo.
—Sé que no tuvimos el mejor comienzo, pero dadas las circunstancias, es muy importante contarte… —Hace una pausa para respirar y me mira con determinación—, o, mejor dicho, pedirte perdón por todo.
¡De piedra!
«Esta señora me está sorprendiendo sobre manera»
—Me he sentido culpable, por lo que les está pasando porque en parte, he sido la gestora de todo esto…
Frunzo el ceño.
—No entiendo, a qué se refiere.
Marga suspira fuerte y tomando fuerzas, indica:
—Luego de que te conociera, no descansé ni un solo minuto, para que Javier te sacara de su vida…
Arqueo las cejas, dejándome llevar por la sorpresa. Javier nunca me dijo nada, pero sigue:
—Me alegré, cuando él llegó a nuestra casa devastado esa noche por lo que había sabido de ti y no dudé en meter el dedo en la llaga, para exagerar sobre nuestra discusión y te odiara más…
¡De piedra de nuevo!
Marga está imparable.
—Pero nunca me sentí, como la peor madre del mundo, cuando al pasar el tiempo, veía a mi Javiercito cabizbajo y lleno de dolor, porque no te tenía a su lado y entonces supe, que independientemente de mi opinión hacia ti, él era feliz a tu lado y saber que lo estropeé, me hace sentir mal, muy mal…
Comienza a llorar y al verla en ese estado, que para nada es exagerado, como sus teatros de siempre, le tomo la mano.
—Le he rogado a Sofía, para que me trajera y poderlo confesar y aunque sé, que no me perdonarás por esto, si quiero que, por lo menos, ayude en algo a que lo perdones, porque te ama y te necesita.
Suspiro. Verla en esta tesitura, me hace tener una empatía enorme a pesar de cómo se portó, pues soy incapaz, de no aliviarle el dolor a esta mujer. Así que, sonriendo contra todo pronóstico, pues quiero que se relaje, le digo:
—Nunca dudé, en que usted se portaría, como la peor de las arpías en nuestra relación.
Marga sonríe y yo también lo hago. Aquel pequeño gesto, hace que se aliviane el ambiente y continúo:
—Pero lo que ocurrió en Bogotá y aquí entre nosotros, nada tiene qué ver con usted. Así que, no se preocupe. No tiene el cien por ciento de la culpa.
Contesto, recordando mis errores con Javier, sobre todo el más reciente.
—Puedo tener más culpa de la que crees, muchacha, y aunque me halagues, sigues sin caerme bien.
—No lo creo, pero no esperaba menos de usted.
Nos reímos. Es increíble, que ahora me sienta cómoda con esta señora.
«¿En serio estamos compartiendo risitas?»
¡Cristo Bendito!
Cuando nos recuperamos, se pone un poco más seria y recalca:
—Javiercito, en serio te ama, de hecho, creo que las veces, que tanto le hablé mal de ti, nunca me hizo caso y eso me daba más rabia.
Cabeceo con una suave sonrisa.
—¿Por qué no le caigo bien?
Me aventuro a preguntar y Marga con una sonrisa relajada, responde:
—Verte en esas fachas, no ayudó y se me hacía difícil asimilar, que a mi niño le gustara alguien así, tan…
—¿Desinhibido?
—Arrabalero.
Volvemos a sonreír. Nos comenzamos a entender.
—Pero debo aceptar, que me conmoviste, cuando defendiste tus sentimientos, esa vez en el estudio —Alzo ambas cejas—. Supe, que eras una buena mujer para él, pero me negaba a tu chocarrería, ¿cómo se te ocurre decirme aquello sobre mi Javiercito?
—¿Qué cosa?
Pregunto con inocencia fingida, pues sé exactamente, a qué se refiere.
—Revelar ese tipo de intimidades y en ese lenguaje tan… tan vulgar.
Asiento, aceptando la culpa.
—Sé que no debí decir eso de, “lo he tenido por horas metido entre mis piernas” y…
—Oh, Dios mío… —Su gesto me hace reír. Creo que ahora, si se va a desmayar—. Después de eso, no he podido dejar de ver extraño a mi propio hijo…
Suspiro.
—Lo sé y espero que me perdone por eso. Mi actitud fue cuestionable, le debo respeto y no debí portarme así.
—Lo haré, si me perdonas a mí también.
Asiento con vehemencia, esto en gran parte ayuda a mí alocado corazón y no dispuesta a dejar pasar la oportunidad, me coloco de pie, la insto a que haga lo mismo y con su gesto confuso, porque no sabe lo que voy a hacer, la abrazo y se queda rígida.
No se lo esperaba. Así que, poco a poco, dejo que se relaje y cuando ya estamos satisfechas de aquel bonito gesto, me separo y veo que, de nuevo, tiene lágrimas en los ojos.
—Ahora sí me empiezas a caer bien.
—Usted a mí no.
Le digo riéndome.
—Ay, muchacha, por favor, tutéame.
Sonreímos y nos contemplamos por un momento. Marga vuelve a su gesto solemne y agrega:
—De verdad, espero que entre tú y Javiercito se arregle todo.
Suspiro con pesar, eso va a ser difícil.
—Prometo que, si vuelven, seré buena y no me meteré en su relación.
—Pero ya no tendría gracia.
Suelta una carcajada a mandíbula batiente y yo tampoco me quedo atrás, ¡el alboroto está servido!, y Sofía, cuando llega a nuestro lado, pregunta:
—Ayer se odiaban y ahora se aman, ¿de qué me he perdido?
Marga y yo nos miramos con complicidad. Este momento, me parece increíblemente surreal.
—No seas chismosa y mejor vete con tus extranjeros.
—¡Mamáááá!
—¡Ni mamá, ni nada! Sigues sin aprender, que esos son amores pasajeros y que volverán a romperte el corazón, como la otra vez.
Yo abro la boca sorprendida, ¡aquí hay chisme!
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Sí, pero ya sabes que, para Javier, sigue siendo ayer.
Al escuchar aquel nombre y verlas en esa discusión tan personal, les indico que se sienten y como mi necesidad de chisme, no puede dejar de lado esa información, me aventuro a preguntar:
—Puedo saber, ¿qué fue lo que pasó?
—Esta muchachita… —explica Marga con total indignación—, dejándose llevar por el físico atrayente de esos hombres, se metió con uno de ellos, le rompieron el corazón y Javiercito, al ver a su hermana sufrir, fue y le reventó la cara a ese hombre.
¡De piedra!
«¡Vaya, chismecito, que me acabo de merendar!»
Ahora entiendo, otra razón más, de porqué Javier los odia en la manera que lo hace.
—Pietro, un italiano fenomenal.
Repone con ilusión Sofía, para horror de su madre, pero a ella no le importa y continúa:
—Imagínate, yo tenía como veinte años, era muy ingenua y pues, como estaba en la locura de la juventud, simplemente, me dejé llevar por su romántico verbo y pasó lo que pasó, pero puedo asegurar, que ya aprendí y no se volverá a repetir.
Marga cabecea en desaprobación.
—Pues no veo, que hayas aprendido mucho, porque sigues en las mismas andadas de siempre.
—Pero, ¿qué hago si son tan lindos?
Bate las pestañas, mirando de nuevo con ilusión, a aquel grupo de hombres, para sacarle más la rabia a su madre.
Le guiña el ojo a uno que, desde la distancia, le hace lo mismo y Marga abre la boca incrédula, ante ese gesto.
—¡Qué desfachatez!
Sofía rueda los ojos.
—Mami, te dije que te quedaras en Bogotá y que yo hablaba con Irina, así que, si estás aquí, te aguantas, porque esta noche llego tarde a la suite.
—¡Cristo Sacramentado!
Sofía y yo nos reímos y terminamos de pasar una velada amena.
Marga logra recuperarse del comportamiento de su hija y me alegra, que todo haya transcurrido bien y en buenos términos, sin desmayos, ¡la velada fue magnífica!
Luego de terminar de tomar el té y de que el servicio al restaurante culminara, les aviso que debo irme; no sin antes, dedicarme palabras de ánimo con Javier, de que, si lo vuelvo a ver, me lance a sus brazos, o que, si yo lo quiero buscar, aseguran, que él estará esperándome, ¡Dios mío!
Con un intento de sonrisa, me despido y entro rápidamente al taxi, ¡no quiero llorar frente a ellas!, pero en la soledad del auto, me doy el lujo de hacerlo, al pensar en todo lo que hablamos.
«¿En serio, Javier me estará esperando, a pesar de que me porté tan mal?»
«O, ¿solo fueron las palabras de una madre y hermana desesperadas por verlo feliz?»
Con estas preguntas al aire, llego a mi apartamento y cuando me meto a la cama, sin una gota de sueño, sé que mi insomnio, tiene nombre propio: Javier.