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Han pasado casi dos semanas, desde que Javier fue a mi apartamento y la verdad, no me he podido sentir peor.
Al principio, intenté anestesiar mi errada conducta con la excusa, de que eso había sido necesario para alejarlo, pero al ver que la duda no se iba y más bien, amenazaba con hacerle un hueco a mi cabeza, entendí que la había cagado.
Era increíble asimilar que el orgullo, ese que me había protegido hasta ahora, justificando todo mi mal proceder, se había ido a la mierda y ya no estaba, para arreglar el maldito desastre que había dejado, eso sin contar aquella ira, que solo nace para complicar las cosas.
Pero en medio del desierto, había un oasis, pues aquella situación que había sido tan confusa para mí, ahora estaba más que clara.
Todos esos sentimientos, que habían explotado al volverlo a ver y la reacción de mi cuerpo ante su presencia, solo tenían una explicación; una, que con el pasar de los días, me restregaba en la cara, la inevitable conclusión de que seguía enamorada y hacerlo sufrir, se había revertido de tal forma,
en contra mía.
«Pero, ¡qué tonta había sido!»
Mi corazón le pertenece a Javier y aunque lo hubiera querido negar, como Pedro a Jesús, era ridículo, porque esa verdad estaba presente todos los días y se justificaba en la manera, que nos comportábamos juntos, ¡Carlos tenía razón!
Pero, por más que le diera vueltas arrepentida al asunto, lo terrible era aceptar, que ya no había nada qué hacer. Eso sí, que fue una mierda.
Sin embargo, la vida seguía y en vez de continuar en la miseria, contacté a mis amigos y salí con ellos.
Algunas veces, lo hacíamos como grupo y otras, por separado. No les conté nada sobre ese último suceso, pues ya bastaba con mi propia autoflagelación, como para aguantar más apedreadas por su parte.
Además, que, como buenos amigos, cumplieron su palabra de no nombrar a aquel hombre del cual estaba enamorada, pues, según ellos, o, mejor dicho, según lo que yo les indiqué, aquel tema me hacía daño.
Entonces, para que todo en mi vida siguiera normal, hice planes con Gabriela. Me quedaba en su casa algunos días, jugando a la PlayStation con Luis, interviniendo en sus peleas o incluso robándomela alguna que otra noche, para irnos de rumba.
Con Samanta y Carlos, era netamente profesional y aunque este último, seguía preguntándome sobre Javier de manera sutil, yo mentía diciéndole que, nada qué ver, cuando en realidad es todo qué ver.
Pronto los simposios o las charlas llenaron el espacio en los días siguientes y logré distraerme un poco.
Con Vladimir, las cosas eran diferentes, pero agradecía, que me dedicara un espacio de su ajetreado tiempo para compartir conmigo, que se reducía a los fines de semana en su apartamento, ayudándole con la decoración.
Estuve tentada en contarle lo que había pasado con Javier, pero me contuve, pues no quería dañar el momento, diciéndole que mi ex lo vinculaba, como mi actual pareja, ¡qué vergüenza!
Como siempre, se portó como un caballero hablando de su trabajo y de lo mucho que está amañado por estas tierras, sobre todo con las mujeres, que lo vuelven loco con su manera de ser.
Entonces, apartando de mí cualquier tema personal, me centré en lo suyo y aproveché, para darle algunos consejos con respecto a las paisas, ¡mi amigo tiene derecho a pasarla bien, pero con cuidado!
Así, han pasado estos días, pero con la diferencia, de que ya no recibo regalos, ni ramos de flores.
Aquello, increíblemente para mí, fue duro de asimilar, porque si en Bucaramanga, había sentido esa ausencia de atención, en mi apartamento fue peor, porque ya estaba acostumbrada a recibirlos; pero pronto me resigné, a que ese era el precio que debía pagar por la mentira,
pues a las personas que amas, no debes hacerlas sufrir.
A veces, cuando salía de algún lugar, luego de hacer un reemplazo en una óptica o de la casa de Vladimir, de Gabriela o alguna discoteca, me parecía sentir su cálida mirada en mí y aunque buscaba por los alrededores, aquel color miel que tanto extrañaba, no lo encontraba, ¡Dios mío!
, ¡lo añoro tanto, que hasta alucino!
Solo espero, que de ahora en adelante y con ayuda de Dios, pueda llevar mejor esta situación, que yo misma me he buscado, pues es deplorable y necesito sí o sí superarlo.
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El miércoles, mientras estoy en una óptica de Medellín haciendo un turno, entra una llamada a mi celular y yo me estremezco, ¡es Sofía!
—¡¿Sofí?! ¡Qué milagro!
—Si, milagro que tú no haces, pero ya ves, que soy muy buena amiga y te llamo.
Me río. Ahí está su personalidad arrolladora, ¡qué bonito es hablar con ella!
—¿A qué se debe entonces?
Apenas digo esto, trago fuerte, porque mi intuición, es la que contesta: Javier.
—Estoy en Medellín y quisiera saber, si es posible vernos hoy mismo.
«¡Wow!, eso sí que no me lo esperaba»
—¡Vaya!, me alegra mucho que estés por aquí, pero estoy trabajando y…
—¿A qué hora sales?
—A las siete…
—Envíame tu ubicación.
El control de esta mujer es increíble y reitero, porqué con su madre no se lleva bien, ¡son iguales!
Le envío lo que quiere por el WhatsApp y luego de un silencio, en el que ella, supongo, revisa mi mensaje, tercia:
—Perfecto, me queda cerca, porque me estoy alojando en el hotel Intercontinental, así que puedo pasar por ti sin problemas, ¿te parece?
—Estaré en pijama médica, ¿por qué no nos vemos más tarde?
—¡Ay!, tampoco creo que estés tan impresentable. Te recojo y no hay nada más qué hablar, ¿bueno?
—Está bien, tú mandas.
Me burlo y colgamos.
Observo la pantalla de mi celular con la mirada vacía, metida en mis pensamientos.
No sé si será buena idea, pero como necesito distraerme, supongo que me vendrá bien. Solo espero, que mi conciencia no me delate por lo que he hecho.
Al cabo de las siete, pasa por mí, según lo acordado y nos dirigimos al hotel, ¡es lo máximo!, caminamos hasta el restaurante y veo, que hay muchos extranjeros cenando y yo, con extrañeza caigo en cuenta, que ya no llaman mi atención, ¡vaya!
Hacemos el pedido de nuestra cena y cuando el mesero se ha ido, Sofía se coloca en actitud solemne y me pregunta, sobre lo más temido por mí:
—¿Cómo van las cosas entre tú y mi hermano?
Suspiro. Por más de que estudié la respuesta toda la tarde, al final si va a ser, que mi conciencia estará por encima de todo.
—No muy bien.
—¿En serio?
—Si, y me imagino, que él ya está en Bogotá, ¿no?
—No.
¡De piedra!
Eso no lo esperaba.
—Se supone, que está aquí por ti, para arreglar las cosas y he venido, porque su ausencia lleva más tiempo de lo planeado y pensé lo peor.
—Si, ha sido lo peor…
Sofía me mira incrédula y yo asiento, respirando hondo, porque si no, me voy a desmoronar y como no quiero, que el llanto me delate, respondo cómo puedo:
—Hace una semana y media, él fue a mi apartamento, pero nada salió bien…
—¿Qué fue lo qué pasó?
Se preocupa y vuelvo a suspirar, porque me niego a confesar, que soy una mentirosa, así que, por la tangente, intento desahogarme:
—Le dije que no lo amaba, cuando la verdad, es que me muero por él.
Cierro los ojos con dolor. Escuchar aquello de mí propia boca me duele, me parte el alma y Sofía me mira con comprensión.
—¿Por qué le dijiste eso?
—Por orgullosa.
—¿Has intentado buscarlo?
—No. Se fue y no tengo idea de donde está. De hecho, mientras estuvo aquí, nunca supe en donde se quedaba.
—Eso es lo de menos, pues…
—Creo que lo mejor, es dar esto por terminado y…
La corto de una vez, porque ya sé por dónde va el agua al molino.
—¿De verdad quieres eso?, porque yo sé dónde podrías encontrarlo…
—¡No!
Digo con determinación. Esa opción es absurda y si de verdad lo sopesara, ¿cómo se supone que voy a afrontarlo, si fui la culpable de mentirle y alejarlo?, simplemente, no es viable.
—¿Por qué no?
Pregunta, como si me leyera la mente.
—Porque no, ¿con qué cara me voy a presentar para hablar con él?
—Pues con la única que tienes…
Ruedo los ojos.
—No es tan fácil. No es cómo llegar de la nada y decir, “ay, oye, lo siento, es que te mentí, pero en realidad, te amo mucho” ...
Sofía suelta un esponjoso, “Aaaaawwwww”, y yo me parto de risa.
Escucharme, hace que ese tema tan sufrido, sea más llevadero, pero me niego a hacer aquello, porque no tengo los pantalones para afrontar mis errores; además, de que lo que cree Sofía, es diferente a la realidad y ahora, pensándolo bien, veo otra cualidad de Javier,
pues él siempre ha podido hacer frente a las cosas, incluso en su declaración, cuando nos vimos en mi apartamento, ¡fue tan sincero!
Su voz me devuelve a la realidad.
—Solo por si te decides a aclarar las cosas, se está quedando en el Dann Carlton Belfort.
Suspiro y como no me quiero sentir abrumada, le ruego que, por favor, no intervenga y que cambiemos de tema. Ella, gracias a Dios, me entiende y comienza a hablar sobre los extranjeros, que hay en el restaurante.
Cenamos y como conozco mucho sobre el tema que le encanta, conversamos divertidamente sobre esos hombres tan imponentes para Sofía, pero que, para mí, ya no lo son, mientras siento, que la idea de aclarar las cosas con Javier, no me es del todo indiferente, ¿será?
Cuando los temas se vuelven triviales y Sofía ha perdido la razón por los foráneos, pide permiso para ir al baño y yo ruedo los ojos con diversión, pues por sus miraditas estudiadas detrás de mí todo el tiempo, donde está situado estratégicamente el grupo europeo, sé que va a hacer de todo,
menos ir al baño, o por lo menos, esa es la excusa perfecta para acercarse a ellos y yo la dejo, ¡que vaya y disfrute de sus potentorros gringos!
Estoy sonriendo divertida, por los recuerdos tan buenos que me trae, pero que, de cierta forma, no llena mi alma del todo, cuando escucho:
—Irina…
Levanto mi mirada y es nada más y nada menos, que…
¡¿Marga?!
¡Dios mío!
¡De piedra!
«¿En serio es ella?»
Y no, no me la estoy imaginando, ni es un holograma, ¡es ella en carne y hueso!, y al darme cuenta, de que es un hecho que está aquí, miro a mi alrededor. No hay rastro de Sofía y puedo llegar a pensar, que esto ha sido premeditado, ¡Bendito Jesús!