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Es lunes y de nuevo, debo ir a la empresa. El fin de semana estuve caminando otra vez por los alrededores conociendo otros lugares y con la visa infinity, como bien dice su nombre, ¡tengo crédito infinito y puedo ir donde quiera!

En algunos momentos, vi a Enrique merodeando por el hotel, pero no me dejé ver, pues de haberlo hecho, no sé si seguiría el jueguito de los besos, pero en ese instante no me apetecía, entonces seguí con mi camino.

Pero no demoró mucho en enviarme mensajes al WhatsApp, para vernos y según él, divertirnos.

Paso. Por el momento paso de él, pues mi mente está en mi incierto trabajo aquí y obviamente en Javier, que no se pronunció en todo el día de ayer, ¡cómo raro!, solo espero verlo de nuevo pasando por mí, como siempre, para preguntarle sobre lo que haré de ahora en adelante, ¡qué desconcierto!

Para mi sorpresa, es Daniel quién lo hace y está tan ocupado hablando por sus audífonos, que no me da espacio para preguntarle nada.

Al llegar al complejo y a mi piso exactamente, estoy muy aburrida, pues no sé qué hacer.

Hay mucho movimiento en todo el lugar, la gente corre, entrega cosas, habla, discute, mientras en el fondo, el sonido de las impresoras, atiza el trajín que lleva el primer día de la semana, menos yo, porque desde el sábado terminé con lo mío.

Luego de pensarlo por varios minutos, decido ir a la oficina de Javier y todos me miran con su risita pícara de siempre.

Creo que se acostumbraron a todo el drama y siento que eso ya no me molesta, es más, me hace sentir bien e imagino que, si se portan así, es porque ven con buenos ojos, que le haya dado quebraderos de cabeza.

Aunque, imagino que no debe faltar el comentario envidioso por parte de algunas que lo ven más que su jefe, eso se nota, pero, ¡me importa una mierda!, y al llegar, para tocar su puerta, una de sus asistentes me indica, que está en la sala de juntas con Daniel en una acalorada reunión, ¡Wow!

Todos tienen algo que hacer aquí y yo comienzo a sentirme relegada. Vuelvo a mi piso y como deseo hacer algo, le pregunto a los docentes si necesitan de mi ayuda o si quieren que dicte alguna charla. Ellos, en medio de su ajetreo, me indican que no necesitan ayuda.

¡Noooooooo!

«¡Qué aburrimiento!»

Suspirando, me deslizo sin que nadie lo note, hasta mi cubículo y cierro la puerta, tengo el ventanal acrílico despejado frente a mi escritorio y puedo detallar el boleo que se lleva a cabo aquí y siento que es la primera vez, que veo todo este movimiento.

No hay de otra, debo estar aquí hasta nueva orden o hasta que Daniel o Javier me digan qué debo hacer.

Reviso correos, contesto mensajes, hablo con mis padres, hablo con Vladimir, ¡hasta con Samanta, Carlos y Gabriela!, que me recriminan, por qué he estado tan perdida y pues nada, yo les cuento por qué tengo todo el tiempo del mundo.

Mis amigos se parten de risa, porque hay rollo largo aquí en Bogotá con Javier y aunque me gusta, no dejo de pensar en mi casa y mis cosas en Medellín.

No sé cuánto tiempo ha pasado jugando en el celular, cuando tocan a mi puerta, ¡es Daniel!

—Doctora, ¿cómo está?

—Dani, por favor…

Le suplico mientras lo jalo del brazo, para que entre y poder hablar con privacidad.

—Dime, ¿qué hay para hacer?, ¡estoy muy aburrida!

—Entiendo…

Me dice con suma educación y me insta a que nos sentemos, para profundizar en el tema.

—De su empresa, nos contestaron el correo sobre su prórroga, ¡la aceptaron!

Aplaude como un niño pequeño, pero a mí no me hace gracia y me revoluciono.

—¡¿Qué?!, pero, ¡¿qué más voy a hacer aquí?!

—En eso estamos trabajando, doctora y…

Le pongo una mano en la boca con todo mi fervor, necesito que me escuche. Daniel se queda estático y yo le hago caer en cuenta:

—Dani, tú y yo sabemos, que aquí ya no tengo nada más qué hacer. Lo supimos todos desde el sábado y tú, aún sin yo saber qué te ha contado Javier de mí, sabes que mi tiempo era hasta la cena y ya la tuvimos, por lo tanto, es un absurdo quedarme otros dos meses como un florero aquí.

Me mira con lástima, sabe que tengo razón, pero luego, su gesto cambia a uno pícaro y me dice:

—Lo sé, doc. He estado muy atento a las solicitudes del ingeniero con respecto a usted y aunque lo que le voy a decir, es extraoficial y no se lo sostengo delante de nadie, le cuento que…

—baja la voz para cuchichear—, usted debe ser muy importante para él, como para que modifique casi todo aquí, aparte de su vida.

¡De piedra!

No sé si sentirme halagada o muy mal por lo que escucho.

Entiendo que me haga espacio en la empresa, por lo que ya conozco que ha sido mi trabajo y por muy loco que sea, llega a ser justificable, pero no entiendo, qué quiere decir con, “aparte de su vida”, pues esa privacidad de Javier no la conozco y por cómo se anda portando,

no creo que la conozca nunca.

—La buena noticia es que no ha sido difícil incorporarla a la malla empresarial, gracias a su trabajo, se puede decir, que en algunas áreas que manejamos lo podemos enlazar.

» Así que, lo que nos queda pendiente, es darle una función sencilla, ya que el ingeniero no quiere que siga viendo los numerosos pacientes, que anteriormente estaba revisando.

Arqueo las cejas, ¡qué considerado!, pero me sigue pareciendo una locura.

—Y mientras me asignan funciones… entonces, ¿qué hago?

—Dejar de preocuparse, que todo está en orden y apenas sepa, vendré a informarle.

Me guiña un ojo, le suena su fastidioso intercomunicador y sale de mi cubículo, como si tuviera un volador en el culo.

Suspiro. No hay de otra más que esperar y para que pase el tiempo rápido, abro mi blog de poesía, hace tiempo que no lo reviso, porque la excusa era el trabajo, entonces, ¿por qué no?, ya que no tengo excusa alguna, probemos para ver que sale de todo esto.

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Han pasado varios días y aun sigo sin saber mi bendita función aquí.

He estado tentada a tomar el primer vuelo que haya hacia Medellín, dejar nada aquí y cuando digo nada es nada, porque la verdad, como no tengo nada qué hacer, me he dedicado a seguir en el blog de poesía y a conseguir amigos colegas aquí en Bogotá por medio del Facebook,

pues la soledad y la rutina de ir del hotel al complejo y del complejo al hotel es agotador y necesito distraerme.

Hablo casi todas las noches con mis amigos, Vladimir, Carlos, Samanta y Gabriela y aunque entre ellos, solo se conocen Samanta y Carlos, tomo nota mental de reunirlos algún día y así dejar de echarles el chisme por separado de lo que pasa.

Ellos me escuchan y me dan opiniones de lo que piensan, ¡qué bonitos son! y hasta se divierten, porque cada vez que les hablo, dicen que ya es como una serie de televisión.

A mis padres, también les cuento lo que pasa.

Me parece pertinente que sepan mis vueltas de la vida y les hablo un poco de Javier y de la locura que hago aquí.

Como era de esperarse, no dan crédito, pero no a lo que yo haya venido hacer aquí, sino de por qué no les había dicho nada y yo cierro los ojos con dolor, pues en serio, debo hablar más seguido con ellos.

Pero como siempre, me sacan una sonrisa y sin recriminar nada, me hacen sentir bien, ¡los amo!

En cuanto a Javier, se ha mantenido a raya, ni un mensaje, ni una llamada, ni nada.

Al parecer, está cumpliendo con su palabra de dejarme en paz, luego de la cena y aunque al principio, me escocía por dentro, muchas veces, estuve tentada a entrar a su oficina y calmar mi fuego interior con él, pero no, me contengo,

porque lo que debe estar esperando es eso y no le pienso dar la oportunidad de calentarme y dejarme ahí, como lo hace siempre.

Si quiere seguir en su jueguito del ghosting que lo haga. Ya ni me va ni me viene. Sé su maldito punto débil y en cuanto el genio se me alborote, comenzaré a darle su merecido y ahí, lo va a lamentar.

Y hablando precisamente, de lo que no le gusta a Javier: los extranjeros; he visto a muchos hospedarse en el hotel.

Cada vez que voy al restaurante o a la zona lounge, veo a varios y me doy el placer de tener caldito de ojo, así mi corazón grite el nombre de un bendito colombiano y para más ardor, un rolo.

No me niego a ver los potentorros hombres de otros países. Lo que sí debo aceptar, es que ahora lo hago con menor emoción y ya no suben a mi nube de la idealización, pues son personas comunes y corrientes, así que solo me deleito en ellos en silencio.

Enrique, aún sigue hospedado en el W y varias veces, hemos cenado juntos.

La pasamos bien y aunque en ocasiones, le he dicho que no deseo pasar los límites de su habitación, no pierde la oportunidad para indicarme sutilmente, que le gustó mucho besarme, ¡vaya con el español!

, ¡bastante directo!, igual, los dos disfrutamos de nuestra compañía y cada quien, se va para sus aposentos, cuando la cena y los temas se acaban.

También me he encontrado con algunos colegas y hemos salido en la noche en plan de amigos y poco a poco, me hago un excelente círculo social, ¡vaya!, ¡cómo son de buena gente todos aquí!

Algunas veces, cuando Daniel me va a recoger al hotel, se da cuenta de mis ojeras y sonríe. Le cuento, que es lo que hay, cuando uno no tiene nada qué hacer y se ríe aún más.

Me explica, que lamenta el hecho de que algunas contrataciones se hayan metido en sus tareas, posponiendo así mi ubicación en el trabajo, pero que pronto se solucionará, pues por esta razón, según él, ni Javier ni él han podido hablar conmigo acerca de mi puesto en la empresa.

Han estado muy ocupados.

Yo, la verdad, no lo creo mucho y me quedo de piedra, cuando me dice de manera extraoficial, que Javier ha preguntado por mí todo este tiempo y como sé que Daniel lo mantiene al tanto de mi situación, hasta incluso de lo que hago, porque quiero que lo sepa, le digo,

que hay unos aparatos súper innovadores llamados, “celulares” y que por ahí puede hablarme.

Se parte de risa y luego lo disculpa, diciendo que ha tenido mucho trabajo y que tiempo no tiene para eso, ¡si claro!, ¡cómo no!, un mensaje o una llamada no le quita dos minutos, pero como sé que estoy llegando a mí límite, solo me vuelvo a reír y él me sigue, ¡estamos locos!