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Me levanto antes de que suene la alarma y esa es solo la señal, de que no pasé una buena noche.
Estaba sobrecogida por todo y aunque ya he asimilado, en cierta forma lo que pasó ayer, aún no gestiono cómo hacérselo saber a Javier y como si lo hubiera llamado telepáticamente, entra su llamada, ¡Dios mío!
Su voz es aterciopelada y me hace olvidar, por un momento, todo lo ocurrido.
Así que, me dedico a escucharlo. Me cuenta, que se han tornado difíciles las negociaciones con su socio, al parecer, pide porcentajes extravagantes y Javier está empeñado en hacerlo reaccionar con algo mucho más acertado, para que ambas partes ganen.
Apenas me cuenta eso, sé que lo va a lograr y se ríe a carcajadas, cuando le planteo, que puede enviarle a su socio, porciones de torta de chocolate, para que acepte el trato.
Se burla de mí y de mi voz de recién levantada, pero como tengo algo entre pecho y espalda, que no me deja respirar, al final, le cuento cómo conocí a sus padres, a su hermana y las compras para su cumpleaños.
Obviamente, omito la discusión con su madre, pues no creo que deba saberlo por teléfono y tampoco lo quiero preocupar, cuando sé que ya está estresado con su trabajo.
Al parecer, lo toma a bien, pero me reprende con fingido enojo, que no debo pasearme desnuda por la casa y en especial, cuando él no está. Quiere que lo haga, cuando esté él y sabiendo, que estamos totalmente solos en la casa.
Yo me excito, porque tengo varios días sin estar con él y porque la verdad, estaba muy acostumbrada a mis raciones de sexo matutinas y ya entrados en el tema, procedemos a tener una deliciosa llamada caliente, en donde, por su respiración, luego de varios minutos y frases morbosas,
sé que ha terminado al igual que yo, satisfecho por ahora de hacerlo a distancia, ¡qué rico es el sexo telefónico!
En medio de respiraciones entrecortadas, me cuenta, que es posible que llegue a Bogotá el sábado y yo me quedo estupefacta, porque ese día es su cumpleaños y no quiero, que se lo vaya a perder por negocios, ¡eso sí que no!
, pero rápidamente me tranquiliza y me indica que, si viaja el sábado, llegará en la mañana o sino, por muy tarde que lo haga, entonces irá directo al club, pues Sofía ya lo tiene al tanto de la fiesta.
Comenta, que debe alistarse, para verse de nuevo con su socio y muy a mi pesar, debo colgar, ¡noooooooo!, ¡ya quiero que esté aquí!, pero, pues así son las cosas y hay que esperar a que llegue.
Dejo el celular a un lado y de inmediato, entra un mensaje. Pienso que es Javier y casi me voy de bruces al piso para cogerlo, pero no, no es él, es Vladimir, que me escribe:
Has estado muy perdida todo este tiempo, pero cuando puedas, hazme una videollamada y te muestro algo…
Me entra la curiosidad y de inmediato hago lo que pide, ¡videollamada!, nos saludamos efusivamente y le pregunto en dónde está y tras hacer una pausa dramática, me muestra su alrededor y yo no lo puedo creer.
«¿En serio?»
«¿En serio, ya se mudó a Medellín?»
¡Señor Santo!, ¡¿cuánto tiempo ha pasado?!
¡Wow!, lo felicito mucho y por lo que me muestra, sé en qué sector está y él me lo confirma, pues se trata de Castropol, un exclusivo barrio en el poblado de Medellín y me alegra, que lo haya hecho ahí, pues cuando hablábamos sobre aquello, muchas veces se lo recomendé.
Cuando llega a su apartamento, porque estaba haciendo footing por los alrededores, me hace un recorrido virtual de su asombroso apartamento, ¡parece una mansión!, pues es un dúplex bastante amplio, en un piso treinta y dos y aunque tiene cajas repartidas por todo el suelo, se ve de maravilla.
Nos quedamos hablando por un rato, en donde prometo visitarlo, mientras le explico, que eso será más adelante, por todo lo que estoy viviendo con Javier, así que, no siendo más y cuando la curiosidad está totalmente satisfecha, colgamos prometiéndonos volver a echar el chisme.
¡Dios mío!, ¡vaya, mañana de llamadas y aún me faltan mis padres, para vernos hoy y hacer planes!
Entonces, los llamo y quedo con ellos de vernos en más o menos tres horas, pues, desde la casa de Javier, hasta el Hotel W, por el tráfico, sé que me demoraré terriblemente, ese tiempo, pero nada, es lo que hay y hay que aceptarlo.
Después de ducharme, vestirme y desayunar muy rápido, para ser puntual, llego al fin al hotel, luego de tres horas y media. Gracias a Dios, el trancón no estaba estático y fluía lo suficiente, como para no morir del fastidio, que suponen los trancones, ¡qué horrible!
Al traspasar el lobby, una voz, que ya conozco, me llama desde los ascensores.
—¿Irina?
Cierro los ojos con dolor, es Enrique y por cómo pasea su mirada deseosa en mí, siento que debo parar esto con la mayor diplomacia posible.
—Enrique, ¿qué más?
Se acerca a mí desplegando todo su encanto, pero que a mí no me turba y de repente, pasa lo impensable… ¡Me besa… en la boca!
¡De piedra!
¡De piedra y de mil colores!
«¡Bendito Señor, debo aclarar esto ya mismo!»
Así que, como puedo, me suelto de su beso y abrazo asfixiante, para decirle muchas cosas y mientras busco las mejores palabras, sin que se lo tome a mal, él me mira aturdido de que lo haya rechazado.
—Lo siento, pero no debemos… No debes besarme, porque… porque ya estoy con alguien y la verdad, es una relación seria.
Me estudia, como si fuera una vaca morada y luego, al comprender mis palabras, cierra los ojos con vergüenza.
—¡Ay, miarma!, ¡perdóname!, ¡no lo sabía y…!
Le tapo la boca con mi mano, sé que no lo ha hecho con mala intención y me gusta, que mi rechazo se lo haya tomado bien, por cómo pide disculpas.
Enrique merece la verdad, pues le estoy muy agradecida por las noches que compartimos en medio del aburrimiento, pero mi corazón pertenece a Javier y él tampoco merece esto, ¡no nos merecemos esto!
Entonces, el español, me abraza y esta vez, es diferente; es uno de amistad y cuando me invita a almorzar, declino, porque estoy aquí por mis padres.
Con todo el pesar, se despide de mí y yo, de cierta forma, me siento bien, de que se haya finiquitado esto, así no haya tenido trascendencia.
Una leve punzada en el pecho, me indica, que debo contarle todo a Javier. Se supone, que somos sinceros y nos comunicamos las cosas, pero aún no olvido, que le oculté información desde antes, además de lo que ocurrió con su madre y aunque no sé, cómo lo vaya a tomar, ¡debo ser sincera!
Voy directamente a la suite, donde están mis padres y mientras se terminan de arreglar, me quedo viendo la televisión.
Esta habitación, aunque ahora tenga las cosas de mis padres desparramadas por el suelo, me trae bonitos recuerdos, ¡ay!
, ¡cómo lo extraño!, y luego de rememorar con añoro, bajamos a almorzar al restaurante del hotel, porque como raro, está lloviendo de nuevo y no quiero, que mis padres se enfermen por el mal clima.
Así que, la pasamos muy bien en el restaurante y en el lounge.
Llego a casa, luego de una espectacular tarde y aunque estoy muerta de cansancio, tengo una sonrisa en mi rostro, ¡mis padres son lo máximo!
, voy directo a la habitación y me ducho, para luego, meterme desnuda en la cama e intentar dormir lo que anoche no pude por cómo me sentía, pero que hoy, con lo que compartí con mis padres, me siento mucho mejor.
Suena mi celular con varios mensajes de WhatsApp y leo:
Miarma, a pesar de lo que hablamos; besarte y tenerte entre mis brazos el día de hoy, fue deliciosamente exquisito, tu piel sigue siendo suave y ni hablar de tus labios. Así que, no te preocupes, todo está claro y no olvides, que tienes un amigo en Madrid, ¡cuídate, preciosa!
Este mensaje era innecesario, pero me gusta leer aquello de, “todo está claro”, eso es lo realmente importante, así que, omitiendo responder, porque está demás, voy al siguiente, que me pone feliz y triste a la vez:
Linda, espero que hayas compartido con tus padres, pues cierta visa me contó, que la pasaron muy bien y en realidad, me alegra mucho.
Te cuento, que mañana estaré volando hacia algunas tierras de los llanos orientales, en donde tenemos pensado hacer otro complejo empresarial y aunque no he gastado tu idea, de persuadir a mi socio con tortitas de chocolate, pronto dirá que sí, ¡lo sé!
Así que, mañana, es posible que no te pueda llamar durante el día, porque no habrá cobertura y quiero dedicarme de lleno a esto; sé que no te gustará la idea, pero me compensaré muy bien contigo, ¡lo prometo!, ¡te quiero y te deseo!
Pasa buena noche.
Suspiro, esto me deja un sabor agridulce, pero nada qué hacer, es lo que tiene ser la mujercita del CEO millonario y la verdad, quiero que estos días se pasen volando.
Intento no pensar en ello y me deleito recordando la llamada caliente de esta mañana, tocarme y luego caer rendida, tras un fuerte orgasmo, susurrando su nombre.
«Ahora sí, ¡a dormir!»