19 #3
Susurro, entretanto me empala suavemente, hasta sentir sus testículos en mi trasero y yo me aferro a él en un beso apasionado, para no gemir alto. Javier cierra los ojos con fuerza y me gusta sentirlo abandonado a mí.
Aún no nos movemos. Nos estamos acostumbrando al fuego abrasador y a nuestras formas, mientras palpita en mi interior y yo lo aprieto, sacándole varios gruñidos de satisfacción. Mi estrechez le gusta, ¡sí!
Sus grandes manos rodean mis nalgas y poco a poco, se mueve en una danza exquisita llevándome al placer.
—Mentirosa.
Musita en mi oído, al mismo tiempo, que sus estocadas son profundas y certeras. Muerdo mi labio inferior. Por la manera en que siente mi intimidad apretar la suya, sé por qué me llama mentirosa, ¡qué pillo!
Apoya su frente en la mía y mira con deseo, el centro por el que estamos unidos. Le gusta ver entrar y salir a su virilidad de mi lubricada y lujuriosa cavidad y cuando ya está satisfecho de ver aquello, vuelve y me dice eso de, mentirosa, enterrado en mi cuello.
Me sigo dejando hacer y nuestros movimientos acompasados, nos sacan exhalaciones fuertes, ¡solo espero, que no nos estén escuchando!
Deseo. Morbo. Satisfacción.
Leo de todo en sus ojos, pero sobre todo triunfo; triunfo de que nadie conquistó lo suyo la noche anterior. Me restriego más sobre su pelvis y siento, que el orgasmo va tomando forma. Pronto, va a explotar y nos preparamos para ello.
Cuando siento que está más cerca de lo esperado, Javier parece sentirlo y comienza a bajar el ritmo, ¡noooooo!, ¿por qué?, e intuyendo por qué lo hace, le aclaro:
—Tomo anticonceptivos, así que puedes terminar dentro de mí.
Cavila y lo entiendo. Es una total irresponsabilidad, pero ya no puedo parar.
Por consiguiente, tomando las riendas por él, me muevo con deleite, tanto que, no tiene más remedio que ceder y se deja ir, echando su cabeza hacia atrás y luego, vuelve a mí, para besarme, hasta que finalizan nuestros temblores por clímax.
Permanecemos abrazados, hasta que su miembro mengua fuera de mí y nuestras respiraciones se relajan. Me mira con profundidad, toma mi rostro con ambas manos y con una ternura nunca antes vista.
—Me alegra saber, que no hubo nadie aquí anoche, mentirosa.
Sonrío y le digo:
—Si hubiera sabido, que reaccionabas a las mentiras de esta forma, lo hago desde el principio.
Nos reímos. Estamos pletóricos, ¿cómo es que terminamos en delicioso sexo, después de tan acalorada discusión?
—Javier…
Musito, luego de darme cuenta de en dónde y cómo estamos.
—¡Acabamos de tener sexo en tu oficina!, ¡estamos locos!
—Bendita locura.
Nos volvemos a reír, nos besamos y al cabo de un rato, nos vestimos e intentamos dejar presentable el lugar, que fue testigo de una pelea que se arregló con sexo intenso y del mejor, en menos de media hora.
Estoy organizando mi cabello, cuando Javier, que ya está arreglado como si nada hubiera pasado, se posa frente a mí y me dice:
—¿Cómo te sientes?
Suspiro.
—Mi cabeza sigue mal, pero nada que un buen sexo no pueda arreglar.
Sonríe, ¡qué sonrisa más linda tiene!
—Le diré a Daniel, que te lleve al hotel, para que descanses y luego tú y yo, en la noche, hablaremos. Tenemos qué hacerlo.
—¿Es algo grave?
—No, pero es algo en lo que he estado pensando y quiero saber qué opinas.
Asiento. Su semblante relajado me tranquiliza y recordando algo, que antes se mencionó, vuelvo a preguntar:
—Y, ¿las capacitaciones?
—¿Cuáles?
Lo miro. Me mira.
En su rostro hay diversión y yo le reprocho en tono socarrón:
—¡Vaya!, pero si resulta, que el ingeniero también es un mentiroso.
Vuelve a sonreír y se acerca a mí, para volverme a besar con delicadeza, ¡qué lindo es!
—Tú eres la peor de los dos, ¿cómo es que por esa linda boquita salen sapos y culebras, cuando estás de mal genio?
—Soy santandereana, ¿qué esperabas?
—¡Definitivamente, otra cachetada!
—Tú tampoco te quedas atrás. Tu mala leche es imposible.
—Te excita, acéptalo.
Se burla, dándome una suave nalgada.
—Pues, creo que ya somos dos, ¿no?
Me contempla con diversión, me da otro beso rápido en los labios y rodea el escritorio para sentarse, mientras repite:
—Por favor, descansa y espérame en la suite.
Con coquetería, propongo:
—¿Y si vienes conmigo?
—Me encantaría, pero por culpa de una optómetra, que vino a mi oficina a seducirme, a cambio de que no le enviara un memorando a su empresa, no puedo. Debo seguir trabajando.
¡Wow!
Patidifusa me quedo.
«¡Este me las paga!, ¡y, bien caras!»
Pero, precisamente, cuando le voy a responder, le entra una llamada a su conmutador y entiendo, que en serio, debe trabajar. Luego tendremos tiempo para jugar.
Me guiña un ojo y yo le mando un beso al aire, para salir de ahí y enfrentarme a las miradas pícaras de los que están en sus cubículos.
Estoy segura, de que la pelea la escucharon perfectamente, pero lo que no sé y ni me interesa saber, es si escucharon los gemidos del delicioso sexo express, por esa misma razón, camino como si nada hacia los ascensores, pero lo que sí me interesa, es buscar a Daniel,
para que me lleve de inmediato al hotel, porque estoy con resaca y un cansancio post sexo empresarial, que me ha despertado un hambre descomunal. ¡Quiero irme ya!