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Después de casi tres meses, en donde había enviado mis poemas a revisión, por una editorial, que había hecho una convocatoria, por fin tengo respuesta.
No había podido centrarme de nuevo en mi hobbie favorito, porque estaba trabajando de lleno y como siempre, no tenía tiempo; tiempo que añoré con un dolor en el pecho, tras los recuerdos.
«¡Nooooooooooooo!»
«¡No puedo permitirme sacar eso de mí, que se suponía estaba muerto!
«No señor!»
En el correo, indican que publicaran mis poemas en un libro de antología y que debo contactarlos rápidamente, para comenzar con todo el proceso.
Leo, leo y releo, sin creérmelo…
«¿En serio?»
«¿En serio mis poemas serán publicados?»
¡De piedra!
¡Pero esta vez de la emoción!
Me revuelvo en la silla y no grito, porque hay gente afuera, pero no paro de mover las manos, muy feliz por todo, ¡qué bonito se siente cumplir sueños!
Así que, me tomo mi tiempo para disfrutarlo y llamo a mis padres, a mis amigos, ¡a todo el mundo!, pues esto es maravilloso y de ensueño.
Cuando ya me he permitido, compartir emocionada este nuevo logro, reviso la agenda de pacientes y me alegro, de que no haya muchos. Solo hay dos y para no hacerlos esperar, me apresuro a atenderlos.
Hace unos días, le escribí un correo a Wilmar y hablé con Juan Camilo y Jairo, para comentarles sobre mis planes y que el nuevo reemplazo comenzará el próximo lunes. No quise preguntar sobre el veredicto final con Bogotá, pero lo entendí, cuando no objetaron mi decisión.
También compré los tiquetes a Bucaramanga, ¡me voy a descansar!, así que, dejando todo en orden, la idea es que, en estos días, me pueda lucir en dar lo mejor de mí, porque es importante dejar una buena imagen.
Estoy ensimismada, ultimando detalles de mi renuncia y en los poemas, que los golpes de la puerta de mi consultorio me parecen extraños, pues no estoy esperando a nadie, así que, me levanto para abrir y me doy cuenta, que tengo frente a mí a…
¡¿Javier?!
¡De piedra!
¡De cemento!
¡De diamante!
¡De todas las formas!
Lo miro de arriba abajo.
«¡¿Qué está haciendo aquí?!»
Y antes de sopesar si estoy alucinando o no, observo en sus ojos la incertidumbre por cómo será tomada su llegada, ¡es él!, pero como si de una avalancha se tratara, los sentimientos me impactan en el pecho, acidificando mi gesto y me volteo con fuerza, para corroborar la agenda.
Javier lo entiende, como una aprobación para entrar y cierra la puerta tras de sí, ¡qué grave error!, pues se acaba de encerrar con la fiera en la que me estoy convirtiendo, pero parece no importarle, porque dice:
—Irina, yo…
—Su nombre, ¿es?
Lo corto sin verlo a la cara, mirando la agenda vacía en el ordenador.
Se queda en silencio, ya no hay vacilación en su mirada y lo que sea que haya venido a hacer, parece tenerlo claro, pero yo no quiero nada que venga de su lado y como estoy dispuesta a portarme de la misma forma déspota que él, continúo:
—Debe haberse equivocado de consultorio, porque no tengo a nadie pendiente, así que, le pido el favor, de que salga de aquí ahora mismo.
Javier sonríe con tristeza, ha captado el mensaje alto y claro, pues ya no soy la Irina buena que vivió con él.
—Me merezco todo lo que me digas, de la manera en que lo hagas, porque fui un imbécil contigo…
Explica aquel hombre, que se ve divino con sus ojos suplicantes y antes de que caiga en la marmita de su físico, añade:
—Y como sé que no me vas a escuchar, porque me lo dejaste claro, vine en cuanto pude, cuando supe que renunciabas…
—No sé de lo que habla, señor, así que, le pido, que se vaya de inmediato.
Javier se queda callado mirándome fijamente y yo siento las piernas flaquear, ¡nooooo!
, ¡debo ser fuerte! Luego de unos minutos, asiente con resignación y se va, así mismo como llegó y yo…
yo me doy un espacio para respirar, para asimilar su presencia, pues me está costando horrores portarme mal, pero tengo tanta rabia, que es lo que hay; por lo tanto, para calmarme, camino por todo mi espacio, intentando acallar mi corazón, porque, al parecer, a ese le encantó ver a su antiguo amor.
No sé cuánto tiempo pasa, cuando la muchacha de la recepción me indica, que un paciente está esperando afuera y cuando veo tras ella de quien se trata, veo que es Javier.
«¡No puede ser!»
Aquel insistente, ha pagado por un circuito ocupacional para ser atendido y claro, como aparece en mi agenda, debo atenderlo.
¡Señor Santo!
En tanto, le sonrío a la muchacha que lo ingresó, pues no tiene ni berraca idea de quién es, ni de nuestra historia; entonces, de mala gana, cuando Javier me ve, lo hago pasar y lo siento en la silla de la unidad optométrica.
Estamos en silencio y él me mira fijamente desde su distancia, mientras yo corroboro sus datos en el sistema.
—Señor Morantes, ¿usa gafas?
Me meto en el papel de optómetra, porque por nada del mundo, le voy a dar la oportunidad de que saque ningún tema que no sea de la consulta, ¡él es mi paciente!
—Estás hermosa.
—¿Hace cuánto fue su último control visual?
—¿Renunciaste, porque propuse que viajaras?
Suspiro. Me está costando mucho continuar, pues quiero gritarle mil cosas, pero aun así consigo ignorarlo y le contesto con dureza:
—Necesito que responda las preguntas, o si no, le diré al médico que le haga el tamizaje visual.
—Ya sé todo lo que pasó.
Cuando dice eso, logra llamar mi atención, pues ahora quiero saber quién de todas las personas a quienes les he contado el chisme, se lo ha dicho a él y con mi mirada clavada sus ojos, que se ven bonitos pero cansados, pues intuyo, que tampoco la ha pasado bien, agrega:
—Fui un tonto por no escucharte y merezco tu trato frívolo, aunque quisiera que no te portaras como yo y me escucharas.
Bien. Por lo menos él se ha dado cuenta de que su maldito trato, ese que me dio cuando nos despedimos, fue desastroso. Así que dejando a un lado aquel papel malévolo, pues me acabo de dar cuenta de que para eso no sirvo, porque quiero gritarle mil cosas, tomo aire y le digo:
—Me alegra, que hayas sabido la verdad, pero me hubiera gustado que la supieras por mí, no por terceros…
—Si, pero…
—Y quiero que entiendas, que el hecho de que la sepas, no cambia nada, Javier.
Lo corto porque no quiero sentirme vulnerable ante él, no puedo permitirme eso, porque su trato me dolió y ni mierda que va a conseguir nada de mí, solo porque se presentó aquí y abonó su camino con regalos.
—He venido, porque quiero y necesito arreglar las cosas contigo.
—Es tarde.
—No me digas eso, por favor.
Se coloca de pie y en menos de nada lo tengo sentado frente a mí. Su cercanía me hipnotiza.
—Si te hace bien saberlo, he sufrido demasiado desde que te fuiste y…
—¡¡¡Me echaste, Javier!!!
Me coloco de pie y grito como una loca dejando salir todo lo que hasta el momento había guardado y pensé que llorando se había ido a la mierda, pero no. Solo hasta ese momento siento el verdadero descanso, ¿cómo se le ocurre decirme aquello?, y sigo:
—¡¿Cómo eres tan cínico de decirme, que me fui, cuando tú, maldita sea, me echaste de tu vida?!
Arrepentido, cierra los ojos, pero me vale mierda.
—¡Lo sé!, ¡lo sé!, y no ha habido un solo día de mi eterna soledad, que no lo lamente, pero estaba tan confundido por lo que había leído y por lo que mi madre me había dicho, ¡que no pensé en nada más!, ¡lo siento!
—¡Me importa una mierda!
Se coloca de pie, se acerca para abrazarme y yo lo esquivo, ¡no puedo permitir esto!
—Por favor…
—¡¡¡No!!!, ¡¡qué vas a saber tú de sufrimiento, si no has sentido el rechazo de la persona que más quieres, cuando ya habías planeado toda tu vida junto a ella!
!, ¡y sí, Javier!, ¡me equivoqué ocultándote cosas!
, ¡pero tú te portaste como un malnacido, al echarme de tu vida sin escucharme!
, ¡así que, no me vengas con tu discurso sufrido de mierda, porque no te creo!
Javier, que no me suelta, comienza a recibir estoicamente mis golpes en su pecho. No quiero su abrazo. Estoy dolida y muy enfadada con él y si no opto, por darle mil cachetadas, es porque no quiero ser más violenta.
«¡Cómo lo estoy odiando en estos momentos!»
Y cuando ya me he quedado exhausta, entonces, él, que tiene su rostro compungido en tristeza, me aprieta más contra su cuerpo y yo me derrumbo en llanto.
—He sufrido como no te imaginas. Toda mi casa, me recuerda la equivocación tan grande que cometí contigo y cuando toqué fondo, encontrándome solo en la habitación, Rosario me contó todo, incluso, lo que había pasado con mi madre en el estudio…
«¡¿Quééééééééééé?!»
«¡Que Rosario, ¿quééééé?!»
Enterrada en su pecho, estoy atónita, pues hasta ahora me voy enterando, pero, ¿a qué horas lo supo?, ¡qué buena actriz!, porque nunca se le notó que ocultaba algo, ¡vaya con la Rosarito!
Javier levanta mi rostro para verme a los ojos. Los de él también están rojos e hinchados y musita en mis labios:
—Siento mucho no haberte escuchado, siento mucho haberte echado y por eso he venido, pese a que me dejaste claro, que no iba a tener oportunidad alguna, cuando me diera cuenta de mi error; pero aun así quiero luchar, porque lo nuestro merece mucho más que la pena.
Te quiero y no puedo estar más sin ti…
Lo aparto. No puedo seguir escuchando, porque sufro; sufro como nada en el mundo, ¡Dios mío!
—Es tarde, Javier.
—¿Tarde?, ¿por qué?
—Me voy a ir de aquí.
—Lo sé, sé que renunciaste, por mi petición, pero si tú no viajas, entonces yo me quedaré hasta que me perdones y volvamos…
Los golpes en la puerta nos sacan de nuestra conversación y le doy gracias a Dios, de que así haya sido, porque ya estaba sucumbiendo a su aroma, a su influjo, a su sufrimiento, a sus palabras y a su insistencia, que tanto me aniquila, ¡Sangre de Cristo!, ¡no puedo!
—Doc, ¿está todo bien?
Pregunta con preocupación la muchacha de la recepción, sin entrar. Me imagino que los gritos la alertaron y cuando abro la puerta, respiro con alivio al ver que la sala sigue vacía y que nadie más, se ha enterado de la fuerte conversación, ¡ni mi jefe!, ¡gracias al cielo!
Tras decirle a Martha, que no se preocupe, cierro la puerta y apoyo mi espalda en ella, mientras Javier está a unos pasos de mí, contemplándome con devoción.
A pesar, del aspecto cansado y rojizo de su rostro, desprende esa aura autoritaria que me encanta y por más que sienta un enorme descanso, por haberle gritado y por entender, que lo sabe todo, sin importar que no haya sido por mí, debo aclararle, porque hay que pasar página y seguir adelante.
—Debes irte —Javier asiente y se pasa la mano derecha por su rostro y cabello—. Este no es sitio para hablar y mucho menos, para discutir de la manera en que estamos acostumbrados.
—Te buscaré en la tarde para seguir hablando y…
—No.
Se queda estático ante mi negativa que, aunque sonó suave, tuvo que haber sido una bomba atómica para él, por cómo me mira.
—Ya está todo claro y no creo que debamos vernos.
Nos quedamos quietos, mientras nos contemplamos.
Es increíble, que después de tanto tiempo y de semejante discusión, aún exista esa burbuja mágica entre nosotros y aprovechando aquello, Javier acorta la distancia y toma mi rostro con ambas manos, para detallar mis ojos y boca.
Se debate internamente si besarme o no, y yo… yo estoy perdida en su mirada que brilla más que la miel y cuando pienso que lo va a hacer, porque estamos muy cerca, indica:
—Está bien, no te agobiaré más, pero que sepas, que estaré pendiente de ti, porque tienes mi corazón.
Me suelta con suavidad, se aparta y por cómo mira la puerta, me hago a un lado, para que salga sin decir más y yo me siento en el infierno y el cielo, al mismo tiempo, ¡no me hallo!
“Porque tienes mi corazón” …
«¡¿Por qué tenía que verlo hoy?!»
«¡¿Por qué tenía que venir a revolverme los sentimientos así?!»
Aun de pie, pero con miles de sentimientos bullendo dentro de mí, salgo al baño para echarme agua en la cara.
Necesito aclararme y mientras analizo mi reflejo en el espejo, me doy fuerza para no quebrarme, pues no puedo permitirme sentir cosas por Javier, cuando me ha roto el corazón de la manera en que lo hizo, ¡no señor!