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Han pasado dos semanas, desde que acepté vivir con Javier.

Luego de varias peleas, que terminaban en sexo acalorado, nos pudimos poner de acuerdo en algunas cosas, que ayudaran a mejorar la convivencia entre los dos.

Vive en un exclusivo sector del norte de Bogotá que se llama, Altos de Hierbabuena, en un bonito y sofisticado conjunto residencial de casas domóticas e inteligentes.

La primera vez que llegué, no dejaba de arrastrar mi mandíbula, al ver que todo se manejaba por sí solo, ¡ni siquiera aquel aparato llamado, “Alexa”, le daba por los talones a semejante tecnología!

La casa, prácticamente, hablaba. Decía el clima del interior, del exterior, los alimentos que tenía en la nevera y lo que faltaba por comprar, además de encender y apagar las luces de la casa automáticamente, cuando el nivel de oscuridad lo requería y la intensidad lumínica,

se podía regular por comando de voz.

La cocina, que también tenía todo lo inimaginable, en cuanto a aparatos electrodomésticos se trataba, estaban enlazados con aquella inteligencia y algunos de ellos, se manejaban por comando de voz o te avisaban, cuando estaban listos los alimentos, en el caso del horno eléctrico, por ejemplo.

¡En fin!, una casa maravillosa y la verdad, no puedo negar, que me ha gustado jugar a la casita con el CEO, que se ha portado increíble conmigo.

Me he metido muy bien en el papel de esposa millonaria, pues, como apenas si algo se hace en esta casa, porque hasta la limpieza la hace un disco robot programado, entonces, me doy el lujo de estar todo el día en la cama y para cuando llega Javier en la noche, hacemos el amor incansablemente,

hasta altas horas de la noche.

Hasta me doy el lujo de seducirlo en las mañanas aprisionándolo con mis piernas en medio de mí, para no dejarlo ir a trabajar.

Ni resistencia pone el ingeniero que, con un par de llamadas, delega todo su trabajo y pasamos día sí, día también, ya sea discutiendo, en sexo desenfrenado o pidiendo comida a domicilio, para nunca salir de la habitación principal viendo series de televisión, ¡me encanta!

De hecho, de un tiempo para acá, han pasado las cosas más divertidas, porque no sólo es pereza, cuando no quiero que Javier trabaje, también llega la hora, en donde debe irse a manejar las cosas que debe como gerente y me entristece saber, que así despliegue todos mis encantos para que se quede,

no hay poder humano que dé brazo a torcer, es más, cuando me dice entre risas, que alguien debe pagar por la visa infinity, yo le tiro las almohadas, pero, ¿este quién se cree?

, ¡si me quiere a su lado, pues, que pague por ello!

Una vez, que decido salir de la habitación, para conocer la casa y tratar de manejar con mi comando de voz, ese que Javier programó, todo mi alrededor; me paseo desnuda, presumiendo mi figura que, gracias a Dios, con tanta comida y pereza todos los días, no se ha dañado y veo que,

también hay un gimnasio, ¡bien!

, ¡porque, así tenga genética privilegiada, hay que cuidar la salud!

Pero de piedra me quedo, cuando me devuelvo a la cocina por un vaso de agua y observo a una mujer que, por su atuendo, obviamente, es la señora del servicio que, al verme en semejantes fachas, como la naturaleza me trajo al mundo, sale corriendo y yo, yo me quedo estupefacta,

porque no tenía ni idea de que Javier tuviera empleada.

Cuando ambas salimos del estupor y yo, ya estoy mucho más presentable, Rosarito, que es como se llama la mujer, resulta ser un amor de señora de unos cincuenta años, bajita y repolluda apapachable, que me explica que, si antes no la había visto, era porque estaba de vacaciones en su ciudad natal,

Tunja, y eso me lo confirman también, sus cachetes rojos y regordetes.

Así mismo, me cuenta que, Javier ya le había hablado de mí, de las cosas que me gustan y que ella ha comprado, para tenerme feliz: helados, galletitas y postres de todos los sabores, ¡qué bonita es!

, y yo, yo abro la boca de la emoción, ignorando el hecho de que no me habló de ella y por eso, ¡pasó lo que pasó!

Y aunque la convivencia con Javier, en cierta forma, es fácil, porque casi nunca está, Rosarito, si acaso se siente en esta mansión, porque tiene su espacio personal al lado de la cocina, que no interfiere para nada con el resto de la casa y yo, que hasta ahora todo me ha parecido excelente,

me comienzo a aburrir y le cuento a mi maridito en las noches, que debo hacer algo o si no me enloqueceré.

Se parte de risa, cuando le cuento lo que pasó con su empleada y luego me dice, con su tono sarcástico, que es imposible que me aburra con una visa infinity, ¡oye!

, pero, ¡¿este se quiere buscar una muerte tonta por cómo contesta?

!, ¡lo quiero y lo odio a partes iguales!

, pero luego se recompensa, proponiéndome a hacer las cosas que siempre he querido y que por falta de dinero o incluso de tiempo no hacía y, ¡vaya, que tiene razón!

Definitivamente, algo que comienzo a hacer más seguido, es usar el gimnasio y ya ni hablar tiene, que el ingeniero lo apoya a ciegas, porque disfruta de los resultados obtenidos todas las noches sin reproche alguno.

Le he dedicado millones de minutos a la poesía, tanto así, que he decidido comenzar un libro, para ver si me apunto en algún concurso editorial y en eso, sí debo agradecer que esté en Bogotá, pues por ser una ciudad tan culta, que apoya al artista, toman muy en serio este tipo de producciones;

así que, me pongo manos a la obra.

Hablo también con Wilmar y aunque no le cuento, que tengo ahora mi vida de, “esposa perfecta”, le miento, que me sobra tiempo en el trabajo de JM y que puedo hacer tele consultas.

Mi jefe salta en una pata de emoción, porque a la mayoría de optómetras no les gusta hacerlo.

Lo ideal es una consulta presencial, pero lo bueno, es que está enfocada a asesorar, más no a diagnosticar y eso ayuda muchísimo, pues hay sectores del país, en donde no hay cobertura de salud visual y si se hace por este medio, sigue siendo una bendición y ya que tengo la disposición y el tiempo,

dice que ayudaré a disminuir la carga en esa área, ¡por mí, perfecto, porque hay remuneración!

En otros tiempos libres, me doy los lujitos que no pueden faltar, como despeluchar la visa en ropa, zapatos, sesiones de spa y uno que otro conjuntito de lencería sexy, que Javier agradece con sus incontenibles gemidos y noches de sexo sin control, ¡debo mantener al maridito muy feliz y satisfecho!

En algunas ocasiones, Javier logra sacar tiempo también para nosotros y me da a conocer la ciudad, sus alrededores y muero de emoción, cuando damos un paseo en el helicóptero de la empresa, ¡Wooooow!

, aunque no fue divertido recordar lo que le pasó meses atrás, por lo menos el piloto asegura, que el aparato ahora está en perfectas condiciones, ¡gracias a Dios!

En un momento, del espectacular domingo que estamos pasando, al acompañar a Javier al Club Campestre Guaymaral, porque tiene práctica de tenis, me dice que pronto iremos a conocer a sus padres y yo me quedo de piedra, como solo él sabe hacerlo, ¡Dios mío!, ¡sus padres!

Que te presenten a los padres, es porque la cuestión va en serio y yo, aunque me siento muy feliz de que así sea, pues siempre ha sido muy sincero conmigo, me da miedo, pues poco a poco se acaba el tiempo de mi prórroga laboral y yo también debo tomar la decisión de mudarme, ¡Dios mío!

, en serio, ¡¿haré todo esto por él?!

No me queda duda, de que se lo ha merecido y me siento muy amada, pero, ¡tengo miedo!

, así que, cuando le cuento como me siento, me dice que me relaje, porque sus padres están en un crucero y vendrán después, ¡eso espero!

, ¡así me da tiempo de pensar!, y lo concerniente a la mudanza, comenta que está seguro de que tomaré la mejor decisión, es decir, él, ¡¿será pillo? !

Pero, de todas formas, me obnubilo, así que llamo a todo el mundo y cuando digo a, todo el mundo, son las personas que saben de mi realidad, mis padres, Gabriela, Samantha, Carlos y hasta Vladimir, que me pregunta cuando voy a volver y ya cuando le explico la situación, se queda también de piedra,

pero se alegra de que las cosas se hayan resuelto.

Mis padres, por otro lado, se indignan, ¡y, no es para menos!

, pues estoy viviendo con alguien que no conocen.

Así que, intento por todos los medios, tener videollamadas siempre, pero, ¡no les vale!

Dicen que, así me vean física y emocionalmente bien, me tienen que ver en persona y hasta amenazan con venir directamente a la casa de Javier, para que dejen de preocuparse y yo intento quitarle el hierro al asunto, ¡estoy bien!

Sin embargo, me reservo la dirección, pues sé que hablan en serio.

Carlos y Samantha comparten mi felicidad, volvieron a apostar por compromiso en menos de un mes, pero, aunque estoy viviendo con Javier, les bajo la euforia, porque no quiere decir que una cosa vaya tras otra, ¡que se relajen!

Quién no lo puede creer es Gabriela, después de tanta novela que ha pasado con el ingeniero, no la cree, pero se alegra de que haya encontrado a un hombre, que me quiere y me hace sentir como la reina que soy y nos reímos, cuando recordamos aquella salida que tuvimos en Dos Santos,

donde brindamos por conocer a alguien así y que solo falta ella para el gran dueto, me río mucho, ¡Gabriela es la mejor!

, y aunque le escucho, que sigue en sus peleas con Luis y su mal llevada adolescencia, me confirma que está bien, ¡menos mal!

Estoy como siempre, en la cama desperezándome de lo lindo.

Aun siento en mi cuerpo las deliciosas convulsiones de los dos maravillosos orgasmos matutinos que tuve y aunque fui muy mimosa, queriendo que se quedara más tiempo, con un beso me explicó, que debía cerrar un trato con un socio, para abrir la sede de su empresa en Yopal, ¡Dios mío, Yopal!

¡Eso está muy lejos!, y aunque todavía no viaja, sí me avisa, que me debo preparar para eso, porque serán casi tres días sin él, ¡nooooooooooooo!

Con ese pensamiento, me levanto fastidiada de la cama y hago mi desayuno, ¡hacerlo no, indicarles a los aparatos que lo hagan!