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Poco a poco, voy abriendo los ojos.

Algunos rayos de luz se cuelan por el blackout del ventanal y cuando me muevo, intentando darle la espalda a esa tenue iluminación, pero que mi cabeza la exagera, como si fuera un bombillo de un millón de vatios en mi cara, sé que el guayabo está durísimo.

Alargo mi mano para agarrar el celular, que está en la mesita de noche y en cierta parte, me alegro de haberme despertado antes que la alarma.

Solo a mí se me ocurre ir de rumba un martes en la noche con mis nuevos amigos, ¡todos estamos locos!

, y aunque me impresioné, de que hubiera sitios con rumba entre semana, me entregué al vicio del disfrute.

Igual, hoy, aunque me tenía que levantar temprano, no era que tuviera un oficio por hacer en la empresa. Así que, simplemente,

me dejé llevar por el momento.

¡Y, vaya, qué momento!, pues estoy aún en la cama y cuando reviso el celular con calma, guiñando un ojo porque la luz del dispositivo está terriblemente fastidiosa, abro lo ojos como platos, al darme cuenta de que tengo miles de mensajes, doscientas llamadas perdidas y la cama debajo de mi tiembla,

al saber que son las diez de la mañana, ¡las diez!

¡De piedra!

¡De ladrillo!

¡De lo que sea!

Me levanto, como si mi vida dependiera de ello, ignorando que me da vueltas el mundo por el guayabo. Voy a la ducha y doy un gemido ahogado, pues el agua fría me acaba de quitar de la manera más cruel la borrachera, ¡abrí el grifo que no era!

Pero tampoco reparo en eso, porque lo que necesito, a como dé lugar, es quitarme lo que sea que tenga de alcohol en mi sistema, para que me permita ser persona en el trabajo.

Escucho de lejos, que mi celular suena y suena sin parar, debe ser de la empresa y yo, como puedo, salgo a pasos largos de la ducha, me visto sin titubear y me marcho de la suite con el afán como combustible, tomando con rapidez, mi bolso que está desparramado en el piso.

Llego al lobby y le pido a la recepcionista, que me envíe un taxi, mientras sigo ignorando las llamadas que entran a mi celular, pues son varios números desconocidos, que puedo pensar, son de Javier y obviamente de Daniel y mi corazón casi se paraliza,

cuando llama Wilmar, ¡Dios mío!, ¡esas sí, que no son buenas noticias!

Gracias a Dios, el taxi llega rápido y cómo puedo, entro en él. Me niego a contestarle a mi coordinador, no quiero que se dé cuenta, por mi voz, que estoy en una bendita resaca y que voy enguayabada a trabajar, así que le envío un mensaje con la verdad a medias:

—No escuché la alarma del celular.

Me envía un sticker de asombro y lo sé, yo también estoy asombrada, apurada y muy ansiosa, de lo que me pueda esperar cuando llegue, ¡Dios mío!, y como si fuera poco mi sufrimiento, la avenida Boyacá, que ha tomado el conductor, está en un trancón infinito, ¡no puede ser!

Luego de hora y media de trancón, cuando normalmente, el trayecto es de si quiera media hora, eso sí, temprano y no casi al mediodía como ahora, arribo a mi destino.

Pero entonces, aparece la guinda del pastel, pues cuando voy a pagarle al conductor, aparte de que me dice que la tarifa está en sesenta mil pesos, ¡un robo total!

, no encuentro mi billetera y es cuando me doy cuenta de que, al vaciar el contenido de mi bolso en el asiento trasero, no la llevo conmigo.

«¡Señor Santo!, ¡ayúdame y te prometo, que no vuelvo a hacer ese tipo de planes nunca más en mi vida!»

Me enzarzo en una discusión con el del taxi, pues se da cuenta de que no llevo efectivo y cuando le indico, que le puedo pagar desde el celular por transferencia, ¡se indigna!, y pues, peleamos como locos, porque yo tampoco tengo la culpa de que él no esté al tanto de las tecnologías modernas.

—¡Señor, el efectivo es parte del pasado!

Grito y como si en serio, Dios me hubiera escuchado en su infinita misericordia, ¡llega Daniel!

Le sonrío con alivio, ¡cómo me encanta, que sea tan eficiente!

, pero al ver, como nos miran los vigilantes de la portería, sé que tuvieron que ver algo con llamarlo, ¡la discusión debió verse colosal!

, pero no me importa y rápidamente, le explico lo que ha pasado; Daniel paga con rapidez y me toma del brazo casi que, a saltos, ¡vaya, que tenemos afán!

—Doctora, hemos estado muy preocupados por usted. El conductor de la empresa nos dijo, que la esperó por casi una hora en el hotel y usted nunca salió, ¿qué le pasó?

—Ay, te agradecería que no gritaras y por favor, vayamos lento, mi cabeza quiere explotar.

Gimoteo y saco mi celular.

—Dame tu número de cuenta, para transferirte lo del taxi.

—Tranquila, son gastos empresariales.

Intenta sonreír, pero luego se opaca su gesto:

—El ingeniero está muy enojado y…

—Me importa una mierda el ingeniero, Daniel.

Le espeto y la verdad es así, pues con este guayabo, no tengo más en qué pensar.

—Y, ¿qué fue lo que le pasó?

—Estoy enguayabada.

Contesto cansinamente, por cómo me lleva corriendo hacia los ascensores.

Dentro del lugar, me miro en el reflejo de los vidrios y suspiro, ¡me veo fatal!, y aunque intenté maquillarme un poco en el carro, las ojeras se notan a mil años luz. Daniel sonríe, pues también me está estudiando en el reflejo y sabe lo que pienso con mi gesto.

—Estoy terrible, ¿verdad?

—Nada que un buen café cargado no pueda arreglar.

Sonrío. Me encantan sus respuestas diplomáticas y cuando el sonido del timbre avisa la llegada, mi alma se va al piso, pues no vamos a mí cubículo, sino que vamos directo a la oficina de Javier, ¡Cristo Sacramentado!

Bajo la atenta mirada de todos, trago fuerte y a pesar, de que mi apariencia no sea la mejor por la rasca que llevo, intento caminar con aplomo, ¡ni porque nunca se hubieran emborrachado!

Daniel toca la puerta, nos anuncia y cuando entramos, la cierra tras de sí expectante a su jefe, que está hablando por el conmutador con gesto agrio, al repasar de arriba a abajo su mirada miel en mí, ¡qué tensión!

Da una orden con voz firme por el aparato y Daniel y yo damos un leve respingo en nuestro sitio. Cuelga y mira su Rolex para decirme con retintín:

—Doctora Martínez, buenas tardes.

Sisea con ira y yo asiento con la cabeza. Soy incapaz de decir algo, porque no quiero azuzarlo ni con mi respiración.

No repara en esconder su enfado conmigo, tiene tan tensionada la mandíbula, que creo que va a explotarle y luego, se dirige a un callado, pero atento Daniel:

—Dile, por favor, a los docentes del curso, que la exclusiva doctora acaba de llegar, para que reprogramen todas las capacitaciones para las tres de la tarde.

—¿Cómo?

Pregunto descolocada.

«¿Seguiré dando capacitaciones?»

—¿Todas?

Replica Daniel con asombro y yo me preocupo, pues el hecho de que el diligente asistente tenga ese gesto, no indica nada bueno y Javier, confirma en un gruñido:

—Todas, sin excepción. Ya hemos perdido suficiente tiempo.

—Está bien.

—Pero…

Intento meter la cucharada en medio de la conversación. porque no entiendo nada. Entonces Daniel, para evitar que una guerra entre su energúmeno jefe y yo reviente, me corta:

—Doc, tranquila. Ahora vamos al cubículo y le explico…

—Ya te puedes retirar, Daniel.

Nos interrumpe con el malgenio acumulado y cuando ve, que nos volteamos para salir de su oficina, apostilla:

—Yo no le he dicho que se vaya…

Confundidos, lo volvemos a observar, como si fuera un león a punto de engullirnos, pero es a mí a quien se dirige:

—Usted se queda.

Inspiro con fuerza y Daniel intenta no verme con lástima, al final, me guiña un ojo y sale a cumplir con sus obligaciones.

Me remuevo incómoda en mi sitio y hago lo de siempre, cuando se viene una pelea de esas magistrales con Javier, me cruzo de brazos, y él se levanta con propiedad de su escritorio, ¡Wow, como se ve!, pero intento reprimir el calentón que me da de tan solo verlo, porque su gesto es de pocos amigos.

Lo miro con firmeza y también se cruza de brazos, ubicándose delante del escritorio.

Nos observamos. Nos tentamos, pero no de la manera que quisiera, pues estamos como conteniendo las ganas de que la sangre, en lo posible, no llegue al río.

—¿Puedo saber a qué se debe tu descarada impuntualidad?

La pregunta viene cargada de su implacable ira y yo, trago fuerte.

—Siento mucho haber llegado tarde. No escuché la alarma del celular.

Me asombro de mí misma y de cómo me ha salido de fácil la media mentira, pues eso mismo fue lo que le dije a Wilmar y solo espero, que nunca llegue a saber la verdad, por parte de su asistente.

—Y se puede saber, ¿por qué?

Aprieta más sus brazos cruzados en su pecho y siento, que este me quiere buscar el genio con sus preguntas quisquillosas.

«Acaso, ¿le debe importar lo que estuve haciendo?»

Pero de nuevo, intento responder con calma, así la cabeza no sea mía, en este momento, por el dolor.

—Trasnoché un poco.

Asiente despacio, analizando cada palabra.

«Quiere pelea y conmigo, no la va a encontrar»

—Y se puede saber, ¿haciendo qué?

«¡Mierda!»

Demasiado tarde, pues ya me está entrando la ira desde los pies y cuando eso pasa, no termina muy bien la conversación. Así que, intento mantener la calma, no dejándolo traspasar el límite, pues por el bien suyo, es mejor que deje de hacerme esas preguntas tan cizañeras, pero, ¿quién se cree?

—¿Es necesario contestar aquello?, porque, la verdad, no veo la relevancia de saber ese dato, cuando se supone, que ya le he explicado el por qué llegué tarde.

—Doctora, disculpe si la incomodo —inquiere sin intentar si quiera, ocultar el sarcasmo—. Pero quería saber, si el motivo de su llegada tarde, ha sido porque le hemos dejado tantísimo trabajo, como para haberse trasnochado, haciendo las exposiciones para hoy capacitar al personal.

» Porque, de ser afirmativa su respuesta, tengo que hablar seriamente con mi asistente y pedirle explicación, pues la orden es que tenga la menor carga posible con sus funciones y las pueda hacer aquí, sin llevarse nada hacia su lugar de descanso, en este caso, el hotel…

Lo miro boquiabierta, este hombre y su labia son increíbles y luego, agrega: