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Ha culminado un mes, desde que pasó aquel calvario y retomé mi vida en Medellín.
Apenas llegué, aquel día, a mi casa, recibí la llamada de Wilmar indicando mis labores en la sede y aunque debo admitir, que tuve un poco de preocupación por lo que diría Javier, me sorprendí cuando explicó, que habían dejado un buen informe de mi desempeño, sobre todo el de los últimos dos meses.
Aquello me hizo sonreír, pues en esos meses hice de todo, menos trabajar.
Adaptarme de nuevo no fue fácil y al principio, iba de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, prácticamente, me convertí en un ermitaño, pues no quería encontrarme con nadie y que me preguntaran sobre nada, cuando había pregonado a los cuatro vientos, que me iba a mudar,
gracias al amor de mi vida.
Pero pronto, aquello de esconderme, fue un error, pues mis amigos, esos a quien les importo tanto, comenzaron a notar mi ausencia y poco a poco, les fui contando a cada uno lo que había pasado.
A Carlos y Samanta me los había encontrado en un simposio y cuando me vieron, a pesar de su sorpresa, no juzgaron, ni mucho menos, metieron el dedo en la llaga con la situación.
Me dieron su apoyo y aunque Samanta sí despotricó improperios hacia Javier, me dijo que las cosas pasaban por algo y, pues, a estas alturas, tiene toda la razón.
Carlos, aunque estuvo muy callado, para cómo es él con sus chistes, solo se interesó, en cómo estaba gestionando mis sentimientos y que no me apresurara en mandarlo al olvido, porque si en silencio, aún lo seguía queriendo, pues podría haber alguna solución.
Sus palabras resuenan, pues de quererlo, ¡claro que lo hago!, pero también explico, que el daño que nos hicimos, fue tanto, que no creo que vuelva a renacer nada de ahí.
Aun sigo dolida y ofendida con su proceder, pero el hecho de haberme distanciado, hace que sanar sea mucho más fácil y diciéndoles eso, no vuelven a tocar el tema, es más, después me invitan a planes alegres, que yo agradezco con el alma.
Sin embargo, la felicidad dura poco, porque cuando nos volvemos a ver, vuelven a la carga, Samanta con su odio y Carlos, muy interesado, en saber cómo está mi corazón y lo que siento por Javier, ¡qué pesadito se pone!
A Gabriela, ¡ni hablar!, ante mi ausencia, ella sí que llega a mi apartamento y cuando me ve, en cierto estado deprimente, no descansa hasta averiguar qué fue lo que pasó y como ya me siento más fuerte para contarlo, ella, a diferencia de Carlos y Samanta, arremete con toda.
Parece estar, más del lado de Javier que mío y eso sí, que me pone de mal genio, pues cuando le echo el chisme, de lo que nos gritamos en la oficina y la manera en que me ofendió, Gabriela, sin anestesia, resalta que eso mismo me lo busqué, por haberle ocultado cosas.
Por cómo traté a su madre, aun siendo aquella una arpía y que, definitivamente, es puro karma, por lo prejuiciosa que había sido con las personas por su lugar de origen.
Me recuerda con acritud, las veces que expresé, que los paisas no me caían bien por ser hipócritas, cuando me quejé de la pereza de los costeños en Cartagena, cuando ensalcé, que los extranjeros eran lo máximo por su físico e incluso, me pide, que me ponga en el lugar de él,
cuando se me ocurrió discriminarlo por ser rolo.
Inquiere, que todo en la vida se paga y que había llegado la hora, de que probara de mi propia medicina, al experimentar lo mismo que ella que, por ser venezolana, ha pasado por ese infierno y lo entiende.
¡De piedra!
Aquellas palabras, me llegan al alma, avergonzándome, porque, lo que he aprendido con creces, es que los prejuicios son una mierda y en su mayoría son falsos, pues los paisas, gracias a su amabilidad y a su ciudad llena de oportunidades, he podido progresar en mi profesión con su ayuda.
Con respecto a los extranjeros, aquellos que tenía tan endiosados, resultaron ser en buena parte, personas no tan buenas y que no eran nada de lo que aparentaban, pues gracias a ciertas referencias alemanas, se corroboran los hechos, así como una contraparte que se salva,
como lo son Enrique y Vladimir.
De los rolos, que, aunque fui muy déspota, me demostraron, que son personas muy cordiales, serias con su palabra y con un nivel de cultura únicos, que la verdad, quedé descrestada.
Eso sí, a pesar de que la madre de Javier echara todo eso por la borda, pues entiendo que, no soy nadie para juzgarla y mucho menos decirle a él, que era un hijo de puta.
Y ya ni hablar de los costeños, pues, sin importar si son perezosos o no, siempre vuelvo a la playa, muy amañada de su cordialidad y buen servicio.
Mejor dicho, no lo hice bien y entiendo que me lo merezca, porque incluso, todas las personas que han estado en mi vida, nunca me han recriminado mi falta de tacto o mal genio por ser santandereana.
Solo ese bendito momento, en que Javier lo mencionó, pero que así me duela reconocerlo, en parte tiene mérito y digo en parte, porque si bien, de donde soy, tenemos un carácter templado y carecemos de sutileza al hablar, también somos muy proactivos, trabajadores y alegres,
cualidades que mis amigos e incluso Javier, han puesto de primera mano, antes que mis defectos.
Cierro los ojos con dolor, ¡cómo me he equivocado!
, los prejuicios, todos, me revientan en la cara y suspiro; suspiro porque Gabriela ha acertado, pero también le hago saber, que estoy muy ofendida y que no pienso dar mi brazo a torcer, pues una cosa,
es aceptar que ahora pienso diferente con respecto a las personas y que gracias a lo que he vivido, puedo cambiar mi manera de ser y otra muy diferente, es justificar el proceder de Javier tan cortante y ofensivo, como para no escucharme y sacarme de su vida como si nada, ¡eso sí que no!
Ante eso, ella lo intenta comprender y aunque me pide con calma, que lo piense mejor, pues sabe que aún estoy enamorada, la corto con que no hay nada qué hacer, pues en este tiempo, ni me ha llamado y yo tampoco pienso hacerlo.
Hay que seguir adelante.
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En los siguientes días, Gabi se desvive por mí y hasta almorzamos todos los días juntas, eso sí, el tema diario son sus peleas con Luis, que ahora está peor que nunca, pues ha roto con una de sus noviecitas y está con un genio de los mil demonios y con eso,
tengo para entretenerme y dejar de pensar en lo vivido en Bogotá.
A Vladimir, pensé que podía ocultarle mi estado de ánimo, pero no, ¡imposible!, es demasiado observador y ya cuando me escruta con su mirada azulada, a lo espía de la KGB, le suelto toda la información.
Mi amigo me sorprende con su escucha y mucho más con su opinión, pues apuesta casi que su vida, a que vuelvo con él y agrega que, aunque estuvo mal lo que hice con su madre, si soy yo la que da el primer paso, puede que se arregle todo y sea feliz, ¡este la tiene clara!
Pero no. Le digo que estoy muy ofendida y que me importa una mierda su mamá, aquí la cuestión éramos nosotros y que Javier no me escuchó, punto final y Vladimir, que me escucha con paciencia, no entiende por qué los latinos somos tan orgullosos, pues todo se soluciona hablando y más en este caso,
que fue un malentendido.
De ahí en adelante, Vladi me entretiene casi todos los fines de semana, para que le ayude a organizar su apartamento, pues está tan cargado de trabajo y a la misma vez agradecido por eso, que no ha tenido tiempo de nada y yo también lo agradezco, pues necesito distraerme.
En fin, este periodo ha sido bueno, porque he tenido la mente ocupada, pues el trabajo está muy pesado para estas fechas de alta contratación empresarial y apenas si salgo puntual, pero cuando llego a mi casa en la noche, me permito recordar lo vivido con canciones de Carlos Rivera.
Lo extraño muchísimo, pues independientemente de lo que ocurrió, gracias a él, tuve una estadía increíble y lo poco que duró nuestra relación, fue muy bonita y bastante divertida, ¡en realidad hacíamos muy buena pareja!
Amé todo. Nuestro tiempo juntos, las visitas a los más de sesenta museos, los almuerzos en la Candelaria, hacer el amor en su oficina incansablemente, los postres en los parques, sus visitas guiadas cuando recorríamos las galerías, las rumbas en las zonas T, la subida a Monserrate,
así haya terminado mal; los domingos de misa a diferentes iglesias, los planes de televisión todo el día con pizza en la cama, las comidas de Rosarito…
En fin, ¡todo!, todo me doy el lujo de rememorar, en medio de la soledad de mi casa, pero cuando llega a mi mente la última discusión, se va a la mierda mi enamoramiento, pues la conclusión es que, no importa cuánto añore lo bonito que fue, si para él no fue relevante lo que vivimos,
no valía la pena seguir consumida, porque la muestra de su desinterés, es que, hasta el sol de hoy, no se había comunicado y eso ya era una clara señal, de que todo se había acabado.
Con el tiempo y para parar de martirizarme con lo mismo, lo hice a un lado, hasta tal punto, que llego tranquila a casa para cenar y dormir, eso sí, cuando no hay planes previos con mis amigos.
Lo único que me tiene pensativa, es que, en este tiempo, a los únicos que me falta por contarles lo sucedido, es a mis padres y de una vez tomo nota mental de no dilatar aquello, pues por el trabajo tan cargado que tengo, no he podido llamarlos.
Así que, continuando con mi vida y ya recuperada, sigo adelante con algunos cambios, pues ya no hay redes sociales, ni conversaciones cansinas con extranjeros, ni salidas de rumba agotadoras; creo que ya he superado esa etapa con madurez y disfruto más ir de compras a solas,
así no tenga una visa infinity, sino una platinum, que es igual de buena, para gastar en lujitos que me merezco.