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Al cabo de dos semanas y estar en un sinvivir ansioso, por imaginarme viajando de forma obligada, llega el momento clímax, en donde es mi jefe, quien viene por mí al consultorio y me guía hasta su oficina, ¡Dios mío!, ¡me entra de todo!

Observo su gesto y por el semblante que tiene, intuyo que no son buenas noticias y yo mentalmente, me preparo para lo que sea, ¡Dios mío!

Y si, puede que estemos ante el fin del mundo, porque apenas entro, están ahí esperándonos sentados: Wilmar y otro hombre, que se presenta como Jairo Taborda, que al colocarse de pie y estrechar mi mano, añade seriamente, que es el encargado de recursos humanos, ¡vaya dúo el que nos espera!

, y ya cuando mi jefe se sienta solemne en su escritorio, pienso inevitablemente, en que me van a despedir, pues no creo que personas de altos cargos, incluso de otra ciudad como lo es Wilmar, estén aquí solo para echar el chisme conmigo.

—Doctora Martínez, hemos venido para llegar a un acuerdo con usted.

«¡Vaya!»

Ese tal Jairo es bien directo y prosigue:

—Hemos sabido, por medio de su jefe inmediato, el doctor Juan Camilo Estrada, que se negó a la propuesta en Bogotá, pese a que le hemos comentado, que este caso es importante para nosotros, por quien pide el servicio, pues es uno de los más grandes clientes, que tenemos en la capital.

» Entonces, en ese orden de ideas, quiero saber la razón de su negativa, pues el hecho de que nos diga, que tiene una vida aquí, sabiendo que le damos tiempo para organizarse y trasladarse, no nos parece suficiente.

Finaliza, aquel que ya me comienza a caer mal por su gestión impositiva y yo, ante eso, me remuevo incómoda en la silla, pensando qué decir, o, mejor dicho, cómo decirlo, porque cuando me azuzan el genio, lo que tengo en mi cabeza,

no me sale con la delicadeza que deseo y mando a la mierda a todo el mundo y menos tengo paciencia, cuando me están tocando un tema tan personal, sin que lo sepan.

Entonces, siendo directa como aquel tipo lo ha sido, pero sobre todo clara, le devuelvo:

—Entiendo, que la empresa haga hasta lo imposible, para complacer a un cliente, pero deben tener en cuenta, que yo firmé un contrato para trabajar en esta ciudad, no para estar viajando, porque, así como ustedes dicen que, mis razones no les valen, a mí tampoco me valen las suyas, aun sabiendo,

que pueden contratar a un optómetra allá y…

—Doctora, pero…

—¡Déjeme hablar, por favor!

Le indico con molestia a Jairo y veo que Wilmar y Juan Camilo, se preparan para intervenir, pues saben, que aquel no lo está haciendo bien conmigo, ¡no me conoce!

—La primera vez, lo hice por colaboración nada más y aunque también comenté, que no era mi obligación, aun así, lo hice, porque ustedes como empresa, me han apoyado en los permisos que he gestionado para los congresos, pero esta vez, no tengo razones para ayudarlos, porque no quiero ir.

» Tengo mi vida aquí y no creo, que me puedan obligar laboralmente a algo que no quiero y que mucho menos, he firmado para hacer.

—Si, lo sabemos. Solo queremos llegar a un acuerdo con usted, porque…

—Ya les había dado una solución, les puedo buscar un colega en la ciudad que quieran.

Corto a mi jefe, que se comienza a desesperar y yo estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano, para no salir corriendo.

—El cliente no aceptó y es por eso que, hasta yo vine, para convencerte de que…

—Me importa una mierda, si no aceptó.

Corto ahora a Wilmar, quien inspira hondo.

—Doctora, le pido el favor, de que sea educada.

—Estoy siendo educada, pero si me presionan, van a hacer que, no solo salgan de mí sapos y culebras, sino que van a conseguir, que me vaya de aquí y los deje con la maldita palabra en la boca o lo que es peor, dejarlos con este problema, que no me interesa solucionar.

Fulmino a Jairo con mi mirada. Me pidió educación, pero a este paso, lo que va a lograr es una cuarta guerra mundial.

Por un momento, el silencio que se hace es imposible.

Entre ellos se miran, mientras yo tengo la mía en mi regazo. Me niego a seguir con esto y la verdad, quiero irme para no hacer estragos, pues ya comienzo a sentir de nuevo la ira de la locura y yo intento respirar hondo, ¡no quiero ser impulsiva!

—Doc, pero, ¿por qué se niega tanto?, acaso, la vez pasada, ¿tan mal le fue que no quiere ir?

Sus informes fueron excelentes, pudo realizar el trabajo asignado de la mejor manera; el cliente le dio buena calificación, se le pagaron todos los gastos y viáticos que necesitó, además, fue tan bueno su desempeño, que el proveedor pidió dos veces su prórroga; la verdad no entiendo,

¿por qué simplemente no acepta?

—Porque no se me da la gana.

Logro contestarle haciendo una mueca de desagrado, tras escucharle toda esa maldita verborrea de mi trabajo en Bogotá, ¡no me interesa!, ¡¿por qué no entiende mi negativa?!

Jairo no me conoce tan bien como me conocen Wilmar y Juan Camilo, por eso, estoy intentando no contestarle como se merece, pues solo le importa su bendito proveedor de clientes y no yo, que soy su empleada y sin medir sus palabras, con autosuficiencia, suelta:

—Pues, doctora, si su negativa es irrevocable, me parece, que vamos a tener que prescindir de usted, ya que no está cumpliendo con…

—Perfecto, entonces me largo ya mismo de aquí.

Me levanto como un rayo en actitud de guerra mirando a Jairo, mientras que mi jefe y Wilmar se colocan también de pie a la defensiva, intentando hacer entrar en razón al de recursos humanos, porque se le fueron las luces con semejante ultimátum, ¡¿cómo se le ocurre hablarme así?!

Entonces, cuando se logra calmar el ambiente, luego de unos tensionantes minutos, mi jefe interviene:

—A ver, aquí nadie va a echar a nadie y mucho menos, se van a ir a ningún lado.

Jairo y yo nos seguimos viendo con desafío, pues si por él fuera, ya me hubiera echado hace dos semanas, cuando lo supo todo y no estaría aquí, jugando al policía malo en esta conversación.

—Jefe, me disculpa, pero este tipo de humillación no la voy a tolerar. Si este señor dice, que va a prescindir de mis servicios, yo con mucho gusto lo hago, porque nadie tiene poder sobre mí.

Espeto con firmeza, ¡este me va a conocer!

—Doctora, no se precipite, mire que ahora, está muy difícil conseguir optómetra y…

—Doctor Wilmar, no se preocupe por eso, usted sabe, que yo consigo reemplazo fácilmente.

—Piénselo bien, por favor. Ni a usted le sirve renunciar, ni a nosotros nos sirve que otra optómetra vaya para Bogotá, ¡ese cliente la quiere a usted!, nos lo dejó claro con la negativa a las soluciones que le presentamos y hasta amenazó con retirar su cartera de usuarios, si usted no iba.

» Tal vez, Jairo no se expresó de la mejor forma, pero entiéndanos, que estamos en un punto en donde, ni usted cede, ni el cliente tampoco y lo más lógico es poder arreglar con usted, pues es empleada nuestra.

Suspiro.

Hace unos minutos, pensé que había respondido con impulsividad al despido de Jairo, pero con cada palabra de mi jefe, lo tengo más claro, ¡debo renunciar!

Esa explicación es totalmente clara para mí. Lo que he temido en estos días, ha sucedido: Javier está comenzando con su macabra insistencia y va con toda, al conminarlos.

¡Dios mío!

«¡El palo no está para hacer cucharas!»

Digamos que, ahora, no es un buen tiempo para renunciar, pero confiando en que me va a ir muy bien haciendo reemplazos o lo que sea que salga, debo seguir adelante con mi decisión, pues no quiero que Javier sepa en dónde estoy,

ni quiero que comience con su perseguidera en la empresa y que todos se enteren de mis cosas.

Así que, consiguiendo ser correcta con lo que pienso y quiero, digo con total tranquilidad:

—Mi dimisión la tendrá mañana en la mañana, aquí mismo en su escritorio, doctor.

Hablo dirigiéndome a mi jefe. Jairo exhala arrepentido por sus palabras y Wilmar me toma del brazo, para hacerme entrar en razón:

—Doc, no. Por favor, piénselo bien, aquí nadie la quiere echar, todo fue producto de la irreflexión. Usted ha sido una excelente empleada y no queremos que se vaya, como tampoco queremos, que ese cliente se nos lleve el porcentaje de usuarios.

Wilmar hace una pausa y mirando a sus colegas por aprobación, propone:

—Y, ¿si aumentamos su sueldo?, o lo que usted quiera, lo que sea; pero, por favor, sería solo esta vez y no más.

Niego lentamente en silencio. No entienden mi negativa y con toda razón, porque mis motivos no son laborales, pero ya que les dije, que voy a renunciar, veo muy necesario aclarar las cosas.

—Doc, sigo en pie con mi renuncia y puedo asegurarle, de que conseguiré reemplazo rápido y su proveedor no les va a quitar la cartera de clientes.

Respiro con firmeza, llenándome de fuerza, para seguir hablando y Jairo me interrumpe con gesto cansado:

—Doctora, sé que esto no debería saberlo, pues son manejos internos de la empresa y los empleados, no siempre se dan cuenta de las cosas que pasan tras bastidores, pero créame cuando le digo, que usted no conoce cómo pueden llegar a ser los clientes,

cuando quieren que las cosas se hagan solo como ellos lo desean, sino fuera por la intransigencia e importancia de este proveedor, no estaríamos aquí.

Asiento, entiendo que esto lo están haciendo porque ese es su trabajo, pero con el mismo tono de confesión, le contesto con gesto autosuficiente:

—Conozco a Javier Morantes, más de lo que ustedes pueden llegar a imaginar, doctores —Ante sus gestos de sorpresa y confusión, agrego—: Sé cómo puede llegar a ser, cuando se lo propone, créame…

Los noqueo con mi seguridad e intento que mis palabras, calen en lo más profundo. Quiero que entiendan, de qué es lo que estoy hablando, pues lo que vi de Javier cuando fui su empleada, es que consigue lo que quiere a como dé lugar.

—¿Qué quiere decir, doctora?

Es Wilmar quien pregunta, ante los demás que también desean explicaciones y no quedando de otra, procedo; total, acabo de renunciar.