Volverte a ver (Volver 1) 32
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Antes de irme para Bucaramanga, invito a mis amigos a mi apartamento para celebrar mi cumpleaños. Mis treinta y seis abriles deben ser celebrados por lo alto y ya tengo todo organizado, para pasarla muy bien este día.

Agradezco, que cae un lunes festivo y así todos pueden asistir, pues son las personas más importantes después de mis padres y quiero pasarla bien con ellos, además, de que hace tiempo, había tomado nota mental de reunirlos, ¡sé que se van a caer muy bien!

Pienso en mis padres, mientras me termino de maquillar, ¡ya quiero verlos!, pues me prometieron todo un Disneylandia por mi cumpleaños, cuando llegara, ¡y, les creo!, porque son lo máximo.

Suena el timbre de mi apartamento, es Gabriela con Luis, me entregan mi regalo y me abrazan como un oso. Mi amiga al entrar, se queda boquiabierta al ver el mar de flores que tengo en mi apartamento, supongo que, a pesar de lo que le he contado, no se lo imaginaba de esa forma.

—Amiga, ¿todo esto te lo ha enviado él?

—Si, envía un ramo diario.

Suspira, mientras mira cada arreglo floral con suma atención.

—¿Han intentado hablar?

—Pues…

El timbre de nuevo interrumpe y yo le digo a Gabi que abra, mientras voy a la cocina por los pasabocas.

Cuando tengo todo en mis manos para organizarlo en la mesa, observo a mi amiga, como nunca antes la había visto frente a un hombre, ¡boquiabierta!

, y no es para menos, Vladimir se ve muy apuesto con su enorme estatura y su pinta de camisa azul como sus ojazos y pantalón caqui a juego con sus zapatos, ¡está muy jovial!

Me río de ver semejante situación y lo saludo con un abrazo, también para cortar su asombro por cómo ella lo mira, pues sigue estupefacta y es Luis, quien, desde un segundo plano olvidado, le dice que por favor cierre la boca, ¡Luis y sus intromisiones tan delicadas!

Ella lo ignora, pero si cierra la boca y cuando se da cuenta de lo ridícula que estuvo, pide permiso para ir al baño, ¡esta a mí no me engaña!

, ¡Vladi la flechó!, pero como no quiero avergonzarla y tampoco deseo prender las alarmas con comentarios molestos de su hijo sobrino, me quedo callada; mejor le indico, que siga al baño de la habitación principal, mientras hablo un rato con Vladimir y Luis,

que se sume en su celular a jugar no sé qué, nos ignora desde el sofá, ¡adolescencia, qué fastidiosa!

Cuando estamos hablando y Gabi ya está decente, para presentarle al imponente ruso, entonces llegan Carlos y Samanta, ¡qué bien!, por lo menos han llegado, para estar todos en una sola conversación.

Saco de la nevera mi deliciosa torta de chocolate, que es mi favorita, eso sí, ignorando lo que aquel pedazo de pastel me recuerda de cierto ingeniero y lo coloco en la mesa, junto a más pasabocas y los regalos, que mis amigos me han dado, ¡son lo mejor!

Nos hacemos alrededor de la mesa y hago una videollamada a mis padres para que, entre todos, me canten el cumpleaños. Lo cantamos tan fuerte, alto y claro, que hasta el vigilante llega, para advertirnos que bajemos la voz, ¡estamos como unos locos descosidos!

Colocamos musiquita de Peter Manjarrés y obviamente, el tema de cumpleaños de Diomedes Díaz, ¡no puede faltar!, luego procedemos a bailar, a hablar y a pasarla muy bien.

Mis amigos se han caído muy bien entre ellos y eso me hace feliz, sobre todo Samanta con Gabriela, pues son compatriotas y luego de varios minutos, de reojo Gabi, se ha lanzado a hablarle también a Vladimir, ¡qué bien!

y mientras observo aquella bonita escena, antes de que Luis comience con sus intromisiones, me lo llevo a mi estudio y le digo que busque más CD´s de música.

Lo que le he dicho es estúpido, pues no tengo casi CD´s, todo lo manejo desde el celular conectado al parlante, pero necesito que Gabriela se abra a conocer personas y si le llamo la atención Vladimir, me parece perfecto que comience a hacerlo, sin que su hijo sobrino se entrometa;

pronto le hablare sobre ello, pero, por ahora, ¡qué disfrute!

Estamos devorando la torta y los pasabocas mientras hablamos, cuando timbran y yo, que ya tengo ganas de comer pizza, me voy en tromba, para recibir el pedido, pero no, lo que veo delante de mí no es la pizza, sino otro mensajero con una bonita caja de quince rosas de tallo largo, ¡ay!

Apenas lo recibo, mis amigos, que no se pierden el chisme, cuando cierro la puerta, me caen como una jauría de lobos.

—¿Quién te lo envió?

Pregunta Samanta, pero al segundo de haber dicho eso, cierra los ojos arrepentida por abrir su boca, pues es muy obvio, quien lo mandó.

—Ah, pues quién va a ser, ¡nuestro Javi!

Canturrea Carlos con diversión y yo lo fulmino con la mirada, ¡este se quiere ganar una muerte pendeja desde hace rato!

—¿Tiene tarjeta?

Pregunta Gabriela acercándose a mí para buscarla, me quita la caja de las manos y la coloca en la mesa del comedor.

—Pues no se le puede negar, que tiene buen gusto. Mira, aquí hay algo…

Me entrega un sobre, que tiene mi nombre y mientras todos miran la tarjeta que tiene Gabriela con las iniciales JM, ya sabemos exactamente, quién fue el remitente de dicho regalo; así mismo, abro el sobre con el corazón en la mano:

Irina

Supe, que ya no estás trabajando en la empresa, pues fui a buscarte de nuevo para seguir hablando, pero no estabas. Lamento mucho, que tu renuncia haya sido por la propuesta al viaje, lo que menos quería, era incordiar tu lugar de trabajo, solo quería hablar contigo, porque, ¡te extraño demasiado!

Me hubiera gustado celebrar contigo tu cumpleaños. Hoy te vi y estás hermosa, como siempre. Cuídate mucho y espero, que la pases muy bien, al lado de las personas que te quieren y recuerda, que soy una de ellas, así no esté a tu lado.

Tienes mi corazón.

PD: Volverte a ver fue, ¡Wow!

¡De piedra!

Y todo mi ser, se revoluciona.

No sé, por cuánto tiempo, me quedo circunspecta, por lo que esta carta me hizo sentir, que no me doy cuenta, de que todos están tras de mí leyendo, pero, ¡qué chismosos!

Gabriela es la primera que toma el papel y pregunta sorprendida:

—¡¿Cómo es eso, de que fue a buscarte?!

Entonces Samanta, es ahora la que le quita la carta y grita desorbitada:

—¡¿Cómo así?!, ¡¿ese tipo está aquí?!

Todos se hacen detrás de Samanta corroborando de nuevo esa información en el papel y luego, entierran sus ojos en mí, esperando una explicación.

«¡Ay, qué mierda!»

—¡Vaya!, ¡¿qué no nos has dicho?!

Carlos canturrea con su tonito de siempre. Cuando quiere, no hay quien lo pare.

Todo esto es surreal, ¡hasta Luis está de chismoso en el grupo!

, pero, ¡¿qué les pasa?!, y aunque, los he tenido al día con el chisme, en cierta parte, me había guardado esta última situación, porque no lo he procesado totalmente.

Estoy muy confundida y reacciono tanto al amor, como al odio, cuando se trata del ingeniero de los ojos miel. Así que suspirando fuerte, les cuento:

—Fue a mi trabajo la semana pasada. Intentó hablarme y en lo poco que lo dejé, me dijo que iba a estar pendiente de mí, así que, sí, él está aquí en la ciudad y por lo visto, cumple con su palabra porque, aunque yo no lo he visto después de ese día, al parecer, él a mí sí.

—¿Vino desde Bogotá para hablar contigo y no lo dejaste?

Gabriela pregunta con ironía y cuando niego en silencio, cierra los ojos con dolor.

—Creo que hubiera sido la oportunidad perfecta, para que arreglaran las cosas.

Interviene un sosegado Vladimir, pero Carlos, que está a su lado aun con su actitud pachanguera, para sacarme la rabia, agrega:

—Claro, hubiera sido lo mejor, pero Irina no quiere aceptar, que aún está metida hasta las trancas por él.

—Y, no le habrás creído, o, ¿sí?

Arremete Samanta con todo el odio y aun con el papel en sus manos, lee de nuevo e inquiere:

—No le habrás creído eso de, “te extraño demasiado”, y de, que te quiere, ¿verdad?

—Obvio, si, ¡sigue enamorada!

Samanta se voltea dramáticamente, para recriminarle a Carlos lo que acababa de decir:

—Pero, ¿cómo va a estar enamorada si la trató mal?, recordemos, que ese tipo la echó, como si fuera un perro y como si no le importara nada más.

—Si la trató así, fue por lo que se había enterado de Irina, además, mi querida amiga, tampoco se queda atrás en cuestiones de ofender a las personas, ¿cierto?

Apostilla Gabi con una mirada azul llena de autosuficiencia.

—Yo creo que debiste haberlo escuchado…

Replica Vladimir en calma, mientras Carlos asiente divertido y Samanta, que ya tiene la vena del cuello palpitante, de que nadie la apoye con su odio a Javier, mira al ruso y le espeta:

—Pero, acaso, ¿también estás de parte de ese?...

Entonces, mis amigos, comienzan una guerra dialéctica por tener la razón en mi situación.

Al parecer, creen tener más información y experiencia que yo en cuestiones del amor y aunque algunos comentarios, me parecen bastante pasados de calidad, como por ejemplo Samanta, que no da tregua en su terrible opinión sobre Javier y lo que hizo, que hasta me da rabia por cómo se expresa de él,

pues lo que sea que haya habido entre nosotros, tampoco se merece aquella opinión.

Por otro lado, Gabriela tiene razón, yo también cometí errores, pero tampoco, como para ir corriendo a perdonarle los de él y luego está Carlos, defendiendo a capa y espada a su paisano, diciendo que, a pesar de todo, aun siento cosas, que valen la pena rescatar y no está del todo equivocado,

pero la rabia sigue imperando y no olvido tan fácil lo que pasó, ¡mi genio no me lo permite!

Y ya cuando escucho el punto de vista de Vladimir, que es el más sosegado de todos, suspiro, pues no entiende cómo es que somos tan orgullosos, como para no arreglar las cosas de una vez; me aconseja, que deje la soberbia a un lado y le dé la oportunidad, ¡no sé qué hacer!

, y con tanta palabrería de todos al tiempo, decido silenciarlos, porque, para tener caos en mi casa, basta conmigo misma, ¡no quiero más show! , así que grito:

—¡¡¡Basta!!!

Se callan y me miran alucinados. No lo esperaban, pero ya estoy harta.