Volverte a ver (Volver 1) 26 #2
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Javier se ríe y me reprocha con diversión, que eso solamente me lo busqué yo, pero cuando después de una hora subiendo, veo la hermosa iglesia, siento que todo ese desmadre ha valido la pena, ¡hemos llegado!

Así que, con mejor humor, entramos al Santuario del Señor Caído de Monserrate, hacemos una corta oración y me quedo viendo lo majestuosa que es aquella Basílica por dentro.

Escucho a varias personas hablar sobre su historia, pues cuentan, que ésta se construyó en honor a Nuestra Señora de Monserrate, que se encuentra en un monte cerca de Barcelona, España, ¡vaya!

Al salir, nos dirigimos hacia la parte de atrás, en donde se encuentra el mercado de las artesanías, compramos varias chucherías y yo me lleno de recuerditos, para mis amigos y mis padres, que les encantan esas cosas y como no, pasamos por los lugares,

en donde nos ofrecen tamalito con chocolate y panes recién hechos, pero como estamos muy llenos todavía, Javier promete que me traerá en otra ocasión, para desayunar, ¡qué lindo!

Se hace tarde y apresuramos el paso, porque de repente, se oscureció el cielo avisándonos de una gran tempestad y por cómo rugen las nubes, ¡nos vamos a mojar!

Al cabo de unos minutos, eso es lo que sucede, nos empapamos, porque nos tomó el aguacero a medio camino, bajando las horrorosas escaleras, que cuando nos montamos al auto, escurrimos agua por todos los lados.

Como raro entre los dos, cuando tenemos rabia, al final nos reímos y nos besamos, pues sí estamos de acuerdo, en que no fue una buena idea subir a esta hora y menos, para echarnos ese chapuzón.

Javier, olvidándolo todo, prende el auto y nos vamos rumbo a casa, ¡necesitamos secarnos!

Estamos por la avenida Caracas con dirección al norte, cuando entra la llamada de Sofía y como Javier tiene el altavoz conectado, se escucha, cuando ella dice:

—Hermanito, siento mucho no haber estado en el almuerzo de nuestra amada madre, pero es que imagínate, que estaba con mi gringo espectacular, empotrada en…

—¡Sofía!

Grita con autoridad, dejando ver su vena protectora de hermano mayor.

—Te aviso, que tengo el altavoz e Irina está a mi lado…

Se hace un silencio y yo no puedo contener mi risa, ¡Sofía es de las mías con el tema de los extranjeros!, y luego, comenta con diversión:

—Iri, me alegra saber, que estás en serio con mi hermanito, mis padres ya me lo contaron todo, pero te cuento que, ¿no sé qué le viste?, pues hay unos gringos que…

—¡Sofía!

Gruñe, pero esta vez con enojo y entiendo por qué, pues a mi amor, el tema de los extranjeros le carcome, pero como yo no puedo de la risa, meto el dedo en la llaga:

—Sofi, no te preocupes, que te creo a ciegas.

Suelto una carcajada. Javier me mira boquiabierto y me susurra eso de, “me las vas a pagar”, y yo le doy un beso.

—¡Ay, qué asco!, no vayan a comenzar sus cochinadas conmigo al teléfono…

—Pues, que sepas que así se siente, cuando comentas tus intimidades con esos gringos que, sabes perfectamente, no me caen bien y…

—Bueno, lo que sea…

Lo corta, pues sabe muy bien, que se le viene un sermón de hermano mayor con todas las de la ley y continúa:

—Llamaba, para desearles lo mejor y a Irina de nuevo, darle la bienvenida a la familia.

—Gracias, Sofi, eres la mejor.

—Bueno, chao, te dejamos. Estamos empapados, queremos llegar rápido y me distraes.

Interrumpe con afán.

—¡¿Empapados?! Pero, acaso, ¿qué estaban haciendo?

—Empapados de agua lluvia, hermanita malpensada. Hace un rato, estábamos en el cerro y…

—¡¿Monserrate?!

—Si, ¿por qué?

Cuestiono frunciendo el ceño, ante su vociferación.

—¡Ustedes están locos! ¡¿Qué hacían a esa hora ahí?! Acaso, ¡¿no saben que es de mal agüero ir con la pareja?!

Observo a Javier sorprendida, ¿en serio eso es un agüero?

—Madre lo recomendó e Irina quiso ir, ¿qué querías qué hiciera?

—¡Pues, no ir y ya!... En fin, los dejo y espero, que su relación dure muchísimo más, a pesar de eso.

Javier se ríe sin problemas, mientras que yo lo hago, con cierta dureza en mi mandíbula.

Ahora entiendo el gesto de Alberto, cuando Marga lo propuso y ni hablar precisamente, del suyo triunfante, cuando persuadí a su hijo y aunque me importan un pepino los agüeros, si debo admitir, que la maldita vieja la hizo muy bien, pues como sea,

quiere dañar la bonita relación que tenemos y eso no se lo puedo permitir.

—Son mitos sin importancia.

Apostilla Javier, que me trae devuelta al presente y los dos nos despedimos, pero quitando aquello de la mente, para no darle más vueltas, saco a colación otro tema en el tintero, con estudiada diversión de mi parte.

—Así que, por eso, no te gustan los extranjeros.

Rueda los ojos y con una sonrisa, confirma lo dicho.

—Es bueno, que me vayas conociendo…

Nos reímos y cuando quiero tocar lo otro pendiente, le entra otra llamada, esta vez de trabajo, supongo, porque quita el altavoz y manipula el audífono.

Al parecer, habla con Daniel y le da indicaciones, sobre la agenda de mañana, como también, lo de mi mudanza y la prórroga, que ya no será renovada por temas personales y cuando escucho eso, sonrío, ¡vaya, temas personales!

En casi una hora y media, llegamos a casa, ¡estamos muertos de cansancio! Así que, en tanto nos desnudamos, me explica que mañana debemos ir a la empresa juntos y que debo reunirme con Daniel, para que firme las planillas de entrega de mi puesto de trabajo y hacérselas llegar a Wilmar.

Escucho que mi celular suena con varias notificaciones, mi bolso está sobre la mesita de noche, pero lo ignoro, pues sigo prestando atención a Javier, quien se desespera por el sonido y me pide que lo atienda.

Sin embargo, entrando al baño para ducharme, le indico mejor que lo revise por mí, pues no estoy esperando mensajes de nadie y no tengo nada que ocultar.

—¿Cuál es la clave?

Pregunta desde la habitación.

—El día que nos conocimos en Cartagena.

—¿En serio?

—Si, ¿por?

Cuestiono divertida.

—Es la misma mía.

Me sorprendo y me río. Es increíble, lo sincronizados que estamos, ¡amo a mi Javi!

Me ducho y no me dice nada, ¿será que no acertó?

—¿Qué dicen los mensajes?

Termino de hacerlo con rapidez, pues al final, si va a ser, que nos conocimos en días diferentes y debe de estar desesperado, por las notificaciones

Por lo tanto, cuando decido salir del baño y decirle que la clave es, cero cinco once, por el día y mes que nos conocimos, lo observo como una estatua con mi celular en la mano y aunque me da la espalda, percibo su aura pesada, ¿qué le está pasando?

—¿Javi?

Lo llamo con cautela y él, al escuchar mi voz, se voltea lentamente, con su mirada enardecida de odio, enojo y decepción, devolviendo la pregunta en un gruñido:

—¿Quién es Vladimir?, y, ¿por qué te está diciendo, en este maldito mensaje, que quiere mostrarte lo que tanto te gustó?

¡De piedra!

¡De cemento!

¡De granito!

¡De mil colores, como los caracoles de la canción de Diomedes Díaz!

«¡No puede ser!»

¡Maldita sea!

Pienso de todo, totalmente bloqueada por lo que está pasando, pero cuando voy a quitarle el celular, inquiere de nuevo:

—¡Y también, quiero saber! ¡¡¡¿Por qué demonios, Enrique extraña tus besos y tenerte entre sus brazos?!!!

Esto último, lo grita enloquecido y yo paso de estar como estatua de piedra a temblar como gelatina.

Ha leído los mensajes que yo nunca borré, de hecho, nunca borro ninguna conversación, pero obviamente, al decirle que los revisara, aquellos le llamaron la atención.

Suspiro e intento hablar, pero Javier me mira con sus ojos iracundos, que ya no son miel sino castaños de lo oscuros que se le han puesto y yo tiemblo de la impotencia, mientras mi respiración se vuelve loca.

—Déjame explicarte…

Intento balbucear, pero al escuchar mi voz se desespera.

—¡¿Explicar?!, ¡¿qué me vas a explicar?!

Tira con fuerza el celular en la cama y refuta de nuevo:

—¡¿Que te sigues viendo con los malditos extranjeros en mis narices?! o, peor aún, ¡¿qué te has acostado con ese maldito español en mi ausencia, cuando me habías dicho que no tenías nada con él?!, ¡¿es eso lo que me quieres explicar?!

—Yo no… yo no me he acostado con…

—¡¡¡Mentira!!!

Vuelve a gritar energúmeno, que hasta Rosario nos golpea la puerta, para ver si todo está bien, pero los dos ignoramos ese llamado, pues, ¡ahora me urge aclarar esta mierda!

—No, Javier. Yo intenté explicarte, pero…

—¡¡¡Pero ni mierda!!!

—¡¡¡Escúchame!!!

Pierdo los papeles, gracias a la desesperación que me causa no poderle aclarar. Así que, aprovechando mi enojo, espeto:

—¡Hoy quise decirte eso, explicarte que, aunque parece otra cosa, yo…!

—¡¡¡¿Qué parece otra cosa?, Irina!!! ¡¡¡Los malditos mensajes son claros para mí!!! ¡¡¡Y más te vale que te calles, porque no te voy a creer ni una sola mierda que salga de tu boca, porque todo el tiempo mientes!!! ¡¡¡Mientes!!! ¡¡¡Maldita sea!!!

—¡¡¡No!!! ¡¡¡Así no son las cosas y me vas a escuchar!!!

—¡¡¡Ni te atrevas!!! ¡Porque no me van a valer las malditas excusas que tienes ahora por decirme, cuando precisamente, ya te había preguntado por esta mierda y me dijiste que no había sido importante!

¡Ahora resulta, que te revolcaste con ese hijo de puta, quien sabe cuántas veces y yo como un imbécil enamorado de ti!

Comienza a recoger su ropa y camina a grandes zancadas, para salir de la habitación y yo, que estoy muy enojada, impotente y decepcionada por su actitud, lo persigo desesperada por toda la casa, mientras Rosario nos sigue con gesto desconcertado y temeroso por lo que está sucediendo.

—¡¿Entonces, no me vas a escuchar?!

Arremeto a sus espaldas.

—¡No tengo por qué hacerlo!

—¡¡Estás equivocado!!

Grito e intento tomarlo del brazo, mientras abre la puerta. De reojo, Rosario se echa la bendición, ni ella cree la actitud de Javier ni la mía, pero no es para menos en esta maldita situación.

Entonces, al sentir mi toque, lo rechaza con desidia y clavándome su dura mirada con odio, sisea:

—De lo único que me he equivocado, es de abrirle las puertas de mi corazón y de mi casa, a una persona como tú.

Cierra de un portazo y yo me quedo dolida por sus palabras, viendo la puerta en mis narices a punto estallar en llanto.