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—¿Irina?...
Escucho una voz lejana, es suave pero lejana. No respondo, pues quiero que sepa con mi silencio, que no deseo dejar mi descanso, por lo que sea que necesite.
—Irina.
Esta vez, musita en mi oído con firmeza y yo niego en silencio, ¡¿no entiende, que quiero seguir durmiendo?! Sin embargo, nada, aquella voz espectacular, que se parece a la de Javier, pero que estoy segura, no es él, porque estoy en la suite y aún es temprano, sigue atornillándome el oído.
Se intensifica el llamado y sigo sin inmutarme, ¡que se joda!, pero cuando intento esquivar ahora, su delicioso aliento golpeando en mi boca, entonces me voy de bruces hacia un lado y salgo de mi tranquilo sueño con fuerza, para no ahogarme, ¡¿a qué horas me quedé dormida en la tina?!
¡Dios mío!
Intento respirar y al volver en sí, me encuentro con la mirada divertida de Javier y al ver tras él, el ventanal que muestra la espesa noche, soy consciente de que no es temprano y que me quedé dormida, en un lugar bastante peligroso.
—Hola, dormilona.
Me hace un guiño y yo me derrito.
Ya me acordé, que dijo que venía a la suite para hablar, pero yo lo que quiero es otra cosa antes de eso. Así que, de manera leonina me acerco, lo beso y lo meto de cabeza a la espumosa tina y no dudo un segundo, en quitarle la ropa y hacerlo mío de nuevo.
Ahora la que manda es mi posesividad y me encanta, que él se deje hacer.
Está como corderito al matadero y eso redobla mi placer a niveles inimaginables y cuando han pasado varios minutos y lo veo cerrar los ojos con fuerza, echando su cabeza para atrás, sé que está conteniendo lo incontenible y a horcajadas sobre él, me muevo más para que no lo reprima,
¡quiero hacerlo venir fuerte!
Gruñe. Gime. Maldice.
Le gusta lo que hago y yo asolo sus labios, para cerrar mi centro alrededor del suyo. Estoy terminando, cuando con dos empellones más, se deja ir y me abraza apretándome contra él, ¡vaya, sexo el que nos gastamos!
Nos recuperamos y me acomoda sobre su pecho, mientras miro toda el agua, que se ha rebosado en el piso, ¡fue increíble!, pero no ha pasado ni medio minuto, cuando nuestras miradas se encuentran de nuevo y leyendo lo mismo que él, volvemos a la faena ardiente que hemos iniciado.
Por toda la suite, es poco para describir, en donde nos comemos a sexo febril y morboso, ¡qué espectacular!, y ya después, de no sé cuántas horas, estamos sobre la cama sentados a medio vestir, degustando la deliciosa comida china que él trajo.
Nos contemplamos con complicidad y diversión. Al final, va a ser, que somos dos adolescentes descubriendo su sexualidad, pero allanando el camino a la conversación, porque ahora me mata la curiosidad, digo:
—Así como vamos, esto se va a salir de control en menos de nada, ingeniero.
—Si, ya lo había pensado, ¿por qué crees, que me había mantenido al margen contigo?
Sonrío, de repente, acaba de explicar muchas cosas.
—Y, ¿seguirte perdiendo del buen sexo?, no lo creo.
—Pues, ya veo que no, mentirosa.
—¡Y, dale con lo mismo!, ¿cuándo te darás cuenta de que lo hice, para picarte?, además, no veo que reproches la sesión de esta mañana, gracias a eso.
Alza ambas cejas.
—¿Picarme?, acaso, ¿cuánto más querías hacerlo?
, si ya de por sí, estaba sufriendo al verte por todo el complejo, sin poder hacerte mía.
Estuve al borde de lo insano, de tan solo pensar, qué estarías alegrando tu vista con los extranjeros y casi muero, cuando me daba cuenta de lo que hacías anoche, ¡eres cruel!
—Eso te pasa por provocarme.
Lo beso con pasión. Que esté confesando sus molestias, es porque de verdad, lo tenía entre pecho y espalda. Así que, me deleito en sus ojos, en sus besos y se tensiona un poco, para volver a la solemnidad.
—Quiero que me cuentes algo…
Hace una pausa extremadamente dramática, para mi gusto.
—¿Has seguido quedando con alguno?
Lo miro. Ahora soy yo, la del rostro solemne.
—¿Por qué es tan importante?
—Lo es, para mí.
Responde sin vacilaciones.
Pienso. Cavilo y me aventuro a contestarle pues, aunque su pregunta no es concisa, si quiero saber qué opina sobre algo en particular.
—Si te refieres a lo de anoche, solo estuve con colegas, amigos que he hecho poco a poco aquí. ¿Tienes algún problema con eso?
Intento que mi pregunta sea lo más suave posible, porque quiero dejarle claro que me gusta salir y que no somos nada, como para que ahora, haya rollo con eso.
—Entiendo —responde con calma—. Y, no. No tengo problema ni con tus amigos, ni con que salgas, pero quiero saber, si con alguno hubo algo más.
—Oh, no. Claro que no…
Contesto de inmediato, para que no quede duda.
La fiesta de anoche fue divertida, pero como amigos y así, dentro del respeto que nos brindamos como colegas, la pasamos muy bien.
—Pensé, que había quedado claro.
Agrego, para diversión de Javier, pero vuelve y arremete con seriedad:
—¿Ni siquiera con aquel español?
Esta pregunta, sí que es concisa y puedo pensar, que lo que preguntó antes, era precisamente, sobre ese extranjero.
¡Ay!
No lo miro, porque no quiero que vea mi titubeante gesto. Así que mastico el bocado de lumpia, que acabo de morder a propósito, mientras pienso qué contestarle.
Mi masticación la vuelvo exageradamente lenta, ¡necesito pensar qué decirle!, Javier me mira expectante, creo que hasta me va a pasar la bebida por los gestos que hago y finalmente le contesto, pues si sigo así, solo me va a quedar aire dentro de la boca.
—Con él, no pasó nada.
Digo la verdad a medias, como ya me voy acostumbrando, pues no quiero que sufra por cosas pasadas y que no fueron significativas para mí.
—Solo compartimos cenas y algunos planes por la ciudad sin importancia.
Javier asiente y responde:
—Si me dices que, en realidad, no hubo nada con aquel idiota, te creo.
Le doy un suave beso en los labios. Quiero que sienta, que aquello no importó y relajando un poco la tensión por ocultar ciertas cosas, le pregunto con picardía:
—¿Tan mal te tenía la duda, ingeniero celoso?
—Totalmente.
Responde sin vacilar, ¡vaya, con la sinceridad!, y agrega:
—Esa noche, cuando te vi salir de su brazo, me encolericé.
Confiesa y me quedo boquiabierta.
—Por como aquel te miraba, me enloquecía pensar, que pasara algo más entre ustedes. Fue por eso, que me quedé esperándote.
Tenía que corroborar y si fuera necesario, impedir de alguna forma, que no se metiera en tu suite, ni en tus piernas esa noche.
—Y, por eso, ¿me tocaste?
Me la juego, para salir de la duda y el muy cabrito asiente con una sonrisa, ¡qué bendito pillo! Ahora entiendo muchas cosas, pero hay otras, que aún no me quedan claras.
—Javier, ¿por qué, de repente, quieres saber todo esto?
Me estudia con detalle, como si de nuevo sopesara la vida entera a través de mis ojos y cuando los suyos cambian a una determinación contundente, los afila, para aseverar:
—Es importante para mí, porque… Quiero saber… ¿Qué opinas de llevar juntos una relación?
¡De piedra!
¡De marfil!
Me quedo boquiabierta ante su propuesta implícita, pues me vienen a la mente mil cosas, a cuál más loca cada una. Tan pronto, como tengo sentimientos de emoción, también me golpean otros contradictorios, ¡no sé qué responder!
Javier, en contra de todo prejuicio, me gusta mucho y cuando digo mucho, es demasiado.
Hace tiempo, ya estaba valorando la idea de que, al igual que él, nadie le pusiera las garras encima, porque lo quiero para mí.
He ahí, el porqué de azuzarlo y de provocarlo, hasta hacerlo mío de alguna forma y ahora que lo he conseguido, quisiera no perder la oportunidad, pero, así como llega la alegría se esfuma, porque, ¿cómo vamos a mantener una relación a distancia?
, ¿seré capaz de hacerlo?, ¿él será capaz de llevarlo sin su posesividad?
—Pero, ¿te estás escuchando?
Es lo único que logro gesticular, por encima del abrume y él asiente con seguridad.
—Sé que es una locura, pero nadie, después de tanto tiempo, me había intrigado tanto como tú. Tu arrojo, tu personalidad e incluso tu maldito genio me han cautivado y la verdad, quiero conocerte más y mostrarte cosas de mi vida que aún no sabes, ¡quiero que lo sepas todo de mí y yo de ti!
Eso último lo dice con tanta emoción, que me conmueve y yendo hacia él, para sentarme a horcajadas en su regazo, le tomo el rostro con ambas manos. La declaración me encantó, pero se debe aterrizar:
—Nada más me encantaría, pero sabes, que lo que está pasando entre los dos, es porque lo has buscado dilatando mi estadía. Mi vida está en otra ciudad.
Sus ojos impasibles me turban. Un destello en ellos, me confirma algo que no puede ser y me aterro.
—No creo, que me puedas seguir reteniendo en tu empresa para siempre. En algún momento debo volver y…
—No quiero que te vayas.
«Ahí está»
Y me aterra, porque tampoco quiero hacerlo, pero la realidad es la que hay y me comienzo a sentir triste, muy triste y como siempre hace, me lee la mirada y propone:
—Y, ¿si te hago una oferta laboral, que sea imposible para ti negarte?
Sonrío con pena.
—Haciendo, ¿qué?, ¿capacitaciones? —Cabeceo—. Javier, no voy a aceptar un puesto improvisado en tu empresa solo por ser tu pareja.
Asiente pensativo, sabe que lo que acabó de decir fue un absurdo, como lo que ha hecho; entonces, lo molesto:
—Además, no creo que tengas como pagarme. Mis honorarios son muy costosos, ingeniero.
—Ah, ¿sí?
—Sí y mucho.
—¿Aún crees que no tengo como pagarte?, mira en dónde estás.
Le doy un puño en sus duros pectorales. Que saque su lado arrogante y prepotente me gusta, pero la conversación es importante, ¡más importante, que la calentura!
—A ver, si el trabajo aquí fuera bueno y créeme cuando te digo que no lo es, no tengo planes de mudarme de ciudad. En el campo laboral de la optometría, Medellín es mejor y no creo que tome esa decisión a la ligera y mucho menos, por un hombre.
—¡Auch!
Se queja fingiendo dolor con una mano en su pecho, ¡qué payaso es!
—Te abro mi corazón y, ¿es así como me pagas?, ¡increíble!
Nos reímos, ¡cómo me encanta hablar así con él!
—Pero eso de que Medellín es mejor que Bogotá, déjame ponerlo en duda. Aquí la has pasado muchísimo mejor y no lo puedes negar.
Y no, no puedo negarlo. Javier tiene razón y me quedo absorta pensando, en todos los buenos momentos que he tenido, incluso con el caldito de ojo extranjero. Bogotá es espectacular y ha sido también por él.
—Claro, ha sido un lujo, porque no he hecho más que gastar una maravillosa visa infinity y a lo que se supone que he venido, que es a trabajar, no he hecho nada.
Eso sí, gracias a ti y pues, así cualquiera se queda, aquí o en cualquier otra ciudad.
Me quedaría sin pensarlo, si no tuviera ningún tipo de preocupación, pero la vida no es color de rosa y…
Me quedo en silencio de tope, al ver en su rostro una sonrisa resolutiva, como si llevara tiempo viendo una joya que, al fin, ya puede pagar y me entra un escalofrío.
—Perfecto, entonces vente a vivir conmigo.
«¡¿Qué?!»
—Pero, ¡¿estás loco?!, ¿no escuchaste cuando dije que, no tengo pensado mudarme?
—Escuché perfectamente, pero acabas de dejar claro, que te quedarías si te resuelvo la vida y aún te falta más de un mes, para devolverte.
—Y, después, ¿qué?, ¿le pedirás a la empresa, cincuenta mil prórrogas?
Se encoge de hombros.
—Pues, si de aquí a ese tiempo, viviendo en mi casa, no te he convencido para que te mudes conmigo del todo, puedo darlo por perdido, pero antes no.
«¡Dios mío!»
Ni siquiera sé cómo estoy, porque decir que, de piedra, es un maldito insulto.
—¡Insinuar que estás demente es un piropo, Javier!
—Entonces, ¿qué dices?
Pregunta ignorando lo loco que está y mi gesto al verlo como un bicho raro.
—¡Cómo que, ¡¿qué digo?!, pero, ¡si es algo que debo pensar!, ¡necesito tiempo para organizarme!
Balbuceo. Me confundo.
La verdad, estoy tan bloqueada, que no sé cómo darle batalla al ingeniero, pues ha fulminado las excusas y no sé cómo reaccionar, ante la idea de que sí puede funcionar.
—Organizar, ¿qué?, solo llevarte tus cosas a mi casa y ni siquiera moverías un solo dedo, yo gestionaría todo, así que no tienes nada de qué preocuparte.
Pestañeo.
—No importa, aun así, debo pensarlo con tiempo.
Alza ambas cejas.
—¿Tiempo?, linda, en serio, ¿quieres ir por ese camino, cuando ya conoces lo insistente que puedo llegar a ser?
Ruedo los ojos divertida. Ya sabía que, ante mi negativa, ese iba a ser su as bajo la manga, sin embargo, mordiendo mi labio inferior, murmuro:
—Necesito pensarlo.
—Bien, pues comienza a hacerlo, porque la respuesta la quiero ya.
Se abalanza sobre mí, haciéndome reír, para hacer lo deliciosamente impensable y no para. En toda la noche no para, hasta conseguir el tan añorado, “si”, ¡y, vaya, que lo consigue!, ¡con reconocido merecimiento, lo consigue!