Volverte a ver (Volver 1) 22 #2
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Me quedo de piedra, asimilando toda la estampida de palabras, que Sofía expresó en un minuto y pienso que, aunque son parecidísimos físicamente, Javier y Sofía son muy diferentes en cuanto a personalidad.

Javier es calmado y lleno de paciencia, veo que, a su padre, pero Sofía es una ametralladora y un tifón lleno de energía, muy exagerada en sus gestos, algo parecida a su madre, para pavor de la joven.

Sonrío, para no parecer una estatua y me quedo procesando aquello de, “cumpleaños”, ¿en serio, es tan pronto?, ¡Dios mío!, ¡no lo sabía!, e ignorando, lo que anteriormente había pedido, antes de la parrafada, me centro en el tema realmente importante:

—Siento decirles, que no está, de hecho, se fue para Yopal y vuelve dentro de dos días.

—¡¿Qué!?

Vuelve a boquear la inaguantable y creo, que se vuelve a desmayar. Rosarito, como un soplo de aire fresco, llega con varias tazas de té.

—¡Oh!, eso sí que no lo esperábamos y…

—¡Increíble!, Mi Javiercito, ya no me cuenta nada y yo me tengo que enterar de sus cosas por otros.

Contesta mirándome con desidia los pies, pero, ¿esta mujer es siempre así de insoportable?

«¡Señor, lléname de paciencia!»

—Mami, ¡cállate!

—Sofía, por favor…

Alberto media con su característica calma.

—¡Entonces, díselo tú, papi!, porque yo sí quiero saber, qué hace Javi, previos días a su cumpleaños en otra ciudad, cuando sabe perfectamente, que venimos para planearlo. Irina tiene la información y mamá no deja de interrumpir con sus quejas.

Nos quedamos un momento en silencio, pero soy yo, la que les da tiempo.

Increíblemente, los prejuicios me vuelven a jugar otra mala pasada, pues en realidad, pensaba que esta gente emperifollada de tanto lujo, no tenía problemas en su vida y al final va a ser, que mis padres y yo, seremos la familia más cuerda aquí, ¡qué diferentes somos!

Pero, volviendo al presente, después de cavilar por mucho, todos me miran a la espera de más noticias, menos Marga que me ignora y yo respondo:

—Él sí tenía intenciones de estar aquí, pero hace días, viene fraguando un negocio y tuvo que viajar para concluirlo.

Sofía resopla.

—Bien, pues ni modo. Nos tocará hacerlo sin él.

Me observa a la expectativa y yo solo sonrío, acaso, ¿qué quiere que haga?, y al ver mi rostro, que oculta miles de preguntas, añade:

—Podemos ir todos, ahora mismo, al centro comercial y adelantar algunas compras para el menaje y… ¡Ay!, ¡Dios mío!, ¡debemos hacer la reserva en el club!

Esa mujer está imparable y yo, solo me quedo procesando, eso de, salir de compras, pero, ¡no puedo!, ¡debo ir con mis padres a almorzar!

—Sofía, lo siento, pero he quedado con mis padres en unas horas, para almorzar y creo que, aquello de las compras, lo deben hacer ustedes como familia, ¿no?

Pestañea, como si hubiera hablado en arameo.

—Pero, ¿qué dices?, ¡si ya eres parte de ella!

—¡Ay!, ¡Dios mío!

Berrea Marga, que ya la había olvidado y mirando a su marido con pánico, le ruega:

—¡Por favor!, ¡dile a tu hija, que deje de desvariar!

—Querida madre, te informo que si Javier trajo a su novia a vivir con él hace dos meses y no te consultó, es porque va muuuuuuuuuuuuuy en serio con ella y porque sabe, cómo eres con tus comentarios…

La joven disfruta haciendo sufrir a su madre cada vez y yo, ya debo reprimir ciertas risas, por la situación.

—¡Padre Amado!

La suegrita sufre, pero, ¡qué exagerada!

—Oye, por cierto, ¿cómo fue que pasó todo?

Vuelve a arremeter Sofía, con la pregunta que pensé, que ya había olvidado pese a su ametralladora verbal y cuando voy a contestarle, pero no con lo que quiere saber, sino con lo que realmente me preocupa, ¡encontrarme con mis padres!

, suena un terrible trueno indicando que lloverá esta vida y la otra también.

—¡Ay, Dios!

Murmuro y más me demoro yo, en responder algo, que en soltarse a llover.

—Con esta tormenta, creo que no podremos salir a nada.

Se entristece Sofía y yo creo ponerme igual.

—Yo debo ir con mis padres.

Musito bloqueada, porque me siento impotente de, si salir y mojarme o cancelarles, ¡no sé qué hacer!

Entonces, pasa lo impensable:

—¿Por qué no les dices que vengan aquí?

Propone Alberto con una sonrisa amable y yo lo quiero abrazar de la emoción. Lo que acaba de sugerir es muy lindo y sigo viendo muchas cosas de él en Javier, ¡el suegrito se ganó mi cariño!

—¡Lo que faltaba!, ¡almorzar con la chusma!

¡De piedra!

«¡¿En serio dijo eso en mi cara?!»

«¡Esta señora se está buscando una muerte pendeja!»

Su comentario me escuece y yo, aprieto la mandíbula.

Por mi gesto, se ha dado cuenta, de que se ha pasado y aunque ignora, que la sigo fulminando, los que sí lo notan, son Alberto y Sofía, que le hablan bajito, haciéndole caer en cuenta de su error; pero la maldita vieja es tan orgullosa, que no dice nada, es más,

sigue con sus improperios rebuscados y elegantes, como si no supiera lo que hace, pero para mí, insulto es insulto, se diga de la manera en que se diga y solo tengo en mente que, si ella continúa así, ¡la vamos a tener!

Así mismo, sacando la cara por mi familia, santandereana a mucho honor, sonrío con maldad, pues esta no sabe, que a un santandereano es mejor dejarlo quieto en cuestión de pelea y si guerra quiere, guerra va a tener y lo siento mucho por Javier, pero ella me buscó primero.

—Señor Alberto, qué buena idea me acaba de dar.

Me miran con alivio, piensan que, con mi sonrisa muy bien fingida, he pasado por alto los comentarios de Marga, pero no. Una cosa, es lo que creen, pero otra, es lo que pienso; así que, mal por ella.

Por lo tanto, llamo a mis padres, les comento rápidamente la situación y acceden, ¡qué lindos!

Corroboro con Rosarito, que haya suficiente comida y ella, muy amable y con su sonrisa, me informa que no me preocupe, que lo tiene todo controlado y yo, yo me relajo, porque todo está listo para el desmadre, que voy a provocar en nombre de la madre de Javier.

Me siento a terminar de tomar el té con mis suegritos y Sofía, que no deja de preguntarme todo, acerca de cómo conocí a su hermano y yo, yo comienzo con todo mi teatro, tirando puyitas, sobre cómo me trata él, sobre Cartagena, sobre cómo me trajo aquí y yo me deleito en los gestos de Marga.

Sabe, que lo hago a propósito y Sofía me sigue la cuerda, Alberto sonríe con diplomacia, le parecen muy expresivas mis declaraciones y ya cuando insinúo, por qué me trajo a vivir tan rápido, porque es lo que tiene ser buena en la cama, la señora madre de mi pareja, se quiere morir,

desaparecer y desmayarse mil veces y con ello, doy por terminada la sesión de tortura y solo espero que, con eso, no me vuelva a buscar el genio.

Mis padres llegan, los presento y almorzamos todos en paz y alegría, ¡gracias al Señor!

Mi padre conversa y Alberto le hace par en sus temas, pero mi madre, que es bien intuitiva, por mucho que Marga quiera buscarle tema con su sonrisa rígida, gracias al Botox, no le hace caso, ¡bien por mi mami!

Sé por sus gestos, que no le cae bien, pues mi suegrita, no es una buena persona, aparte de exagerada y fastidiosa, pero eso no le quita lo educada.

Sofía y yo, que hemos congeniado tan bien, hablamos sobre los planes de fiesta. Tiene muchas ideas y al final, decidimos llevar las riendas de la planeación, para molestia de Marga, ¡bien!

A las cinco de la tarde, mis padres deciden irse, porque quieren descansar y aunque me entristezco, me consuelan de que no me preocupe, pues ya saben del alboroto con Sofía y los planes de compras esa misma noche. Quedo entonces, de verlos en otro momento, ¡debo aprovecharlos al máximo!

Aunque intento persuadir a Sofía, para que aquello de las compras, sea mejor para el otro día, se empeña en querer hacerlo hoy mismo, ¡qué arrebatada!, y apenas mis padres se van, convence a los suyos de que se queden en la casa, mientras vamos al centro comercial.

Gracias a Dios, la lluvia ha cesado y cuando llegamos al Centro Comercial Andino, me quedo de piedra con la mandíbula desparramada en el piso, ¡qué bonito es!

, se nota a leguas que es exclusivo, muy lujoso y Sofía comienza, como una niña pequeña a despeluchar su visa signature que, aunque no es de tanto cupo como la de Javier, es igual de costosa.

Creo que, después de dos horas, en donde ha comprado más para ella que, para la fiesta de su hermano, eso sí, luego de hablar con sus influyentes contactos, para realizar el evento en el club de siempre, donde va el ingeniero a practicar tenis,

mientras nos tomamos una refrescante bebida en Juan Valdez, Sofía se da por bien servida y nos montamos en su Porsche último modelo de vuelta a casa.

Con un poco de intimidad en el auto, pues con tanto afán, no habíamos podido hablar para conocernos mejor, me comenta en tono muy íntimo, que supo lo que hacía con su madre, mientras tomábamos el té, pero no me corrige, por el contrario, me felicita, porque no había visto a nadie, hasta ahora,

que se le enfrentara de esa forma.

Yo omito hablarle, de lo que en realidad me ofendió y me entiende, pues así, no tengo que aclarar nada.