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Al otro día muy temprano, llevamos a mis padres al aeropuerto y tras las felicitaciones por mi decisión, varios besos y abrazos de despedida entre todos nosotros, mis padres se fueron y yo no podía sentirme más extraña, pues estaba feliz pero la despedida, me dejaba cierto vacío que pronto,

Javier con sus mimos, llenó sin problemas.

Nos quedamos un rato dando vueltas en el aeropuerto, en cierta parte, ocultado mi molestia por el almuerzo en casa de la suegrita y cuando ya terminamos, nos sentamos en un café para hablar ahora de nuestro siguiente paso y de repente, siento que yo también debo hablar ciertas cosas.

Así que Javier indica:

—Bien. Ya que ahora estarás viviendo conmigo, quiero saber qué piensas sobre traer tus cosas de Medellín. Si quieres que Daniel se encargue o si quieres hacerlo personalmente. Lo que sea que estés pensando, por favor, dímelo y así solucionarlo.

Aquello me da alegría, pero un atisbo de tristeza aparece, pues eso significa que no veré más a mis amigos, sino por temporadas, pero también soy consciente, de que Javier me da lo que mis amigos no: amor de pareja incondicional.

Así que, queriendo finalizar esa etapa en Medellín de la mejor forma, le digo:

—Me gustaría hacerlo yo misma, para ver qué cosas traigo y cuáles no, también quisiera despedirme de mis amigos y avisar en el trabajo, que cambiaré de lugar de residencia, para ver si me necesitan aquí o…

—Sabes que conmigo no tendrías qué trabajar, ¿verdad?

—Lo sé, ¿cómo olvidarlo si tengo una visa para mi sola?

Ironizo y nos reímos, pero con ganas de dejarle claro todo, le explico:

—Sé que te ocupas de todo y me encanta que lo hagas, pero me aburro y si lo hago, es para aprovechar el tiempo.

—Bien. Hagas lo que hagas, sabes que te voy a apoyar, pero no descuides la poesía.

Sonrío, asiento y lo beso. Javier no puede ser más lindo que ahora, pues sabe con exactitud, que amo escribir.

—Listo. Sólo queda entonces, que me digas cuando vamos a viajar y…

—¡¿Cuándo, “vamos”?!

Replico incrédula.

—Claro. No te dejaré viajar sola y menos sabiendo que, cada vez que llegue del trabajo, encontraré la casa vacía.

—La casa no estará sola. Encontrarás a Rosarito.

—Rosario, aunque cocina fenomenal, no me da lo que tú sí.

—¿Sabías que eres un conchudo?

Le recrimino con diversión.

—Un conchudo que amas.

Nos besamos con pasión.

Parecemos dos lapas enamoradas y aunque eso sea fastidioso para algunos, ¡a nosotros nos encanta!, y cortando la burbuja mágica, procedo a contar lo que tengo atorado y aunque siento incertidumbre por su reacción, no puedo seguir dilatando más esto, así que, me aventuro:

—Javi, quiero contarte algo que…

¡Maldita sea!

¡Su celular!

Suena el bendito aparato y él me indica, en un gesto silencioso, que le dé un minuto.

—Hola, Madre, ¿cómo estás?

«¿En serio?»

«¿En serio es Marga?»

«¡Pero, acaso, ¿esa señora tiene un máster en interrumpir momentos importantes incluso a distancia?!»

Suspiro, asiento con paciencia y le doy todo el tiempo del mundo que requiere, para hablar con su amada madre, ¡qué fastidio!

, la cuestión, es que no sé cuánto tiempo pasa, que no puedo seguirle hablando, porque de un momento a otro, ya estamos en el auto rumbo a su casa, ¡no puede ser!

, y yo que quería disfrutar de Javier unos minutos más.

Llegamos y ahora es a mí, a quien le suena el celular, son mis padres avisando que acabaron de aterrizar sanos y salvos. Hablo con ellos y les cuento sobre el lugar en el que estamos. Me desean lo mejor y que sea paciente y si, paciencia es lo que voy a necesitar por toneladas.

Javier me observa, desde la entrada de la casa, al tiempo que, me paseo por el antejardín y le hago una señal, de que siga haciendo sus cosas, en tanto, culmino mi llamada.

Después de un rato, cruzo el umbral y me recibe Alberto, ¡ese hombre es un amor!

, su aspecto bonachón me da la tranquilidad que necesito, para enfrentarme a la arpía, así que sigo adelante y veo a la aludida, al fondo en el porche trasero, hablando con su amado hijo.

Me dirijo hacia allá y me sorprende, cuando dice:

—Hola, querida nuera, por favor, siéntate aquí.

Me abraza con la falsedad que yo solo sé, porque a ojos de los demás, en serio parece, que me amara. Me señala el sofá en donde está sentado Javier con un café en su mano y yo con cierta duda, lo hago.

«¿Qué es lo que está pasando aquí?»

Suspiro y le tomo la mano a mi novio, porque la verdad, conociéndola como la conozco, no sé qué contenga todo esto.

—Debo agradecerte, Irina, por haber aceptado la invitación en nombre de tus padres y tuya, pues quiero expresarles a los dos, mi mayor agrado y bendición en su relación…

Miro a Javier, al parecer, le ha contado lo que planeamos y está, increíblemente satisfecho, con las palabras de su madre, ¿en serio no se da cuenta de la ironía con que las dice?, o, ¿solo me la estoy imaginando?, sin importar las respuestas, Marga sigue:

—Me hubiera gustado, que las cosas se hubiesen dado de otra forma, pero…

—Madre, ya sé que hubieras querido una propuesta de matrimonio, pero que sepas, que apenas vivamos juntos, insistiré por otras cosas y…

Me mira con picardía y yo me atraganto con la saliva, para intentar sonreír.

El matrimonio no es que me sea indiferente, pero atarse a una persona de por vida, ¡eso hay que pensarlo muy bien!, y ni hablar del gesto de mi suegrita, pues no se lo esperaba y aunque, no le agrada mucho el tener

como nuera oficial dentro de una unión con su hijo, tiene que fingir, que le encanta la idea, porque le acaba de salir el tiro por la culata. Así que, carraspea su garganta y continúa con afanada sonrisa:

—Matrimonio, claro…, eh, pero bueno, de eso se hablará mucho, mucho, pero que mucho más adelante, ¿verdad?

—No lo creo.

Contesta con decisión y yo no sé, si morir de la risa o morir de la vergüenza.

Quisiera decirle, que se lo tome con calma, pero, ¡¿cómo?

!, si estoy a gusto disfrutando de las gesticulaciones de su madre, ¡está reprimiendo un desmayo!

, pero siendo sinceros, la rabia me puede más, pues esta señora, no nos ha dejado tener espacio, para lo que necesito y aparte de todo, se le da por colocar otro peso a la balanza con sus benditos temas; temas, que es evidente, no quiere tratar, pero que tenemos que fingir que nos gusta,

porque se le dio por inventar un almuerzo y demostrar su amabilidad de mierda con nosotros, ¡vaya, plan!

—La cuestión es que… —continúa, con cara de apuro—, quiero demostrarles mi agrado en esta reunión y espero que les guste el almuerzo, que con tanto anhelo he preparado…

La miro con desaprobación sin que Javier se dé cuenta, ¡qué conchuda y qué actuación ha hecho!, ¿amabilidad?, ¿agrado?, ¡a la mierda su teatro!, pero, por cómo me mira,

sabe que no le creo ni media palabra y me encanta saber que, entre las dos, nos sabemos leer los gestos.

Además, eso de que ella preparó el almuerzo, me da mucha risa, porque a leguas se nota, que las empleadas están curucuteando aun en su cocina, para tener todo listo.

Aquella es más terrible que solapada, ¡vaya, con la suegrita rola!, y anoto mentalmente, que esta mujer, va a ser una piedra en el zapato en nuestra relación, así que debo tener cuidado.

Al cabo de varios instantes, Alberto nos dirige al gran comedor y yo, al ver que no está Sofía, pregunto por ella y Marga explica, con su espectáculo rebajado e insufrible, que la desvergonzada que tiene como hija, se quedó a dormir anoche con quién sabe quién,

que no le contestó el celular en toda la mañana y que, como era costumbre en ella, no le importaba la familia.

Ruedo los ojos, ante sus lamentos, pero Alberto con gracia la detiene, pues no es necesario seguir el almuerzo con aquellas quejas.

Javier sonríe y almorzamos todos en un extraño ambiente tenso, supongo, porque no tenemos nada de qué hablar y prácticamente, tocamos temas tan banales, que ya parece que nos lo sabemos de memoria, ¡cómo extraño a Sofí!

Estamos tomando el té en el porche, luego de terminar, cuando Marga, con una emoción, que me escuece las entrañas, nos pregunta:

—¿Ya fueron a Monserrate?

Javier y yo negamos con la cabeza y como quiero y necesito irme de esta casa, a como dé lugar, le propongo a mí amor:

—¿Te parece si vamos?

—¿Ahora?

Indica frunciendo el ceño y Marga apostilla:

—Me parece una estupenda idea y Javi, recuerda que, Monserrate es un ícono de nuestra espectacular Bogotá e Irina, si va a vivir aquí, debe visitarlo, es más, si desean que su relación prospere, deben ser bendecidos allí.

Ante su desbordada alegría, no pasa desapercibido, el gesto de confusión de su marido viéndola, como si se hubiera vuelto loca, pero a mí me pueden más las ganas de irme y antes de que Alberto diga algo, yo interrumpo:

—Tu madre tiene razón, debo tener sentido de pertenencia por esta ciudad, que me está abriendo las puertas para vivir contigo…

La miro con cierta malicia y ella me devuelve el gesto, eso sí, sutil, porque es algo entre las dos y prosigo:

—Y, ¿qué más icónico, que el cerro para hacerlo?

Javier observa a cada uno de sus padres y luego a mí, que le estoy pestañeando como una niña, para conseguir lo que quiero y finalmente, expresa:

—Está bien, si es lo que quieres, entonces iremos. Me hubiera gustado hacerlo por la mañana, pero supongo, que ahora no sería mala idea.

Aplaudo con devoción y aunque el gesto de Marga es triunfante, asumo, porque me largo de su casa, me asombro al saber, que es en lo único en que concordamos, porque no quiero seguir ahí ni un solo minuto más.

Tras dejar a sus padres muy tranquilos y haberles agradecido, por tan amoroso almuerzo, nos vamos rumbo al cerro en su auto, eso sí, lo dejamos aparcado en un lugar seguro, porque por alguna razón que desconozco, el tren no está disponible y nos indican,

que solo se llegará subiendo los mil seiscientos cinco escalones a pie, ¡a pie!

, y yo, ya voy odiando el bendito plan, que se me ocurrió aceptar.