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En casa de mis padres, ellos no saben dónde ponerme, ¡los amo!, me atienden muy bien y yo me siento como la reina que soy.

Cuando termino de comer, todos los manjares santandereanos que existen en mi casa, proceden a preguntarme y yo les cuento, pues es mucho mejor aquel chisme presencial y cuando he finalizado, exponen con comprensión que, aunque él no me escuchó, yo tampoco lo hice bien,

pues fui grosera con Javier y su madre.

¡Dios mío!

Una cosa, es contarles a tus amigos y que ellos te digan que te equivocaste, pero otra muy diferente, es que te lo digan tus papás y más, cuando lo señalan de manera tan sosegada, pues me hace replantear en serio toda mi conducta, incluso, desde que nos vimos en el consultorio.

Todo me confunde, pero soy tan orgullosa, que no puedo admitir, que en serio me he equivocado, ¿para qué?

, ¿para qué afrontar de nuevo eso si voy a sufrir?

, mejor sería dejarlo todo, así como está y no pensar en él, pero está claro para Javier, que ese no es el camino, pues desde que está en Medellín, no ha hecho sino insistir con sus mensajes y regalos y yo necesito, de cierta forma, descansar de aquello.

Pero nada puede ser más contradictorio, porque llevando dos días en mi ciudad natal, recibí su llamada en mi casa, reclamando el por qué no le avisé que me iba, pero a este, ¿qué le pasa?, y, ¿cómo se ha enterado de que estoy en casa de mis padres?

Solo fue eso. Una pequeña llamada de casi treinta segundos, en donde ni siquiera yo hablé, sino que escuché, como el tono del ingeniero, estaba entre molesto y preocupado para luego, finalizar deseándome lo mejor.

En el resto de días, no hubo mensajes, no hubo flores, no hubo atenciones, no hubo nada y yo, de cierta forma, que ya estaba acostumbrada a eso, lo extrañé.

«Pero, ¿qué es lo que me está pasando?»

«¿Por qué me siento así?»

La verdad, es que llegué a un punto, en el que ni yo misma me entiendo.

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Con todo el dolor del mundo y habiendo pasado, casi dos semanas en casa de mis padres, los tuve que dejar, eso sí, con la promesa, de que deberán venir a visitarme.

El trayecto desde el aeropuerto hasta Sabaneta siempre es tedioso, todo el recorrido dura alrededor de dos horas y siempre es normal, llegar muerta de cansancio al apartamento, así que, cuando llego, lo primero que hago,

es dejar mis maletas tiradas en la sala y dirigirme a la habitación a dormir un buen rato, pues son las once de la mañana y no tengo hambre, si no sueño, mucho sueño.

Al cabo de tres horas, en donde he descansado esta vida y la otra, me ducho y me dispongo a escoger, entre los imanes de domicilios de la nevera, la mejor opción de comida que haya, pues tengo hambre y no pienso cocinar, ¡no señor!

La comida china es la ganadora, ¡qué delicia!, y cuando estoy por llamar, timbran en mi apartamento. Frunzo el ceño y al abrir, me quedo como una estatua perpleja, porque Javier está aquí.

¡Dios mío!

Su aspecto ahora es de superioridad, sus ojeras me vuelven a decir, que no está pasando buenas noches y aunque quiero alegrarme, una parte de mí se conmueve, además que su bendito físico está buenísimo y siento, que no me puedo resistir a sus ojazos.

Entonces, como ve que no me muevo, se acerca como un huracán despiadado, me aprisiona contra la pared a su lado y me besa.

¡Ay!

Sus besos son desesperados, impetuosos y ávidos de ser también correspondidos. Mis piernas flaquean, tanto, que se da cuenta y me toma en sus brazos, para apretarme más contra él y pues, dejándome vencer, porque mi cuerpo no responde, me dejo llevar.

Estoy excitada, a la par de enojada, pero también necesitada de él y cuando se ve satisfecho, aún con la respiración alterada, musita en mis labios:

—Lo siento, pero no he podido aguantar más sin ti. Comprendo, que me pediste que me alejara, pero en todo este maldito tiempo, he sufrido como no te imaginas, porque no te tengo y para variar, he tenido que lidiar con tus actitudes chabacanas con tus amiguitos extranjeros.

» Me he vuelto loco, cuando supe que no estabas en Medellín y lo peor, estas dos semanas sin poder verte si quiera de lejos, me han tenido mal, muy mal…

—Javier…

Me calla con un beso suave y continúa:

—Irina, en Bogotá, lo hice terrible, de lo peor, pero debes saber, que mi enojo por leer esas cosas en tu celular, fue porque no habías sido sincera conmigo y pensé lo peor.

» Sé que debí escucharte, pero me sentía vulnerable y sabía que, si me buscabas, cedería como un tonto porque te quiero; te quiero, como no te imaginas, solo que mi orgullo fue mayor, haciéndome errar y para cuando me di cuenta de las cosas, me arrepentí.

¡De piedra!

¡Estoy catatónica!

Tengo rabia, miedo, estoy conmovida y muy abrumada, por lo que está confesando. Soy incapaz de sopesar nada con su cercanía, pues todo su ser me revoluciona, sin poder ordenar mis ideas y como no logro hacerlo, la impotencia comienza a alimentar esa ira, que hace explotar la impulsividad.

Necesito alejarlo de mí, no puedo caer tan fácilmente, pero no me deja; me sigue besando, mete sus manos por debajo de mi camisa y amasa mis senos en todo su volumen, mientras sigo intentando sin éxito.

—Necesito que te vayas…

Niega en silencio.

—Yo te necesito.

Forcejeo para apartarlo, pues me indigna sentir que, poco a poco, estoy sucumbiendo a su influjo.

—¡Aléjate de mí!

—No.

—Por favor…

Bramo casi en un susurro, cuando desabrocha mi sostén.

—¿Por qué?

Susurra excitado y con eso sé, que se viene lo inminente y no, ¡no puedo!

«¡Debo parar esto!»

La ira ya está en un punto culminante y como no me da espacio, para siquiera respirar e intentar razonar, dejo que aquel sentimiento ponzoñoso, se desborde en mi interior, pues estoy energúmena de que mi cuerpo reaccione de esa forma tan primitiva ante él, de que me maneje tan fácilmente y no,

no puedo permitirlo.

Necesito que se aleje, que sufra como yo lo hice y como necesito desahogarme, pues aún me duele el pasado, espeto:

—¡Porque estoy con alguien!

Al borde del abismo de la tentación, Javier se aparta de mí como si quemara y me mira asombrado. Sus bonitos ojos me estudian casi desorbitados con el dolor cruzando por ellos.

Por un momento dudo, al ver su expresión.

«¿Fue una buena idea?»

—¿Estás con alguien?

Replica con incredulidad, tratando de entender.

Me quedo en silencio.

El enojo, que no me deja pensar, ni procesar, reverbera en mí, pues tengo mil cosas atoradas en la garganta, desde nuestra despedida en Bogotá, hasta el día que nos vimos en mi consultorio, ¡todo lo tengo acumulado!

Una parte de mí siente, que no estuvo bien mi gran solución y para acallarla, porque lo hecho, hecho está, no contesto, ni confirmo nada, solo quiero alejarlo, porque no tiene ningún derecho de venir así, de esa manera tan arrolladora reclamando algo, que no es suyo y menos,

después de portarse como lo hizo, ¡simplemente, no lo puedo perdonar!

—¿Cómo es eso de que, estás con alguien?... pero, ¿cómo?

Pasea por mi sala molesto, confundido, pero sobre todo fastidiado y yo sigo sin inmutarme, pues estoy muy atenta a las reacciones, que le está generando mis palabras.

—¿Quién es?

Pregunta con la ira chispeando en sus pupilas.

Sigo sin responder, pero le hago saber con mi mirada fija, que eso no debe importarle, porque hace tiempo perdió ese derecho de indagar sobre mi vida. Así que, como no respondo, comienza a sacar sus propias conclusiones y cuando al parecer, ha encontrado el punto, cierra los ojos con dolor.

—Es aquel extranjero, ¿verdad? ¿Vladimir, el ruso?

La desidia brota de esa última frase.

—Mira, Javier, es mejor que…

—No es necesario que digas nada.

Responde, sorprendiéndome con un aplomo increíble, como si ahora nada le afectara.

—Debí saberlo, la noche de tu cumpleaños, pero tanto fue mi afán por llamar tu atención, que malinterpreté las señales.

Una punzada en el pecho, me hace cuestionar de nuevo.

«¿Por qué lo hice?»

«Y, ¿si fue una equivocación?»

En este punto, no importan las respuestas, pues ya no hay vuelta de hoja. Javier prácticamente, se está despidiendo y cuando voy a decir algo, pues mi razón suplica en un rincón, porque la deje intervenir, me pregunta:

—¿Eres feliz?

—¿Qué?

—¿Que si eres feliz con ese tipo?

Lo observo con mi mirada vacía, pues aquella pregunta ha sido demasiado profunda, como para responderla sin más, pero me quedado sin habla, porque no me quiero comprometer con más mentiras, por lo tanto, trago fuerte y asiento con suavidad.

Javier, al ver mi gesto, sonríe de manera triste. En sus pupilas, el mundo se le ha derrumbado y con ello, mi mente vuelve a la carga.

«¿Me siento feliz de haberlo hecho sufrir de nuevo?»

«¿Era realmente necesario?»

Mis latidos se disparan con tantas preguntas abrumadoras.

Estoy tan ensimismada logrando regular mi respiración, que no me doy cuenta, de que me he quedado sola.

Estudio el lugar en busca de su presencia, pero nada, no está.

El dolor en el pecho se acentúa, cuando el arrepentimiento me avisa, que algo no está bien y sintiendo el peso de la soledad más que nunca, la barbilla me comienza a temblar.

Se ha ido.