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Llego al trabajo y cuando me siento en el consultorio, me tomo una pastilla para el dolor de cabeza.

La noche anterior no pude dormir bien, porque eché chisme con Gabriela en su casa, hasta la una de la mañana y hoy lunes, que debo trabajar, porque ya vi el mar de pacientes que hay, no puedo darme el lujo de enfermar, ¡eso sí que no!

Estoy prendiendo el computador, cuando suena mi celular alocadamente. Son varios mensajes de WhatsApp:

Iri, ¿cómo es eso de que no estás en Bogotá?

¿Cómo así que ya no vives con Javier?

¿A qué horas terminaron?

¿Sigues en la ciudad o viajaste?, dime, por favor.

Suspiro. Es Sofía y hasta ahora, caigo en cuenta de que, en este tiempo, no nos habíamos comunicado y mucho menos, me había despedido de ella y su familia, pero… ¿para qué?

Así que, cómo puedo, pues no tengo espacio para hablar, le envío un audio resumiendo todo, creo que de tanto que he explicado mi situación, ha sido fácil hacer un resumen de lo ocurrido y mientras veo en el chat, que lo debe de estar escuchando, comienzo a atender.

Luego de varios minutos, reviso el WhatsApp. Sofía ha dejado un audio de casi cinco minutos. Me río. Ya me imagino, qué debe de estar diciendo con su respectiva gesticulación y mientras digito algunos datos en el computador, me dedico a escuchar.

¡Me parto de risa!

«Es muy chistosa»

Dice que, no lo puede creer, que no había sabido nada de nosotros, porque se había ido de viaje con uno de sus arrocitos en bajo extranjeros, pero que, cuando volvió para el cumpleaños de su madre, decidieron llegar a la casa de Javier el fin de semana,

para planear lo de siempre y no lo encontraron.

Según Rosario, él se la ha pasado hibernando en el complejo todo el tiempo, que hay días que, ni va a la casa y con ello, se preocuparon y pensaron lo peor.

Aunque Marga, indica Sofía, intentó sacarle información, esta no dijo nada, ¡amo a Rosario!

Explica, que la reacción de su madre, como siempre, fue la de despotricar y que muy probablemente, yo tendría la culpa de esa actitud. Aquello, me da risa, pues más bien debe de estar muy feliz, de que haya terminado con su amado Javiercito.

Pero luego añade, que cuando lo vieron llegar solo al cumpleaños, nadie lo podía creer, ¡parecía un oso!

Sofía lo describe ceñudo, con una barba más larga de lo habitual, ¡vamos, como un auténtico hombre de las cavernas!

Y que le pareció muy extraño, porque Javier es de cuidar su aspecto y ya ni hablar de su genio, pues, ¡nadie se lo aguantó!

, ni siquiera Marga, que tanto lo idolatra.

También relata, que después de verlo tan deplorable ese día, lo siguieron hasta la casa, para averiguar qué era lo que le estaba sucediendo y cuando, a regañadientes de Javier, se enteraron que yo ya no estaba a su lado, ataron cabos de nuestro rompimiento y que, por eso, no lo estaba pasando bien.

Escuchar aquello, me toca las entrañas, pero totalmente inmunizada a ese sentimiento, lo ignoro, porque ya no me importa nada de lo que le pase. Sigo molesta por lo que ocurrió.

Me envía otro audio y comenta, que días después, habló con Rosario y aunque la tuvo qué persuadir, para que le contara lo sucedido, al final lo hizo, recalcándole que tenía que escuchar mi versión, pues de su hermano, dijo que no la pasa en casa,

porque a veces llega a altas horas de la noche alicorado o con rabia, a tirar las puertas, para no quedarse más de treinta minutos en ducharse, cambiarse de ropa y salir de ahí como si lo espantaran.

También indica la versión de Rosario que, aunque Javier no le ha dicho nada a ella de cómo se siente, sabe, por su sexto sentido, que sufre por mí y que esa hibernación que lleva en su empresa, es para no llegar a la casa que tanto le recuerda a mí, porque algunas veces,

lo escucha susurrar mi nombre en la noche.

¡De piedra!

¡Esto si no lo esperaba!

Una parte de mí, con todo este chisme, quiere saber más de él y se conmueve, pero nooooooooooooo, ¡ni mierda!, me da mucha pena por lo que sea que esté pasando, pero yo también tuve mi duelo y al parecer, a ese ni le importó y si ahora está sufriendo, pues fue porque él mismo se lo buscó.

Cuando termino de escucharlo todo, intento decirle, que no se preocupe, que Javier lo superará, pero Sofía que es muy Sofía, me intenta persuadir de que hable con él y aunque entiende, que el cabezota de su hermano es el que tiene la culpa, le duele verlo de esa forma, tanto así,

que hasta la familia ha intervenido para hacerlo entrar en razón, pero él no deja, ni siquiera a su madre, que ya se muestra muy preocupada.

¡Me río!, ¡de eso sí, que me río!

Sé que Sofía, con su diplomacia, quiere que vea a Marga como alguien comedido, que está en vilo por Javier y aunque, según me informa, fue su propia madre quien propuso que debían contactarme, para que su hijo vuelva en sí, comprendo que es mentira, pues fue la principal hater de nuestra relación.

Así que, por mucho que diga, que ahora la ex suegrita me necesita, lo está haciendo para hacerla quedar bien y no porque sea verdad.

Luego de dedicarle tiempo a los audios y de prometernos de que hablaremos con más calma otro día, nos despedimos, ¡los pacientes siguen esperando!, así que, sin más, dejo el celular a un lado y me dedico a trabajar.

Pasadas unas horas y cuando ya he podido estar al día con la agenda, me indica la recepcionista, llegando a mi consultorio, que vaya a la oficina de mi jefe. Ruedo los ojos, cuando se ha marchado, pues quería tener un poco de descanso al terminar con los pacientes, pero como que no se va a poder.

Por un momento, me quedo mirando la pantalla del computador asimilando lo que dijo y es inevitable sentir un escalofrío, pues es como un deja vu y solo espero, que no sea nada grave, ni alocado.

Con cierta duda, camino hasta la oficina y cuando mi jefe me indica, que puedo pasar, le sonrío y me siento.

—Doctora, ¿cómo ha estado?

—Muy bien…

Respondo escuetamente, porque me consume la curiosidad.

—Me alegra mucho. Pues, bien, no queriendo dilatar esta reunión iré directo al grano…

Hace una pausa con respiración profunda y suelta:

—Necesito que la otra semana, se prepare para viajar a Bogotá de nuevo, para realizar el mismo trabajo en JM Soluciones Empresariales.

«¡¿Quéééééééééééé?!»

¡De piedra!

Continúa, a pesar de que mi gesto se me ha ido al culo.

—La han solicitado a usted, precisamente, porque ya la conocen y porque quedaron muy satisfechos con su trabajo anterior, entonces…

Su voz se hace lejana, a la final si fue un maldito deja vu, pero mientras él se encarga de adornar toda esa información, yo más me aterro, pues significa, que ahí está Javier de nuevo, intentando contactarme después de cómo me trató y cómo cree que tiene el dinero y poder para hacerlo,

también cree que lo va a conseguir fácil, pero llenándome de rabia, pues ya sé por dónde va el agua al molino, lo corto:

—Muchas gracias, pero no, no me interesa.

Mi superior se queda viéndome, como quien ve a un perro a cuadros y arremete:

—Doctora, es importante que vaya, porque esa empresa es una de las más importantes que tenemos y no podemos negarnos a su pedido; además, es todo pago como antes y tendría posibilidades de quedarse por tiempo indefinido, es una gran oportunidad.

«¡¿Quééééééééééééé?!»

«¡¿Indefinido?!»

«¡¿Oportunidad?!»

Antes, eso hubiera sido lindo, pero ahora, ¡me horroriza!

Así que, volviendo a mi rabia, porque todo esto me recuerda la tragedia, asevero sin dilación:

—Lo siento, pero no. Ustedes no pueden disponer de mi tiempo, como si no tuviera vida aquí y mucho menos, ese gran proveedor. Me disculpa, pero no puedo aceptarlo.

Intento opacar la alteración que me ha causado, pero es tarde.

«¡Dios mío!, ¡esto no puede estar pasando de nuevo!»

Lo medita, pues en su gesto veo la decepción, la impotencia y me debo preparar, pues por cómo lo conozco, va a comenzar a persuadir o a manipular de cualquier forma. Yo, por mi parte, intento no implosionar de la rabia. No quiero viajar de nuevo, ni mucho menos quiero verlo, ¡Señor, ayúdame!

—Doctora Martínez, por favor, solo quiero que lo considere, mire que es un cliente importante y usted se beneficiaría también.

Suena casi a ruego y me sorprende, que no persuada, pero intuyendo que la razón que le di, sobre la disposición de mi tiempo, ha sido suficiente, me aprovecho de eso y me mantengo a raya.

—No me interesa.

Suspira.

Mi negativa le escuece y yo, para suavizar el ambiente, porque si sigo negándome de esta forma tan incisiva, hasta termine echándome, intento mediar:

—La única manera de poder colaborar, es buscando a un optómetra aquí que tenga disponibilidad de viaje o también, puedo conseguir uno en esa ciudad.

Tuerce la mandíbula, sopesando mis soluciones y al final asiente, pero no muy convencido.

Entonces, para finalizar con tan pesado ambiente, indica que va a plantearle aquello al proveedor, de modo que puedan llegar a un acuerdo, pues según mi jefe, fueron directos con la solicitud y tras asentir, salgo de la oficina con la respiración desbocada.

«Pero ¿qué es lo que me pasa?»

«¿No era que no quería verlo?»

«¿Por qué de repente, pensar en él, me sigue moviendo por dentro?»

Pues ni puta idea, pero me niego a volver a sentir algo por ese tipo y mucho menos, prestarme para su juego de nuevo, ¡no, señor!