19 #2
—A no ser que, el motivo de su trasnocho, sea otro de índole personal, que le haya impedido cumplir con sus obligaciones y en ese caso, doctora, si me interesa saberlo, porque por culpa de ese motivo, mis procesos y trabajo aquí, en mi puntual empresa, se han visto alterados,
¿entiende la relevancia de la situación?
Su actitud intimidante me importa una mierda, porque ya siento la rabia en las piernas.
Cabeceo en señal de que me está midiendo el aceite y que no respondo por mis actos, pero increíblemente, le doy otra oportunidad a mi cordura.
—Trasnoché por ver la televisión. Solo eso.
Le contesto de manera escueta, porque una parte de mí, está muy ocupada intentando que la rabia no me inunde el estómago.
Javier, aun con rostro enojado, se queda en silencio y luego entrecierra los ojos.
Con ese gesto, un corrientazo me atraviesa, pero intento mantenerme en pie, ¡su mirada enardecida me encanta!
Luego de observarme por varios minutos y de hacer el maldito ambiente más duro que yo, cuando me pongo de piedra, va esbozando una sonrisa malévola, como la de un lobo cuando ha acorralado a su presa y yo frunzo el ceño, ¿qué está pasando?
—Así que, se quedó viendo la televisión hasta altas horas de la noche…
No me queda claro, si pregunta o replica, pero sigo en mi línea. No sé, qué pretende con este cuestionario.
—Mentira.
¡De piedra!
Abro los ojos con un suspiro firme, que me indica, que la rabia ha llegado a su punto más álgido y ya no lo puedo controlar.
—Me sigue impresionando su manera de mentir, pero la voy conociendo y…
—¡¡¡Me importa una mierda si me cree o no!!!
Exploto. Grito, porque el enojo combinado con la resaca de mierda que llevo, me hace soltar hasta lo peor. Javier me mira impasible, pero en sus ojos sigue el desafío.
«¡¿Me estaba buscando?!, ¡pues me ha encontrado!»
Resoplo y me doy la vuelta, para salir de ahí. Estoy segura, de que afuera, tuvieron que escuchar el alarido, pero, ¡de malas!, ¡que se sigan acostumbrando!
—¡¡¡Yo no le he dicho que se retire, doctora Ramírez!!!
Grita también.
¡De piedra, otra vez!
Necesito respirar, porque la sangre sí va a llegar al puto río.
¡Dios mío!
Javier, al ver que me quedo estática con la puerta a medio abrir, agrega con todo su ironía y mala baba:
—Si estaba en la suite anoche, entonces, dígame, ¿cómo es esto posible?...
Aprieto el pomo de la puerta descargando toda mi ira encolerizada. Gracias a Dios, aquello es un objeto inanimado, porque de ser un ser vivo no estaría respirando y vuelvo a cerrarla con tanta fuerza, que hasta creo, que se escuchó en Japón.
—Tres mojitos cubanos, cinco bebidas manhattan, dos botellas de agua sin gas, siete shots de Tequila Ley, que por cierto es el más caro del mundo…
—apostilla con crueldad—. Y un sinnúmero de cócteles con nombres, a cuál más raro cada uno.
Eso, sin mencionar el cover de casi doscientos mil por la entrada a Theatrón a las once de la noche…
Me volteo como la niña del exorcista.
Intento ocultar mi sorpresa, con la ira desbordada que cargo y veo que, en su mano, está su celular y lo que sea que supo de mí anoche, yace ahí. Su mirada es fulminante y cuando tiene toda mi atención, finaliza:
—¿Cómo es posible que una persona, que maneja una tarjeta de crédito de setecientos millones de pesos, se haya gastado casi un millón en una noche, en la mejor discoteca del país, por no decir de Latinoamérica, viendo la televisión inocentemente dentro una suite?
¡Mil veces de piedra!
¡Y la maldita excitación comienza a hacer de las suyas!
Las venas le palpitan y mi respiración está errática del cólera, el deseo y la resaca combinadas, aunque me puede más lo primero, pero este, ¡¿quién se cree?!
—¡Acaso, ¿pretendes controlarme por medio de esa maldita tarjeta?!
Pierdo los papeles.
—¡¿Controlarte?!, ¡¡controlo los consumos, porque es mía!!
También se sale de quicio. Estamos como dos jodidas cabras locas.
—¡¡Pues, si tanto te preocupa lo que he gastado con tu maldita visa, te lo voy a pagar!! ¡¡Cada puto peso, te lo voy a devolver!!
—¡¡¡Eso, me importa una mierda!!! ¡¡¡Dime, ¿con quién saliste?!!!
¡Un millón de veces de piedra y atónita!
«Con que ese es el problema…»
Me estoy recuperando de los gritos que hemos pegado al cielo. Javier está increíblemente sexy con su cabello alborotado y nuestros pechos suben y bajan de la agitación.
Nos miramos y ahora, entendiendo lo que le ha dado rabia al ingeniero, poco a poco esbozo la misma sonrisa lobuna, que minutos antes me dedicó, me acerco a él amenazante y esta vez, digo en tono bajo, pero firme y claro, a escasos centímetros de su rostro:
—¿Para qué, si ya lo sabes?
No me quita el ojo de encima y su furia deja entrever sorpresa, mientras sigue con la respiración agitada y yo, con ganas de darle en donde más le duele, continúo:
—Anoche, fue la mejor de mi vida y la verdad, deseo, anhelo, irme de aquí, porque tengo la cabeza como un bombo y el cuerpo tan adolorido, por el espectacular sexo salvaje que tuve en tu suite, que quiero descansar.
—¿Qué estás diciendo?
Sisea abriéndome los ojos. Le he dado en su ego y para dar la estocada final, termino:
— Lo que oyes. Alguien tenía que apagar la calentura que tú iniciaste. Así que, déjame en paz, Javier. Como lo has venido haciendo, todos estos malditos días con tu silencio de mierda.
¡Perfecto!
Debo admitir, que mentir se me da muy bien y más, cuando estoy presa del maldito mal genio. Al ver su expresión de sorpresa y enojo, aun con sus ojos oscurecidos y respiración más que desbocada, sonrío con triunfo y me volteo para irme. Fue suficiente.
—No he terminado.
Sisea en el mismo tono, que denota su actitud, tirando de mi brazo, para abalanzarse sobre mí con deseoso salvajismo y besarme.
No me da tiempo de reaccionar.
Su boca me asola con locura, mientras me mantiene agarradas las manos tras de mí, con una sola suya y con la otra sostiene mi nuca, ¡no tengo escapatoria!, y aunque comienzo a moverme, no puedo soltarme.
El ingeniero fue inteligente al inmovilizarme, pues, ¡no puedo darle otra cachetada!, pero mi cuerpo me va traicionando y con el mismo ímpetu salvaje, le respondo.
Cuando ve que me tiene domada, se aventura a soltarme y ahora soy yo, la que me pongo de puntitas y le tomo el rostro, para descargar todo lo contradictorio que siento, en sus labios.
La calentura me invade y él, con maestría, me acorrala ahora en el escritorio, me siento en este y lo aprisiono con mis piernas. Nos seguimos besando y yo me atrevo a desabotonar su camisa.
Su espectacular torso duro me enciende más y mete sus grandes manos debajo de la mía, para desabrochar el sostén, ¡Dios mío!, ¡nos van a ver!
Javier, parece leer mi preocupación y sin despegar sus labios de los míos, me informa, que nadie entra a su oficina, sin autorización suya y como si eso fuera un permiso, para continuar, me deshago en sus manos, mientras nos besamos con devoción enérgica, ¡no hay quién nos pare!
No sé cuánto tiempo pasa, pero mi mano ya está acariciando su gran falo, dentro de sus pantalones, al tiempo, que lo escucho gruñir en mis labios, eso sí, lo hacemos casi audible, para no delatarnos.
Su afán por hacerme suya sale a flote y yo se lo hago fácil. Sus manos bajan por mi espalda, luego de haber jugueteado con mis pezones y me quita la camisa, por encima de mi cabeza, para seguir masajeando mis senos en todo su volumen.
Me arqueo, para darle más acceso, ¡se siente muy bien! En sus ojos, sigue la ira de lo que dije, opacada con el deseo de querer borrar, según él, las huellas de otro que haya tocado mi cuerpo y reconozco que, aunque no estuvo bien mentir, su posesión me encanta.
Por un momento, se retira un poco de mí, como evaluando mi gesto con su próxima caricia y cuando toca aquel botón rosado e hinchado de placer, cierro los ojos con fuerza, ¡qué placentero!
Me dejo hacer y él también, hasta que siento la humedad de su líquido preseminal enjuagando mi mano. Sonrío, porque está listo para mí y yo no me quedo atrás, pues todos mis jugos están en sus dedos, que no pierde el tiempo en lamer, para lubricar mi clítoris con su saliva.
«Por todos los cielos… esa mierda es…»
«¡Creo que voy a explotar y aún no me ha penetrado!»
Corrobora que esté húmeda, para su siguiente movimiento y abro la boca como pez fuera del agua, al sentir sus dedos entrando en mi interior. Estoy tan absorta con lo que hace, cuando lo escucho reírse por lo bajo.
«Y, ahora, a este, ¿qué le pasó?»
En fin, sigo succionando sus dedos con mi vagina, mientras me deleito en su sonrisa socarrona, ¡se ve tan sexy!
, me mira con autosuficiencia, me quita los pantalones y me quedo con mi culo desnudo sobre su escritorio.
Se baja un poco los suyos y abriendo mis piernas, juguetea con la punta de su miembro en la entrada húmeda de mi centro.
Inserta y retrae el glande de mí, hasta donde mi estrechez se lo permite, pues de tanto que no he tenido sexo, creo que volví a ser virgen. Javier vuelve a sonreír de la forma en que me gusta, sobre mis labios.
—Ay, Irina…
—Qué.