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Tristeza. Soledad y mucho aburrimiento.
Eso siento, luego de ver partir a Javier a su oficina y de ahí, va a hacerlo para Yopal a cerrar su negocio. Me gusta que le esté yendo bien en su trabajo.
En este tiempo conociéndolo, me he dado cuenta de que es muy dedicado, responsable y entregado, a las cosas que conoce y sabe hacer muy bien y ya entiendo por qué, se le hace fácil persuadir e insistir con las cosas que realmente le importan, pero soy increíblemente egoísta,
como para sentirme totalmente plena en este momento, ¡lo extraño!
Luego de pasar un espectacular lunes, al lado de mis padres y que, gracias a ellos, disiparan el mal sabor, porque Javier se fuera a su trabajo, fuimos a varias partes de la ciudad, para que conocieran la capital y se llevaran un bonito recuerdo.
Prácticamente, me tocó convencerlos muy bien, de que en la suite iban a descansar mejor, porque se negaban a dejar el hotel que habían conseguido, pero siendo también insistente, les dije que la merecían y hace unos minutos, cuando hablé con ellos por celular, ¡me agradecieron el cambio!
, ya sabía yo, que la camita y todo lo que hay en la habitación, les iba a gustar, ¡qué bien!
Quedo con ellos al mediodía para ir a almorzar. Había pensado en traerlos a casa de Javier, pero se merecen planes, en donde puedan conocer más sitios. Entonces y por ahora, ese es el único plan que tengo por hacer.
Hago mi rutina de siempre, eso sí, desnuda por toda la casa; luego de hacer mis ejercicios en el gimnasio, coloco musiquita bailable y bastante movida. Después de llamar y buscar a Rosarito por toda la casa, me doy cuenta de que no está y yo le subo más el volumen a la música.
Canto a grito herido y cierro los ojos, para experimentar mejor la sensación, que me envuelve al bailar como una descosida en medio de la sala, ¡eso es lo que tiene, llevar el sabor en las venas!
No sé cuánto tiempo pasa, que apagan la música por comando de voz y me quedo en shock.
—Pero, ¿qué mier…?
Voy a soltar cincuenta mil improperios, pero me atropellan los ojos atónitos de una pareja mayor, por verme en mis fachas en la sala.
Trago fuerte.
Parece ser, que mi pasión es ir mostrando las tetas y el culo a todo el mundo aquí, como bienvenida, ¡esto no puede estar pasando!
«¡Dios mío!»
Es lo que grito en mi mente, porque por la pinta que tiene este par, de ropas caras y bronceado veraniego de un maldito crucero, me doy cuenta, de que son los padres de Javier.
El hombre, luego de verme las tetas, tiene su vista clavada en el suelo sin saber qué gesto hacer y su mujer… ¡Dios mío!, ¡esa sí, que no sabe en dónde meterse!, pues le ha faltado echarse la bendición más de mil veces, como si estuviera viendo al mismísimo diablo.
Yo, cuando soy consciente de su terror, miro a mi alrededor y me tapo con lo primero que encuentro, un cojín.
—Lo… Lo siento mucho.
Balbuceo, mientras siento arder de vergüenza. Esta vez, está siendo peor, que cuando pasó con Rosarito y mis padres, ¡Sangre de Dios!
—Muchacha, pero, ¿quién eres?, y, ¿por qué estás en paños menores?
Cierro los ojos con dolor, por como él dice aquellas palabras y entiendo que, la buena imagen que quería darles, se ha ido por la taza del inodoro.
—De verdad, lo siento mucho, no sabía que vendrían y… y…
«¡Aaaaaaahhhhh! ¡No sé qué más decir!»
—¡Ves lo que te dije!
Vocifera la elegante mujer a su marido, que traga fuerte ante el llamado.
—Te dije que, algo me decía a mí, que debía venir antes de lo planeado.
—Marga, no es para tanto y…
—¡¿Que no es para tanto?!
Grita la madre de Javier a punto de volverse loca y su marido rueda los ojos de manera cansina. Por ese gesto, veo que no es la primera vez, que le aguanta una cantaleta de este tipo.
—Esta desvergonzada está en la casa de mi querido hijo, como si fuera suya y, me dices, ¿qué no es para tanto?
Hace un gesto, como si se fuera a desmayar y yo quiero, que la tierra me trague. No por el show de aquella insufrible, sino por el problema que siento, que le voy a dar a Javier por esto, ¡y tan bien que él se ha portado con los míos!
Todos le prestamos la atención que demanda, ayudándola a sentar en el sofá y yo, luego de tanto teatro, apenas me vuelvo a dar cuenta, de que sigo desnuda aferrada al cojín, como si fuera un salvavidas, pues aquella con sus exagerados aspavientos, me lo recuerda,
indicándome que no la toque y mucho menos, que le restriegue mis tetas en la cara.
Toma aire y no para de gritarme mil cosas, a cuál más desagradable cada una y aunque la del error fui yo, comienzo a sentir mucha rabia, de no poderle responder como quisiera por respeto, pues, ¡a mí sí me enseñaron a hacerlo!
El hombre, consciente de mi gesto que se ha oscurecido, me mira con dolor y cuando me está indicando que vaya a ponerme presentable, entra a la casa, como un huracán lleno de ímpetu, una mujer joven, que inmediatamente, identifico como mi cuñada, pero, ¡si es que son igualitos!
, seguida de Rosarito, que se coloca roja como un tomate, al identificar aquella situación tan conocida para ella.
La castaña, con mucha energía y bajándose las gafas de sol para verme, porque yo sigo aquí en la sala con los pies pegados al suelo, veo que clava sus ojos miel iguales a los de Javier en mis tetas y sonríe, ¡vaya!, ¡de nuevo ellas le dicen, “hola” a otra persona!
—Definitivamente, cuando me llamaron para llegarle de sorpresa a Javi, me imaginé de todo, menos esto.
Intenta ser divertida en medio de la vergonzosa situación en la que estamos.
¡Dios!
Ignora a sus padres, que están en el sofá y viene directo hacia mí, mientras Rosarito, en menos de nada, le da un vaso con agua y azúcar a la exagerada madre de Javier.
—Mucho gusto. Me llamo Sofía, soy la hermana de Javi… Oye, por cierto, ¿son naturales?
Estoy atónita, ¿en serio bromea conmigo en este momento?
—Un placer, me llamo Irina y si, son naturales.
Contesto como un autómata, aun con mis pies pegados al suelo, porque soy incapaz de moverme por la vergüenza y la situación que, a cada que pasa, se vuelve más irreal.
—¡Qué envidia!, las mías son plásticas, pero ni por mucho que quisiera, se verían de esa forma.
—¡Sofía!
La reprende su madre, intentando de nuevo, atraer toda la atención sobre ella.
—Acaso, ¿te importa aquella desconocida más que tu propia madre?
La joven la mira y por como lo hace, no se cree mucho aquel teatro y para mi sorpresa, indica:
—A ti ya te conozco, mami, y por lo que veo, no dejas de hacer tus numeritos…
Luego me mira, para añadir:
—En cambio a ella, sí que me gustaría conocerla, porque si está aquí, es porque puedo asumir, que somos cuñadas.
—¡Dios mío!
Boquea la mujer amagando otro desmayo y Rosarito que, con diplomacia e inocencia de siempre, comenta en su bonito acento pausado:
—La señorita Irina es la novia del Joven Javier y lleva más de dos meses viviendo aquí.
—¡¿Novia de Javier?!, ¡¿esta indecente?!
Vuelve a gritar la suegrita que, poco a poco, se está ganando mi odio.
—¡Vaya!, Hasta que por fin alguien sacó a mi querido hermano, de su eterna soltería, ¡qué bien!
—No puede ser…
Sigue gimoteando, hasta que se apaga su voz y, ¡ay!, ¡esta vez, sí se desmayó!
Todos van a su ayuda y yo, que ya puedo despegar los pies del suelo, me deshago del cojín y aprovecho para ducharme y cambiarme, ¡necesito estar presentable!, eso sí, con mis mejores ropas y salgo para dar mi mejor cara, como si nada hubiera pasado.
Mientras veo a Rosarito ajetrear en la cocina, los demás están en el porche trasero, dándole aire a la madre de Javier que, al parecer, aún no se recupera del todo.
Me lleno de valor, pues merecen que les dé la cara, una buena y no precisamente, mis tetas que, aunque hayan tenido visto bueno por parte de mi cuñada, no es como para andarlas mostrando, ¡debo hacerlo por Javier!
—¿Cómo sigue?
Pregunto con cautela, mientras la aludida me dedica una mirada seca de reojo, volviendo a su teatro. Su marido le tiene la mano y Sofía está a su lado, viéndola de manera divertida, pues intuyo, que no es la primera vez, que disfruta de esos espectáculos.
—No te preocupes, siempre hace eso, cuando algo relacionado con Javiercito, ocurre. Entonces, tranquila, hoy no va a haber funeral.
—¡Dios mío, Sofía!, pero, ¡¿qué cosas dices?!, ¡acaso, ¿ya quieres que me muera tan pronto?!
Se queja en tono lastimero y luego, se dirige a su marido:
—¡Oh, por favor!, ¡dile a tu hija que se comporte!, que ya es suficiente con la desfachatez que acabó de suceder, como para que otra me saque más canas, ¡Oh, señor!, ¡¿por qué me diste una hija tan problemática?!
Alza la voz al cielo, como si en realidad, Dios tuviera la culpa de su situación y yo, ya me voy enterando de varias cosas.
—Sofi, intenta no molestar a tu madre, por favor.
Interviene con calma y la aludida rueda los ojos con diversión. Entonces, como no quiero más drama familiar, meto la cucharada:
—Siento mucho, esa primera impresión, de verdad, fue sin ninguna mala intención.
El padre de Javier sonríe y parece ser que, con él, va a ser más fácil el trato, ni decir con Sofía que, gracias a mis tetas, ya la tengo en el bolsillo, pero su madre, ella sí que me lo va a poner bien difícil.
—Ya te dije, que no te preocuparas y mejor cuéntanos, ¿qué es lo que ha pasado en este tiempo?, porque nos hemos perdido de mucho, ¿eh?
Apostilla con picardía, para horror de su madre, que la fulmina con los ojos y antes de que pueda contestar, añade, como acordándose de algo:
—¡Oh!, pero primero, las presentaciones; cómo te darás cuenta, ella es mi quisquillosa madre, Marga Caicedo de Morantes, es un poco dramática y…
—¡Sofía!
Grita Marga, pero la aludida la ignora y continúa:
—Él es Alberto Morantes, el mejor padre del mundo, por cierto, y yo, Sofía, tu cuñada que, como ves, hemos venido, porque este fin de semana, celebraremos su cumpleaños y como bien has sabido, mi hermanito es de su entera preferencia, tanto que,
no pudo esperar para venir a verlo y detallar su fiesta cuanto antes, ¿sabes a qué hora llega?