Volverte a ver (Volver 1) 27
73%

27

═══════ • ♥ • ════════

No pude dormir.

Ante los pensamientos y los sentimientos que tuve anoche, sumado a la ansiedad de querer verlo ahora para aclarar todo, no pude pegar el ojo en toda la noche. Así que, cuando ya era hora de levantarme, lo hice con todo afán, para llegar a primera hora a la empresa.

Justo cuando iba a salir, como si tuviera un volador en el culo, me atajó Rosario con el desayuno ya servido, ¡qué linda es!, y como necesito calmar la ansiedad y tener estómago, para lo que se viene encima, decido hacerlo con lo que me quepa en la barriga.

Así mismo, le doy un rápido beso en la mejilla a esa señora de mil amores, que se está preocupando por mí y salgo a tomar un taxi, lo más rápido que puedo.

Como era de esperarse, el trancón hace de las suyas por toda la avenida Boyacá y parece ser que el conductor, tiene un imán para el tráfico pesado, pues, cuando le digo que intente esquivar cualquier embotellamiento, así deba meterse por calles inhóspitas, cada vez que lo hace, se arma un trancón,

¡Dios mío!

Al cabo de dos horas, llego al complejo y veo que, aunque me demoré por el tráfico, he llegado a buena hora, pues son las nueve de la mañana y ya hay movimiento por los alrededores, ¡de seguro él también está aquí!

Subo al ascensor y oprimo el botón hacia el piso en donde está su oficina. Los minutos son eternos y la ansiedad se acrecienta en todo mi ser. Apenas salgo del espacio, respiro hondo y veo al final del pasillo, mi objetivo.

Trazo mi meta de llegar ahí y que solo mis pies me guíen hacia ese bendito lugar, eso sí, sin tropezar, porque estoy tan ansiosa, que ni veo por donde camino. Cuando de repente, se me atraviesa Daniel.

—Hola, doc. Buenos días.

Escucho lo que dice, pero no digo nada. Mis ojos están clavados en la oficina del ingeniero.

Paso por encima de él, que se empeña en no dejarme pasar, pero cuando al fin lo logra, tomándome del brazo, me advierte:

—Doc, el ingeniero está ocupado y…

—Me importa una mierda.

Logro responderle sin aliento por lo rápido que voy, ¡necesito hablar con él!, pero Daniel vuelve a atajarme.

—Está reunido con personas importantes y no es pertinente que, entre ahora mismo, pero si quiere, puede esperar un poco…

En ese momento, se abre la puerta y varias personas trajeadas salen de la oficina y yo, que aún no quito la vista de ahí, sale Javier que me mira, cuando se despide de aquellos que se dirigen hacia el ascensor, acompañados de Sergio.

Su sorpresa, pasa como una estrella fugaz en sus ojos, para opacarla rápidamente, con la furia de verme.

¡Dios!

A duras penas logro conectar con él, que de inmediato, me quita la mirada y cierra de un portazo, cuando voy como un rayo hacia él.

Pero sin importarme Daniel, ni los trajeados, ni los empleados que miran la escena con la misma expectativa de show que antes, entro sin anunciarme, como un desolador tsunami y miro con rabia, a aquel tonto, que no me quiere escuchar.

—He venido a aclarar las cosas…

Siseo con furia a un Javier aparentemente tranquilo, que no despega sus ojos de la pantalla de su ordenador.

—Ingeniero, intenté cumplir su orden, pero…

Se explica Daniel bastante afanado detrás de mí y al estudiar sus palabras, puedo intuir que su orden era la de negarme el paso y no sé por qué sospecho, que eso mismo pasó anoche con la recepcionista del hotel, ¡qué mierda!

—No hay problema. Puedes retirarte.

Se dirige a su asistente, casi que en un susurro cargado de enfado y resignación. Cuando se va, me mira de arriba a abajo con sus despectivos ojos, esos que muy bien conocí anoche e inquiere:

—Y usted, doctora Martínez, sea breve con lo que sea que haya venido a decir.

«¡¿Doctora Martínez?!»

Suspiro. Tomo aire porque lo necesito, pues todo este trajín hizo que se me escapara el aliento. Así que, haciendo aplomo de mi enojo, intento no dejarme llevar por la emoción por muy imposible que sea.

—¿Dónde estuviste anoche?

Logro gesticular, porque la burbuja que se está creando aquí, no es precisamente de mágico amor, sino de un ambiente más duro que una roca y me está costando horrores hilar palabras.

—En donde paso mis noches, no es de su incumbencia, doctora.

—Si, lo es. Anoche estaba preocupada y muy dolida por tu partida sin escucharme y…

—¡Doctora! —alza la voz con irritación—. Recuerde que está en una oficina de JM soluciones empresariales y aquí, los temas que se tocan, son netamente laborales. No me interesa saber sobre su vida privada, así que ubíquese.

«¡¿Qué?!»

«Con que esas tenemos…»

Suspiro. Ese, “ubíquese”, lo sentí en lo más profundo del alma. Si este lo que quiere es ofender, la lleva clara, pero me paso su actitud por el culo, así que refunfuño:

—Me importa una mierda tu papel de jefe, pero hoy me vas a escuchar.

—También le voy a pedir el favor, de que modere su vocabulario, porque…

—Vladimir es un amigo y nunca me acosté con él, pero lo que pasó con Enrique…

—¡Doctora Martínez!

Vocifera y se coloca que pie. Ahora su grito es capaz de cortar toda palabra que sale de mi boca y nos miramos con desafío y rabia.

Al verlo con ese enojo, que le brota hasta la vena de su cuello, me acerco más a él y no sé porque siento, que ahora sí la sangre va a llegar al río.

—¡Ya le dije que aquí se tratan temas laborales!

—¡Escúchame!

—¡No me interesa!

Espeta y yo dejo de tener fuerzas, para seguir en esto.

Me siento tan humillada, tan cansada con su negativa, que la verdad, mentalmente, no puedo seguir en esto, pero él sigue con sus palabras cargadas de desidia:

—Su trabajo aquí hace tiempo se terminó. La empresa para la cual trabaja, ya está enterada de su proceso y pronto se comunicará con usted, para que retome las labores en su ciudad.

¡De piedra!

«¿En serio?»

«¿En serio me está devolviendo para Medellín?»

—¿Me estás echando, Javier?

El piso bajo mis pies tiembla y estoy totalmente obnubilada, por lo que acabé de escuchar, pero él que, al parecer, el dolor que siento, no le afecta, sigue:

—Cuando salga de aquí, Daniel le entregará las planillas, para que firme el recibido de su tiquete de avión hacia Medellín, hoy mismo.

¡Otra vez de piedra!

«¡Si, me está echando de su vida!»

Me quedo como una estatua asimilando toda esa información.

Me mira fijamente, pero ya no logro ver lo que su mirada dice, porque mis ojos se comienzan a empañar de lágrimas y negándome a que me vea de esa forma tan vulnerable, busco dentro mí toda la rabia que eso me está generando, pero con tristeza a partes iguales.

—¿Le queda totalmente clara la información?

Arremete sin empatía alguna, al verme en silencio.

—Te vas a arrepentir de lo que estás haciendo y…

—Si, doctora, tiene toda la razón. Me he arrepentido de varias cosas últimamente.

Afirma, volviéndome a mirar de arriba a abajo y siento que la ira, esa que me hace cometer locuras, se comienza a gestar de manera impresionante en mi interior.

—¡Eres un maldito hijo de puta!

—Desearía, que a mi madre no la metiera en esto. Aunque, por lo que me contó que pasó con usted, tuvo toda la razón, pues, ¿qué se puede esperar de una santandereana?, solo su deplorable genio y sucio mal hablar que…

Javier se calla de manera abrupta, por lo que acabo de hacer.

Tanta es mi ira, por todo lo de anoche, por todo lo que hoy está ocurriendo, por todas sus palabras hirientes y por toda su actitud de mierda, que mientras me clavaba sus malditas palabras llenas de odio, comencé a escrutar a su alrededor, algo para callarlo y lo primero que vi,

fue el bendito vaso de agua.

Desistí de la cachetada, no por mí, sino temiendo por su vida, porque el nivel de rabia que llevo es increíblemente alto y tampoco quiero, que me acusen de violencia física o en el peor de los casos, de algún crimen.

Así que, cuando dijo lo que dijo, metiéndose con mis raíces, de que todo lo malo que tengo, es por ser de donde soy, le aventé con fuerza el contenido del vaso que tenía en el escritorio y como ahora lo veo escurriendo, me importa un culo sus sentimientos, ¡él se lo buscó!

Ahora soy yo, la que toma las riendas de la maldita situación, porque me harté de sentirme víctima con la decepción.

He luchado por buscarlo, he venido a que me escuchara y, aun así, el muy imbécil se ha negado y hasta se ha dado el lujo de echarme de su vida como si nada, cuando ya habíamos hablado de quedarme a su lado siendo su pareja, pero viéndolo ahora, desde otra perspectiva, es mejor así.

Anoche sentí tristeza y hoy, ¡basta de sentirla!, ya lloré lo suficiente, como para darle espacio al enojo, que brota de mi interior.

Así que, con todo eso que acabo de desahogar, echándole encima ese vaso de agua, asevero:

—En tu vida, te vuelvas a meter con mi procedencia, de la manera como lo acabas de hacer. Porque, sí algo te puedo asegurar es que, si hubiera actuado como santandereana que soy, otra historia violenta hubiera ocurrido.

» Soy alguien civilizado, que ha venido a aclarar un maldito malentendido, pero a quién se le ha negado la oportunidad, oportunidad que tampoco vas a tener, cuando te des cuenta del maldito error que has cometido.

Se pasa la mano derecha por todo su rostro, quitándose el exceso de agua. Poco a poco su mirada vuelve a ser miel, pero le resto importancia a eso que me gusta tanto, porque estoy muy ofendida.

—Con respecto a tu queridísima madre y todo lo que te ha dicho sobre mí, sigues siendo un hijo de puta y ahora, con respecto a mi marcha para Medellín, tu tiquete de cortesía de tu complejo empresarial, métetelo por donde mejor te quepa.

Javier me mira ahora, con sorpresa magnánima.

Sé, por la forma en que lo hace, que no se esperaba esa reacción, pero aun así lo disfruto, pues quiero que se dé cuenta de lo que soy capaz, cuando me encuentran el bendito genio, genio que, según él, es deplorable, pero yo lo llamo excelente carácter,

por decir las cosas como son en frente de quien sea.

—Ah, y otra cosa… —agrego, buscando algo dentro de mi bolso—. Esto sí, que te lo puedes meter por el culo.

Siseo con rabia tirándole en la cara la tarjeta de crédito y finalizo, mirándolo de arriba a abajo haciéndolo sentir ridículo, por cómo se ve empapado y salgo de su oficina, con un empoderamiento que nunca antes sentí, podría decirse que es liberación, pero lo que sea que es este sentimiento,

se siente muy bien.

Cierro la puerta tras de mí y sin mirar a nadie, me dirijo hacia el ascensor, ¡no tengo más nada qué hacer en ese maldito lugar!, pero de la nada y como bien sabe Daniel aparecer, como por arte de magia, llega a mi lado y sin parar de caminar, me va indicando:

—Doc, lo siento mucho, pero debe firmar esto…

Me muestra el documento del recibido del tiquete, esperando por mi firma y sobre este, el tiquete de vuelta a Medellín.

Aquello me duele, pero sabiendo que Daniel solo sigue órdenes, me detengo por un segundo y le doy toda mi atención.

—Aquí.

Señala, cuando ve que tomo el tiquete entre mis manos, pero ahora es él, el que se queda de piedra, al ver que lo rompo como si nada y lo coloco sobre el otro papel, sin mi firma claro está y procedo a explicarle:

—Daniel, siento mucho este espectáculo y pido disculpas por hacer esto. Sé que cumples órdenes, pero no quiero nada que venga de esta empresa, así que no firmaré ningún papel, porque no quiero recibirlo.

Le entrego todo en sus manos y con pesar, lo recibe.

—Te agradezco por todo lo que hiciste por mí mientras estuve aquí, hiciste muy fácil las cosas y aun sabiendo que eran órdenes, te felicito, porque eres una persona muy diligente y excelente empleado. Te voy a extrañar bastante y cuando vayas a Medellín, me llamas y la pasaremos bien.

Sonríe con tristeza y me abraza, pero no lo dilato tanto como hubiera querido, pues no quiero estar un minuto más, en donde está ese bendito rolo, que me acaba de echar de su vida.

Así que, sin más, llego al ascensor y me largo de ahí, como si de aquello dependiera mi vida.

Me despido de los vigilantes de la entrada, les entrego mi carnet de identificación del complejo y tomo el taxi, ¡gracias a Dios, ya no hay trancón!

═══════ • ♥ • ════════

Después de una hora, llego a la casa de Javier, me recibe Rosario y yo al verla, me deshago en lágrimas. Rápidamente, ella me abraza y sintiendo unas ganas irrefrenables de que me escuchen, le cuento todo en llanto: lo que provocó la discusión de anoche y de cómo hoy, me ha echado de su vida.

Nada, no me guardo nada, porque a pesar, de que ya he terminado de llorar y no precisamente, por Javier, porque eso hice ayer y lo enterré esta mañana, sí tenía que desahogarme, ¡debía hacerlo o sino, iba a explotar!

No pregunta, solo me escucha y así lo agradezco, pues nada más quiero franquearme. Acaricia mi cabello y me aconseja, que le tenga paciencia a Javier, que suele portarse así de esquivo cuando tiene rabia, pero que, cuando logra recapacitar, se puede hablar con él y arreglar las cosas.

Cabeceo, me niego rotundamente a esa actitud. Me importa una mierda su tiempo de recapacitación, porque ya tuvo suficiente y, aun así, tampoco me dejó hablar, ¡yo no estoy para rogarle a nadie!

Mientras Rosario se va para la cocina a prepararme un té, yo, mucho más calmada, voy hacia la habitación a hacer mi maleta. Quiero irme antes de tener qué verlo de nuevo, aunque con semejante despedida, no creo que venga.

Abro el armario, en donde están todas mis mudas de ropa y suspiro. No voy a poder llevarme todo lo que compré y en el fondo, tampoco quiero hacerlo, porque sé que me va a recordar al rolo y como dije antes, no quiero nada de él.

Por lo tanto, tomo mi maleta y solo empaco, lo que inicialmente traje hace cuatro meses, antes de que empezara toda esta locura de vivir en la casita del CEO millonario.

Luego de casi media hora, arreglando mis cosas, Rosario me entrega el té y yo me lo tomo poco a poco escrutando la habitación, para que no se me quede nada.

Se sorprende, de que no llevo conmigo casi nada y yo le explico, que así lo deseo. Me pregunta, qué debe hacer con la ropa y le contesto que, si quiere, que la regale, que la queme o si hay algo ahí que le quede, pues que lo use.

Aquella bonachona mujer se ríe y me hace reír también, cuando comenta que, nada de ahí le serviría, pues hace mucho que pasó por mi edad y que su escultural cuerpo jovial, ahora es un recuerdo, ¡Rosarito es la mejor!

Saco mis cosas a la sala y mientras me sirve tortitas de lentejas, para que no me vaya sin comer, yo me dedico a buscar un vuelo, para así acabar con toda esta agonía, ¡señor, están carísimos!

Pero, como tengo dinero ahorrado, me doy el lujo de tomar uno directo y gestionar un taxi para largarme pronto.

Así que, confirmando el tiempo de espera del servicio de transporte, que indica que en seis minutos llegará, me despido de Rosario, dedicándole mis mejores palabras a esa señora tan linda, que me trató tan bien y salgo de ahí, metiéndome de cabeza al taxi que,

apenas cierro la puerta y como leyéndome el pensamiento, sale disparado hacia su destino: el aeropuerto.